13-07-2026, 03:47 AM
Día 25 de verano, año 150, Kirigakure.
Los hermanos Akizu tenían que encontrar formas de ganarse la vida en este condenado mundo. Sobre todo en estos tiempos económicamente difíciles, que podían perfectamente disparar la inflación. Yabei había realizado una pequeña disertación a sus hermanos respecto a los efectos de las fluctuaciones de suministros en los mercados; básicamente, oferta y demanda. Jinbei le hizo notar que era tan fácil como decir que si hay más de algo, es más barato, y si hay menos, es más barato. Por su parte, Kihei puntualizó que el gobierno de Kirigakure podría hacer algo al respecto e intervenir. Iba a ocurrir un debate respecto a las políticas de estabilidad económica del gobierno de la Niebla, pero ya era hora de que se dirigiesen al distrito comercial para comenzar la misión que habían tomado.
No era nada particularmente complicado. Una señora regordeta, famosísima por su nori tsukudani, se había quedado sin repartidores por el día, a razón de un brote de resfriado fulminante que echó a la cama a todo su personal, salvándose por milagro. Tal vez un negocio normal podría darse una licencia por un par de amaneceres, pero no era su caso; tenía una demanda urgente por parte de un cliente importante de su portafolio, que exigía una entrega inmediata por un relevante pago que ya había hecho. El cliente era un vigilante del sector montañoso de la aldea. No debía tener un sueldo tan alto... ¿çómo podía costear tanto? ¿Acaso preparaba una fiesta? La señora les explicó que estaba un poco loco y tenía una obsesión con devorar la pasta nori todo el día acompañada de arroz, constituyendo la base de su dieta y de sus gastos. Yabei consultó por los ingredientes: salsa de soja, vino de arroz dulce, el alga y azúcar. Habían otros detalles sobre métodos y uno que otro ingrediente secreto, pero aquello era secreto de industria y no sería revelado. Se tendría que enterar por otras formas. Kihei sugirió amenazarla o extorsionarla, pero Jinbei prometió que encontraría una buena receta por ensayo y error; el hermano mayor era el cocinero por excelencia de la familia.
La tríada enmascarada se hizo con el paquete. No era especialmente voluminoso, pero sí sorprendentemente pesado para su tamaño. Consistía en una caja de madera barnizada, de tapa corrediza, reforzada con pequeñas abrazaderas de hierro para soportar el largo trayecto hasta las montañas. El interior estaba cuidadosamente acolchado con paja seca, protegiendo una docena de frascos de cerámica. Bastó acercarse un poco para que un intenso aroma entre dulce, salado y marino escapara por los bordes de los recipientes. Lástima que no se lo podían comer esta vez.
El camino era largo, prácticamente de un extremo de la ciudad al otro, pero al menos era bastante intuitivo. Era cosa de seguir el canal Mizuchi, esa corriente enorme de agua que parte la metrópolis en dos, reconectada por sus puentes. De tal manera, los muchachos se ganaron miradas de incertidumbre cuando recorrieron las inmediaciones de sectores tan variopintos como la arena de entrenamiento del clan Kaguya, los laboratorios del clan Kodon y, finalmente, bordearon la prisión de las montañas. Se suponía que el vigilante hoy estaba en un día libre que obtuvo con mucha insistencia, y por ello podía recibir la encomienda personalmente. Lo que les seguiría sería tal vez la parte más incómoda de la misión. Una cosa era era echarse un par de horas de marcha por senderos urbanos, y otra muy distinta era tener que levantar las rodillas por kilómetros de sierra para aproximarse a una choza en específico. Con razón se quedaba tanto tiempo trabajando en la prisión...
Los primeros minutos transcurrieron en relativo silencio. Jinbei cargó la caja sin siquiera consultar, como si aquello fuese una extensión natural de su trabajo. Al cabo de un buen trecho, Yabei le recordó que podían turnarse para evitar el cansancio.
— No pesa tanto. — Respondió el mayor.
Cinco minutos después, Kihei ya llevaba la carga sobre los hombros.
— ¡Ahora sí pesa! — Protestó como si hubiera sido embaucado.
— No era tan pesada cuando la tenía Jinbei. — Comentó Yabei, riéndose.
