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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Fuego   ›   Konohagakure no Sato
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Misión E: Dulces para los niños
Narrador Tenseigan-kun
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31-07-2026, 03:20 AM
aprobado aqui


El aroma dulzón y persistente del caramelo recién hecho impregnaba la brisa de la primavera, chocando de forma extraña con el olor a humedad y metal oxidado que desprendía el carro de Katsuo. Bajo la gruesa capa de ropa oscura típica de su clan, Carina Aburame mantuvo la compostura, inmune en apariencia a las burlas del viejo mercader sobre los kikaichu y el cambio radical de sus tareas habituales.

Bajo la superficie de su piel, el leve y familiar zumbido de sus insectos servía como recordatorio constante de su verdadera naturaleza ninja, muy alejada de la imagen de una inocente vendedora de golosinas. No obstante, las misiones de rango E exigían paciencia, diplomacia y, sobre todo, no llamar la atención innecesariamente en medio de la concurrida zona comercial de Konoha.

Miró de reojo la bandeja llena de coloridas muestras del nuevo sabor antes de posar sus oscuros ojos sobre el rostro curtido del buhonero. Sabía perfectamente que tratar con personajes como Katsuo era caminar por la cuerda floja entre la información útil y los enredos innecesarios que solo traen dolores de cabeza al departamento de misiones. Sin embargo, la curiosidad inherente a cualquier shinobi operativo hizo que sopesara la propuesta por un instante.

—Los insectos no necesitan azúcar para trabajar, Katsuo, pero a veces un poco de dulce ayuda a mantener la paz en las calles de la aldea —respondió Carina con voz serena, inexpresiva y cortante—. Si tienes mercancía del este, guárdatela para los clientes que buscan problemas. Mi única misión hoy es repartir estas muestras antes de que los niños de la zona me dejen sin inventario. Así que, si no vas a aceptar un caramelo de manera pacífica, te sugiero que muevas ese carro antes de que mis pequeños amigos decidan hacer un nido en tus baratijas oxidadas.

Katsuo parpadeó, visiblemente intimidado por la sutil amenaza. Carina dio un paso firme, ignorándolo.
Carina Aburame
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31-07-2026, 08:31 AM
Le sostuve la mirada unos segundos. No porque estuviera enfadada. Estaba intentando decidir si hablaba en serio o si simplemente era uno de esos adultos que creen que hacer comentarios misteriosos los vuelve interesantes. La segunda opción llevaba una ventaja considerable.

-¿Mercancía del este?

 Incliné apenas la cabeza. Curioso. Cuando alguien menciona una dirección sin que nadie la pregunte suele ser porque quería decirla desde el principio. O porque está improvisando. Las dos posibilidades son entretenidas. Sonreí de lado antes de tomar un caramelo de la bandeja y hacerlo girar entre mis dedos.

-De todos modos, gracias por el consejo… aunque creo que hoy voy a limitarme a repartir azúcar y no a resolver conspiraciones comerciales. Una decepción para mi cerebro, la verdad.

Le tendí el dulce con absoluta naturalidad.

-Tome. Es gratis. Si dentro de una hora siente unas ganas irrefrenables de comprar más, no es un genjutsu; simplemente hicimos bien la receta.

Esperé a que lo tomara y me acomodé uno de los lentes con la sensualidad justa de una joven empoderada de mi edad.

-¿La plaza, dijo? Perfecto. Los niños tienen una relación estadísticamente poco saludable con el azúcar. Mi bandeja no sobrevivirá mucho tiempo allí.

Di media vuelta, pero alcancé a detenerme un instante.

-Ah… y si algún día encuentra mercancía realmente interesante, no empiece la conversación por mis insectos. Empiece por la mercancía. Créame, funciona mucho mejor.

Le dediqué una sonrisa traviesa antes de alejarme hacia la plaza, sosteniendo la bandeja con ambas manos mientras mis ojos ya recorrían la multitud buscando a mis próximas víctimas… científicas, claro. Después de todo, repartir caramelos no dejaba de ser un experimento social con un índice de aceptación sorprendentemente alto.
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31-07-2026, 09:20 PM
El hombre observó cómo el caramelo giraba entre los finos dedos de Carina antes de aceptar el ofrecimiento. Su expresión estoica apenas se inmutó, pero en la comisura de sus labios se dibujó el fantasma de una sonrisa genuina. Había esperado cautela, quizás incluso un poco de intimidación por parte de una joven, pero en su lugar había recibido una réplica cargada de agudo sarcasmo, una rápida lección de elocuencia y un dulce gratis. Desenrolló el envoltorio con lentitud calculada, llevándose la golosina a la boca mientras la observaba dar la vuelta. El sabor estalló en su paladar: dulce, intenso, perfectamente equilibrado.

