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[Misión Autonarrada] Restablecimiento del Orden en los Viñedos Oficiales
Naoe Senju
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 9
Estadísticas
Generales
Fuerza25(2)
Destreza30(2)
Ctrl. de Chakra50(3)
Inteligencia30(2)
Especiales
Salud11
Velocidad13
Tenketsu11
Sigilo10
415
440
Enlace al Post
26-06-2026, 07:19 PM
:::: Autonarrada:
● Nombre de la Misión: Restablecimiento del Orden en los Viñedos Oficiales
● Información de la Misión:Una jauría de jabalíes de colmillos de aguja (fauna local agresiva) ha logrado burlar los fosos de retención inferiores y se ha asentado en los viñedos oficiales que abastecen las bodegas de raciones de la fortaleza. Los animales están destrozando las espalderas de madera y atacando a los recolectores civiles. El objetivo de Naoe es adentrarse en las densas líneas de cultivo, localizar el epicentro de la manada, proteger a los obreros remanentes y neutralizar la amenaza de forma expedita para devolver el orden al sector agrícola.
● Rango y Tipo de la Misión: D - Autonarrada
● Fecha y Lugar: Año 150
● Cantidad de Usuarios: 1 (Naoe)
● Cantidad máxima de horas por ronda: N/A

El sector agrícola de la fortaleza de Konoha operaba bajo una estricta doctrina militar donde la simetría y el rendimiento logístico dictaban el ritmo diario. Cualquier alteración en la cadena de suministros no era vista simplemente como un contratiempo natural, sino como una vulnerabilidad táctica que amenazaba el racionamiento oficial de los acuartelamientos. Por ello, cuando el informe de los puestos de control perimetral advirtió que una jauría de jabalíes de colmillos de aguja había logrado evadir los fosos de retención inferiores, la respuesta del alto mando fue inmediata. La asignación recayó sobre Naoe Senju. Para el joven gennin, la misión no representaba un mero control de fauna agresiva, sino un imperativo moral e institucional para disolver el caos y restaurar la pulcritud operativa en los viñedos oficiales de la aldea.

La fría luz del amanecer comenzaba a bañar las extensas hileras de vides cuando Naoe traspasó el umbral del puesto de guardia norte. El aire matutino transportaba el aroma dulce de las uvas maduras mezclado con el olor ferroso de la tierra removida y un persistente hedor almizclado que delataba la presencia de los invasores. Naoe detuvo su marcha por un breve instante frente a la linde del cultivo. Ajustó la rigidez de su obi de seda oscura, asegurando la posición exacta de su acero de esgrima, y alisó los puños de sus guantes de lino blanco con una parsimonia quirúrgica. Su uniforme, teñido del azul marino reglamentario y rematado con la pulcritud nívea del cuello, lucía impecable; un reflejo exacto de su convicción de que un shinobi debe encarnar el orden incluso antes de desenvainar su arma.

Con pasos medidos, silenciosos y de una precisión milimétrica, Naoe se adentró en las densas líneas de cultivo. El panorama inicial ya presentaba vestigios de una agresión desorganizada: postes de sujeción astillados, alambres tensores arrancados de cuajo y frutos valiosos pisoteados contra el lodo. De inmediato, sus ojos oscuros y analíticos captaron el patrón de destrucción, trazando mentalmente los vectores de desplazamiento de las bestias. No tardó en percibir un sonido anómalo que quebraba el silencio del campo: gritos ahogados y el crujido violento de la madera en una de las secciones centrales del viñedo.

Acelerando su marcha sin perder un ápice de elegancia ni alterar su respiración rítmica, Naoe utilizó las propias espalderas como cobertura visual periférica. Al doblar una intersección de pasillos vegetales, localizó el primer objetivo crítico: tres recolectores civiles, desprovistos de armas y vistiendo sus ropajes de faena, se encontraban acorralados contra una caseta de herramientas de piedra apisonada. Frente a ellos, dos ejemplares de jabalíes de colmillos de aguja resoplaban con furia, rascando la tierra húmeda con sus pezuñas hendidas. Los colmillos de estas criaturas, delgados y afilados como estiletes de acero, destellaban con una peligrosa luz opaca.

—Mantengan la inmovilidad y mitiguen las emisiones sonoras —dictaminó Naoe con una voz limpia, pausada y envuelta en una formalidad marcial que actuó como un bálsamo de disciplina sobre el pánico de los obreros—. El perímetro está bajo la tutela de las fuerzas oficiales de la fortaleza.