Las calles empedradas fueron dejando paso a senderos estrechos y al murmullo constante del viento que descendía desde los riscos. Las casas empezaron a espaciarse unas de otras, hasta convertirse en simples refugios construidos donde la roca permitía levantar un techo. Incluso la niebla parecía distinta allí arriba: menos urbana, más fría, como si hubiese olvidado el olor a pescado del puerto para quedarse únicamente con el de la montaña húmeda. Los escalones improvisados entre la roca obligaban a elevar mucho más las piernas de lo habitual, mientras el aire húmedo hacía que cada respiración pesara un poco más. Los hermanos, turnándose por recomendación de Yabei, iban avanzando al mismo ritmo constante de siempre, como si el desnivel fuese un simple detalle del paisaje.
No fue difícil, al menos, divisar la dirección de entrega. ¡El tipo les estaba esperando en la puerta! Tuvo cierta desconfianza desde la distancia al percatarse que los repartidores eran unos aparentes lunáticos disfrazados, pero toda duda se disipó cuando el olor del ala procesada llenó sus pulmones montañeses. Sólo debía firmar un pequeño documento que certificase su conformidad con el producto recibido en relación a lo solicitado.... ¡y listo! El vigilante prácticamente le arrebató la caja de las manos a Kihei. La abrió allí mismo, con una ansiedad impropia de un adulto funcional, y revisó uno por uno los frascos de cerámica como quien inspecciona un tesoro nacional. Ni siquiera esperó a entrar. Destapó uno de los recipientes con un entusiasmo casi infantil, sacó una cucharada generosa de pasta de nori y la dejó caer sobre una bola de arroz que ya tenía preparada. Dio un primer bocado, cerró los ojos y permaneció inmóvil durante unos segundos.
En su camino de regreso a la tienda para notificar sobre la finalización del recado y entregar el comprobante firmado, cuya letra reconocería la propietaria, los hermanos no podían menos que solidarizar con otro hombre con obsesiones que suplir en esta aldea. Cada uno de los hermanos fue enlistando platillos, baratijas y pasatiempos que les resultaban así de vitales. Era una lista inacabable.
Después de todo, ¿qué es la vida sino hacer lo que te hace sentir vivo? Los hermanos compraron un poco de pasta nori a la misma señora que les pagaría, a insistencia de Kihei, y se fueron a merendar.
Los hermanos Akizu tenían que encontrar formas de ganarse la vida en este condenado mundo. Sobre todo en estos tiempos económicamente difíciles, que podían perfectamente disparar la inflación. Yabei había realizado una pequeña disertación a sus hermanos respecto a los efectos de las fluctuaciones de suministros en los mercados; básicamente, oferta y demanda. Jinbei le hizo notar que era tan fácil como decir que si hay más de algo, es más barato, y si hay menos, es más barato. Por su parte, Kihei puntualizó que el gobierno de Kirigakure podría hacer algo al respecto e intervenir. Iba a ocurrir un debate respecto a las políticas de estabilidad económica del gobierno de la Niebla, pero ya era hora de que se dirigiesen al distrito comercial para comenzar la misión que habían tomado.
No era nada particularmente complicado. Una señora regordeta, famosísima por su nori tsukudani, se había quedado sin repartidores por el día, a razón de un brote de resfriado fulminante que echó a la cama a todo su personal, salvándose por milagro. Tal vez un negocio normal podría darse una licencia por un par de amaneceres, pero no era su caso; tenía una demanda urgente por parte de un cliente importante de su portafolio, que exigía una entrega inmediata por un relevante pago que ya había hecho. El cliente era un vigilante del sector montañoso de la aldea. No debía tener un sueldo tan alto... ¿çómo podía costear tanto? ¿Acaso preparaba una fiesta? La señora les explicó que estaba un poco loco y tenía una obsesión con devorar la pasta nori todo el día acompañada de arroz, constituyendo la base de su dieta y de sus gastos. Yabei consultó por los ingredientes: salsa de soja, vino de arroz dulce, el alga y azúcar. Habían otros detalles sobre métodos y uno que otro ingrediente secreto, pero aquello era secreto de industria y no sería revelado. Se tendría que enterar por otras formas. Kihei sugirió amenazarla o extorsionarla, pero Jinbei prometió que encontraría una buena receta por ensayo y error; el hermano mayor era el cocinero por excelencia de la familia.
