Shinobi Gaiden Foro Rol
  • Guías
  • Técnicas
  • Información ▾
    • Mapa del Mundo
    • Virtudes y Defectos
    • Registro de Personajes
    • Objetos
    • Calc. de Estadísticas
    • Censo y Estadísticas
  • Iniciar Sesión
  • Regístrate
  • Primeros pasos
Kishue vs Akira y Kei
忍 SG
知
¿Sabías que… cinco familias organizaron una masacre sistemática en una sola noche para controlar los recursos de la futura Kiri?
Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?
Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Agua   ›   Kirigakure no Sato
« Anterior 1 … 5 6 7 8 9 … 12 Siguiente »
  ›   [Misión Simple] [Autonarrada D] El Silbido del Archivo Glacial
Responder
[Autonarrada D] El Silbido del Archivo Glacial
Orión Hoshigaki
Rango Chuunin
Clan Hoshigaki
Nivel 13
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza25(2)
Ctrl. de Chakra60(3)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud11
Velocidad14
Tenketsu11
Sigilo15
560
535
Enlace al Post
04-07-2026, 12:06 PM
Día 15 del Verano, Año 150
Hora: 20:00 hs
Archivo Glacial Yuki — Kirigakure


El verano había llegado a Kirigakure con esa humedad sofocante que parecía adherirse a la piel desde las primeras horas del día. La niebla seguía cubriendo gran parte de la aldea, aunque aquella noche era más tenue que de costumbre, permitiendo que la luz del crepúsculo se filtrara entre los edificios de piedra y los innumerables canales que dividían los distintos distritos. Las embarcaciones avanzaban lentamente por el Canal Mizuchi mientras comerciantes descargaban mercancías procedentes del Puerto Shinobi Funato y los habitantes comenzaban otra jornada entre el incesante sonido del agua golpeando los pilotes de madera. “Docientos treinta y tres”

Orión caminaba con la tranquilidad característica de quien había nacido escuchando el mar. Sus pasos eran pesados, pero constantes, y cada uno producía un leve eco sobre los antiguos adoquines húmedos. A diferencia de la mayoría de los habitantes, apenas parecía afectarle el calor. La humedad que incomodaba a otros era, para él, casi un estado natural. Sin embargo, a medida que abandonó el bullicio de las zonas comerciales y comenzó a internarse en el territorio del archivo, la sensación cambió de forma tan repentina que incluso él levantó ligeramente una ceja.

El aire se volvió frío. No era un descenso gradual de temperatura provocado por la sombra de los edificios. Era un límite perfectamente definido. Un paso más allá de un viejo puente de piedra bastó para que el calor desapareciera como si jamás hubiera existido. El vapor comenzó a escapar lentamente de su respiración. Las hojas de los árboles aparecían cubiertas por una delgada película de humedad pese a encontrarse en pleno verano. Los pequeños canales laterales permanecían inmóviles. Incluso el sonido cambiaba. Allí el agua corría más despacio, amortiguada por el frío, mientras el resto de la aldea quedaba atrás como un recuerdo lejano. “Quinientos siete”

Frente a él se alzaba el Archivo Glacial Yuki. El edificio imponía respeto desde el primer vistazo. No destacaba por su tamaño, sino por su presencia. Los enormes bloques de piedra gris que conformaban la estructura parecían haber sido esculpidos directamente desde una montaña helada. Columnas robustas sostenían un techo cubierto por cristales simulando el hielo que jamás llegaban a fundirse. Grandes ventanales dejaban entrever estanterías interminables ocultas tras una tenue neblina blanca, mientras pequeñas estalactitas colgaban del alero como si el invierno hubiese decidido establecer allí su residencia permanente.

El lugar no transmitía miedo. Transmitía silencio. Ese tipo de silencio que obliga a bajar la voz incluso cuando no hay nadie cerca. Orión permaneció unos instantes observando la construcción antes de avanzar hacia la entrada principal. Allí lo esperaba un hombre de avanzada edad envuelto en gruesas prendas de lana. Su barba completamente blanca caía hasta el pecho y unas pequeñas gafas descansaban sobre la punta de la nariz. A pesar de encontrarse prácticamente inmóvil, frotaba constantemente sus manos para combatir el frío.

- ¿Orión Hoshigaki?

Preguntó con una voz pausada. El gennin respondió con una leve inclinación de cabeza.

- Gracias por venir tan rápido. Mi nombre es Shigure. Soy uno de los archivistas responsables del ala norte. Normalmente este edificio es uno de los lugares más tranquilos de toda Kirigakure, pero desde hace varias noches eso dejó de ser cierto.

Mientras hablaba, abrió lentamente las pesadas puertas de madera reforzadas con hierro. Una corriente de aire helado salió inmediatamente hacia el exterior. Orión sintió cómo aquel frío se adhería a su piel igual que el agua del océano durante el invierno.

