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[Misión C] Princesa Kimiko
Rin to Rei
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28-08-2026, 03:55 PM
Misión
● Nombre de la Misión: Princesa Kimiko
● Información de la Misión: La hija del señor Fumioka lleva 3 días buscando a su hija, que no encuentra por ningún lado y está desesperado, es una niña de 8 años que salió a jugar en la tarde y desde entonces no aparece.
● Rango y Tipo de la Misión: Misión simple Rango C.
● Fecha y Lugar: 28 Verano 150 - Zona Residencial de Kiri
● Cantidad de Usuarios: Kishue
● Cantidad máxima de horas por ronda: 72 Horas


El día amaneció cubierto por un cielo gris, uniforme y pesado, en el que resultaba imposible distinguir con claridad dónde terminaban las nubes y comenzaba la neblina de Kirigakure. Durante la madrugada había llovido con insistencia y, aunque para entonces solamente quedaba una llovizna débil, el agua continuaba cayendo desde los aleros, recorriendo las pendientes de los tejados y acumulándose en los caminos de tierra. El frío no era intenso, pero la humedad atravesaba con facilidad cualquier prenda que permaneciera demasiado tiempo expuesta.

Rin ya se encontraba despierta cuando escuchó los golpes contra la puerta. Había terminado de vestirse y revisaba el borde de su chakram bajo la iluminación pálida que atravesaba la ventana. Rei apareció en el pasillo unos segundos después, todavía acomodándose el cabello y observando hacia la entrada con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Ninguna esperaba recibir una visita tan temprano, mucho menos durante una mañana en la que la lluvia parecía invitar a permanecer dentro.

Rin abrió después de comprobar la sombra bajo la puerta. Del otro lado aguardaba un shinobi con el protector de Kirigakure visible y un sobre resguardado dentro de una bolsa impermeable. El agua había oscurecido los hombros de su uniforme y pequeñas gotas descendían desde su cabello. No trató de entrar ni prolongó el saludo; retiró el documento, verificó los nombres escritos sobre él y se lo entregó a Rin.

<Rin y Rei Akizu deben presentarse en el ayuntamiento tan pronto como sea posible. Se les asignará una misión de búsqueda dentro de la aldea>
<¿Una persona?>
<La información completa se les entregará en la oficina de misiones>

El mensajero se despidió con una inclinación y retomó el camino bajo la llovizna. Rin cerró la puerta y examinó el sobre antes de romper el sello. El contenido no ofrecía mucho más que la orden verbal: debían presentarse aquella misma mañana, llevar su equipo y prepararse para una búsqueda cuya duración todavía no podía determinarse. La falta de detalles no parecía un descuido. Alguien había decidido que la información debía transmitirse personalmente.

<Por lo menos sabemos que no tendremos que limpiar nada> observó Rei mientras leía por encima del hombro de su hermana.
<Todavía no sabemos qué estamos buscando>
<Si fuera suciedad, no habrían enviado a un shinobi para avisarnos>

No tardaron mucho en terminar de prepararse. Rin aseguró el chakram y las herramientas sobre su cuerpo, comprobando que la humedad no hubiera afectado ninguna correa. Rei revisó el arco, la cuerda y las flechas antes de cubrirlos para protegerlos de la lluvia. Ambas comieron un desayuno rápido y guardaron algunas provisiones, conscientes de que una búsqueda podía extenderse mucho más de lo previsto incluso cuando se desarrollaba dentro de los límites de Kirigakure.

Las calles se encontraban parcialmente vacías cuando salieron. Algunos establecimientos comenzaban a abrir y los trabajadores retiraban el agua acumulada frente a las entradas, pero la mayor parte de la actividad permanecía protegida bajo techos y corredores. La neblina reducía la visibilidad a varias decenas de metros, suficiente para desplazarse sin dificultades, aunque cualquier silueta situada más allá aparecía desdibujada y sin rasgos. No era un clima extraño para la aldea; sin embargo, resultaba poco favorable para encontrar rastros que ya llevaran horas expuestos.

El ayuntamiento estaba más concurrido. Civiles mojados esperaban frente a distintos escritorios, funcionarios transportaban documentos entre las oficinas y varios shinobi revisaban asignaciones antes de marcharse. Después de presentar el sobre, Rin y Rei fueron conducidas hasta una sala apartada del espacio principal. En ella aguardaba una recepcionista acompañada por un chūnin de la guardia interna. Sobre la mesa había un mapa del distrito residencial y una única carpeta.

La recepcionista les indicó que tomaran asiento. El chūnin se presentó como Masao Terada y abrió la carpeta sin perder tiempo en explicaciones innecesarias. La primera hoja contenía el retrato de una niña. Parecía tener el cabello castaño y lacio, cortado poco más abajo de los hombros, ojos oscuros y un rostro redondeado. En la imagen sonreía mientras sostenía entre las manos una figura de madera con forma de conejo.

