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[Autonarrada] La ruta de las hierbas perdidas II
Yocko
Rango Genin
Clan Yuki
Nivel 11
Estadísticas
Generales
Fuerza6(1)
Destreza75(4)
Ctrl. de Chakra59(3)
Inteligencia25(2)
Especiales
Salud9
Velocidad18
Tenketsu11
Sigilo9
421
544
Enlace al Post
25-08-2026, 10:26 PM
Última modificación: 25-08-2026, 10:28 PM por Yocko.
20 de Otoño de 149
[Petición C] Autonarrada

Kirigakure siempre tenía un olor distinto. Cerca del puerto olía a sal y a pescado medio muerto; en el mercado, a especias y a regateo agresivo; pero en las afueras, donde los caminos de tierra se rendían ante la maleza y los bosques de bambú, el aire olía a tierra húmeda, a hojas pisoteadas y, en este caso en particular, a cobardía.

Yocko caminaba con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta. Frente a ella, la anciana herborista gesticulaba con una indignación que hacía temblar sus manos arrugadas. - ¡Un descaro, jovencita! Un descaro absoluto. - La mujer señaló su parcelita. Ahora, solo quedaban surcos vacíos, hojas mordisqueadas y el olor inconfundible de las botas de cuero barato pisoteando la tierra fértil. - No me dejaron ni la menta piperita. ¡Ni menta! ¿Cómo se supone que voy a preparar los ungüentos para la tos del pequeño Taro si estos bandidos se comen mis cosechas como si fueran cerdos en un banquete? -

Yocko observó el campo: no había cadáveres, ni sangre. Solo un crimen mucho más despreciable: el robo de vitaminas. « Ladrones de coles. » Pensó, manteniendo una expresión de absoluta seriedad. « El crimen más bajo del mundo shinobi. » La anciana le tendió una cesta de mimbre vacía. Yocko la tomó con ambas manos, sosteniéndola como si fuera el pergamino de un jutsu prohibido. Asintió una vez, con la gravedad de un general recibiendo los planes de invasión, y se giró hacia los surcos destruidos. - Ten cuidado, Yocko - advirtió la anciana, bajando la voz como si los ladrones pudieran escucharla desde la otra punta de la aldea. - Dicen que son cuatro. Hombres grandes, sucios, y que huelen a sake barato. No son ninjas, pero tienen palos y cuchillos oxidados. -

Yocko ladeó la cabeza. Se llevó un dedo a los labios en un gesto silencioso de silencio, le guiñó un ojo a la anciana y se adentró en el bosque.
El análisis de la escena del crimen fue insultantemente sencillo. Yocko se agachó junto a uno de los surcos, pasando los dedos por la tierra. Las huellas eran profundas, irregulares. El peso de los individuos estaba mal distribuido; caminaban arrastrando los talones. No había intentos de ocultar el rastro, no había ramas rotas a la altura de los ojos para despistar, ni siquiera habían intentado borrar sus pisadas. « Ni siquiera tienen la decencia de pisar con el metatarso. Qué falta de educación. »

El rastro la llevó lejos de los caminos principales, adentrándose en una zona rocosa donde la niebla se adhería a las piedras como algodón sucio. El olor a sake barato y a verduras hirviendo se hizo más fuerte a medida que ascendía. Yocko no necesitaba ser una rastreadora del clan Inuzuka para seguirlos; solo necesitaba seguir el rastro de la incompetencia.

Finalmente, lo encontró. Una pequeña cueva poco profunda, oculta tras una cortina de enredaderas y musgo. El humo de una hoguera mal montada salía por la entrada principal. Yocko se agazapó detrás de un arbusto, observando. Eran tres. ¿Faltaba uno o la abuela había contado a un perro callejero que los acompañaba? Los dos hombres estaban sentados alrededor de un fuego, y el tercero, el más grande de todos, estaba masticando una zanahoria cruda con la boca abierta. En el centro, junto a las llamas, había un caldero donde hervían, con absoluta falta de respeto culinario, las preciosas hierbas medicinales junto con trozos de carne de dudosa procedencia.

Yocko sintió que algo se rompía en su interior. No era ira. Era ofensa estética. « Es una herejía. » Pensó, entrecerrando los ojos. « Están hirviendo el loto de agua a fuego alto. Los nutrientes se evaporan. Los idiotas. » No podía simplemente entrar y golpearlos. Si usaba un jutsu de área, la onda expansiva o el hielo podrían destruir las hierbas que aún reposaban a salvo. Si lanzaba kunais, podría perforar los sacos de cosecha. Necesitaba precisión, la misma que había usado contra el Imperio de Cucachuca  a nivel táctico.

Comenzó a moldear su chakra. No lo liberó de golpe; lo dejó escapar en un flujo fino, casi imperceptible, enfriando el aire a su alrededor. La temperatura en el claro descendió rápidamente. La hoguera crepitó, luchando contra una brisa gélida que no debería existir en pleno verano.
El bandido que masticaba la zanahoria se detuvo. Se frotó los brazos, mirando a su alrededor. - Esta maldita niebla cada vez se pone más fría - dijo, provocando que pequeños trozos de comida saltaran de su boca al hablar.

