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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Agua   ›   Kirigakure no Sato
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  ›   [Misión Simple] Autonarrada D ─ La Cabra Perdida
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Autonarrada D ─ La Cabra Perdida
Hachibi
Rango Chuunin
Clan Heizu
Nivel 13
Estadísticas
Generales
Fuerza50(3)
Destreza40(2)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia25(2)
Especiales
Salud10
Velocidad21
Tenketsu10
Sigilo15
570
635
Enlace al Post
17-08-2026, 07:52 AM
Cigarras.
 
El verano tiene una forma particular de instalarse en Kirigakure; no siempre necesita del sol. No hace falta el canto de las cigarras, basta intentar tomar aire y sentir que se respira agua tibia, asfixiante.
Aquella mañana apenas podía distinguirse detrás de una extensión blanca que cubría las montañas y descendía hasta los caminos, como si la niebla hubiera pasado la noche acumulándose entre los árboles y simplemente se soltara de golpe en las primeras horas. Aun así, el calor estaba ahí. Enchiclado a la piel. Suspendido entre el olor húmedo de la tierra, las hojas y la madera, que parecía sudar tanto como sus propios habitantes.
 
Hachibi había dejado atrás las calles más pobladas un rato atrás.
Las construcciones fueron espaciándose más y más con su andar hasta poder contarse con los dedos de una mano. El empedrado se transformó en tierra apisonada y luego en dos surcos paralelos abiertos por el paso continuo de carretas, como rieles sobre el pasto. A ambos lados crecían hierbas altas, algunas llegando hasta las rodillas, inclinándose cuando el viento conseguía peinarlas con sus dedos etéreos.
 
Una libélula azul cruzó frente a su rostro. El muchacho apenas movió los ojos para seguirla. Voló unos metros a su lado, como si le platicara algo y lo acompañara durante ese tramo, antes de cambiar de dirección y perderse entre unos juncos.
 
Más adelante se encontraba la granja: un cercado desigual delimitaba varias parcelas donde crecían hortalizas, mientras que del otro lado una extensión de pasto descendía lentamente hasta encontrarse con la línea oscura del bosque. Había un establo, una vivienda de madera, un pequeño almacén y un cobertizo cuyo tejado parecía haber sido reparado tantas veces que contaba historias distintas cada tantos tramos.
 
Dos gallinas caminaban por el sendero de entrada. Hachibi se detuvo y las gallinas también. Una inclinó la cabeza hacia un lado; él inclinó apenas la suya hacia atrás.  
 
La segunda comenzó a picotear el suelo mientras la primera luchaba por reconocer al recién llegado, mirándolo con un ojo y luego con el otro, rebuscando hacia atrás entre sus recuerdos. Esa gallina aseguraba que, de no acordarse de quién era, seguro no dormiría esa noche. Ambos retomaron su andar.
 
Un hombre lo esperaba cerca del establo. Ancho de hombros, los años habían comenzado a inclinarlo hacia adelante. La piel curtida, las mangas mal enrolladas hasta los codos y una expresión que pareció pasar de la esperanza a la incertidumbre en cuanto vio quién se aproximaba.
Miró hacia el camino detrás del muchacho. No venía nadie más. Volvió a mirarlo.
 
—¿Tú eres el ninja?
 
Hachibi se detuvo frente a él. Demoró un segundo mirándolo con aquel par de ojos altivos antes de asentir una sola vez, sereno pero seguro.
El granjero volvió hacia el camino y recorrió el trayecto hasta donde alcanzaban sus cansados ojos, pero no había nadie más. Esta vez tardó un poco más.
 
—Pensé que mandarían a alguien… menos refinado.
 
El silencio se extendió lo suficiente para que el hombre terminara rascándose la barba.
 
—Bueno. Si te mandaron, sabrán lo que hacen.
 
El hombre se presentó como Saburō, aunque aquello parecía importar bastante menos que la ausencia que lo tenía caminando de un lado a otro desde la noche anterior.
 