<Su nombre es Hana Fumioka. Tiene ocho años y desapareció hace tres días> explicó Masao. <Salió de su vivienda durante la tarde para jugar en los alrededores. No regresó antes de la cena y desde entonces no ha sido localizada>

Rei tomó la fotografía para examinarla mejor. Tres días representaban demasiado tiempo para una niña perdida dentro de la aldea. Durante las primeras horas podía haberse refugiado de la lluvia, confundido de camino o permanecido en casa de otra familia sin avisar. Después de tres noches, aquellas explicaciones perdían fuerza. Si Hana continuaba en Kirigakure, alguien debía haberla visto o estaba impidiendo que regresara.

<¿Cuándo informaron de la desaparición?>
<La misma noche. Su padre la buscó primero en el vecindario y acudió a la guardia cuando no encontró a ninguno de los niños con quienes acostumbraba jugar. Desde entonces se revisaron calles, canales cercanos, casas abandonadas y varios accesos al distrito. No se halló el cuerpo ni una señal clara de que haya sufrido un accidente>
<¿Existe la posibilidad de que saliera de la aldea?>
<Los registros de las puertas no muestran a ninguna niña con su descripción. Tampoco se informó de vehículos sospechosos durante aquella tarde, pero no podemos descartar que alguien la ocultara al abandonar Kirigakure>

Masao desplegó el mapa. La residencia Fumioka se encontraba en una zona habitada por artesanos y pequeños comerciantes. Hana acostumbraba jugar en una plaza situada a menos de cinco minutos de su casa, donde se reunían otros niños después de las clases. Dos de ellos recordaban haberla visto aquella tarde. Según sus declaraciones, jugaron hasta que comenzó a lloviznar y después se separaron para regresar a sus viviendas.

Hana no tomó el camino más corto hacia su hogar. Una vendedora de dulces afirmó haberla visto avanzar hacia un canal secundario, aunque no podía garantizar que se tratara de ella porque la neblina ya comenzaba a espesarse. La niña vestía una túnica azul claro, pantalones oscuros, sandalias y una bufanda roja. Llevaba también el conejo de madera del retrato, un objeto construido por su padre que rara vez dejaba en casa.

<¿Se encontró alguna prenda o el juguete?>
<Nada. Los perros de rastreo siguieron su olor desde la plaza hasta una calle comercial, pero la lluvia borró el rastro. Hay demasiadas personas transitando por esa zona y no pudieron retomarlo>

La investigación no había identificado amenazas contra la familia. El señor Fumioka trabajaba como carpintero, su esposa atendía la casa y ninguno mantenía deudas importantes ni conflictos conocidos. No recibieron solicitudes de dinero, mensajes ni advertencias después de la desaparición. La ausencia de un motivo evidente había obligado a considerar desde un accidente hasta un secuestro oportunista.

Masao les entregó una copia del retrato, el mapa y las declaraciones reunidas. La misión comenzaría en la residencia familiar. Debían escuchar directamente a los padres, examinar las pertenencias de Hana y reconstruir sus hábitos antes de repetir una búsqueda que ya había consumido tres días. El chūnin insistió en que los detalles aparentemente insignificantes podían ser más útiles que volver a recorrer las mismas calles sin una dirección.

<El señor Fumioka apenas ha descansado desde la desaparición> añadió. <Ha participado en cada búsqueda y en ocasiones se adelantó a los grupos sin avisar. Su esposa permanece en la vivienda por si Hana regresa. Traten de obtener toda la información antes de permitir que vuelva a salir>
<Si lleva tres días recorriendo la aldea, solamente estorbará si continúa sin descansar>
<Se lo explicaremos con un poco más de delicadeza>

La recepción registró oficialmente la salida y les entregó una autorización para interrogar testigos y acceder a los espacios ya revisados por la guardia. Después de guardar los documentos, Rin y Rei abandonaron el ayuntamiento. La lluvia había recuperado algo de intensidad. No bastaba para impedir el tránsito, pero cubría las calles con un ruido constante y amenazaba con eliminar cualquier rastro nuevo antes de que pudieran encontrarlo.

El trayecto hacia la residencia Fumioka atravesó una parte de la zona comercial y continuó por calles cada vez más estrechas. Rei comparaba las intersecciones con el mapa, observando los caminos posibles entre la plaza, la tienda de dulces y el canal mencionado por la testigo. Rin prestaba más atención a los callejones, los patios comunicados y las construcciones vacías. Una niña podía recorrer distancias pequeñas por rutas que un adulto no consideraría importantes.

