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[Rango C - Evento Halloween] Búsqueda de un Tesoro Maldito
Chota Akimichi
Rango Genin
Clan Akimichi
Nivel 10
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Generales
Fuerza100(5)
Destreza2(1)
Ctrl. de Chakra66(3)
Inteligencia2(1)
Especiales
Salud12
Velocidad10
Tenketsu14
Sigilo10
492
478
Enlace al Post
19-10-2026, 06:55 PM
La Feria Nocturna tenía una peculiar manera de convertir lo absurdo en cotidiano. Entre sus puestos podían encontrarse máscaras que parecían cambiar de expresión cuando nadie las observaba, juguetes que se movían por voluntad propia y vendedores que ofrecían mercancías cuyo origen era preferible no preguntar. Para los visitantes recién llegados, aquel lugar podía resultar fascinante; para quienes llevaban suficiente tiempo recorriendo sus callejones, sin embargo, empezaba a ser evidente que no todas las rarezas de Yomikage eran inofensivas.

En uno de los extremos de la feria, apartado de las atracciones más concurridas y oculto tras un toldo de franjas descoloridas, se encontraba un pequeño puesto dedicado a la venta de baratijas antiguas. Su propietario era un hombre de aspecto escuálido o demacrado, con un bigote tan fino que parecía dibujado con tinta y unas ojeras enormes. Sobre el mostrador se amontonaban relojes detenidos, cajitas musicales, medallones oxidados y otras tantas curiosidades que probablemente habían pasado por más manos de las que su dueño estaría dispuesto a admitir.

Aquella mañana, si es que podía llamarse mañana a un momento bajo un cielo donde la noche parecía no tener intención de terminar, el comerciante se encontraba de un humor particularmente desastroso.

—¡Malditos ladronzuelos! ¡Malditos, malditos, malditos! —refunfuñó mientras golpeaba el mostrador con la palma de la mano—. ¡Uno intenta ganarse la vida honradamente y esto es lo que recibe!

La palabra honradamente resultaba discutible, considerando que entre sus mercancías había objetos cuya procedencia no figuraba en ningún registro conocido. No obstante, aquel no era el momento de detenerse en semejantes detalles.

El problema era un collar.

No se trataba de una joya especialmente ostentosa. Su cadena era sencilla y el colgante tenía la forma de un corazón de color verde intenso. Lo verdaderamente llamativo era la neblina que emanaba de su superficie, una bruma verdosa que parecía retorcerse alrededor del objeto como si estuviera viva. Según el comerciante, el collar había formado parte de su mercancía durante bastante tiempo, hasta que un grupo de visitantes decidió que sería divertido llevárselo sin pagar.

El vendedor no había presenciado el robo completo. Solo recordaba unas risas, una discusión junto a su puesto y el momento en que descubrió que la joya había desaparecido. Las pistas reunidas después lo habían conducido hasta un lugar que prefería no visitar bajo ninguna circunstancia: las Ruinas de los Perdidos.
Y, por supuesto, no pensaba abandonar su puesto para recuperarla.

—¡Yo sé perfectamente dónde está! Bueno… más o menos. ¡Pero ni loco voy a ir a buscarlo! —protestó como si alguien acabara de acusarlo de cobardía—. Esas ruinas están llenas de cosas que se arrastran, susurran y aparecen detrás de uno cuando menos lo espera. ¡La semana pasada escuché que una estatua siguió a un hombre durante tres calles! 

Tras comprobar que su explicación no parecía estar inspirando a nadie a ofrecerse voluntariamente, el comerciante terminó recurriendo a la solución más sensata que se le había ocurrido: contratar shinobi.

La propuesta llegó hasta Kuroto, Ibuki Inuzuka y Keisuke, a quienes el hombre recibió con una mezcla de desesperación y esperanza. No tardó demasiado en explicarles el encargo, señalando con un dedo tembloroso hacia el extremo de la feria por donde comenzaba el camino que conducía a las ruinas.

