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  ›   [Solitario] Otra mañana solitaria.
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Otra mañana solitaria.
Sakura
Rango Genin
Clan Terumi
Nivel 4
Estadísticas
Generales
Fuerza10(1)
Destreza10(1)
Ctrl. de Chakra10(1)
Inteligencia30(2)
Especiales
Salud10
Velocidad10
Tenketsu10
Sigilo10
300
280
Enlace al Post
14-10-2026, 11:09 AM
La mañana todavía no había decidido si quería existir cuando Sakura llegó al campo de entrenamiento. Kirigakure tenía esa costumbre. En otros lugares, imaginaba, el amanecer debía de ser algo evidente. El cielo cambiaba de color, aparecía el sol y todo el mundo podía señalar hacia algún punto del horizonte y decir que allí comenzaba un nuevo día. En la Niebla las cosas eran menos consideradas. La oscuridad simplemente se volvía un poco más clara y, durante un rato, el mundo parecía permanecer suspendido entre la noche y la mañana. Sakura se detuvo frente a la entrada del campo y contempló aquella extensión gris.

—Qué alegría.

No había nadie para escucharla. Mejor. Así tampoco habría testigos de lo que estaba a punto de hacer voluntariamente. Se recogió el cabello con ambas manos, comprobó el ajuste de sus sandalias y comenzó a caminar hacia el centro del terreno. La humedad había cubierto la hierba durante la noche y cada pisada dejaba una huella oscura. Más adelante, varias siluetas de madera aparecían y desaparecían entre la niebla. Postes, troncos, obstáculos y muñecos de entrenamiento esperaban inmóviles. Sakura los miró con cierta desconfianza. Los objetos de entrenamiento tenían la desagradable particularidad de parecer inocentes antes de empezar. Inspiró profundamente. Nada de chakra.

Aquella mañana no había técnicas que perfeccionar, sellos que memorizar ni secretos de su clan que descubrir. Solamente piernas, brazos, pulmones y una cantidad considerable de malas decisiones acumuladas desde que había decidido convertirse en kunoichi. Comenzó a correr. Los primeros minutos fueron fáciles. Siempre lo eran. Su cuerpo estaba descansado, la temperatura era agradable y avanzar entre la niebla tenía incluso algo relajante. Sakura mantuvo un ritmo moderado mientras recorría el perímetro del campo. Un pie delante del otro. Respiración constante. Hombros relajados. Durante la primera vuelta llegó incluso a preguntarse por qué se quejaba tanto del entrenamiento físico. Durante la segunda recordó por qué. En la tercera dejó de filosofar. El barro comenzó a adherirse a las sandalias. La humedad que al principio había agradecido se pegaba ahora a la piel. Su respiración se hizo más profunda y aquel pequeño ardor que había aparecido en los muslos empezó a extenderse lentamente. Sakura siguió corriendo. No había nada extraordinario en ello. Precisamente por eso resultaba difícil. Era sencillo ser valiente durante unos segundos. Lanzarse hacia delante, soportar un golpe, tomar una decisión desesperada. Las historias estaban llenas de momentos así. Nadie escribía historias sobre la cuarta vuelta alrededor de un campo embarrado. Ni sobre la quinta. Mucho menos sobre la sexta. Pero Sakura sospechaba que un shinobi se construía mucho más en aquellas mañanas que en los instantes que después terminaban convertidos en historias. Cuando sus piernas comenzaron a pedirle que redujera el ritmo, lo mantuvo. Cuando empezaron a exigirlo, aceleró. Solo un poco. Por orgullo. Fue una decisión estúpida. También fue profundamente satisfactoria. Terminó el recorrido junto a uno de los postes y apoyó ambas manos sobre las rodillas, respirando con la boca abierta.

—Perfectamente... calculado...

Una gota de sudor cayó desde su barbilla. El poste no pareció impresionado. Sakura levantó la cabeza y lo miró.