La casa de la familia estaba unida al taller de carpintería. La fachada era de madera oscura, con un tejado inclinado y una galería pequeña protegida por el alero. Frente al taller había varias tablas cubiertas por lonas, un banco de trabajo vacío y un letrero tallado con el apellido Fumioka. Ninguna herramienta se encontraba en uso. El lugar parecía haber sido abandonado a mitad de una jornada y no retomado desde entonces.

Rin llamó a la puerta. Los pasos llegaron casi inmediatamente, como si alguien hubiera permanecido esperando detrás de ella. El hombre que abrió debía rondar los cuarenta años, aunque la falta de sueño añadía dureza a su rostro. Tenía cabello castaño recogido de manera descuidada, barba reciente y las manos cubiertas por pequeñas cicatrices propias del oficio. Sus ojos descendieron hacia los protectores de Kirigakure antes de recuperar una mínima esperanza.

<¿Vienen por Hana?>
<Sí. Somos parte del equipo asignado a continuar la búsqueda. Necesitamos hacerle algunas preguntas y revisar la información desde el principio>

El señor Fumioka abrió completamente y permitió el paso. El recibidor comunicaba con una sala sencilla, limpia en casi todos sus espacios excepto por la mesa central. Sobre ella se acumulaban mapas, notas, tazas sin recoger y varios dibujos de la niña. Una pared estaba cubierta por marcas que señalaban las zonas revisadas durante los días anteriores. Círculos de tinta rodeaban canales, plazas, almacenes y viviendas de conocidos.

La esposa de Fumioka se levantó al verlos entrar. Se llamaba Emi y parecía haber descansado todavía menos que su marido. Llevaba una manta sobre los hombros, el cabello sujeto detrás de la cabeza y una taza fría entre las manos. Junto a ella permanecía una mujer mayor, Tomoe, abuela de Hana, quien se ocupaba de mantener la casa y responder a las visitas mientras los padres alternaban entre esperar y buscar.

Fumioka apartó varios papeles y ofreció asiento. Emi permaneció frente a la mesa, sujetando la taza aunque no bebía. Tomoe preparó té sin preguntar y lo distribuyó antes de ocupar un lugar cercano. El ambiente no se sentía únicamente triste; estaba cargado por tres días de incertidumbre, versiones repetidas y cada sonido exterior confundido con la posibilidad de que Hana regresara.

<Salió después de comer> comenzó Fumioka. <Serían poco más de las tres. Dijo que iba a la plaza para jugar con Yui y Sora. Siempre vuelve antes de que oscurezca y conoce estas calles. Cuando empezó a llover pensé que regresaría, pero pasó una hora y después otra>
<Yo le pedí que llevara la bufanda> añadió Emi. <La roja. Se quejó porque decía que no hacía tanto frío, pero terminó poniéndosela. También llevaba a Usagi, el conejo que le hizo su padre>

Rei colocó el retrato sobre la mesa y pidió que describieran la ropa con precisión. Emi confirmó cada elemento del informe y añadió que la túnica tenía flores blancas bordadas en las mangas. Hana llevaba el cabello recogido parcialmente mediante un cordón amarillo. No tenía dinero cuando salió, salvo quizá una moneda guardada de días anteriores. La vendedora de dulces afirmó que compró una golosina, por lo que debía conservarla desde antes.

Rin examinó los mapas preparados por Fumioka. Algunas zonas estaban marcadas varias veces, mientras otras solamente presentaban una línea. El padre explicó que revisaron todos los lugares donde Hana acostumbraba esconderse: debajo del puente de la plaza, detrás del almacén de papel, en el jardín de una amiga y dentro de una pequeña caseta abandonada. También recorrieron el canal hasta las rejillas, sin encontrar ropa ni objetos.

<¿Hana tenía prohibido ir a algún lugar?>
Emi y Fumioka intercambiaron una mirada.
<A los canales del sur> respondió el padre. <Hay talleres cerrados y el agua corre con fuerza después de la lluvia. También le prohibimos acercarse a la zona de almacenes sin un adulto>
<Los lugares prohibidos suelen ser los primeros que visitan los niños cuando creen que nadie los observa. ¿Alguna vez la encontraron allí?>

Fumioka admitió que, varios meses atrás, Hana y otros niños habían seguido a un gato hasta uno de los talleres abandonados. Recibió un castigo y prometió no regresar. Desde entonces no existían indicios de que hubiera desobedecido, pero tampoco podían garantizarlo. Rin marcó aquel sector en la copia del mapa. La guardia había revisado las calles principales, aunque no cada edificio cerrado.

Rei preguntó por los otros niños. Yui regresó a su casa acompañada por su hermano mayor. Sora permaneció en la plaza hasta que su madre fue a buscarlo. Ambos aseguraron que Hana se marchó diciendo que quería ver algo antes de volver. Ninguno recordaba qué era; Sora creyó escuchar la palabra «barco», mientras Yui entendió «barro». La diferencia había llevado a revisar tanto el canal como varias zonas de juego sin resultado.