La cabra se llamaba Kinu.
 
Era una hembra adulta de pelaje crema, patas oscuras y una mancha marrón sobre el lado izquierdo del hocico. Llevaba un collar de cuero con un pequeño cascabel de bronce y, según Saburō, era suficientemente testaruda como para discutir con una puerta cerrada hasta que alguna de las dos cediera. Normalmente la puerta perdía cuando alguien terminaba hartándose de las quejas de la cabra y la abría. Esta vez parecía haber perdido a golpes: una de las tablas inferiores del corral estaba levantada.
 
—Anoche estaban todas ahí —explicó el granjero—. Esta mañana faltaba Kinu. Encontré esto así.
 
Se agachó para señalar la madera. No estaba rota; uno de los clavos simplemente había cedido y la tabla se encontraba desplazada hacia afuera. Hachibi se acercó lo suficiente para que el hombre pudiera comprobar que, pese a su corta edad, ya le llevaba cierta ventaja en estatura y apreciar también algunas marcas sobre su piel.  
 
Se puso en cuclillas y revisó las muescas de la madera: había sido empujada desde dentro.
No tocó nada de inmediato. Recorrió la base del cercado, la tierra húmeda, algunos mechones de pelo enganchados en la madera y las plantas aplastadas del otro lado.
 
Al incorporarse encontró cuatro cabras observándolo desde el corral. Una masticaba; otra dejó de hacerlo cuando sus miradas se encontraron y las dos restantes caminaban despacio, como denotando que algo extraño pasaba, que alguien faltaba, aunque eso también podía significar más comida.
 
La abertura era bastante estrecha. No parecía que ninguno de aquellos ejemplares pudiera atravesarla fácilmente, mas la terquedad de alguien testarudo suele superar obstáculos bastante mayores que una simple apertura angosta.
 
—Pensé que era por el calor. No quería entrar cuando las guardé —añadió el hombre, cruzándose de brazos y suspirando sonoramente.
 
El bruno contempló el bosque. La hierba alta se movía formando pequeñas olas, parecía saludar, invitar incluso; los árboles producían una extraña sombra de apariencia fresca y, más allá, todo era penumbra.
 
—A veces bajan perros salvajes. Zorros también. Algún gato montés. Más adentro hay cosas más grandes, pero normalmente no se acercan tanto. Aunque Kinu no  
 
conoce su propio tamaño. Una vez se fue de frente contra un toro y lo embistió varias veces; ese toro tiene más sentido que esa cabra lechera.
Saburō señaló la montaña.
 
—Si siguió el arroyo, puede haberse metido bastante lejos. Kinu conoce estos terrenos, pero una cabra sigue siendo una cabra…
 
El muchacho ya caminaba.
 
—¡Espera!
 
Hachibi se detuvo y volvió apenas la cabeza, sin girar el cuerpo. El granjero entró rápidamente en el establo y regresó con una cuerda gruesa enrollada alrededor de una mano.
 
—Te hará falta.
 
La observó durante un momento, evaluando quizá qué tan necesaria podía resultar una simple cuerda. Finalmente la tomó, hizo una leve reverencia en agradecimiento y se marchó.
 
Al principio todavía existían señales de Kinu sin necesidad de buscarlas. La hierba detrás del corral estaba vencida en algunos puntos y cerca de la huerta faltaban varias hojas de una planta que, a juzgar por la forma de los mordiscos, no había sido víctima de ningún jardinero cuidadoso.
 
El recorrido resultaba bastante sencillo de imaginar: había escapado, había comido y había seguido su camino.
 
El joven pasó junto a otro arbusto mordisqueado sin detenerse. Debía aprovechar el apetito de la cabra y ganar terreno durante cada una de sus pausas. La granja quedó atrás apenas cruzó la primera línea de árboles. Las plantas ya no respetaban ningún camino ni obedecían la presencia humana; crecían donde les daba la gana.
 