—Nada de genjutsus, en efecto —murmuró para sí mismo, con un tono apenas audible, saboreando no solo el azúcar, sino la audacia de aquella generación. Dio media vuelta y sus pasos se desvanecieron en la dirección opuesta, sumergiéndose en el flujo de la multitud, sabiendo que, si alguna vez obtenía mercancía verdaderamente exótica, ya sabía exactamente cómo empezar la conversación la próxima vez.

Mientras tanto, el trayecto de Carina hacia la plaza principal resultó ser tan bullicioso como prometía la hora del día. El sol comenzaba su lento descenso, bañando las calles de la aldea en tonos anaranjados y dorados. Al llegar, el panorama era el sueño de cualquier mercader empedernido o, en su caso, de una científica armada con una bandeja de azúcar. Docenas de niños corrían de un lado a otro, persigiéndose cerca de la fuente central y esquivando a los transeúntes con esa agilidad inquieta y caótica. El escenario estaba perfectamente dispuesto para que su experimento social concluyera con la bandeja vacía en tiempo récord. Sin embargo, el ecosistema de la plaza estaba a punto de alterarse.

Justo cuando se acomodaba, preparándose para atraer a su primera oleada de pequeños sujetos de prueba, un estruendo resonó desde el acceso este de la plaza. Un enorme carro de madera, tirado por un par de comerciantes que claramente habían sobrestimado la capacidad del vehículo, sufrió el colapso repentino de su eje trasero. El carro se ladeó violentamente contra los adoquines, abriendo de golpe varias cajas de madera selladas.

En lugar de frutas o herramientas, del interior rodaron decenas de extrañas esferas de un material parecido al cristal oscuro, que al chocar entre sí emitían un zumbido sordo y vibrante, casi como si estuvieran vivas. Los niños, olvidando instantáneamente cualquier otra distracción o dulce potencial, corrieron en masa para rodear el espectáculo, maravillados por el sonido y el extraño brillo de los objetos. Los comerciantes, pálidos y presas del pánico, agitaban los brazos rogando a la gente que no tocara la carga derramada, creando un pequeño caos en el centro del lugar. La repentina interrupción dejaba el escenario completamente abierto, no solo arruinando temporalmente su monopolio de azúcar, sino exigiendo una reacción ante el misterioso accidente que acababa de robarse toda la atención del público.
Carina Aburame
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01-08-2026, 12:47 AM
Intenté seguir caminando como si nada hubiera pasado. Lo intenté. Pero entonces el eje del carro estalló con un crujido seco que atravesó la plaza y mi cerebro decidió abandonar por completo el asunto de los caramelos. Mis ojos se fueron directamente hacia las esferas negras. No hacia los comerciantes. No hacia los niños.
Hacia las esferas.

-¿Qué demonios son ustedes? 

Murmuré casi sin darme cuenta. No parecían frutas. Tampoco herramientas. El cristal oscuro devolvía la luz de una forma extraña y, cuando chocaban entre sí, aquel zumbido grave me erizó la piel. Era un sonido raro. No metálico. No animal. No terminaba de encajar en ninguna categoría que conociera. Mi cabeza empezó a trabajar demasiado rápido.

Cristal... pero flexible. Zumbido... ¿vibración? ¿Resonancia? ¿Algo encerrado dentro? ¿Por qué los comerciantes están más preocupados por las esferas que por el carro? ¿Por qué piden que nadie las toque? ¿Por qué... ¿Por qué? ¿Por qué?

Noté la sensación antes incluso de ser consciente de ella. Mis pensamientos empezaban a atropellarse unos a otros. Sin apartar la vista de las esferas, llevé mi mano izquierda hasta el antebrazo derecho con absoluta naturalidad. Abrí apenas la boca y hundí suavemente los dientes en la manga, justo donde sabía que debajo estaba mi piel. Cerré los ojos apenas un segundo. Respiré. Uno. Dos. La presión constante de mis dientes hizo que todo volviera a ordenarse. Era ridículo lo bien que funcionaba aquel hábito. Como si cada mordisco empujara las ideas hasta colocarlas otra vez en fila. Abrí los ojos de nuevo.

-Mucho mejor.

Entonces reparé en lo realmente preocupante. Los niños. Todos corrían hacia las esferas con esa velocidad suicida que solo poseen los niños cuando creen haber encontrado algo divertido.