<¿Había hablado durante los días anteriores de alguna persona nueva, un regalo o un lugar que quisiera visitar?>
Emi negó primero, pero Tomoe dejó la tetera sobre la mesa.
<Mencionó a un hombre que hacía juguetes> recordó la abuela. <Dijo que había visto una caja llena de animales de madera cerca de la plaza. Pensé que hablaba de algún vendedor ambulante y no le presté atención porque su padre fabrica cosas parecidas>

Fumioka levantó la mirada de inmediato. Nunca había escuchado aquella historia. Tomoe explicó que Hana lo comentó dos días antes de desaparecer. El hombre le mostró un pájaro articulado y aseguró que también sabía fabricar conejos que movían las patas. La niña no dijo haberlo acompañado ni recibido nada. Solamente parecía emocionada por encontrar a alguien capaz de construir juguetes distintos a los de su padre.

La información no figuraba en los reportes porque Tomoe no había estado presente durante las primeras entrevistas. Los guardias preguntaron por desconocidos que hablaran con Hana, pero Emi y Fumioka respondieron que no conocían ninguno. Rei anotó cada detalle sin convertirlo todavía en una conclusión. Un artesano ambulante podía ser inocente; también podía explicar por qué la niña abandonó la ruta habitual sin mostrar señales de resistencia.

<¿Cómo era?>
<Hana solamente dijo que llevaba un sombrero grande y que olía a pintura. No sé nada más>

Rin pidió ver la habitación de la niña. Emi los condujo por un pasillo hasta una puerta decorada con peces tallados. El dormitorio permanecía como Hana lo había dejado: la cama ordenada a medias, varias prendas dobladas, dibujos sujetos a la pared y figuras de madera distribuidas sobre un estante. Había conejos, aves, un pequeño tiburón y una embarcación con vela de tela.

Rei revisó los dibujos con permiso de la madre. La mayoría representaba la casa, la familia y lugares del vecindario. Uno, elaborado con tinta azul y roja, mostraba una figura junto a un carro cubierto. Alrededor había varios animales pequeños. Hana había dibujado también tres líneas onduladas bajo las ruedas, quizá agua, y una construcción alta al fondo.

<¿Reconoce este lugar?>

Emi sostuvo el dibujo y negó. Fumioka se aproximó después. La construcción podía ser una torre de vigilancia, una chimenea o simplemente un árbol mal representado. La fecha escrita en una esquina correspondía al día anterior a la desaparición. Hana ya había visto el carro o pensaba volver a encontrarlo.

Rin abrió el armario y comprobó qué prendas faltaban. No había preparado equipaje. Sus zapatos adicionales, el abrigo grueso y los objetos favoritos continuaban allí. La niña no planeaba ausentarse durante mucho tiempo. También encontraron una caja pequeña con dos animales de madera que Fumioka aseguró no haber fabricado. Uno era un zorro y el otro un ave con alas móviles.

La pintura del ave todavía desprendía un olor leve, dulce y aceitoso.

<Nunca había visto esos juguetes> afirmó Fumioka, endureciendo la voz. <Si alguien se los dio, Hana no nos lo contó>

Rei envolvió ambas figuras por separado para conservar cualquier rastro. El ave tenía una mancha de barro rojizo en la base, distinto al suelo oscuro predominante alrededor de la residencia. Ciertas zonas del sur, próximas a antiguos talleres de cerámica, conservaban arcilla de aquel color. El carro dibujado, los canales prohibidos y el supuesto fabricante empezaban a señalar una dirección común, aunque todavía necesitaban hablar con los niños y la vendedora.

De regreso en la sala, Rin pidió a Fumioka que permaneciera en casa durante la primera parte de la búsqueda. El hombre se negó de inmediato. Llevaba tres días recorriendo Kirigakure y no aceptaba esperar mientras otros buscaban a su hija. Rin no suavizó la respuesta.

<Ya revisó los mismos lugares varias veces sin descansar. Si se adelanta, puede borrar rastros, alertar a alguien o convertirse en otra persona que tengamos que localizar>
Fumioka apretó las manos sobre la mesa, pero Rei intervino antes de que la conversación se transformara en una discusión.
<Necesitamos que alguien permanezca aquí por si Hana regresa o llega un mensaje. También debe ordenar todo lo que recuerde sobre ese vendedor, los juguetes y cualquier persona que haya mostrado interés en su familia. Esperar no significa quedarse sin hacer nada>

Emi apoyó una mano sobre el brazo de su esposo. Después de varios segundos, Fumioka aceptó, aunque exigió recibir noticias tan pronto como encontraran cualquier indicio. Tomoe se ocuparía de revisar los objetos de Hana y buscar otros regalos que no pertenecieran a la familia. Emi preparó una lista de amigos, comerciantes conocidos y lugares visitados durante la última semana.