Las cigarras dominaban el bosque. Su canto aparecía por oleadas, aunque encontrar a las responsables resultaba bastante más difícil: se confundían con la corteza o permanecían ocultas entre las hojas. El chirrido crecía durante unos segundos hasta volverse casi lo único escuchable y después disminuía, solo para ser reemplazado por otro grupo unos metros más adelante.
 
Un obstáculo para una búsqueda que dependía, en gran medida, de escuchar.
 
Hachibi aminoró el paso. Los árboles parecían guardar entre ellos algo de aire invernal, como un tesoro oculto al verano. Entonces sonó algo; entre el canto de las  cigarras se había filtrado un ruido distinto, metálico.
 
Se detuvo.
 
Las cigarras continuaron.
 
Entonces le vino una idea. Se concentró y descargó un fuerte golpe contra el grueso tronco de uno de los árboles. La madera vibró desde la base hasta las ramas, sacudiendo violentamente sus hojas; una nube de insectos abandonó la corteza y el follaje, dispersándose entre los árboles, mientras el estruendo de las cigarras cercanas se apagaba de golpe.
 
Por un momento llegó el reinado del silencio.
 
Cerró los ojos.
 
Un segundo después, ahí estaba, tenue, muy distante; casi perdido entre el murmullo del bosque: un cascabel.
 
Al abrirlos de nuevo tomó la dirección de la que creía haberlo escuchado. El bosque no ofrecía caminos cómodos para seguir: raíces levantadas, helechos creciendo unos sobre otros y ramas bajas obligaban a desviarse constantemente, pero el bruno no necesitaba un mapa para orientarse o saber si se desviaba; mientras aquel sonido volviera a aparecer de vez en cuando, bastaría para corregir el rumbo y su brújula interna lo mantenía consciente de cuánto se alejaba de la granja.
 
Y volvió.
 
Más cercano esta vez, aunque breve. Apenas unos movimientos del cascabel antes de desaparecer nuevamente entre las cigarras que poco a poco retomaban sus dominios. Corrigió algunos grados hacia la izquierda y continuó, aprovechando el silencio restante antes de que los insectos terminaran de reorganizar su orquesta y el concierto volviera a ocupar el bosque.
 
La sombra de los árboles hacía más soportable el verano. A ratos el sol lograba perforar las copas y dibujaba columnas luminosas en las que flotaban semillas, polvo e insectos diminutos; alguna que otra flor tardía y frutos ya madurando. Una araña había construido su hogar entre dos arbustos justo a la altura de su rostro; la percibió a tiempo para no llevársela puesta como una máscara temática, inclinó el cuerpo para pasar por debajo y siguió adelante, permitiendo que su propietaria conservara lo que seguramente le había tomado buena parte de la mañana construir.
 
El cascabel tardó bastante más en regresar.
 
Hachibi disminuyó nuevamente el ritmo, pero no se detuvo. Una vez conocida la dirección general, quedarse inmóvil cada vez que dejaba de escucharlo solo permitiría que la distancia volviera a crecer. Caminó hasta que el terreno comenzó a descender y el ruido de agua corriendo entre piedras se mezcló con el bosque.
 
El arroyo mencionado por Saburō.
 
No era especialmente ancho ni profundo. El agua descendía transparente entre piedras oscuras cubiertas de musgo, reuniéndose en pequeños remansos antes de continuar montaña abajo. Un pájaro diminuto bebía sobre una roca cercana; hundía el pico, levantaba la cabeza y parecía saborear cada gota antes de repetir el proceso. Al notar al recién llegado se quedó completamente inmóvil, como si aquello pudiera volverlo invisible.
 
Yato hizo lo mismo.
 
Durante unos segundos se observaron.
 
El ave decidió que no representaba suficiente peligro como para abandonar su bebida y volvió a inclinarse hacia el agua. El otro sonrió, olvidando su tarea por una fracción de segundo.
 