- El silbido comienza apenas cae el sol

Continuó el anciano mientras ambos avanzaban entre los primeros pasillos.

- Al principio pensamos que provenía del viento, pero las noches permanecían completamente calmadas. Después creímos que alguien intentaba infiltrarse utilizando los antiguos conductos de ventilación. Registramos todo el edificio. No encontramos absolutamente nada.

Sus palabras rebotaban suavemente entre las bóvedas de piedra. Cada sonido parecía prolongarse durante varios segundos antes de desaparecer.

- Los más jóvenes comenzaron a hablar de espíritus.

El anciano dejó escapar una pequeña risa.

- Llevo cuarenta años trabajando aquí. Nunca he visto un espíritu. Pero sí he visto cómo el miedo consigue convencer a cualquiera.

Mientras avanzaban, Orión contempló las interminables filas de estanterías. Miles. Quizá decenas de miles de pergaminos. Cada uno protegido mediante cajas lacadas, envoltorios de cuero o pequeños compartimentos de cristal cubiertos por una fina capa de escarcha. Algunos parecían tan antiguos que el simple paso del tiempo había oscurecido completamente el papel. No era una biblioteca. Era la memoria de Kirigakure. Los registros de antiguas guerras. Mapas marítimos. Investigaciones. Tratados entre clanes. Técnicas olvidadas. Generaciones enteras descansaban sobre aquellas estanterías. Entonces sucedió. Un sonido agudo atravesó el edificio. No era fuerte.
Era limpio. Un silbido largo y constante que parecía recorrer cada pared, cada techo y cada corredor al mismo tiempo. No provenía de un punto concreto. Era como si el propio Archivo hubiese aprendido a respirar. El anciano se estremeció.

-¿Lo escucha?

Orión permaneció inmóvil. No respondió. Simplemente cerró los ojos. El mundo desapareció. Su respiración se hizo lenta. El aire penetró profundamente en sus pulmones mientras sus branquias trabajaban de manera casi imperceptible. Entonces comenzó a separar los aromas. La tinta. El cuero. La madera vieja. La humedad atrapada durante décadas. El polvo. Las telas. El aceite de las lámparas. Nada más. No existía rastro alguno que indicara la presencia de otra persona. Sin embargo había algo diferente. Una corriente. Muy débil. Tan sutil que cualquier otro la habría confundido con una simple variación del ambiente. Pero para alguien acostumbrado a leer el océano a través del olor y las corrientes, aquella pequeña diferencia resultaba imposible de ignorar. Orión abrió lentamente los ojos. Ya no seguía el sonido. Seguía el aire.

Orión avanzó sin prisa. Cada paso parecía despertar un leve crujido bajo sus botas, como si el propio edificio respondiera a la presencia de un visitante. La corriente era tan tenue que desaparecía por momentos para reaparecer unos metros más adelante, obligándolo a detenerse una y otra vez. No perseguía el silbido; sabía que el sonido rebotaba entre las bóvedas de piedra y los conductos ocultos del Archivo, engañando a cualquiera que intentara localizarlo únicamente con el oído. El aire, en cambio, jamás mentía.

Las galerías comenzaron a estrecharse. Las altas estanterías dieron paso a pasillos de servicio construidos con piedra desnuda. Las lámparas de aceite eran cada vez más escasas y la oscuridad ocupaba el espacio entre una luz y la siguiente. Sobre las paredes se extendían venas de hielo antiguo, gruesas como raíces, que parecían haber nacido desde los propios cimientos del edificio. Algunas recorrían el techo, otras descendían hasta el suelo formando columnas cristalinas capaces de sostener toneladas de roca. El frío dejó de ser una sensación agradable. Comenzó a sentirse pesado. Cada inspiración llenaba sus pulmones de un aire tan helado que parecía cortar desde el interior. El vapor escapaba constantemente entre sus labios y sus manos empezaban a endurecerse alrededor del equipo ninja. Incluso alguien acostumbrado al océano comprendía que aquel lugar no era natural. El Archivo no solo conservaba documentos; también conservaba el invierno.

El silbido regresó. Esta vez fue más intenso. No parecía provenir de un único punto. Se deslizaba por las paredes como una criatura invisible, atravesando corredores y techos hasta desaparecer en la profundidad del edificio. El eco provocaba una extraña ilusión, por un instante daba la impresión de que alguien caminaba detrás de él, pero cuando se giraba solo encontraba estanterías inmóviles y una quietud absoluta.

Orión continuó siguiendo aquella diminuta corriente de aire hasta llegar a una puerta mucho más antigua que el resto. No tenía inscripciones ni cerraduras visibles. Era una pesada compuerta circular de acero ennegrecido, incrustada en el muro y abrazada por gruesas capas de hielo que habían terminado fusionando el metal con la piedra. Alrededor del borde apenas existía una abertura del grosor de una hoja de papel. Fue entonces cuando lo comprendió. Cada vez que el aire atravesaba aquella diminuta fisura era comprimido por el estrecho espacio entre el hielo y el metal. Después recorría una compleja red de antiguos conductos de ventilación construidos para mantener estable la temperatura del Archivo. El edificio entero actuaba como el cuerpo de una gigantesca flauta, amplificando el sonido hasta hacerlo recorrer todas las salas.