Rin extendió el mapa sobre la mesa y estableció los primeros puntos. Comenzarían en la plaza para reconstruir la tarde con Yui y Sora. Después visitarían el puesto de dulces y seguirían la dirección en que la vendedora creyó ver a Hana. Los talleres del sur y la antigua zona de cerámica quedarían como destino siguiente si las figuras confirmaban aquella relación.

Rei guardó el dibujo y los juguetes como evidencia, dejando constancia de cada objeto retirado. También pidió una prenda usada recientemente por Hana, protegida dentro de una bolsa, por si encontraban a alguien con capacidad para rastrear su olor o necesitaban compararla con fibras. Emi entregó una chaqueta ligera que la niña había llevado el día anterior a su desaparición.

La familia acompañó a los shinobi hasta la entrada. La lluvia continuaba cayendo sobre la galería y la neblina parecía haberse cerrado alrededor de la calle. Fumioka observó hacia ambos extremos como si todavía esperara reconocer la bufanda roja entre las siluetas. Emi permaneció junto a él, sosteniendo contra el pecho uno de los dibujos de su hija.

<Tráiganla a casa> pidió Fumioka.
Rei ajustó la protección de la bolsa donde guardaba las pruebas.
<Vamos a seguir cada lugar que visitó y cada persona con la que habló. Si alguien sabe dónde está, lo encontraremos>
Rin no ofreció una promesa imposible. Miró el mapa una última vez, comprobó la dirección de la plaza y descendió los escalones.
<Empezaremos por la última persona que la vio>

La puerta de la residencia quedó abierta durante unos segundos, con la familia reunida bajo la luz del interior. Después se cerró para esperar noticias. Afuera, las huellas más antiguas de Hana habían desaparecido bajo tres días de lluvia, tránsito y búsquedas incompletas, pero la niña había dejado otras señales sin saberlo: dos juguetes desconocidos, un dibujo, el recuerdo de un carro y una conversación que nadie consideró importante hasta entonces.

Con aquella información reunida y una ruta definida, la búsqueda podía comenzar.
[Imagen: ffIFI3H.jpeg]
Kishue
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06-09-2026, 03:18 AM
Tres días. Aquella era la parte de la información que Kishue no conseguía apartar de su pensamiento. En el ayuntamiento les habían explicado que Hana Fumioka, una niña de ocho años, salió de su casa para jugar durante la tarde y nunca regresó. Su padre informó de la desaparición aquella misma noche, los guardias revisaron las calles, los canales y distintos edificios, pero nadie encontró una prenda, el juguete que llevaba consigo ni algún indicio de que hubiera sufrido un accidente. Tampoco existían registros que demostraran que la niña hubiera abandonado Kirigakure.

Todo aquello le había resultado preocupante desde que observó el retrato colocado sobre la mesa. Una niña podía desorientarse entre la niebla o buscar refugio al comenzar la lluvia, pero tres días eran demasiado tiempo para continuar explicándolo como una simple confusión. Si Hana seguía dentro de la aldea, entonces se encontraba en un lugar donde nadie había buscado correctamente o alguna persona estaba impidiendo que regresara con su familia. La ausencia de una petición de dinero tampoco convertía la segunda posibilidad en algo menos peligroso.

La conversación dentro de la residencia añadió nuevas piezas a la búsqueda. Hana fue vista por última vez después de separarse de sus amigos en la plaza, compró una golosina y tomó una dirección distinta a la de su casa. Días antes había conocido a un hombre de sombrero grande que olía a pintura y transportaba una caja con animales de madera. Además, entre sus pertenencias aparecieron dos juguetes que su padre no fabricó, un dibujo de un carro cubierto y una mancha de barro rojizo relacionada posiblemente con los antiguos talleres de cerámica del sur.

Kishue había permanecido atento mientras Rin y Rei ordenaban las declaraciones, revisaban los mapas y comparaban cada objeto con los hábitos de la niña. Ninguna pista demostraba por sí sola qué había ocurrido, pero todas comenzaban a señalar hacia el mismo desconocido. Un fabricante de juguetes podía ser solamente un vendedor ambulante; sin embargo, que Hana lo mencionara antes de desaparecer y ocultara los regalos recibidos convertía su presencia en algo que no podían tratar como una coincidencia.

Cuando Emi entregó la chaqueta utilizada por Hana el día anterior a su desaparición, Kishue pidió permiso para examinarla antes de que fuera guardada nuevamente. Acercó la prenda a su rostro e inhaló despacio, permitiendo que su capacidad olfativa separara los distintos aromas acumulados sobre la tela. La humedad de la casa, la madera del taller y la presencia de sus familiares podían contaminar el rastro, pero debajo de ellos permanecía el olor propio de la niña.