La tríada enmascarada se hizo con el paquete. No era especialmente voluminoso, pero sí sorprendentemente pesado para su tamaño. Consistía en una caja de madera barnizada, de tapa corrediza, reforzada con pequeñas abrazaderas de hierro para soportar el largo trayecto hasta las montañas. El interior estaba cuidadosamente acolchado con paja seca, protegiendo una docena de frascos de cerámica. Bastó acercarse un poco para que un intenso aroma entre dulce, salado y marino escapara por los bordes de los recipientes. Lástima que no se lo podían comer esta vez.
El camino era largo, prácticamente de un extremo de la ciudad al otro, pero al menos era bastante intuitivo. Era cosa de seguir el canal Mizuchi, esa corriente enorme de agua que parte la metrópolis en dos, reconectada por sus puentes. De tal manera, los muchachos se ganaron miradas de incertidumbre cuando recorrieron las inmediaciones de sectores tan variopintos como la arena de entrenamiento del clan Kaguya, los laboratorios del clan Kodon y, finalmente, bordearon la prisión de las montañas. Se suponía que el vigilante hoy estaba en un día libre que obtuvo con mucha insistencia, y por ello podía recibir la encomienda personalmente. Lo que les seguiría sería tal vez la parte más incómoda de la misión. Una cosa era era echarse un par de horas de marcha por senderos urbanos, y otra muy distinta era tener que levantar las rodillas por kilómetros de sierra para aproximarse a una choza en específico. Con razón se quedaba tanto tiempo trabajando en la prisión...
Los primeros minutos transcurrieron en relativo silencio. Jinbei cargó la caja sin siquiera consultar, como si aquello fuese una extensión natural de su trabajo. Al cabo de un buen trecho, Yabei le recordó que podían turnarse para evitar el cansancio.
— No pesa tanto. — Respondió el mayor.
Cinco minutos después, Kihei ya llevaba la carga sobre los hombros.
— ¡Ahora sí pesa! — Protestó como si hubiera sido embaucado.
— No era tan pesada cuando la tenía Jinbei. — Comentó Yabei, riéndose.
Las calles empedradas fueron dejando paso a senderos estrechos y al murmullo constante del viento que descendía desde los riscos. Las casas empezaron a espaciarse unas de otras, hasta convertirse en simples refugios construidos donde la roca permitía levantar un techo. Incluso la niebla parecía distinta allí arriba: menos urbana, más fría, como si hubiese olvidado el olor a pescado del puerto para quedarse únicamente con el de la montaña húmeda. Los escalones improvisados entre la roca obligaban a elevar mucho más las piernas de lo habitual, mientras el aire húmedo hacía que cada respiración pesara un poco más. Los hermanos, turnándose por recomendación de Yabei, iban avanzando al mismo ritmo constante de siempre, como si el desnivel fuese un simple detalle del paisaje.
No fue difícil, al menos, divisar la dirección de entrega. ¡El tipo les estaba esperando en la puerta! Tuvo cierta desconfianza desde la distancia al percatarse que los repartidores eran unos aparentes lunáticos disfrazados, pero toda duda se disipó cuando el olor del ala procesada llenó sus pulmones montañeses. Sólo debía firmar un pequeño documento que certificase su conformidad con el producto recibido en relación a lo solicitado.... ¡y listo! El vigilante prácticamente le arrebató la caja de las manos a Kihei. La abrió allí mismo, con una ansiedad impropia de un adulto funcional, y revisó uno por uno los frascos de cerámica como quien inspecciona un tesoro nacional. Ni siquiera esperó a entrar. Destapó uno de los recipientes con un entusiasmo casi infantil, sacó una cucharada generosa de pasta de nori y la dejó caer sobre una bola de arroz que ya tenía preparada. Dio un primer bocado, cerró los ojos y permaneció inmóvil durante unos segundos.
En su camino de regreso a la tienda para notificar sobre la finalización del recado y entregar el comprobante firmado, cuya letra reconocería la propietaria, los hermanos no podían menos que solidarizar con otro hombre con obsesiones que suplir en esta aldea. Cada uno de los hermanos fue enlistando platillos, baratijas y pasatiempos que les resultaban así de vitales. Era una lista inacabable.
Después de todo, ¿qué es la vida sino hacer lo que te hace sentir vivo? Los hermanos compraron un poco de pasta nori a la misma señora que les pagaría, a insistencia de Kihei, y se fueron a merendar.
![[Imagen: AhAOZ2C.png]](https://i.imgur.com/AhAOZ2C.png)