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[Mision normal rango D] ¡Emergencia en el Chango Dango!
Kyōraku Senju
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 10
Estadísticas
Generales
Fuerza25(2)
Destreza75(4)
Ctrl. de Chakra45(2)
Inteligencia5(1)
Especiales
Salud9
Velocidad14
Tenketsu9
Sigilo14
410
500
Enlace al Post
05-07-2026, 07:04 AM
Última modificación: 05-07-2026, 08:37 AM por Moderador 6.
[Imagen: CHANGO-DANGO.png]
Verano 10, 150

Kyōraku hundía sus ojos en el pergamino de papel recién desenrollado. El tacto era rugoso, levemente áspero notándose algunas fibras de los procesos aun primitivos para trabajar la fibra con la que se fabricaba la hoja.

El pergamino no mencionaba enemigos. No hablaba de bandidos. No advertía de trampas, escoltas peligrosas ni animales fuera de control.

Las misiones mas humillantes rara vez anunciaban su verdadera naturaleza desde el principio. Aquella mañana, la oficina de misiones le asigno una tarea de rango D en el distrito comercial de Konoha. El encargo sonaba simple. Cubrir un turno de apoyó en una de las sucursales móviles de El chango dango, famoso restaurante especializado en comida tradicional, cuyo plato insignia, como era evidente por el nombre, eran los dangos. Pequeñas pelotitas dulces hechas a base de harina de arroz agua y azúcar en ocasiones fritas, en ocasiones con toppings adicionales.

El encargado de esta sucursal móvil, un hombre mayor de voz ronca y paciencia inexistente había solicitado ayuda temporal para atender el puesto. El desfile del día de la aldea se aproximaba y los mejores cocineros se encontraban en el restaurante principal haciendo los preparativos pertinentes para la fiesta, por eso era requerido un gennin que cubriera este puesto por lo menos durante las últimas horas de la tarde y la noche de aquel día.

Nada más. Ayudar. Cocinar. Servir. Humillante, sí. Pero ¿Qué tan difícil podría ser?

Kyōraku llego en la tarde a la hora a la que había sido convocado, cuando el sol empezaba a bajar sobre los techos de madera y las calles tomaba ese anaranjado cálido y clásico que despide el sol con nostalgia. Aun si las calles todavía desprendían ese calor bajo que sube desde la piedra hasta pegarse a la ropa.

El puesto se encontraba en una esquina concurrida, montado sobre una carreta robusta de madera oscura, con ruedas grandes, toldo rojizo, faroles de papel decorados con kanjis y un cartel pintado a mano donde podía leerse el nombre del negocio con una alegría que el Senju no compartía.

CHANGO DANGO

El olor lo recibió antes que el dueño. Masa cocida, azúcar caramelizada, salsa dulce, aceite caliente, carbón, sudor y mucho calor. Todo mezclado en una nube espesa que se adhería a la piel y convertía el aire en una sustancia casi masticable.

Kyōraku se detuvo frente al puesto con la misma expresión con la que habría observado una escena de crimen.

El encargado levantó la vista desde una bandeja llena de brochetas a medio glasear. Tenía los brazos cubiertos de harina, una cinta empapada en la frente y el rostro de alguien que lleva demasiados años luchando contra clientes exigentes y hambrientos.

- Tu debes ser el gennin

Kyōraku inclinó apenas el mentón.

- Perfecto. Ponte esto. – el hombre le lanzó una cinta gruesa para la frente y un delantal blanco, ambos manchados con pequeñas huellas de salsa.

Kyōraku los atrapo por reflejo, dedicándoles una mirada por algunos segundos claramente disgustado. La dignidad, como muchas otras cosas en la vida shinobi, exigía sacrificios.

Minutos mas tarde, el Senju se encontraba detrás del mostrador. La cinta ajustada alrededor de la frente, el delantal atado sobre la ropa oscura y la bufanda recogida con severidad para evitar que terminara dentro de una sartén. Había un microclima generado allí dentro. Algunas gotas de sudor descendían por sus sienes. No por esfuerzo físico todavía, sino por la cercanía brutal del brasero y del aceite que chispeaba con una violencia innecesaria.

El dueño le señaló tres bandejas. – Estos son mitarashi. Estos llevan anko. Estos van sin salsa para los niños insoportables que cambian de opinión cada diez segundos. No mezcles pedidos, no quemes la masa, no dejes caer los palillos, no discutas con los clientes, y por todos los dioses, si alguien pide “lo de siempre”, pregúntale que demonios significa.

Kyōraku guardo silencio. El aceite soltó una chispa y una gota diminuta saltó hacia su muñeca. No movió el brazo. Solo entrecerró los ojos – Entendido – Estaba en un literal infierno, peor que cualquier campo de batalla.

En ese instante llegaron tres clientes al mismo tiempo, luego cinco, después ocho. Una anciana golpeó el mostrador con una moneda. Un niño señaló todas las bandejas sin decidirse por ninguna. Un comerciante exigió prioridad solo porque “iba de paso”

Al fondo, una sartén comenzó a inclinarse peligrosamente sobre el borde del fogón. Kyōraku observó la fila, el aceite, la masa, las brochetas, el dueño gritando órdenes y el sudo que ya empezaba a humedecerle la nuca.

La misión no mencionaba enemigos, pero se había equivocado, el enemigo llevaba salsa dulce, venia en colores y lo atravesaba un pincho por la mitad.

La noche transcurriría así, entre sudor, aceite, harina de arroz, turbas hambrientas y niños hostigados de azúcar. Todo un deleite.

Al final el encargado no dio las gracias, solo pidió nuevamente la cinta y el delantal y vio a Kyōraku perderse entre las calles tras una jornada de esfuerzo excesivo.
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