Después hizo lo mismo con los dos animales de madera encontrados en la habitación. El olor dulce y aceitoso de la pintura resultaba mucho más intenso sobre el ave articulada, aunque Kishue evitó tocarlos más de lo necesario para no alterar la evidencia reunida por Rei. Memorizó ambos aromas por separado: el de Hana, que podría ayudarlo a reconocer un rastro suyo, y el de la pintura, que quizá los condujera hacia el fabricante o hacia otros objetos elaborados en el mismo lugar.

La lluvia de los últimos días habría debilitado cualquier señal dejada en las calles y el tránsito de Kirigakure podía mezclar cientos de olores sobre una sola ruta. Kishue no esperaba seguir la chaqueta desde la residencia como si Hana acabara de marcharse. Aun así, contar con una referencia le permitiría prestar atención en los puntos donde sabían que estuvo, especialmente en la plaza, cerca del puesto de dulces y alrededor del lugar donde había visto la caja de juguetes.

La familia los acompañó hasta la entrada mientras la lluvia continuaba cayendo fuera de la galería. Fumioka parecía dispuesto a volver a recorrer la aldea en cuanto los shinobi abandonaran la casa, pero había aceptado quedarse después de escuchar las razones de Rin y Rei. Kishue entendía su desesperación. Si quien hubiera desaparecido fuese su madre, posiblemente tampoco soportaría permanecer sentado esperando noticias; sin embargo, dejar que el hombre continuara buscando sin dormir podía ocasionar que destruyera alguna pista o se expusiera al mismo peligro.

La petición del padre consiguió que Kishue volviera la mirada hacia él. No podía demostrar todavía dónde estaba Hana ni garantizar en qué condiciones la encontrarían, pero tampoco quería abandonar aquella casa dejando a la familia únicamente con las mismas dudas que había soportado durante tres días. Apoyó una mano sobre la esfera de Mekka, respiró profundamente y les ofreció una sonrisa segura.

—Traeremos a Hana de regreso. —aseguró, mirando primero a Fumioka y después a Emi—. Confíen en nosotros. Mientras ustedes esperan aquí, nosotros seguiremos cada una de las pistas hasta encontrarla.

Kishue se despidió mediante una inclinación de cabeza y descendió los escalones junto con Rin y Rei. No comenzó a discutir la investigación delante de la familia. Una conversación sobre posibles secuestradores, edificios abandonados o lugares donde una niña podía permanecer encerrada solamente aumentaría su angustia, además de provocar que Fumioka decidiera seguirlos. Esperó hasta que se hubieran alejado de la residencia y la niebla ocultara la fachada antes de reducir un poco el paso para dirigirse a las hermanas.

—El rastro desde la casa ya no nos servirá. Ha llovido durante tres días y demasiadas personas recorrieron estas calles buscándola. —explicó con un tono mucho más serio que el empleado para tranquilizar a la familia—. Pero ahora conozco su olor y también el de la pintura de esos juguetes. Si encontramos un lugar donde alguno se conserve con mayor intensidad, podremos reducir la búsqueda.

La ruta establecida por Rin también le parecía la más adecuada. Debían comenzar en la plaza y reconstruir el último recorrido confirmado de Hana, hablar con Yui y Sora, verificar la posición desde la que partió y continuar hacia el puesto de dulces. Sin embargo, Kishue consideraba que el fabricante de juguetes debía convertirse en el centro de la investigación. Los demás rastros habían sido revisados durante días; aquel hombre, su carro y los objetos entregados a la niña eran información nueva.

—Primero vayamos al lugar donde Hana vio al hombre de los juguetes. Desde allí podemos buscar el olor de la pintura y comprobar hacia dónde pudo marcharse el carro. —propuso mientras recordaba los puntos señalados sobre el mapa—. También debemos preguntar si alguien más recibió uno de esos animales. Un vendedor ambulante necesita mostrar su mercancía, y si otra persona lo vio podremos reconstruir su ruta. Después seguiremos hacia el puesto de dulces y los talleres del sur si las pistas continúan coincidiendo.

El barro rojizo en la base del ave podía relacionar el juguete con la antigua zona de cerámica, pero Kishue no quería dirigirse directamente hacia allí basándose únicamente en una mancha. Primero necesitaban confirmar que el carro hubiera tomado aquella dirección. De lo contrario, desperdiciarían tiempo revisando edificios que la guardia ya había inspeccionado parcialmente, mientras el verdadero responsable podía encontrarse en otro punto de Kirigakure.

