Yatako salió del refugio a tomar un merecido descanso. Bordeó el bosque que protegía la entrada a la fisura en la tierra, y alejándose casi un kilómetro, llegó a ver cómo los árboles dejaban paso abruptamemte a una inmensa pradera que desafiaba el oscuro mundo con un verdor esplendoroso. Un lugar de antaño, cuando por la gracia de la inocencia infantil ningún momento parecía peligroso.
Se sentó entre las briznas de hierba humedecidas por el rocío, y abrazó sus rodillas con los brazos, refugiándose en sí misma y en los recuerdos de un lejano pero reconfortante pasado.