Esperó y, cuando finalmente levantó vuelo, cruzó utilizando las piedras que sobresalían de la corriente. Fue al llegar a la otra orilla cuando el cascabel sonó nuevamente y el agua, en lugar de ocultarlo, pareció arrastrar su eco entre los árboles, más arriba.
 
Continuó siguiendo el cauce. La presencia del arroyo modificaba la vegetación a su alrededor; helechos más grandes, raíces expuestas por la humedad y pequeñas flores que crecían en cualquier espacio donde la luz consiguiera llegar al suelo. Un rayo de sol salió a saludar desde detrás de las nubes y bañó el arroyo de destellos tan intensos como piedras preciosas. Una mariposa blanca pasó frente a él y terminó posándose sobre su hombro, abriendo y cerrando las alas con una tranquilidad que parecía ignorar por completo que había escogido a una persona como descanso.
 
Hachibi giró apenas los ojos hacia ella. El sol revelaba las diminutas escamas de sus alas y los reflejos escondidos en aquel blanco.
 
La pasajera permaneció algunos metros antes de marcharse con la misma falta de ceremonia con la que había llegado. El sol también se marchó.
 
El cascabel regresó.
 
Esta vez pudo escucharlo varias veces consecutivas. Se detuvo únicamente lo suficiente para ubicarlo mejor y abandonó el arroyo, internándose hacia una zona donde los árboles crecían más juntos. Las cigarras eran menos numerosas allí, o tal vez más contenidas, reemplazadas por cantos de aves que aparecían desde lugares imposibles de precisar. Uno de ellos se repitió varias veces sobre su cabeza: una secuencia corta de notas agudas, siempre prácticamente iguales.
 
Miró hacia arriba. Un pequeño pájaro de pecho naranja saltaba de una rama a otra.
Juntó sus labios y silbó suavemente, intentando imitar las mismas notas. El pájaro permaneció quieto, dudando si se burlaba de él o intentaba saludarlo. Hachibi volvió a intentarlo.
 
Esta vez consiguió acercarse un poco más al primer sonido, aunque el resto terminó convertido en un silbido bastante distinto.
 
El ave respondió inmediatamente.
 
Aquello debió significar algo para alguno de los dos.
 
Durante unos instantes se entretuvo repitiendo las notas y recibiendo otras a cambio, hasta que un sonido metálico apareció nuevamente en la distancia. El pájaro dejó de existir para su atención.
 
Había ganado bastante terreno. El cascabel se escuchaba ahora con mayor claridad y en intervalos más cortos, suficiente para imaginar que la fugitiva seguía moviéndose. A veces desaparecía durante varios minutos y después regresaba desde prácticamente el mismo lugar, probablemente porque alguna planta había conseguido vencer incluso a sus deseos de libertad.
 
Eso jugaba a su favor. El bosque comenzó a inclinarse. Cada paso descendía un poco más y las raíces servían unas veces de obstáculo y otras de escalón. En alguna parte cercana volvió a sonar el cascabel, acompañado esta vez por un balido apenas audible.
Siguió descendiendo.
 
Otro balido.
 
Nada particularmente extraño todavía.
 
Entonces el sonido cambió.
 
El cascabel se agitó varias veces seguidas, rápido, desordenado, demasiado violento para pertenecer al andar despreocupado que había seguido durante buena parte  de la mañana.
 
Un balido atravesó los árboles.
 
Después otro.
 
Y silencio.
 
El cuerpo reaccionó antes que cualquier conclusión. El paso tranquilo desapareció y el bosque, que hasta entonces había recorrido como quien busca algo perdido, comenzó a ser atravesado como shinobi.
 
Una rama le golpeó el hombro al atravesarla y otra apenas alcanzó a rozar su cabello; ya no importaba conservar la comodidad del camino, solo recortar la distancia antes de que aquel silencio significara algo más.
 
