08-09-2026, 12:31 AM
Kishue comunicó la noticia a su madre la noche anterior al viaje. No intentó presentarla como otra misión cotidiana ni aseguró que regresaría para la cena, pues esta vez ni siquiera él conocía la distancia que tendría que recorrer. La búsqueda de los Sellos podía decidir el futuro de Kirigakure y la seguridad de quienes vivían dentro de ella. Aquello bastaba para obligarlo a partir, aunque no para responder la pregunta más difícil: cuándo volvería a cruzar aquella puerta.
—No sé cuánto tardaremos, pero no voy solo. —le explicó, procurando que su sonrisa pareciera más segura de lo que se sentía—. Rin y Rei vienen conmigo. Encontraremos los Sellos y regresaremos en cuanto terminemos. No tienes que preocuparte demasiado... solo la cantidad normal.
Su madre no aceptó aquella diferencia entre preocuparse mucho o una cantidad normal, pero tampoco intentó impedirle marcharse. En su lugar, ocupó la cocina y preparó comida suficiente para un viaje considerablemente más largo del que Kishue esperaba. Arroz comprimido, pescado seco, frutas conservadas y varios paquetes que debía mantener protegidos de la humedad terminaron dentro de su equipaje. Cada vez que él creía haber cerrado la mochila, aparecía una provisión adicional que, según ella, resultaba indispensable.
Kishue se levantó antes del amanecer y revisó todo su equipo. Distribuyó los kunai, las nudilleras, el hilo y las herramientas de viaje en lugares donde pudiera alcanzarlos sin retirar la mochila. Aseguró la esfera de Mekka entre sus ropas y comprobó dos veces que permaneciera protegida. Por último levantó su adquisición más reciente, un arma tan grande que cualquier intento de guardarla discretamente habría resultado absurdo.
El Kanabō no Samehada tenía casi la misma altura que Kishue. Su cuerpo oscuro era ancho, pesado y estaba cubierto por múltiples remaches metálicos; en el extremo superior, la forma de una cabeza de tiburón convertía el garrote en algo parecido a una criatura dispuesta a morder antes del primer golpe. El mango envuelto ofrecía espacio para sostenerlo con ambas manos, aunque Kishue podía cargarlo apoyado sobre el hombro. No era elegante ni ligero. Precisamente por eso le gustaba.
—No es demasiado grande. —murmuró al notar la forma en que su madre observaba el garrote—. Yo soy un poco pequeño. Es diferente.
La explicación no mejoró la situación, sobre todo cuando la cabeza metálica chocó contra el marco de la puerta durante su primer intento de salir. Kishue tuvo que inclinar el arma y atravesar la entrada de lado, cuidando de no romper nada antes de haber comenzado el viaje. Después se despidió con un abrazo más largo de lo habitual. No prometió una fecha que no podía cumplir, pero sí regresar llevando a Mekka, su enorme garrote y todas las partes de su cuerpo en el mismo sitio.
Las calles de Kirigakure todavía estaban medio dormidas. La niebla cubría los tejados y la humedad dejaba una capa brillante sobre las piedras, mientras las primeras luces se encendían detrás de algunas ventanas. Kishue avanzó hacia las puertas con el Kanabō sobre un hombro y la mochila cargada al otro, provocando que más de un guardia observara el arma antes de reconocer al muchacho que caminaba debajo de ella.
Llegó con tiempo suficiente y dejó el garrote apoyado contra una pared cercana. La espera le permitió comprobar nuevamente sus provisiones, ajustar las correas y preguntarle a Mekka, sin obtener una respuesta audible, si su madre había escondido más comida entre sus pertenencias. También le permitió pensar demasiado. Había salido antes de Kirigakure por misiones, pero nunca siguiendo algo tan importante ni sin conocer cuánto tardaría en regresar.
Cuando Rin y Rei aparecieron entre la niebla, aquella inquietud perdió parte de su peso. Kishue levantó el Kanabō no Samehada y lo apoyó otra vez sobre su hombro, recibiéndolas con una sonrisa enorme. La diferencia entre el tamaño del arma y el suyo hacía que pareciera que el garrote lo llevaba a él, aunque sostuvo el peso sin dificultad.
—Llegaron. Estaba empezando a pensar que tendría que salvar el futuro de Kirigakure solo. —bromeó, pero la sonrisa se suavizó poco después—. La verdad es que estoy un poco nervioso. No sabemos qué encontraremos ni cuándo volveremos... pero me siento mejor sabiendo que ustedes cuidarán mi espalda. Yo cuidaré las suyas.
Kishue miró una última vez hacia el interior de la aldea. En alguna parte detrás de la niebla quedaba su casa y una madre que seguramente ya estaba preocupándose mucho más de la cantidad normal permitida. Después volvió la atención hacia el camino, ajustó a Mekka contra su cuerpo y aseguró el enorme garrote sobre el hombro.
Con Rin y Rei a su lado, abandonó las puertas de Kirigakure. La búsqueda de los Sellos acababa de comenzar y, aunque el destino todavía permanecía oculto, los tres avanzaron juntos hacia aquello que decidiría el futuro de su aldea.