—Tú tampoco tienes que ponerte así.

Recuperó el aliento durante unos segundos. Después comenzó la segunda parte. Sentadillas. Al principio mantuvo la espalda recta y realizó cada repetición con una precisión casi ofensiva. Bajaba lentamente, sostenía la posición y volvía a levantarse. Diez. Veinte. Treinta. Después de aquello, la dignidad empezó a deteriorarse.
En algún momento entre una repetición y la siguiente descubrió músculos cuya existencia desconocía. Sakura apretó los dientes. Bajó. Subió. Otra vez. El entrenamiento básico tenía algo particularmente cruel: no existía ningún enemigo al que culpar. Si dolía, era porque ella había decidido continuar. Si se detenía, nadie iba a derrotarla. Simplemente habría sido ella quien hubiese decidido que era suficiente. Bajó otra vez. Las piernas temblaron. Subió.

—Una más.

La hizo.

—Una más.

También. La siguiente fue peor. Por supuesto volvió a decirlo. Cuando finalmente terminó, se dejó caer sobre la hierba y permaneció mirando el cielo blanco de Kirigakure. Durante unos maravillosos segundos consideró seriamente quedarse allí. Quizá convertirse en parte del paisaje. Una piedra. Las piedras no hacían sentadillas. Era una profesión respetable. Entonces recordó que todavía quedaban los brazos.

—Odio muchísimo ser responsable.

Se giró sobre sí misma. Apoyó las manos contra el suelo. Flexiones. Las primeras fueron rápidas. Después redujo deliberadamente el ritmo. Descender hasta casi rozar la hierba con el pecho. Mantener. Subir. La fuerza no era su mayor virtud. Precisamente por eso estaba allí. Sakura poseía un cuerpo ligero, adecuado para moverse con rapidez, pero ser ligera no servía de demasiado si un impacto bastaba para romper la postura. Necesitaba piernas capaces de sostenerla después de horas de movimiento. Brazos que no cedieran cuando tuviera que defenderse. Un abdomen suficientemente fuerte para recuperar el equilibrio cuando alguien intentara arrebatárselo. No quería parecer fuerte. Quería ser difícil de derribar. Había una diferencia. Los brazos comenzaron a temblarle. Descendió. Subió. Otra vez. En la siguiente repetición apenas consiguió extender los codos. Cayó boca abajo. El barro recibió su llegada con absoluta indiferencia. Sakura permaneció allí. Uno. Dos. Tres segundos. Giró la cabeza y escupió una brizna de hierba que se le había pegado al labio.

—Eso no cuenta.

Nadie respondió.

—He dicho que no cuenta.

Se levantó.


Cuando llegó a los postes de equilibrio, la niebla comenzaba a retirarse ligeramente. Eran troncos de diferentes alturas colocados a distintas distancias. El ejercicio era sencillo: atravesarlos sin tocar el suelo. Sin chakra. Sakura subió al primero. Saltó al segundo. Después al tercero. El cuarto estaba húmedo. Su pie resbaló. Durante un instante realizó uno de esos movimientos desesperados que no pertenecen a ninguna escuela conocida de taijutsu: brazos extendidos, espalda arqueada y una expresión de absoluto convencimiento de que agitar las manos podía modificar las leyes de la naturaleza. No funcionó. Cayó.

—Bien.

Volvió a subir. Esta vez observó el poste antes de saltar. La superficie húmeda. La inclinación. La distancia. Saltó. Aterrizó ligeramente ladeada, corrigió el equilibrio y continuó. Una vez. Otra. Otra. Pronto comprendió que la dificultad no consistía realmente en saltar. Consistía en aterrizar. Cualquiera podía impulsarse hacia delante.
Lo importante era saber dónde iban a terminar tus pies. La idea le gustó. Quizá demasiado. Empezó a variar el ejercicio. Saltos más largos. Cambios repentinos de dirección. Aterrizajes sobre una sola pierna. Giros antes de tocar el siguiente poste. Cayó muchas veces. En una particularmente aparatosa terminó sentada en el barro.
Se quedó completamente inmóvil. Miró sus piernas. Miró sus manos. Miró la enorme mancha marrón sobre su ropa.