El metal volvió a sacudirse.
 
Cerca.
 
El grito de la cabra vino inmediatamente después, mucho más alto que los anteriores, y entre ambos sonidos apareció algo nuevo: un gruñido corto, grave, que no pertenecía a la fugitiva.
 
Yato frenó sobre una raíz expuesta. Desde ahí el terreno descendía unos metros hasta una pequeña zona abierta donde el arroyo había ido comiéndose la tierra, dejando piedras desnudas, árboles inclinados y raíces gruesas al descubierto.
 
El pelaje crema resaltaba incluso bajo la sombra. Kinu se encontraba arrinconada junto a la base de un árbol, una de sus patas traseras atrapada entre dos raíces que sobresalían del suelo como una trampa accidental. Tiraba de ella con todo el cuerpo, conseguía avanzar apenas unos centímetros y volvía a perderlos cuando la extremidad llegaba al límite. Cada forcejeo hacía estremecer el pequeño cascabel de su cuello.
 
A unos metros, una figura rojiza se desplazaba entre los helechos.
 
El zorro era hermoso de esa forma indiferente que tienen algunas cosas capaces de hacer daño. Pelaje encendido sobre el lomo, patas oscuras y una cola espesa que parecía demasiado grande para el resto de su cuerpo; las orejas permanecían erguidas, siguiendo cada sacudida de la cabra incluso cuando sus ojos miraban hacia otro sitio.
 
Avanzaba cuando Kinu intentaba zafarse, se retiraba en cuanto los cuernos descendían hacia él y cambiaba de ángulo cada vez que conseguía acomodarse para enfrentarlo. No necesitaba vencerla, solo cansarla. Le bastaba esperar a que siguiera haciéndose daño sola.
 
Hachibi descendió.
 
La grava cedió bajo una sandalia y varias piedras pequeñas rodaron por la pendiente. Las orejas del depredador se volvieron inmediatamente hacia el sonido y la cabeza giró después, encontrando una figura que segundos antes no formaba parte del problema. Se replegó.
Parecía un Nintsune. La naturaleza tenía formas de trabajar tan o más inteligentes que las de los ninjas; ¿serían animales como aquel de quienes aprendieron sus tácticas de sigilo y cacería?
 
El zorro enseñó los dientes.
 
Hachibi no hizo nada.
 
Ni un movimiento hacia sus armas, ni un intento por perseguirlo. Solo permaneció entre ambos con aquella serenidad que podía confundirse fácilmente con arrogancia cuando se tenía enfrente a una persona y con algo mucho menos comprensible cuando se era un animal.
 
El depredador avanzó medio paso. La distancia era suficiente para apreciar los pequeños detalles bajo el pelaje brillante: el pecho elevándose con rapidez, las patas tensas contra la tierra, una pequeña cicatriz cerca del hocico. No era una criatura nacida para ser enemiga de nadie. Tenía hambre y, frente a él, una oportunidad que hacía unos segundos parecía sencilla.
 
Kinu volvió a forcejear detrás y aquello distrajo al zorro. Sus ojos se desviaron apenas un instante; cuando regresaron, la figura entera del shinobi había desaparecido de su lugar y reaparecido metros más cerca.
 
Dio un salto hacia atrás, la cola se hinchó y un gruñido más intenso nació de su garganta. La distancia que segundos atrás lo mantenía seguro había desaparecido sin que pudiera comprender cómo y, sin embargo, aquella criatura no se abalanzaba sobre él. Permanecía ahí. Podía haberlo alcanzado. Había decidido no hacerlo.
 
Hachibi tampoco avanzó otro paso.
 
La advertencia estaba completa, el zorro entendió. Todavía tardó unos segundos en aceptarlo. Miró hacia la cabra una última vez, calculando quizá si existía algún camino que no pasara por aquella figura alta y silenciosa que acababa de apropiarse de su oportunidad. Retrocedió despacio, manteniendo el rostro hacia ellos hasta alcanzar los helechos; después giró.
 