—Solo tienen que encontrar el collar y traerlo de vuelta. ¡Eso es todo! Una joya con forma de corazón, verde, con una niebla verdosa saliéndole por todas partes. Difícil de confundir, ¿verdad? —preguntó, sin esperar realmente una respuesta—. Y si ven algo que tenga dientes, patas o intente hablarles con la voz de su madre… bueno, ya ustedes verán.

El hombre se inclinó sobre el mostrador y bajó la voz, como si temiera que el propio objeto pudiera escucharlo desde la distancia.

—Hay otra cosa. No sé si será verdad, pero dicen que la niebla de ese collar se vuelve más espesa cuando alguien se acerca demasiado. Algunos aseguran que puede provocar alucinaciones. Otros dicen que atrae a las criaturas que viven en las ruinas. Yo no sé qué creer, y tampoco pienso averiguarlo. Si lo meten en esta caja de vidrio dejará de emitir aquella niebla.

Luego sacó de debajo del mostrador un pequeño papel arrugado. En él había un dibujo bastante rudimentario que supuestamente indicaba el camino hacia las ruinas. El mapa parecía haber sido elaborado por alguien con una comprensión muy optimista de las distancias: una serie de árboles estaban representados como pequeños círculos, mientras que las ruinas aparecían dibujadas como una torre torcida que difícilmente habría sobrevivido a una ráfaga de viento.

—Es lo que pude conseguir. No me miren así; ¡el cartógrafo cobraba!

Con la información reunida y el encargo aceptado, solo quedaba dirigirse hacia el lugar señalado.

El sendero que abandonaba la Feria Nocturna se estrechaba progresivamente a medida que se alejaba de sus luces. Los faroles quedaban atrás, y la música de las atracciones se desvanecía hasta convertirse en un murmullo distante, ahogado por el crujido de las ramas y el sonido húmedo de algo que goteaba entre la vegetación. La niebla habitual de Yomikage acompañaba el recorrido, aunque en aquel sector parecía más densa.

Finalmente, las Ruinas de los Perdidos aparecieron frente al grupo.

Antiguos muros de piedra emergían del terreno cubierto de maleza. Algunas columnas permanecían en pie, inclinadas bajo el peso de los años, mientras que otras yacían partidas entre los escombros. Los restos de lo que alguna vez pudo haber sido una construcción considerable se extendían hacia el interior, formando corredores abiertos, pequeñas cámaras derrumbadas y pasajes cuya profundidad quedaba oculta por la oscuridad. No había señales evidentes de habitantes, pero sí marcas recientes en el barro, como si varias personas hubieran transitado por allí no hacía demasiado tiempo.

En una de las piedras cercanas a la entrada podía distinguirse un símbolo dibujado con algún pigmento oscuro: un círculo atravesado por tres líneas irregulares. Más adelante, sobre un fragmento de pared, algo había dejado una mancha verdosa que brillaba débilmente cuando la niebla pasaba por delante.

Entonces, desde el interior de las ruinas, llegó un sonido. Un tintineo breve semejante al de una pequeña campanilla, seguido por una risita que se apagó casi inmediatamente. Después reinó el silencio.

El viento no soplaba, pero la niebla junto a la entrada se desplazó lentamente hacia el interior de las ruinas, como si algo estuviera aspirándola desde las profundidades. Durante un instante, una tenue tonalidad verde iluminó una abertura entre los escombros. Luego desapareció.

El collar podía estar allí dentro. También podían estarlo los responsables del robo, alguna criatura atraída por la misteriosa joya o sencillamente una serie de fenómenos que el comerciante había exagerado para justificar su negativa a abandonar el puesto. Por el momento no había forma de saberlo. El camino de regreso a la feria seguía abierto a sus espaldas, pero la entrada de las ruinas ofrecía varias posibilidades para adentrarse en aquel laberinto de piedra: 
  • un corredor parcialmente despejado a la izquierda.
  • una abertura más estrecha entre dos muros derrumbados a la derecha.
  • un acceso central que descendía unos escalones hacia la oscuridad.

Desde el interior volvió a escucharse el tintineo. Esta vez algo respondió con un golpe seco contra la piedra.

La búsqueda del collar maldito acababa de comenzar.
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