—Mi madre va a matarme.

Aquello consiguió que se levantara más rápido que cualquier ejercicio anterior.


La última parte fue la peor. Carreras cortas. Sakura colocó dos marcas separadas por varias decenas de metros. No necesitaba recorrer grandes distancias. Necesitaba hacerlo rápido. Se situó detrás de la primera. Flexionó ligeramente las rodillas. Inspiró. Y salió. Corrió hasta la segunda marca. Frenó. Giró. Volvió. Una vez. Otra. Otra. El mundo terminó reduciéndose a dos puntos. Ir. Volver. Ir. Volver. Los pulmones ardían. Las piernas habían dejado de protestar porque, probablemente, habían aceptado que su propietaria carecía del sentido común necesario para escucharlas. Sakura llegó a una de las marcas y tuvo que detenerse. Esta vez no hizo ningún comentario. Respiró. Una vez. Otra. El corazón golpeaba con fuerza dentro del pecho. Miró hacia el otro extremo. Podía terminar. Había corrido suficiente. Había trabajado piernas, brazos y equilibrio. Estaba cubierta de barro, agotada y probablemente tendría agujetas hasta en las pestañas al día siguiente. Nadie le había ordenado hacer una repetición más. Ahí estaba precisamente el problema. Sakura permaneció unos segundos mirando la marca distante. Después volvió a colocarse en posición. No porque creyera que una carrera adicional fuera a convertirla en una gran kunoichi. No lo haría. Tampoco porque quisiera demostrar nada a nadie. Estaba sola. Lo hizo porque algún día estaría cansada de verdad. Algún día sus piernas pesarían mucho más que aquella mañana. Algún día quizá habría alguien esperando que Sakura pudiera levantarse una vez más. Y aquel día no quería descubrir por primera vez qué ocurría cuando su cuerpo le decía que no y ella necesitaba responder que sí. Flexionó las rodillas. Corrió. No fue su carrera más rápida. Tampoco la más elegante. Fue simplemente la última. Y la terminó.


Cuando abandonó el campo, Kirigakure finalmente había despertado. Las primeras voces llegaban desde las calles cercanas. Alguna puerta se abría. A través de la niebla comenzaban a distinguirse tejados y ventanas que unas horas antes parecían no existir. Sakura caminaba despacio. Muy despacio. Tenía barro en las piernas, hierba en el cabello y los brazos tan cansados que recogerlos sobre el pecho ya parecía un ejercicio adicional. No había aprendido ninguna técnica. No había derrotado a nadie. Ningún maestro había contemplado su esfuerzo y pronunciado unas palabras destinadas a cambiar su vida. Nadie iba a felicitarla.Mañana, probablemente, tendría que volver. Y aquello le hizo sonreír. Porque empezaba a comprender que convertirse en kunoichi no consistía únicamente en aprender qué hacer cuando llegara el momento de luchar. Consistía en prepararse durante cientos de mañanas en las que no ocurría absolutamente nada. Sakura se detuvo un instante antes de abandonar el campo. Miró hacia atrás. La niebla estaba recuperando lentamente el terreno que sus pasos habían atravesado. Sus huellas desaparecían bajo aquella blancura hasta que resultaba imposible distinguir por dónde había corrido. Era muy propio de Kirigakure. Trabajar hasta el agotamiento para que, unos minutos después, la niebla hiciera como si allí nunca hubiese ocurrido nada. Sakura sonrió. No le importaba. El campo podía olvidarlo. Sus piernas no. Y mañana, cuando regresara, serían un poco más fuertes. Solo un poco. Para Sakura, aquello era suficiente.
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