Kishue comenzó a avanzar hacia el lugar donde Hana había visto los juguetes, manteniéndose junto a Rin y Rei mientras su atención se dividía entre el camino y los alrededores. No podía saber todavía qué encontrarían al llegar, por lo que evitó anticipar la presencia de un carro, un vendedor o cualquier otro indicio. Se limitó a respirar con calma y comparar los olores transportados por el aire húmedo con aquellos que acababa de memorizar.

Sus ojos también recorrieron el suelo, los accesos y cualquier detalle que pudiera relacionarse con la niña: una fibra roja semejante a la bufanda, restos de pintura, barro de un tono distinto o alguna figura de madera abandonada. La lluvia dificultaba el rastreo, pero Hana había dejado más pistas de las que la búsqueda inicial consiguió reconocer. Ahora debían comenzar por la más reciente y descubrir hasta dónde los conduciría.

Con la promesa hecha a la familia todavía presente en su pensamiento, Kishue continuó el camino hacia el último lugar relacionado con el fabricante de juguetes. Encontrar allí una señal o descubrir que no quedaba ninguna dependería de lo que revelara la siguiente parte de la investigación.
—Life Ends Whenever You Decide—
[Imagen: chBNIhB.jpeg]
Virtudes y Defectos
VIRTUDES
V006: Presencia Carismática
V017: Líder Nato
V032: Rostro Común
V033: Investigador
V035: Capacidad Sensorial Aumentada II (Olfato y Oído)
V090: Disciplina Ascética

DEFECTOS
V048: Adicción (Hablar con su pez)
V054: Último Acto
V057: Fobia III (Arañas)
V065: Lealtad
V069: Sinceridad
V077: Prosopagnosia
V083: Traicionable
V085: Venganza (Hoshigaki)
V088: Psicopatía
Rin to Rei
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06-09-2026, 06:10 PM
Rin escuchó la estrategia de Kishue sin interrumpirlo, repasando mentalmente cada punto mientras continuaban alejándose de la residencia. Buscar a Hana directamente desde su casa ya había demostrado ser inútil durante los tres días anteriores; la lluvia, los familiares y los distintos grupos de búsqueda habían contaminado cualquier rastro que pudiera quedar en aquellas calles. El fabricante de juguetes, en cambio, constituía una pista nueva y todavía no había sido investigado como una persona relacionada con la desaparición.

Rei estuvo de acuerdo por la misma razón. El hombre del sombrero podía ser solamente un vendedor ambulante, pero los dos animales encontrados en la habitación demostraban que había mantenido más contacto con Hana del que conocían sus padres. La niña no solamente observó los juguetes dentro de una caja: de alguna manera consiguió dos de ellos y decidió guardarlos sin explicar de dónde provenían. El dibujo fechado un día antes de su desaparición convertía aquel encuentro en algo difícil de ignorar.

<Empezaremos por allí. Si el hombre continúa en la zona podremos interrogarlo; si se marchó, buscaremos hacia dónde llevó el carro>
<Y el olor de la pintura puede distinguirlo aunque haya cambiado de ropa o retirado los juguetes. Es una pista más precisa que buscar un sombrero grande entre toda Kirigakure>

Los tres se dirigieron hacia la plaza donde Hana acostumbraba jugar. La lluvia había disminuido hasta convertirse nuevamente en una llovizna, aunque el agua seguía descendiendo por los tejados y formando pequeños canales junto al camino. La actividad comercial comenzaba a recuperarse bajo los aleros; varios puestos estaban abiertos y algunas personas atravesaban la plaza con cestas o herramientas, ocupadas en sus asuntos y ajenas a la importancia que aquella zona tenía para la investigación.

El lugar relacionado con los juguetes se encontraba en uno de los extremos de la plaza. No era una tienda permanente, sino un local pequeño que llevaba meses desocupado y que alguien había utilizado durante pocos días. Sobre la entrada permanecía un cartel de papel parcialmente deshecho por la humedad, decorado con dibujos de animales de madera y unas letras apenas legibles que anunciaban juguetes artesanales. Delante podían distinguirse dos surcos paralelos en el barro, marcas dejadas por las ruedas de un carro que había permanecido estacionado bajo el alero.

Las puertas estaban cerradas, aunque ninguna tenía colocado un candado. Rin comprobó primero las ventanas y la parte lateral del edificio, buscando alguna silueta o movimiento en su interior. Rei se acercó mientras sostenía la autorización recibida en el ayuntamiento, pero antes de que intentaran entrar, una mujer salió del establecimiento contiguo. Era la encargada de una pequeña tienda de telas y observó el retrato de Hana cuando Rei se lo mostró.

