17-09-2026, 04:09 AM
La noche anterior, Kishue había explicado la misión sin esconderla detrás de palabras amables. Kirigakure se preparaba para enfrentarse con Konoha por la Guerra de los Sellos y él había recibido la orden de partir. No sabía cuántos shinobi encontrarían, cuánto duraría el conflicto ni quién regresaría cuando terminara. Su madre permaneció sentada frente a él, sujetando una taza que dejó de beber desde el momento en que escuchó la palabra guerra.
—Puedo aceptar que salgas a cumplir misiones, Kishue. Puedo aceptar que regreses cubierto de barro, con heridas o cargando animales que decides adoptar sin consultarme. —dijo ella—. Pero no sé cómo aceptar que salgas de casa sabiendo que otra aldea estará esperando para matarte.
Kishue no intentó decirle que todo estaría bien. Aquella frase habría servido en una misión ordinaria, pero ambos sabían que esta vez sería una mentira. Tampoco podía prometer que evitaría el combate, porque la misión existía precisamente debido a un conflicto que ninguna conversación familiar podía detener. Se limitó a cubrir la mano de su madre con la suya y permanecer a su lado hasta que la comida se enfrió sobre la mesa.
—Tengo miedo, mamá. No quiero que pienses que no entiendo lo que puede pasar. —admitió—. Pero si Kirigakure va a luchar, no puedo esconderme aquí y esperar que otros protejan la aldea por mí. Me dieron una orden y voy a cumplirla. Lo único que puedo prometerte es que no confundiré valentía con hacer algo estúpido.
La mañana llegó demasiado pronto. Kishue se vistió antes del amanecer, revisó sus herramientas y aseguró la esfera de Mekka entre sus ropas. El Kanabō no Samehada quedó apoyado sobre su hombro después de comprobar las sujeciones. Su madre lo observó preparar cada objeto como si intentara memorizarlo todo: el sonido de las hebillas, la posición del arma y hasta la forma en que acomodaba la mochila.
Cuando llegó la hora de partir, Kishue se detuvo frente a ella. Habitualmente habría intentado aliviar la despedida con una broma, probablemente relacionada con el tamaño del garrote o con la cantidad excesiva de comida que ella había guardado entre sus provisiones. Aquella mañana no encontró ninguna que no sonara forzada. La abrazó con fuerza y permaneció así varios segundos, sintiendo cómo su madre se resistía a soltarlo.
—Ya es hora. —murmuró finalmente—. Cuida a los gatos y no dejes que Mekka olvide que esta sigue siendo su casa. Yo voy a regresar para comprobar que ninguno haya conquistado mi habitación.
Kishue abandonó la vivienda sin mirar atrás inmediatamente. Si lo hacía antes de llegar al final de la calle, temía no encontrar una expresión suficientemente firme para despedirse otra vez. La niebla cubría Kirigakure y amortiguaba el sonido de sus pasos. Caminó hacia las puertas con el garrote sobre el hombro, aunque aquella vez su peso parecía proceder de algo que no podía acomodar mediante una correa.
Rin y Rei ya se encontraban en el punto acordado. Verlas alivió parte de la presión en su pecho, pero no recuperó su entusiasmo habitual. Kishue se aproximó en silencio, levantó una mano a modo de saludo y permaneció junto a ellas mirando el camino que abandonaba la aldea. No hizo bromas sobre salvar Kirigakure ni fingió que aquella era otra aventura.
—Estoy listo. —dijo después de una pausa—. No estoy tranquilo y tampoco voy a fingir que no tengo miedo. Pero estaré con ustedes hasta que esto termine. Si Konoha quiere los Sellos, tendrá que encontrarnos juntos delante de ellos.
Kishue ajustó a Mekka contra su cuerpo y avanzó con las gemelas hacia el exterior. La lealtad no había eliminado su miedo; solamente le había dado una dirección en la cual caminar con él.
—Puedo aceptar que salgas a cumplir misiones, Kishue. Puedo aceptar que regreses cubierto de barro, con heridas o cargando animales que decides adoptar sin consultarme. —dijo ella—. Pero no sé cómo aceptar que salgas de casa sabiendo que otra aldea estará esperando para matarte.
Kishue no intentó decirle que todo estaría bien. Aquella frase habría servido en una misión ordinaria, pero ambos sabían que esta vez sería una mentira. Tampoco podía prometer que evitaría el combate, porque la misión existía precisamente debido a un conflicto que ninguna conversación familiar podía detener. Se limitó a cubrir la mano de su madre con la suya y permanecer a su lado hasta que la comida se enfrió sobre la mesa.
—Tengo miedo, mamá. No quiero que pienses que no entiendo lo que puede pasar. —admitió—. Pero si Kirigakure va a luchar, no puedo esconderme aquí y esperar que otros protejan la aldea por mí. Me dieron una orden y voy a cumplirla. Lo único que puedo prometerte es que no confundiré valentía con hacer algo estúpido.
La mañana llegó demasiado pronto. Kishue se vistió antes del amanecer, revisó sus herramientas y aseguró la esfera de Mekka entre sus ropas. El Kanabō no Samehada quedó apoyado sobre su hombro después de comprobar las sujeciones. Su madre lo observó preparar cada objeto como si intentara memorizarlo todo: el sonido de las hebillas, la posición del arma y hasta la forma en que acomodaba la mochila.
Cuando llegó la hora de partir, Kishue se detuvo frente a ella. Habitualmente habría intentado aliviar la despedida con una broma, probablemente relacionada con el tamaño del garrote o con la cantidad excesiva de comida que ella había guardado entre sus provisiones. Aquella mañana no encontró ninguna que no sonara forzada. La abrazó con fuerza y permaneció así varios segundos, sintiendo cómo su madre se resistía a soltarlo.
—Ya es hora. —murmuró finalmente—. Cuida a los gatos y no dejes que Mekka olvide que esta sigue siendo su casa. Yo voy a regresar para comprobar que ninguno haya conquistado mi habitación.
Kishue abandonó la vivienda sin mirar atrás inmediatamente. Si lo hacía antes de llegar al final de la calle, temía no encontrar una expresión suficientemente firme para despedirse otra vez. La niebla cubría Kirigakure y amortiguaba el sonido de sus pasos. Caminó hacia las puertas con el garrote sobre el hombro, aunque aquella vez su peso parecía proceder de algo que no podía acomodar mediante una correa.
Rin y Rei ya se encontraban en el punto acordado. Verlas alivió parte de la presión en su pecho, pero no recuperó su entusiasmo habitual. Kishue se aproximó en silencio, levantó una mano a modo de saludo y permaneció junto a ellas mirando el camino que abandonaba la aldea. No hizo bromas sobre salvar Kirigakure ni fingió que aquella era otra aventura.
—Estoy listo. —dijo después de una pausa—. No estoy tranquilo y tampoco voy a fingir que no tengo miedo. Pero estaré con ustedes hasta que esto termine. Si Konoha quiere los Sellos, tendrá que encontrarnos juntos delante de ellos.
Kishue ajustó a Mekka contra su cuerpo y avanzó con las gemelas hacia el exterior. La lealtad no había eliminado su miedo; solamente le había dado una dirección en la cual caminar con él.
![[Imagen: chBNIhB.jpeg]](https://i.imgur.com/chBNIhB.jpeg)
![[Imagen: ffIFI3H.jpeg]](https://i.imgur.com/ffIFI3H.jpeg)