05-09-2026, 07:49 AM
El pergamino llegó a media mañana, entregado por un chūnin de guardia que no se molestó en disimular las ganas de irse apenas terminara de hablar. Kon lo recibió sin levantarse de la silla donde llevaba un buen rato con los pies sobre la mesa, rompió el sello con la uña y lo desenrolló con una sola mano mientras con la otra se acomodaba los lentes oscuros sobre el puente de la nariz. Leyó rápido. Catacumbas, bandidos, civiles capturados como rehenes en las profundidades, escudos humanos para frenar cualquier avance directo. Y la parte que le arrancó una sonrisa torcida: la orden era infiltrarse haciéndose pasar por prisioneros.
— Qué original... jajaja será divertido. —murmuró, más para sí que para el chūnin, que ya se había ido sin esperar comentarios.
Se tomó su tiempo para levantarse. Los que estaban atrapados en esas catacumbas llevaban ahí quién sabe cuántas horas ya. Un par de minutos más no iba a hacer diferencia, y él prefería llegar con la cabeza fría antes que con la respiración agitada. Se puso de pie, estiró el cuello hacia ambos lados hasta escuchar un chasquido seco en las vértebras y se acomodó el cuello de su camiseta negra. Revisó por costumbre el estado de sus manos, flexionando los dedos uno por uno. Salió del cuarto sin apuro, con el pergamino enrollado y guardado dentro del abrigo. Las calles de Kirigakure a esa hora tenían el movimiento habitual: comerciantes acomodando puestos, un par de genin más jóvenes corriendo entre la niebla baja con recados que seguramente odiaban, algún civil que lo miró de reojo y apuró el paso al cruzarse con él. Kon ya estaba acostumbrado a eso. Entre el pelo blanco desordenado, los lentes oscuros y la fama de no ser precisamente el genin más amable del pueblo, no le sorprendía que la gente prefiriera cruzar de vereda.
El camino hacia las puertas de la aldea no era largo, pero Kon lo aprovechó para terminar de pensar en la parte que de verdad le interesaba: la infiltración. Hacerse pasar por civil capturado significaba, básicamente, dejarse atar, dejarse llevar y esperar el momento exacto antes de que alguien decidiera usarlo a él o a los suyos como advertencia para las fuerzas de seguridad. No era la primera vez que jugaba ese papel y sabía que la parte difícil no era entrar. Era no reaccionar antes de tiempo. Ahí es donde la mayoría se apuraba y arruinaba el plan completo.
Antes de cruzar las puertas de la aldea, se quitó los lentes oscuros por un momento, los limpió con el borde de su camiseta y volvió a colocárselos con un gesto casi ceremonial, como si ese pequeño ritual marcara el cambio real entre el Kon que caminaba tranquilo por las calles de Kirigakure como todo un shinobi, y el Kon civil e indefenso que dentro de poco seria un rehén mas. — Bien —dijo, estirando los brazos hacia atrás — Vamos a jugar a ser rehenes. — Cruzó las puertas de la aldea con la niebla de Kirigakure empezando a espesarse a medida que se alejaba de las construcciones y se internaba en el camino que llevaba hacia las afueras de la región.
— Qué original... jajaja será divertido. —murmuró, más para sí que para el chūnin, que ya se había ido sin esperar comentarios.
Se tomó su tiempo para levantarse. Los que estaban atrapados en esas catacumbas llevaban ahí quién sabe cuántas horas ya. Un par de minutos más no iba a hacer diferencia, y él prefería llegar con la cabeza fría antes que con la respiración agitada. Se puso de pie, estiró el cuello hacia ambos lados hasta escuchar un chasquido seco en las vértebras y se acomodó el cuello de su camiseta negra. Revisó por costumbre el estado de sus manos, flexionando los dedos uno por uno. Salió del cuarto sin apuro, con el pergamino enrollado y guardado dentro del abrigo. Las calles de Kirigakure a esa hora tenían el movimiento habitual: comerciantes acomodando puestos, un par de genin más jóvenes corriendo entre la niebla baja con recados que seguramente odiaban, algún civil que lo miró de reojo y apuró el paso al cruzarse con él. Kon ya estaba acostumbrado a eso. Entre el pelo blanco desordenado, los lentes oscuros y la fama de no ser precisamente el genin más amable del pueblo, no le sorprendía que la gente prefiriera cruzar de vereda.
El camino hacia las puertas de la aldea no era largo, pero Kon lo aprovechó para terminar de pensar en la parte que de verdad le interesaba: la infiltración. Hacerse pasar por civil capturado significaba, básicamente, dejarse atar, dejarse llevar y esperar el momento exacto antes de que alguien decidiera usarlo a él o a los suyos como advertencia para las fuerzas de seguridad. No era la primera vez que jugaba ese papel y sabía que la parte difícil no era entrar. Era no reaccionar antes de tiempo. Ahí es donde la mayoría se apuraba y arruinaba el plan completo.
Antes de cruzar las puertas de la aldea, se quitó los lentes oscuros por un momento, los limpió con el borde de su camiseta y volvió a colocárselos con un gesto casi ceremonial, como si ese pequeño ritual marcara el cambio real entre el Kon que caminaba tranquilo por las calles de Kirigakure como todo un shinobi, y el Kon civil e indefenso que dentro de poco seria un rehén mas. — Bien —dijo, estirando los brazos hacia atrás — Vamos a jugar a ser rehenes. — Cruzó las puertas de la aldea con la niebla de Kirigakure empezando a espesarse a medida que se alejaba de las construcciones y se internaba en el camino que llevaba hacia las afueras de la región.