No eran espíritus. No eran ladrones. Era el propio Archivo quien silbaba. Orión apoyó ambas manos sobre la compuerta e intentó moverla. Nada. Empujó con más fuerza. Los músculos de sus brazos comenzaron a tensarse, pero el acero apenas respondió con una ligera vibración. Décadas de hielo habían sellado aquella pieza hasta convertirla en parte del edificio.

Retrocedió un paso. Llevó una mano al bolsillo lateral de su chaleco y extrajo su kunai, su compañero. La hoja reflejó el tenue brillo de las lámparas antes de clavarse cuidadosamente entre el borde metálico y el hielo. No buscaba romper la compuerta. Buscaba romper el sello que el tiempo había construido a su alrededor. Golpeó el mango con la base de la palma.

¡Crack!

Una pequeña grieta recorrió el hielo. Volvió a sacar el kunai y lo introdujo unos centímetros más arriba. Otro golpe. Otra grieta. Repitió el procedimiento una y otra vez, rodeando lentamente toda la circunferencia metálica. Cada impacto desprendía pequeños fragmentos cristalinos que caían al suelo tintineando como si fueran diminutos trozos de vidrio. El eco de aquellos golpes viajaba por los pasillos y desaparecía lentamente entre las estanterías. El frío comenzaba a cobrarse su precio. Las yemas de sus dedos perdían sensibilidad. Sus antebrazos estaban rígidos. La escarcha empezaba a cubrir parte de sus mangas y algunas gotas de humedad se congelaban sobre su cabello oscuro. «Con razon nadie permanece aquí demasiado tiempo.»

Cuando consideró que el hielo había perdido suficiente resistencia, guardó nuevamente el kunai. Flexionó ligeramente las rodillas. Hundió las botas sobre el suelo congelado buscando un apoyo firme. Sujetó el enorme aro metálico con ambas manos. Inspiró profundamente. Todo su cuerpo se tensó. Los músculos de la espalda se marcaron bajo la ropa mientras el acero comenzaba a emitir un largo gemido. La compuerta se negó a ceder. Orión volvió a ejercer fuerza. Las venas de sus antebrazos sobresalieron. Sus botas resbalaron apenas unos centímetros antes de recuperar el equilibrio. Entonces el hielo respondió. Primero apareció una grieta. Luego otra. Después una tercera que atravesó todo el anillo congelado. El edificio entero pareció contener la respiración. Con un último esfuerzo, Orión lanzó un potente tirón acompañado por un rugido contenido.

¡CRAAAK!

El hielo estalló en decenas de fragmentos. La pesada compuerta se desplazó apenas unos centímetros, suficiente para liberar la enorme presión acumulada durante años. Una violenta corriente de aire salió disparada desde el interior del conducto, agitando su cabello y haciendo oscilar la llama de las lámparas cercanas. El largo silbido alcanzó un último tono agudo antes de apagarse para siempre. El silencio regresó. Un silencio auténtico. Profundo.El mismo silencio que debía reinar en un lugar donde descansaban siglos de historia.

Orión inspeccionó el mecanismo con calma. Uno de las antiguas trancas de sujeción había cedido hacía mucho tiempo, permitiendo que la compuerta quedara apenas abierta. Aquella mínima separación bastó para transformar los conductos de ventilación en un inmenso instrumento de viento. Con paciencia retiró los restos de hielo, recolocó el cierre en su posición y aseguró nuevamente el sistema para impedir que volviera a abrirse.

Cuando regresó al vestíbulo principal, Shigure aguardaba con evidente preocupación. Antes incluso de preguntar, el anciano comprendió la respuesta. El edificio permanecía completamente en silencio.

- Entonces. ¿terminó?

Orión asintió.

-El Archivo solo necesitaba que alguien escuchara lo que realmente intentaba decir.

El anciano dejó escapar una sonrisa de alivio mientras observaba los interminables pasillos que, por primera vez en muchas noches, descansaban sin aquel inquietante lamento. Orión abandonó el Archivo Glacial Yuki mientras el aire templado del verano volvía a envolver lentamente su cuerpo. Al cruzar el viejo puente de piedra sintió cómo el calor regresaba de golpe, borrando poco a poco el entumecimiento de sus manos. Miró una última vez la imponente construcción cubierta por cristales. Detrás de aquellos muros seguían ocultos secretos capaces de sobrevivir a generaciones enteras, pero esa noche, al menos, la memoria de Kirigakure volvería a descansar en absoluto silencio.

[Imagen: l93r50D.png]

Hablo - Pienso
Responder
Salto de foro:

Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)