03-10-2023, 01:50 AM
El invierno comenzaba a acercase en el País del Fuego. Mañanas más frías, días más cortos, y una sensación de familiaridad que solo era posible sentir durante esos días cuando las noches eran más largas de lo que la mente debería de aguantar. Desde niño el ojiverde disfrutaba del invierno a su manera, sin comparar esos momentos con las experiencias que disfrutaba en el verano. Siempre supo que el invierno se aceraba cuando se despertaba con el olor a chocolate y canela. Nanahoshi continuó una tradición familiar; desde que se podía sentir una diferencia en temperatura los Tanaka acostumbraban a desayunar con chocolate recién hecho y churros de canela. Nada muy sofisticado, pero era hogareño y eso convertía las mañanas en un acontecimiento especial.
— Supongo que es mi turno de preparar esta mierda. — musitó el hombre acostumbrado a que su madre se hiciese cargo de su alimentación. Desde hacía un año él estaba a cargo de todo dentro de aquel pequeño apartamento. Con su madre la mayor parte del tiempo en el hospital todo desde la cocina hasta la limpieza pasaba por sus manos. Era torpe, pues no estaba acostumbrado. La pelinegra siempre insistió en que debía aprender a sobrevivir por sí mismo, pero nunca fue exitosa en promover dicha iniciativa. Tokuma era más de hacer su vida fuera de la casa, por lo menos así era desde que comenzó a trabajar en la obra. Los únicos momentos donde era feliz haciendo algo dentro del hogar era cuando el apartamento necesitaba algún tipo de remodelación. — La receta debe de estar por aquí — hablaba consigo mismo mientras sus manos rebuscaban entre los archivos de su madre — ¡perfecto! — exclamó al encontrar la receta de los churros de canela que tanto deseaba. El chocolate ya hervía a fuego lento mientras el preparaba el acompañamiento. Aquel día no tenía deberes militares, así que había hecho planes de visitar una de las obras en la que sus compañeros de trabajo estaban trabajando.
Con los churros hechos y el chocolate servido comenzó a alistarse. Pantalones color marrón claro, camisa maga larga blanca de lino con cuello en forma de ‘v’ que mantenía levemente atado con un cordón de cuero. Botas de cuero de un marrón aún más oscuro que sus pantalones; altas, pero no tan altas como sus botas militares. Justo después de su última mordida al último churro ajustó su pelo para que su famosa cola de caballo reposara justo en su espalda — Listo. — la mañana apenas empezaba y desde su edificio de apartamentos hasta la construcción apenas había una caminata de unos treinta minutos. Saludó a la señora Yamamoto, que siempre salía a esa hora a fumar su primer cigarrillo del día, con un simple movimiento de su mano antes de seguir con su caminata.
La obra en sí no era más que una remodelación a un antiguo edificio en la Zona Comercial. No tenía la intención de ayudarles, por ello había dejado todas sus herramientas en la casa, pero si la ocasión se presentaba no lo descartaría. Al final de cuentas nada lo hacía más feliz que trabajar con sus manos. A paso firme se aceraba con cada movimiento aún más a su destino, claro, eso si nadie lo interrumpía.
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