04-07-2026, 12:43 AM
El ambiente de la casa de té se sentía inusualmente pesado, o quizás era simplemente la densidad de sus propios pensamientos. Akira soltó un suspiro, uno que distaba mucho de los gruñidos de fastidio que solía soltar cuando alguien le buscaba bronca en las tabernas de los muelles. Hoy, sin embargo, su aspecto exterior reflejaba un cambio que intentaba —sin mucho éxito— camuflar su ansiedad bajo una estética más urbana y menos atada a los convencionalismos de su clan.
Había dejado atrás las sedas y el chaleco tradicional por una chaqueta de cuero negro, cuya textura rugosa y pesada contrastaba con la suavidad de la camisa de cuello blanco impecable que llevaba debajo. Sus piernas, enfundadas en unos jeans negros ajustados, terminaban de darle esa apariencia de rebelde que solía pasearse por los barrios obreros, muy lejos de los salones aristocráticos del distrito Hyūga. Su largo cabello castaño, habitualmente suelto, estaba ahora recogido en una coleta alta y tirante, dejando su rostro despejado y sus rasgos afilados en plena exhibición, mientras que la banda ninja, en lugar de ceñir su frente, colgaba con un descuido estudiado alrededor de su cuello.
A su lado, Maneky, su gato de pelaje blanco impoluto, se desperezó sobre el suelo de madera, emitiendo un ronroneo bajo que vibraba en el silencio. El felino, con su mirada de heterocromía fija en el rostro de su dueño, inclinó la cabeza, observando cómo Akira mordía distraídamente la correa de su guantelete derecho; un tic nervioso que siempre precedía al caos, pero que hoy solo denotaba una ansiedad casi infantil.
—¿Crees que es una estupidez, Maneky? —murmuró Akira, bajando la voz hasta un susurro apenas audible para los demás clientes—. He estado en emboscadas, he roto huesos por defender a mi hermano y he enfrentado a tipos que me triplican en tamaño, pero aquí estoy, sudando por un par de dulces.
El gato, con esa calma enigmática propia de su especie, se frotó contra la pierna de su dueño, dejando un rastro de pelusa blanca sobre el cuero oscuro de la chaqueta. Akira, olvidando por un momento la pose de tipo duro que sus ropas sugerían, dejó que sus ojos perlados se perdieran nuevamente en el lazo rojo de la caja sobre sus rodillas.
—Si se ríe, o si me mira con esa cara de despiste habitual… —continuó Akira, dejando de morder la correa—. Es decir, ella es… es un tornado. Y yo soy solo un idiota con problemas de ira que intenta ser normal por un par de horas. Tal vez solo se está burlando de lo estirados que somos los Hyūga.
Maneky emitió un maullido breve, casi como una risita, antes de acurrucarse contra la rodilla de su dueño. Akira se obligó a relajar los hombros, tratando de que la rigidez del cuero no lo hiciera sentir más atrapado de lo que ya se sentía emocionalmente. Por un momento, el buscapleitos de los callejones y el aristócrata del clan se fundieron en un joven de dieciséis años que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba tratando de demostrarle nada a nadie, sino simplemente esperando a alguien cuyo olor era el único que lograba calmar el fuego constante de su sangre.
Había dejado atrás las sedas y el chaleco tradicional por una chaqueta de cuero negro, cuya textura rugosa y pesada contrastaba con la suavidad de la camisa de cuello blanco impecable que llevaba debajo. Sus piernas, enfundadas en unos jeans negros ajustados, terminaban de darle esa apariencia de rebelde que solía pasearse por los barrios obreros, muy lejos de los salones aristocráticos del distrito Hyūga. Su largo cabello castaño, habitualmente suelto, estaba ahora recogido en una coleta alta y tirante, dejando su rostro despejado y sus rasgos afilados en plena exhibición, mientras que la banda ninja, en lugar de ceñir su frente, colgaba con un descuido estudiado alrededor de su cuello.
A su lado, Maneky, su gato de pelaje blanco impoluto, se desperezó sobre el suelo de madera, emitiendo un ronroneo bajo que vibraba en el silencio. El felino, con su mirada de heterocromía fija en el rostro de su dueño, inclinó la cabeza, observando cómo Akira mordía distraídamente la correa de su guantelete derecho; un tic nervioso que siempre precedía al caos, pero que hoy solo denotaba una ansiedad casi infantil.
—¿Crees que es una estupidez, Maneky? —murmuró Akira, bajando la voz hasta un susurro apenas audible para los demás clientes—. He estado en emboscadas, he roto huesos por defender a mi hermano y he enfrentado a tipos que me triplican en tamaño, pero aquí estoy, sudando por un par de dulces.
El gato, con esa calma enigmática propia de su especie, se frotó contra la pierna de su dueño, dejando un rastro de pelusa blanca sobre el cuero oscuro de la chaqueta. Akira, olvidando por un momento la pose de tipo duro que sus ropas sugerían, dejó que sus ojos perlados se perdieran nuevamente en el lazo rojo de la caja sobre sus rodillas.
—Si se ríe, o si me mira con esa cara de despiste habitual… —continuó Akira, dejando de morder la correa—. Es decir, ella es… es un tornado. Y yo soy solo un idiota con problemas de ira que intenta ser normal por un par de horas. Tal vez solo se está burlando de lo estirados que somos los Hyūga.
Maneky emitió un maullido breve, casi como una risita, antes de acurrucarse contra la rodilla de su dueño. Akira se obligó a relajar los hombros, tratando de que la rigidez del cuero no lo hiciera sentir más atrapado de lo que ya se sentía emocionalmente. Por un momento, el buscapleitos de los callejones y el aristócrata del clan se fundieron en un joven de dieciséis años que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba tratando de demostrarle nada a nadie, sino simplemente esperando a alguien cuyo olor era el único que lograba calmar el fuego constante de su sangre.