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[Mision|D] El Tesoro Perdido
Narrador Hebi-kun
Rango Genin
Clan Yamanaka
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Inteligencia75(4)
Especiales
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Hace 10 horas
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El Tesoro Perdido




─¡Vengan, acérquense! Mis guisos son los mejores que hay en este lado de la isla.

Una voz temblorosa clamaba por la atención de la gente. Venía de una humilde carreta, hecha de tablones de madera unidos por clavos y con unos taburetes altos para sentarse. Tenía una barra que podía acomodar fácilmente a cinco personas sin apretujarse; nueve, en un buen día en que los comensales no fueran quisquillosos. El vapor salía por unas ventilas pequeñas en la parte más alta y llenaba el aire de olores especiados; las notas de clavo, pimienta, ajo y cebolla podían percibirse a decenas de metros de distancia.

Un par de gaviotas caminaba entre las cajas amontonadas cerca del embarcadero, disputándose los restos que algunos trabajadores dejaban caer mientras descargaban mercancías. Más allá, un perro flaco seguía el rastro de los aromas, olfateando el suelo y deteniéndose de vez en cuando junto a los puestos. No era el único atraído por la comida.

Tres personas caminaban por el lugar: dos mujeres platicando y un pequeño que parecía ser llamado por el aroma que le había hecho crujir las tripas. Las mujeres lo tomaban del brazo y no lo dejaban ir, mientras él luchaba por desviarse, como si el canto de una sirena se hubiera convertido en un estofado. Una de ellas tuvo que tirar de él cuando el pequeño comenzó a caminar de lado, sin apartar los ojos de la carreta. La otra soltó una risa y miró hacia la cocinera, quizá para disculparse por el espectáculo que estaban dando, pero terminó por apresurar el paso cuando sus miradas parecieron encontrarse.

La arena de la costa se extendía bastante hacia el interior de la isla y el embarcadero cercano seguía trayendo personas venidas de todos lados. Entre quienes bajaban de las embarcaciones, algunos cargaban sus pertenencias, otros preguntaban por el camino hacia los establecimientos más cercanos y unos cuantos se detenían a observar los negocios antes de decidir a dónde ir. Sin embargo, un hombre se ocupaba de entregar folletos a quienes desembarcaban.

─Vayan y coman al Deshuesadero del Muelle. Donde no hay muertos... bueno, en sus platos.

Terminó riendo el hombre mientras entregaba los croquis de cómo llegar al lugar que lo patrocinaba. Algunos recibían los papeles con una sonrisa, otros negaban con la cabeza y continuaban su camino. Hubo incluso quien, después de escuchar el nombre del establecimiento, miró por encima del hombro hacia la carreta antes de guardar el folleto. El hombre parecía acostumbrado a aquellas reacciones y no tardaba en dirigir su atención al siguiente grupo de recién llegados.

Dentro de la carreta, una anciana encorvada miraba a la gente a la distancia. Entre sus párpados no se lograba ver ojo alguno; tan cerrados y abultados estaban que solo mostraban dos líneas ennegrecidas por donde parecía ver. Los pliegues de su rostro eran tantos que se abultaban unos sobre otros. Sus pellejos colgaban de sus huesos por todos lados; desde los dedos hasta los hombros, su viejo esqueleto era apreciable. Sin embargo, era especialmente ancha del tronco, y la barra no dejaba ver su cuerpo de la cintura para abajo.

De vez en cuando, la mujer alzaba la cabeza hacia las voces que se detenían cerca de su negocio. No parecía seguirlas con la mirada, aunque su rostro terminaba orientado hacia quienes hablaban, incluso cuando estos se encontraban a varios pasos de distancia. Si alguien llegaba a fijarse en ella durante demasiado tiempo, la anciana volvía a sus cacerolas sin dedicarle mayor atención, removiendo los preparados con una cuchara de madera o revisando el contenido de alguna olla.

Frente a ella, cacerolas con distintos preparados burbujeaban, dejando escapar sus aromas, y a un costado se veía una hilera de platos viejos, pero limpios. Aquello era una cocina completa y, pese al calor que emanaba, la mujer parecía especialmente fría. Su piel grisácea apenas contrastaba con su blanca filipina, y el gorro de cocinero evitaba que sus largos cabellos canos llegaran a los alimentos.
Tokuma
Rango Genin
Clan Senju
Nivel 7
Estadísticas
Generales
Fuerza30(2)
Destreza15(1)
Ctrl. de Chakra50(3)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud10
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Hace 9 horas
Tokuma llegó a la Costa de los Desaparecidos con el sol alto y una pala al hombro. De cerca, la costa era menos siniestra que su nombre: arena clara, olas perezosas, gaviotas que se peleaban por las migajas. Eso fue lo que más le incomodó, porque los lugares malditos casi nunca lo parecen hasta que uno se queda a dormir en ellos.
 
Mientras allí se encontraba, siempre ocuparía su único cambio de ropa y equipamiento posible: sus clásicas botas negras, pantalón blanco, camisa negra, y un chaleco negro con adornos dorados completaban la parte superior del disfraz. Su brillante tantō lo llevaba envainado en la parte derecha de su cintura cual sable de general caído. Su porta kunais iba amarrado en la pierna derecha, a la altura del muslo donde su mano alcanzaría sin muchos estragos, mientras que su bola ninja reposaba encima de su nalga izquierda, amarrada de su cinturón. La típica bandana blanca culminaba su apariencia. Sin embargo, había conseguido también unas cuantas herramientas que le ayudarían con la tarea en mano. Se trataba de una pala, una barra de hierro larga para sondear la arena, y un rollo de cuerda que le ayudaría a demarcar las áreas ya sondadas.
 