—No sé cuánto tardaremos, pero no voy solo. —le explicó, procurando que su sonrisa pareciera más segura de lo que se sentía—. Rin y Rei vienen conmigo. Encontraremos los Sellos y regresaremos en cuanto terminemos. No tienes que preocuparte demasiado... solo la cantidad normal.
Su madre no aceptó aquella diferencia entre preocuparse mucho o una cantidad normal, pero tampoco intentó impedirle marcharse. En su lugar, ocupó la cocina y preparó comida suficiente para un viaje considerablemente más largo del que Kishue esperaba. Arroz comprimido, pescado seco, frutas conservadas y varios paquetes que debía mantener protegidos de la humedad terminaron dentro de su equipaje. Cada vez que él creía haber cerrado la mochila, aparecía una provisión adicional que, según ella, resultaba indispensable.
Kishue se levantó antes del amanecer y revisó todo su equipo. Distribuyó los kunai, las nudilleras, el hilo y las herramientas de viaje en lugares donde pudiera alcanzarlos sin retirar la mochila. Aseguró la esfera de Mekka entre sus ropas y comprobó dos veces que permaneciera protegida. Por último levantó su adquisición más reciente, un arma tan grande que cualquier intento de guardarla discretamente habría resultado absurdo.
El Kanabō no Samehada tenía casi la misma altura que Kishue. Su cuerpo oscuro era ancho, pesado y estaba cubierto por múltiples remaches metálicos; en el extremo superior, la forma de una cabeza de tiburón convertía el garrote en algo parecido a una criatura dispuesta a morder antes del primer golpe. El mango envuelto ofrecía espacio para sostenerlo con ambas manos, aunque Kishue podía cargarlo apoyado sobre el hombro. No era elegante ni ligero. Precisamente por eso le gustaba.
—No es demasiado grande. —murmuró al notar la forma en que su madre observaba el garrote—. Yo soy un poco pequeño. Es diferente.
La explicación no mejoró la situación, sobre todo cuando la cabeza metálica chocó contra el marco de la puerta durante su primer intento de salir. Kishue tuvo que inclinar el arma y atravesar la entrada de lado, cuidando de no romper nada antes de haber comenzado el viaje. Después se despidió con un abrazo más largo de lo habitual. No prometió una fecha que no podía cumplir, pero sí regresar llevando a Mekka, su enorme garrote y todas las partes de su cuerpo en el mismo sitio.
Las calles de Kirigakure todavía estaban medio dormidas. La niebla cubría los tejados y la humedad dejaba una capa brillante sobre las piedras, mientras las primeras luces se encendían detrás de algunas ventanas. Kishue avanzó hacia las puertas con el Kanabō sobre un hombro y la mochila cargada al otro, provocando que más de un guardia observara el arma antes de reconocer al muchacho que caminaba debajo de ella.
Llegó con tiempo suficiente y dejó el garrote apoyado contra una pared cercana. La espera le permitió comprobar nuevamente sus provisiones, ajustar las correas y preguntarle a Mekka, sin obtener una respuesta audible, si su madre había escondido más comida entre sus pertenencias. También le permitió pensar demasiado. Había salido antes de Kirigakure por misiones, pero nunca siguiendo algo tan importante ni sin conocer cuánto tardaría en regresar.
Cuando Rin y Rei aparecieron entre la niebla, aquella inquietud perdió parte de su peso. Kishue levantó el Kanabō no Samehada y lo apoyó otra vez sobre su hombro, recibiéndolas con una sonrisa enorme. La diferencia entre el tamaño del arma y el suyo hacía que pareciera que el garrote lo llevaba a él, aunque sostuvo el peso sin dificultad.
—Llegaron. Estaba empezando a pensar que tendría que salvar el futuro de Kirigakure solo. —bromeó, pero la sonrisa se suavizó poco después—. La verdad es que estoy un poco nervioso. No sabemos qué encontraremos ni cuándo volveremos... pero me siento mejor sabiendo que ustedes cuidarán mi espalda. Yo cuidaré las suyas.
Kishue miró una última vez hacia el interior de la aldea. En alguna parte detrás de la niebla quedaba su casa y una madre que seguramente ya estaba preocupándose mucho más de la cantidad normal permitida. Después volvió la atención hacia el camino, ajustó a Mekka contra su cuerpo y aseguró el enorme garrote sobre el hombro.
Con Rin y Rei a su lado, abandonó las puertas de Kirigakure. La búsqueda de los Sellos acababa de comenzar y, aunque el destino todavía permanecía oculto, los tres avanzaron juntos hacia aquello que decidiría el futuro de su aldea.
Viaje inicia el 7 de Septiembre 2026
![[Imagen: chBNIhB.jpeg]](https://i.imgur.com/chBNIhB.jpeg)
![[Imagen: ffIFI3H.jpeg]](https://i.imgur.com/ffIFI3H.jpeg)