28-07-2026, 01:41 AM
Abajo, el peligro ya había sido completamente disipado. Takumi Inuzuka, con la inestimable ayuda de su imponente y feroz ninken, había controlado la situación con absoluta eficiencia, asegurando que los estudiosos se encontraran a salvo y fuera de cualquier riesgo. Los dos impostores, Kaito y Ren, yacían firmemente amarrados y amordazados de pies y manos, totalmente incapacitados para realizar el menor movimiento o lanzar una sola palabra más.
Cerca de la entrada principal, el misterio sobre el estado del anciano monje quedó resuelto: no había sido asesinado como se temía en el fragor del combate, sino que había caído desafortunadamente en una trampa de lazo colocada en la penumbra, lo que lo había dejado inconsciente tras propinarle un fuerte golpe en la cabeza.
Con el orden restablecido en el santuario, Takumi se acercó a los jóvenes del equipo 10. Su habitual expresión áspera se relajó ligeramente al evaluar el desempeño de los genins durante la crisis. Cruzándose de brazos, el experimentado Inuzuka les dirigió una mirada de reconocimiento.
—Buen trabajo, chicos. Han manejado una situación caótica con temple y eficacia —reconoció Takumi, felicitándolos abiertamente por su desempeño—. Ahora lo que corresponde es que regresen a la aldea a reportar todo lo sucedido ante los superiores. En cuanto al monje, bueno... cayó en una trampa y aunque es una baja lamentable para el lugar, son cosas que suelen pasar en este oficio. Hicieron exactamente lo que debían; no hay nada que reprocharles por lo ocurrido aquí.
Las palabras de Takumi disiparon los últimos vestigios de tensión que pesaban sobre los hombros del equipo.
Cuando el sol comenzó a abrirse paso lentamente y el equipo 10 emprendió la marcha de retirada, la tormenta nocturna ya se había disipado por completo. Al cruzar los límites del templo, el cielo comenzaba a clarear con los primeros tonos dorados y limpios de la mañana. Mientras caminaban juntos de regreso a casa, la fatiga del combate quedó atrás, reemplazada por la certeza inconfundible de haber triunfado: era el amargo y a la vez dulce sabor del éxito en su primera misión conjunta.
Cerca de la entrada principal, el misterio sobre el estado del anciano monje quedó resuelto: no había sido asesinado como se temía en el fragor del combate, sino que había caído desafortunadamente en una trampa de lazo colocada en la penumbra, lo que lo había dejado inconsciente tras propinarle un fuerte golpe en la cabeza.
Con el orden restablecido en el santuario, Takumi se acercó a los jóvenes del equipo 10. Su habitual expresión áspera se relajó ligeramente al evaluar el desempeño de los genins durante la crisis. Cruzándose de brazos, el experimentado Inuzuka les dirigió una mirada de reconocimiento.
—Buen trabajo, chicos. Han manejado una situación caótica con temple y eficacia —reconoció Takumi, felicitándolos abiertamente por su desempeño—. Ahora lo que corresponde es que regresen a la aldea a reportar todo lo sucedido ante los superiores. En cuanto al monje, bueno... cayó en una trampa y aunque es una baja lamentable para el lugar, son cosas que suelen pasar en este oficio. Hicieron exactamente lo que debían; no hay nada que reprocharles por lo ocurrido aquí.
Las palabras de Takumi disiparon los últimos vestigios de tensión que pesaban sobre los hombros del equipo.
Cuando el sol comenzó a abrirse paso lentamente y el equipo 10 emprendió la marcha de retirada, la tormenta nocturna ya se había disipado por completo. Al cruzar los límites del templo, el cielo comenzaba a clarear con los primeros tonos dorados y limpios de la mañana. Mientras caminaban juntos de regreso a casa, la fatiga del combate quedó atrás, reemplazada por la certeza inconfundible de haber triunfado: era el amargo y a la vez dulce sabor del éxito en su primera misión conjunta.