El rojo de su pelaje apareció y desapareció entre troncos y hojas, cada vez más tenue, hasta que la punta clara de la cola fue lo último en perderse en el bosque.
 
Ahora quedaba el otro problema.
 
Hachibi se giró. Kinu lo esperaba con la cabeza baja y los cuernos apuntando directamente hacia él. Incluso rascaba la tierra con una pata delantera, como si hubiera olvidado que una de las traseras seguía atrapada y estuviera preparándose para embestir a quien acababa de salvarla.
 
La cuerda de Saburō seguía guardada.
 
Quizá había llegado el momento de admitir que el granjero sabía perfectamente por qué se la había dado.
Al mediodía, la granja aún no era el punto de mayor calor. Saburō ya había terminado de limpiar el granero y comía un trozo de sandía fresca mientras se preguntaba si alguien tan limpio sería capaz de encontrar a la cabra en un solo día. De más joven le había tocado perseguir a una durante casi cuatro.
Para su sorpresa, una figura apareció entre los árboles mucho antes de lo esperado.
 
El shinobi volvía cargando algo sobre la espalda.
 
Kinu colgaba inconsciente, con las patas balanceándose a cada paso y una protuberancia bastante evidente sobre la cabeza. Parecía que algo especialmente duro le había dado un golpe considerable; fuera de aquello, se encontraba intacta.
 
Saburō dejó de masticar.
 
Miró a la cabra.
 
Miró al muchacho.
 
Volvió a mirar a la cabra.
 
Alrededor de media hora antes, Hachibi había terminado de cortar con un kunai parte de la raíz que aprisionaba una de las patas traseras de Kinu. Liberarla requirió poco más que paciencia y cuidado para no acercar demasiado el filo a la extremidad; consiguió abrir espacio suficiente, retiró la raíz y dejó finalmente libre la pezuña.
 
La cabra apoyó la pata, parecía estar bien.
 
Hachibi apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando Kinu bajó nuevamente la cabeza.
 
Los cuernos apuntaron hacia él. Había sido rescatada de una raíz, defendida de un zorro y acababa de recuperar completamente su libertad y su primera decisión fue utilizarla para atacar a su salvador.
 
Arremetió.
 
El bruno se apartó de su trayectoria con un movimiento sencillo y dejó pasar aquella masa de pelaje, cuernos y absoluto desagradecimiento. Kinu, que probablemente esperaba encontrar algo contra lo cual descargar su terquedad, encontró en su lugar una piedra de río grande, redonda y pulida por décadas de agua.
 
La puerta de la granja había cedido, la piedra no.

El golpe produjo un sonido seco. Kinu quedó inmóvil durante un segundo, balanceándose ligeramente sobre las patas como si todavía estuviera negociando con el mundo cuál de los dos había cometido el error; cayó de lado.
 
Hachibi permaneció mirándola un momento. La cabra, con su lengua de fuera, aun respiraba. La cuerda de Saburō seguía guardada.
 
De vuelta en la granja, el hombre dejó lentamente la sandía sobre el plato.
 
—¿Qué le pasó?
 
Hachibi sostuvo su mirada.
 
─Una piedra.
 
Después señaló discretamente la protuberancia de su cabeza y realizó con dos dedos un pequeño movimiento hacia adelante, como algo que embiste.
Saburō contempló a su cabra.
 
—Ah.
 
Guardó silencio unos segundos.
 
—Sí. Hace eso.
 

Dio algo de sandía al shinobi y tras firmar de completada su misión, el mestizo se marchó de vuelta a la aldea, acompañado por la orquesta de cigarras.
Masashi Kishimoto
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17-08-2026, 10:09 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: Autonarrada D ─ La Cabra Perdida (TID 14591)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: D
  • Yato Hachibi — Autor (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador 4
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17-08-2026, 10:09 AM
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