Se movió, deslizándose cuidadosamente, acercándose hurtadillas. Usando su chakra, congeló la humedad del suelo bajo las botas de los bandidos. Luego, con un par de sellos rápidos y silenciosos, creó tres pequeñas estalagmitas de hielo, no para atacar, sino para bloquear las únicas dos salidas lógicas de la cueva.
El bandido de la zanahoria se levantó para echar leña al fuego. Dio un paso, su bota resbaló sobre el hielo y sus pies salieron disparados hacia arriba. Cayó de espaldas con un estruendo que hizo volar a los pájaros cercanos, soltando la zanahoria al aire.
- ¡¿Qué demonios?! - gritó el líder, poniéndose de pie, buscando una posible amenaza, hasta que vio al otro tendido en el suelo agarrándose la cabeza con expresión de dolor.

Yocko  aprovechó la distracicón para lanzar una piedra que golpeó el caldero hirviendo, volcándolo. El agua helada y las preciosas hierbas cayeron sobre las brasas, apagando el fuego con un siseo furioso y levantando una nube de vapor blanco.

- ¡Mi sopa! - aulló el tercer bandido, un tipo flaco y nervioso.
Aprovechando la cortina de vapor, Yocko se acercó aún más, justo detrás del bandido flaco.
Le puso una mano en el hombro. El hombre se congeló, literalmente. Con la poca movilidad que tuvo por un instante giró la cabeza lentamente, encontrándose con los ojos de la kunoichi, que lo miraba con una expresión de decepción maternal. El hielo lo cubrió de pies a cabeza, con solamente un agujerito para las fosas nasales. Yocko levantó su mano libre y, con movimientos lentos y deliberados, hizo un gesto en lengua de señas. Sabía que él no la entendería, pero la estética era importante. Señaló el caldero apagado, las hierbas en el suelo. Luego, se llevó el dedo índice a la sien e hizo el gesto de girar, imitando a alguien que está loco.

- ¡Es una ninja! - gritó el líder, entrando en pánico cuando la vio junto a la escultura humana, que ahora le serviría a la genin para obtener cobertura e incluso lanzar ataques a distancia. - ¡Matadla! -

El bandido de la zanahoria, recuperándose del resbalón, sacó un garrote de madera y se lanzó contra ella con un grito de guerra que sonó más a berrido de ahogado.
Yocko suspiró mientras una canción sonaba en su cabeza « Ta ta ra ra. » No desenvainó armas. Simplemente lanzó una andanada de proyectiles en línea recta contra el atacante, hacia sus rodillas, para congelar su avance. Al ser impactado cayó de cara contra el suelo, deslizándose hasta detenerse a los pies de Yocko. Ella lo miró con desdén, levantó el pie y lo puso sobre la cabeza del sujeto, quien sólo tardó un par de segundos en congelarse.

El líder se detuvo en seco. La escena era difícil de procesar: su compañeros estaban congelados, uno en el suelo y otro mirando hacia la entrada con una expresión ridícula. La hoguera estaba muerta, y una niña los miraba como si fueran insectos particularmente decepcionantes.
- E... escucha, chica - dijo el líder, bajando el cuchillo, intentando sonar autoritario pero fallando miserablemente. - No queríamos hacer daño. Solo... solo teníamos hambre. La aldea no nos deja entrar, los mercaderes nos cobran el doble... -

Yocko lo escuchaba, pero no le importaba. Se agachó, recogió la cesta de mimbre y comenzó a recolectar las hierbas del suelo, una por una, sacudiendo la tierra con cuidado. « El hambre es una tragedia. La ignorancia culinaria es una elección. » Pensó, mientras separaba una raíz de jengibre que había rodado bajo una roca.

Yocko terminó de llenar la cesta, pero aún había sacos de cosecha que no podría cargar de regreso sin hacer varios viajes. Las hierbas estaban un poco magulladas, pero salvables. Se giró hacia el bandido que quedaba de pie, caminó hacia él lentamente. Se detuvo a un metro de distancia, lo miró a los ojos, y luego señaló la cesta, los sacos. Luego, señaló a los tres bandidos. Y finalmente, hizo el gesto de cargar.
El líder parpadeó. - ¿Q... quieres que carguemos la cesta? - Yocko asintió. El líder tragó saliva, miró a sus compañeros y luego a la cesta. Asintió frenéticamente, tomando la cesta con ambas manos.

El regreso a la casa de la herbolaria fue un espectáculo silencioso. Tres sujetos corpulentos pero carentes de sentido común y de cualquier asomo de inteligencia avanzaban en línea sin hacer comentario alguno, sin oponer resistencia. Llevaban casi todos los sacos de la cosecha que habían robado de la pequeña parcela. Tras regresarlos a su dueña, con la misma solemnidad, se dirigieron hacia la aldea para ser procesados como correspondía.
Masashi Kishimoto
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26-08-2026, 12:21 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Autonarrada] La ruta de las hierbas perdidas II (TID 14693)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: C
  • Yocko — Autor (100%): 1000 Ryos, 10 Tobis, 90 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador 2
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26-08-2026, 12:26 PM
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