-¡Eh! ¡Quietos! ¡No las toquen todavía! La ciencia esta a punto de suceder. 

Alcé la voz mientras sujetaba con firmeza la bandeja de caramelos contra mi cuerpo para que no saliera despedida al empezar a moverme.

-¡Si los dueños están gritando que no las toquen, hay una probabilidad sorprendentemente alta de que exista una razón! ¡Y las razones peligrosas suelen ser las más caras de solucionar!

Apuré el paso hacia el accidente sin perder de vista aquellas extrañas esferas. La curiosidad me estaba devorando por dentro pero una parte de mí, la que seguía siendo kunoichi antes que científica, sabía perfectamente cuál era el primer experimento que no debía permitirse, dejar que un grupo de niños descubriera por sí mismo qué ocurría al tocar un objeto desconocido.
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01-08-2026, 02:23 AM
El tono seco y cortante de la kunoichi, respaldado por la inconfundible presencia de su clan, logró lo que los gritos de los mercaderes no habían conseguido: los dos niños que iban al frente se detuvieron en seco, patinando sobre los adoquines con los ojos bien abiertos y la mano a solo unos centímetros de la primera esfera.

El comerciante dueño del cargamento, empapado en sudor frío y con la ropa polvorienta por el impacto, corrió torpemente hacia Carina en cuanto la vio avanzar con decisión, gesticulando con desesperación.

—¡Kunoichi-san! ¡Menos mal que hay alguien sensato! —exclamó el hombre con la voz entrecortada, agarrándose la cabeza mientras señalaba el revoltijo de cajas—. ¡No son gemas ni chucherías! Son muestras experimentales del Laboratorio de Mineralogía del Este. ¡Son altamente sensibles a los cambios térmicos bruscos y a la presión directa! Si se fracturan por completo... bueno, digamos que esta plaza se quedará sin adoquines y nosotros sin licencia de comercio.

Justo en ese instante, como si el destino quisiera darle la razón de la manera más incosteable posible, una de las esferas oscuras que había quedado más cerca de una rejilla de desagüe emitió un cambio repentino en su zumbido. El sonido grave pasó a ser un chirriante pitido metálico, y una fina línea de fractura recorrió la superficie del cristal oscuro, liberando un hilo de vapor translúcido que olía intensamente a ozono quemado.

El círculo de curiosos y niños retrocedió al unísono, presas de un pánico súbito ante el chisporroteo que comenzaba a intensificarse dentro del objeto dañado. El margen de error se había reducido a cero, y toda la atención de la plaza quedó suspendida del delgado hilo que separaba el control de la catástrofe.
Carina Aburame
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01-08-2026, 04:52 PM
El pitido me atravesó el pecho antes de que mi cerebro terminara de entender lo que mis oídos ya habían decidido catalogar como muy mala señal. No era simplemente un sonido. Era un cambio. Y los cambios son maravillosos, siempre que no estén ocurriendo dentro de una esfera de cristal capaz de arrancarle los adoquines a una plaza entera.

Mis pupilas recorrieron el objeto con una velocidad casi desesperada. La grieta no había aparecido de golpe; había nacido en un único punto y comenzaba a ramificarse con una geometría casi hermosa. El vapor escapaba siguiendo un ritmo irregular, mientras el aire se impregnaba de aquel olor inconfundible, o no. ¿Ozono? No necesitaba acercarme más para reconocerlo. Mi respiración se hizo más lenta. Mi cabeza, no.

¿Qué demonios estoy mirando? No parecía una combustión. Tampoco una reacción química convencional. Si el comerciante había dicho la verdad, aquellas cosas eran sensibles tanto a la presión como a los cambios térmicos. Dos variables completamente distintas provocando el mismo resultado significaban que el verdadero problema no era ninguna de las dos sino el equilibrio interno del material. Qué maravilla. Qué peligrosamente maravillosa.

Sentí otra vez ese cosquilleo detrás de los ojos. Ese momento exacto en que una pregunta empezaba a multiplicarse en diez, luego en cien y, antes de darme cuenta, mi cabeza se convertía en una colonia entera buscando respuestas al mismo tiempo. ¿Cristal? No. ¿Mineral? Tal vez. ¿Piezoeléctrico? ¿Algún compuesto con cámaras internas? ¿Liberaba energía? ¿Gas? ¿Chakra? ¿Los dos? ¿Por qué demonios zumba? ¿El sonido es una consecuencia o una advertencia?

