Participante: Alex
El Gran Almacén de víveres Akimichi se presentaría hoy como un escenario de caos absoluto. Cajas de madera volcadas estarían esparcidas por todo el suelo de piedra, dejando escapar granos de arroz y harinas que formarían caminos irregulares entre el desorden. El aire, que normalmente olería a especias y condimentos deliciosos, estaría ahora impregnado de una atmósfera tensa; el aroma a sudor frío de los trabajadores, que correrían de un lado a otro con rostros desencajados, opacaría cualquier otra fragancia en el ambiente.
Cerca de una estantería ahora vacía, un hombre corpulento con el delantal manchado de polvo y las manos temblorosas se pasaría un pañuelo por la frente, dejando un rastro de suciedad en su piel. Al notar la figura de Alex en la entrada, sus ojos se abrirían de par en par, cargados de desesperación. Se acercaría a zancadas, sujetando con fuerza una hoja de inventario arrugada que señalaría frenéticamente hacia el hueco vacío del estante.
—¡Es un desastre, todo ha desaparecido! —exclamaría el encargado con la voz quebrada, señalando el espacio donde antes reposarían las cajas—, no dejaron ni una sola de las trufas más preciadas; el almacén ha quedado en evidencia y la reputación de nuestro suministro está en juego —añadiría mientras su respiración se volvería errática, dejando claro que el robo no solo sería una pérdida material, sino un golpe directo a la logística del clan.
Miraria a Alex y su rostro se iluminaria —¡Alex-kun estas aquí como enviado por buda!— exclamaría el dependiente—¡nos han robado pero al ladrón se ha dejado esto! — le tendería una libreta con un sello grabado a fuego en su portada, una cola de huron, Alex ya ha escuchado de ellos una banda en auge ya otros genis se lo han encontrado.
Dentro de la libreta hay un galimatías de nombres, claves y cifrados sin embargo hay un lugar hora y fecha, la zona comercia media noche allí se daría una entrega.
Horas después si el Akimichi quisiera ir, el aire en la zona comercial se sentiría pesado y viciado.
Alex se encontraría oculto en las sombras de un callejón, observando el área particularmente cochambrosa que las notas de la libreta le habrían indicado. Allí, el silencio se vería interrumpido únicamente por el goteo constante de una tubería lejana y el chirrido de un cartel oxidado meciéndose con el viento.
Cerca de un poste de luz parpadeante, Alex vería a una figura enclenque y de hombros caídos que se mantendría en el lugar. El individuo se movería de forma errática, mirando hacia los lados con paranoia, como si el propio aire fuera un enemigo al acecho. Sus manos, introducidas profundamente en los bolsillos de un abrigo raído, temblarían con una frecuencia que delataría un miedo absoluto.
Alex, desde su posición estratégica, observaría cómo la atención del sujeto se desviaría bruscamente hacia el fondo del callejón. En la penumbra, el sonido rítmico de pasos metálicos sobre el pavimento roto rompería la calma: dos figuras más, envueltas en la oscuridad, comenzarían a acortar la distancia, dirigiéndose directamente hacia el punto de encuentro. La tensión en el ambiente se volvería casi tangible