La vibración de su voz llamó la atención del jabalí más cercano, que emitió un chillido agudo antes de lanzarse en una embestida frontal. La velocidad de la criatura era notable, levantando una densa estela de polvo y lodo a su paso. Naoe permaneció estático en el centro del pasillo de cultivo, calculando la trayectoria del animal con la frialdad de un estratega. Su naturaleza pacifista y su obsesión por la pulcritud le impedían realizar una matanza sangrienta; el fluido vital de las bestias desorganizadas no solo mancharía las preciosas vides de las bodegas oficiales, sino que arruinaría la impecable estética de su vestimenta.

Justo cuando los colmillos de aguja se encontraban a escasos centímetros de desgarrar su uniforme, Naoe ejecutó un sutil y fluido juego de pies dinámico. Pivotando sobre la bota izquierda con una agilidad matemática, eludió la carga por un margen mínimo pero perfecto. En el mismo movimiento coordinado, extrajo su acero de la vaina con un siseo imperceptible. Girando la muñeca con total naturalidad, expuso el plano romo y pesado de la hoja y descargó un golpe descendente de precisión quirúrgica sobre la base del cráneo del animal. El impacto sordo resonó en el claro; el jabalí cayó desplomado al instante, completamente aturdido y privado de sentido, sin derramar una sola gota de sangre sobre el terreno.

El segundo jabalí, al ver a su congénere neutralizado con semejante economía de movimientos, retrocedió un par de pasos, desorientado. Naoe no le otorgó margen para reorganizar su vector de ataque. Canalizando una porción mínima y sumamente pulcra de su chakra humano a través de sus extremidades inferiores, se desplazó lateralmente con una rapidez que desdibujó su silueta bajo la luz del amanecer. Con un revés firme y medido del plano de su espada, golpeó el flanco de la bestia, quebrando su voluntad de combate y forzándola a huir despavorida hacia los canales de desagüe exteriores.

Asegurándose de que los recolectores estuvieran a salvo y dándoles la instrucción de evacuar en fila india hacia el puesto de guardia norte, Naoe envainó temporalmente su arma. Sin embargo, sabía que la misión no concluiría hasta pacificar el epicentro de la manada. Siguiendo el rastro de la maleza aplastada, se dirigió hacia las terrazas superiores del viñedo, donde las cepas más antiguas y valiosas eran cultivadas.

Al llegar a la cima de la colina agrícola, el desorden alcanzó su punto álgido. Una media docena de jabalíes, liderados por un espécimen alfa de lomo erizado y dimensiones colosales, destrozaba la infraestructura de riego rudimentaria. El agua comenzaba a estancarse, amenazando con crear un lodazal inaceptable. Naoe frunció levemente el ceño ante la visión del caos. Reafirmó el agarre sobre su empuñadura y avanzó hacia el centro del sector.

El enfrentamiento final requirió el despliegue absoluto de su esgrima defensiva. Los animales arremetieron en un patrón cruzado, intentando abrumar el perímetro del shinobi por el flanco izquierdo y la retaguardia. Naoe fluyó entre las espalderas de madera con movimientos limpios y calculados, trazando líneas invisibles de control con su acero romo. Cada golpe de su espada desarmaba la agresividad de la jauría: impactos secos en las articulaciones para mermar la movilidad, bloqueos precisos contra los colmillos que hacían saltar chispas del metal y fintas elegantes que hacían que las bestias colisionaran entre sí.

Finalmente, tras una última combinación de movimientos donde el alfa quedó completamente desarmado de su ímpetu territorial y aturdido en el suelo, el resto de la manada rompió filas, emprendiendo una retirada caótica fuera de los muros de la fortaleza.

Naoe detuvo su respiración, devolviéndola a su ritmo óptimo. Con parsimonia, extrajo un paño blanco de su cinto para limpiar las briznas de hierba de la hoja de su espada antes de encajar la guarda de forma perfecta en la vaina. Revisó minuciosamente sus mangas y el blanco níveo de su cuello; todo seguía impecablemente pulcro. Desenrrolló su pergamino de registro oficial para anotar los daños estructurales y las coordenadas del foso vulnerado que los ingenieros debían sellar. El orden logístico en los viñedos oficiales de Konoha había sido restablecido con absoluta corrección.
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Hablo#FF851B - Pienso#C19E00 - Narro
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26-06-2026, 11:03 PM
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