![[Imagen: GdS9OxI.jpeg]](https://i.imgur.com/GdS9OxI.jpeg)
El aire en el despacho de asignaciones se siente espeso, casi sólido, impregnado del olor a tinta seca, pergamino olvidado y el aroma agridulce del té recalentado que humea débilmente en la taza de Kitsunai. La luz del atardecer se filtra por los cristales sucios, proyectando haces dorados donde las partículas de polvo bailan una coreografía silenciosa. Es un lugar donde el tiempo parece haberse rendido, sepultado bajo torres de expedientes que amenazan con colapsar en cualquier momento.
Kitsunai, el hombre que parece haber hecho de su escritorio un escudo contra el mundo exterior, ni siquiera levanta la vista cuando el Equipo 10 cruza el umbral. Sus dedos, manchados de tinta, tamborilean nerviosos sobre un formulario, como si el simple acto de escribir le costara un esfuerzo sobrehumano.
Cuando finalmente levanta la cabeza, su mirada se detiene en Yokubari Ben. Un destello de cautela cruza sus ojos violáceos; hay algo en la presencia del Senju que le recuerda, por un instante, que no está tratando con simples niños, sino con herramientas de la aldea que cortan más de lo que aparentan. Pero esa tensión se transforma en un suspiro de derrota cuando sus ojos se desvían hacia Yūgen Sarutobi. El reconocimiento es instantáneo. Kitsunai se frota las sienes, como si el mero recuerdo de la "banda del hurón" le provocara una jaqueca crónica. Por un momento, su mirada se suaviza al posarse en Ran Kurai, y, con un resto de galantería marchita, entorna un ojo en un guiño lento y cansado, intentando una sonrisa que apenas llega a ser una mueca.
—Siempre la misma juventud... —murmura con voz ronca, pero antes de que pueda terminar la frase, la realidad de su puesto le cae encima como una losa. Se endereza, tirando de su uniforme arrugado, y el brillo coqueto desaparece de sus ojos, reemplazado por la fría monotonía del funcionario que solo quiere irse a casa—. Pero supongo que no están aquí para escuchar mis desvaríos.
Kitsunai exhala, un sonido largo que parece drenar el oxígeno de la habitación, y desliza un formulario de asignación oficial hacia el frente de su escritorio.
—Tengo una situación en el Santuario Naka —explica, su tono despojado de toda intención de juego o extorsión—. Esta noche se abrirá una cámara restringida para que unos estudiosos examinen un libro antiguo de gran valor histórico. No es una tarea administrativa; es una cuestión de seguridad nacional. La misión tiene un Rango C, y no quiero que nada salga mal.
El Teniente les mira, uno por uno, con la seriedad de quien está cansado de gestionar el caos.
—Su objetivo es sencillo: montar guardia durante toda la noche en el santuario. Deben proteger a esos estudiosos, controlar quién entra y quién sale, y asegurarse de que el libro regrese intacto a su resguardo al amanecer. Existe un riesgo real de infiltración, robo o espionaje por parte de terceros interesados en ese material, así que no bajen la guardia. Yūgen, haz que esta vez todo fluya sin que tenga que redactar un informe de incidentes mañana; no tengo energía para ello.
Kitsunai vuelve a hundir la nariz en su montón de papeles, dando por zanjada la conversación. El ambiente vuelve a sumirse en el silencio, roto solo por el murmullo lejano de la aldea. La misión ha sido asignada.
Paracuando se pongan en camino ya caeria la noche sobre la aldea, envolviendo el camino hacia el Santuario Naka en un manto de sombras y un silencio que se siente antinatural. A medida que el Equipo 10 se aproxima, la estructura se revela entre los árboles: un edificio de piedra ancestral, cubierto por una fina capa de musgo que parece haber absorbido los susurros de siglos pasados. La luna, en su cenit, baña las tejas desgastadas con una luz plateada y fría, delineando los bordes afilados del templo contra el cielo estrellado. No hay luces en las ventanas, salvo por el destello vacilante de un farol de papel que alguien sostiene en la entrada, protegiéndolo del viento nocturno.
Es una estampa de paz solemne, pero el ambiente está cargado de una tensión invisible; el conocimiento de la misión de guardia nocturna y la fragilidad del libro antiguo que custodia el lugar transforma la calma del santuario en una vigilia expectante, el ambiente es un escenario que no le resulta extraño al Sarutobi, Yokubari con su inclinacion a beber, fumar y mal genio esta alli tan mimetizado como podria estarlo un Rinoceronte naranja frente a una pared Blanca, quizas para la siempre retraida Heredera de los Kurai aquella edificacion podria parecer acogedora minimo familiar puesto que su estructura le sugeriria pasillos silenciosos, paz, soledad.
Antes de que ustedes puedan llegar a los escalones de piedra, la puerta principal chirría con un quejido agónico. De la penumbra surge un hombre de edad avanzada, vestido con los hábitos sencillos y raídos de un monje del santuario.
Su rostro es un mapa de arrugas profundas, y sus ojos, velados por una ansiedad apenas contenida, escudriñan a cada uno de ustedes con una intensidad que roza la desesperación.
El monje no espera formalidades. Apenas reconoce sus bandas ninja, suelta un suspiro de alivio que suena como un fuelle escapando aire, y les hace un gesto frenético para que se acerquen
.—Pensé que no vendrían... —susurra el monje, con una voz rasposa que parece no haber sido usada en días—. El aire aquí dentro se siente pesado esta noche. Los estudiosos ya están en la cámara interna; han comenzado a revisar los registros, pero no confío en las sombras de este lugar.
Él los guía hacia el interior, donde el aire huele a incienso antiguo y polvo. Mientras camina, se detiene un segundo, mirando hacia la oscuridad del bosque que rodea el santuario.
—Tienen el mandato de proteger el acceso y asegurar que nada —ni nadie— perturbe la integridad de ese libro hasta el amanecer —dice el monje, recordándoles las prioridades marcadas en la Hoja Oficial de Asignación. —Mi fe está en sus manos. Si algo ocurriera, mi vida sería el menor de mis problemas; el conocimiento que encierran esas páginas es un legado que no debe caer en manos equivocadas.
El monje les hace una venia respetuosa, casi suplicante, y los invita a tomar sus puestos de vigilancia. La cámara principal, donde se desarrolla la investigación, está al final de un pasillo iluminado tenuemente por lámparas de aceite que apenas ahuyentan las tinieblas.El escenario está preparado. Los estudiosos ya trabajan en el interior, ajenos a los riesgos de infiltración que Kitsunai les advirtió.
Es momento de que el Equipo 10 tome sus posiciones.
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