El recado de la señora Yamamoto le había llegado dos noches atrás, a través del posadero. Decía que nadie visitaba su negocio, que el rumor la estaba hundiendo, y que pagaría lo que hiciera falta por una persona dispuesta a recorrer la arena y confirmar con sus propios ojos que allí no había nadie enterrado. Tokuma leyó dos veces lo de “pagaría lo que hiciera falta”. Después aceptó.
 
Se detuvo al borde de la arena, junto a unas cajas apiladas, y observó antes de acercarse. Era un hábito. Una carreta de tablones con taburetes altos soltaba vapor por unas ventilas pequeñas, y el aroma de clavo, pimienta y ajo le llegaba desde varios metros. Al otro lado, un hombre repartía folletos a los recién llegados del embarcadero, con una broma sobre muertos que Tokuma oyó entera y que no le hizo ninguna gracia. Dos mujeres tiraban del brazo de un niño que quería ir hacia la carreta. Un perro flaco lo seguía todo con la nariz.
 
Entonces miró la carreta con más atención. Dentro había una anciana encorvada, con la cara llena de pliegues y los párpados tan hinchados que apenas dejaban dos líneas oscuras por donde mirar. Tokuma la observó un segundo de más. No encontró nada fuera de lugar, solo una cocinera muy vieja con una filipina blanca y una cuchara de madera. Pensó que quizá esa era la señora Yamamoto, y que los rumores se parecen mucho a quienes los sufren: crecen donde hay miedo.
 
Pensó en la bahía del muelle, en la criatura de dientes largos que había sacado de entre los pilotes con una puñalada. Hacía unos días había descubierto que en aquella isla algunos rumores tenían dientes. Por eso no pensaba confiarse. Ni creerlo todo ni descartarlo, solo comprobarlo con método.
 
El método era sencillo. Recorrer la arena en franjas ordenadas, clavar la barra de hierro cada dos pasos hasta donde llegara y notar si algo cedía distinto al resto, si había huecos, tela, hueso, madera. Después cavar donde hiciera falta. No quería destrozar la costa entera, solo tener suficientes pruebas para decirle a la gente que miraran por sí mismos. Una gota de sudor le resbaló por la sien hasta la mandíbula, y la dejó estar.
 
Antes de empezar quería hablar con quien lo había contratado. Una cosa era sondear la arena a escondidas, y otra muy distinta que la dueña lo viera hacerlo sin saber quién era. No le gustaban las sorpresas, y menos entre desconocidos que dependen de la reputación de un lugar.
 
Dejó la pala apoyada contra las cajas, tomó la barra de hierro con la mano derecha y cruzó la arena sin prisa, con el paso lento de quien no quiere asustar a nadie. Se detuvo frente a la barra de la carreta, a una distancia respetuosa, y esperó a que la anciana levantara el rostro hacia él.
 
— Buenos días. — Dijo, con la voz pareja y una inclinación breve de cabeza. — Me llamo Nanahoshi Tokuma. Recibí un recado de la señora Yamamoto por lo de la costa. — Hizo una pausa y buscó la forma de no sonar a funcionario. — ¿Es usted? Si no, ¿sabe dónde puedo encontrarla?
 
Esperó la respuesta con la barra apoyada en el suelo y los hombros relajados. No añadió nada más.
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Hace 8 horas
Tal vez el aire viciado de la isla comenzaba a afectar al Senju, pues, mientras él parecía presentar molestias por un sol ausente, la gente le pasaba de largo y alzaba la mirada hacia la densa bruma que cubría Yomikage, cuyo tono oscuro daba la impresión de un cielo sumido en una noche eterna. Algunos incluso dirigían miradas desconcertadas hacia la figura del konohiano, cuya percepción del entorno parecía diferir de la del resto.

Su acercamiento a la carreta, sin embargo, fue recibido con gloria y alabanzas.

─¡Oh, lindo! ¡Pensé que te habías perdido! Más de un día de espera y mis viejos huesos tal vez no resistirían más.

Expresó como si pudiera caer muerta en cualquier momento. Había algo en su figura y en sus movimientos tiesos que daba a entender que de broma había poco, pero tal vez ya había desafiado a la muerte durante suficiente tiempo como para poder hacerlo un poco más.

─¡Soy yo, joven estrella! Yo soy quien le ha dejado el pedido. Por favor, por lo que más quieras, rebusca, mueve, pero haz que salga la verdad y que ese cretino de enfrente no pueda seguir diciendo que aquí abajo hay muertos.

La anciana hacía gestos muy elaborados mientras hablaba; su voz temblorosa parecía suplicante, aunque no dejaba de señalar hacia la arena con sus manos huesudas. A la distancia, el hombre de los folletos dirigía una mirada de mal agüero al recién llegado, observándolo con recelo y desconfianza. No tardó en bajar la voz mientras entregaba sus papeles a un par de visitantes, sin dejar de echar vistazos hacia la carreta.

─Solo una cosa te pido...

La voz de la anciana bajó e incluso pareció sisear, como si aquellas palabras ya no salieran de su boca, sino de algo más profundo, algo oculto debajo de aquel cuerpo de huesos y pellejos.

─Cuida bien dónde das esas paladas, porque de caer arena en la comida... Sss...

Su voz se tornó aún más baja; parecía que tres voces hablaban al mismo tiempo y lo rodeaban con aquel sonido peculiar, en el que se podían percibir cascabeles vipéreos agitándose bajo la arena, justo debajo del Senju.

─Tendría que volver a cocinar todo desde cero, oh, Señorito de la Séptima Estrella. Por favor, cuida a dónde diriges tus paladas.

La voz de la anciana volvió a ser la misma temblorosa, desgastada y suplicante del principio.
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