Miles de insectos viviendo dentro de mí, años estudiando organismos, venenos y anatomía y al final el método más eficiente para silenciar el ruido de mi cabeza seguía siendo un pequeño mordisco. Siempre me hacía gracia pensarlo. Respiré profundamente. Uno. Dos. Las preguntas no desaparecieron y las ganas de morderme tampoco, ñam. Simplemente dejaron de empujarse entre ellas, convivían en un equilibrio irreductible de ansias y control mental.

Abrí los ojos otra vez. Ahora sí podía pensar. Y cuando realmente empecé a hacerlo dejé de mirar la esfera. Miré a las personas. Los niños. Los comerciantes. Las madres sujetando a sus hijos por los hombros. Los curiosos. El círculo que se había formado.

Qué especie tan fascinante. Bastaba una palabra como "explosión" para que algunos retrocedieran aterrados y otros sintieran unas ganas irresistibles de acercarse un poco más. La curiosidad podía ser una bendición o una sentencia dependiendo de quién llegara primero, la inteligencia o la imprudencia. Yo acababa de elegir bando.

-¡Ni un paso más!

Mi voz resonó con una firmeza que ni siquiera sabía que tenía. No estaba enfadada. Estaba concentrada. Señalé la esfera sin apartar los ojos de la multitud.

-¡Todo el mundo retroceda despacio! ¡No corran! ¡Si alguien tropieza y cae sobre esas cosas, el problema dejará de ser solamente científico!

Esperé apenas un instante, asegurándome de que los primeros niños obedecían antes de volver la vista hacia el comerciante. Lo estudié unos segundos. Respiración acelerada. Sudor frío. Pupilas dilatadas. No estaba exagerando. Tenía miedo de verdad. Eso significaba que conocía perfectamente las consecuencias. Di un paso hacia él. Solo uno.

-Escúcheme con mucha atención.

Mi voz bajó de volumen. Las personas siempre escuchaban mejor cuando uno dejaba de gritar.

-Necesito respuestas exactas. No tranquilizadoras. Exactas.

Levanté un dedo.

-Cuando dice "sensibles", ¿qué significa? ¿La temperatura ambiente basta para dañarlas o necesitan un cambio brusco? ¿La fractura libera únicamente esa energía o provoca una reacción en las demás? ¿Ese vapor es tóxico o solo indica que la estructura está colapsando? ¿Y lo más importante. 

Mis ojos regresaron inmediatamente hacia la esfera agrietada. El pitido. La grieta. El vapor. Todo seguía evolucionando. ¿todavía tenemos tiempo para pensar o acabamos de entrar en la fase donde solo queda correr? Apreté con más fuerza la bandeja de caramelos contra mi pecho. No pude evitar sonreír. Una sonrisa pequeña. Inquietantemente emocionada.

-Porque, sinceramente... vine preparada para repartir azúcar entre niños.

Incliné apenas la cabeza mientras observaba la esfera como quien contempla un insecto desconocido por primera vez.

-Y ahora resulta que alguien ha decidido dejar un fenómeno mineral experimental en mitad de una plaza llena de civiles.

Solté una risa breve.

-Tengo que admitirlo...

Mis ojos brillaban detrás de los lentes con forma de corazón.

-Es el giro argumental más interesante que ha tenido mi mañana.


Esperé pacientemente a que las autoridades vinieran antes de volver a levantar mi bandeja de muestras. El peligro había pasado, la plaza recuperaba poco a poco su bullicio habitual y, como si nada hubiera ocurrido, los niños regresaban a fijar la vista en los caramelos con el mismo entusiasmo de siempre. Sonreí para mis adentros. Después de todo, esa era la misión desde el principio. Con renovada energía recorrí la plaza ofreciendo las últimas muestras entre risas, preguntas absurdas y alguna que otra explicación completamente innecesaria sobre el azúcar. No tardé demasiado en quedarme con la bandeja vacía. Al final, los dulces encontraron dueño, los pequeños se marcharon felices y yo regresé convencida de que incluso la misión más sencilla podía esconder una aventura siempre que uno tuviera la suficiente curiosidad para encontrarla. ahora quería saber que dormíamia bajo la ladea!!!
Masashi Kishimoto
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01-08-2026, 05:20 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: Misión E: Dulces para los niños (TID 14390)
Tipo: Misión Normal · Rango: E
  • Carina Aburame — Participante (100%): 250 Ryos, 2 Tobis, 50 Exp
  • Akira Hyuuga — Narrador Oficial (100%): 500 Ryos, 0 Tobis, 35 Exp, Pergamino PERG001

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador 4
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01-08-2026, 05:20 PM
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