<Sí, esa niña estuvo aquí. La vi mirando los juguetes desde mi puerta, quizá el mismo día que desapareció. Había otros niños y no pensé que ocurriera nada extraño>

La mujer explicó que el vendedor llegó con un carro cubierto y alquiló el local únicamente para proteger su mercancía de la lluvia. Permaneció allí durante dos tardes, mostrando animales articulados y pequeñas embarcaciones a quienes pasaban por la plaza. No conocía su nombre y tampoco recordaba haberlo visto antes en el distrito. Llevaba un sombrero ancho, hablaba poco y parecía más interesado en llamar la atención de los niños que en convencer a sus padres para comprar.

<Se marchó con prisa cuando empezó a oscurecer. Cerró el carro y sacó todas las cajas por la puerta trasera. Pensé que regresaría al día siguiente, pero no volvió>

Aquello había ocurrido durante la misma tarde en que Hana dejó la plaza. La mujer no pudo asegurar que ambos se marcharan juntos; atendía a una clienta cuando el vendedor comenzó a recoger y solamente vio el carro alejándose después. Recordaba que tomó una calle lateral en lugar de continuar por la ruta comercial, aunque la neblina le impidió seguirlo con la mirada. Nadie le había preguntado antes por él, pues los guardias buscaron a la niña y enseñaron su retrato, pero no mencionaron juguetes ni un vendedor ambulante.

Rin abrió la puerta después de confirmar que el local había sido abandonado. El interior era reducido y carecía de mercancía, pero conservaba señales de su ocupación reciente. Había una mesa plegable junto a la pared, dos estantes vacíos y varias virutas de madera acumuladas en las esquinas. Algunas gotas endurecidas de pintura azul, amarilla y roja cubrían una tabla colocada sobre el suelo. El vendedor se había llevado los juguetes y sus herramientas, aunque no dedicó demasiado tiempo a limpiar.

La protección del edificio había conservado los olores mucho mejor que las calles. Para el olfato mejorado de Kishue, el aroma dulce y aceitoso presente en el ave de madera podía reconocerse sobre la mesa, los estantes y la puerta trasera. No pertenecía únicamente a un frasco derramado; diferentes pinturas se habían mezclado en aquel espacio durante la preparación o reparación de los juguetes. El rastro más intenso se dirigía hacia la salida posterior, por donde la mujer aseguró que fueron retiradas las cajas.

Había también un segundo aroma entre la madera y el aceite. Era mucho más débil, pero coincidía con el olor que Kishue había memorizado al examinar la chaqueta de Hana. Se concentraba cerca de uno de los estantes, a una altura apropiada para una niña, y llegaba hasta la parte interior de la puerta trasera. Tres días de humedad habían debilitado casi toda continuidad, pero dentro del local quedaba suficiente para confirmar algo importante: Hana no se limitó a contemplar los juguetes desde la plaza. Había entrado en aquella habitación.

Rei examinó el estante mientras Rin inspeccionaba la salida. En uno de los clavos bajos quedó atrapado un hilo amarillo muy corto, semejante al cordón con el que Hana llevaba recogida parte del cabello. No era suficiente para demostrar que hubiese sido arrancado durante un forcejeo; podía haberse enganchado mientras la niña observaba la mercancía. Sin embargo, su ubicación coincidía con el rastro identificado por Kishue y reforzaba la certeza de que había estado dentro.

La puerta trasera conducía hacia una calle estrecha protegida parcialmente por los techos de los edificios. Allí las ruedas del carro habían dejado marcas más profundas que en la plaza. Rin se agachó junto a una de ellas y retiró con cuidado la capa más húmeda del barro. Debajo apareció un tono rojizo, diferente a la tierra oscura del distrito y semejante a la mancha encontrada en la base del ave articulada. El carro ya llevaba aquella arcilla adherida cuando llegó hasta el local.

Las huellas se perdían al abandonar la parte cubierta de la calle. La lluvia había deformado los surcos hasta mezclarlos con el tránsito posterior, pero la dirección inicial señalaba hacia los canales del sur. El olor de la pintura también persistía durante algunos metros bajo los aleros antes de debilitarse en el punto donde la ruta volvía a quedar expuesta. El rastro de Hana era todavía más tenue y no podía seguirse con seguridad más allá del local, por lo que no existía una confirmación de que hubiera subido al carro o continuado tras él.

Rei desplegó el mapa y comparó la calle con los sectores marcados. Aquella ruta evitaba el puesto de vigilancia principal y comunicaba con los antiguos talleres de cerámica mediante varios pasajes secundarios. También pasaba cerca del canal mencionado por la vendedora de dulces. Las pistas que antes parecían independientes comenzaban a formar una misma trayectoria: Hana se alejó de la plaza, entró en el local de los juguetes y el carro partió hacia una zona cubierta de barro rojizo.

<Ya sabemos que estuvo dentro. Lo que todavía no sabemos es si salió siguiendo al vendedor o si él se la llevó>
<Las ruedas, la pintura y la arcilla apuntan hacia los talleres del sur. Seguiremos esa ruta y preguntaremos en cada tramo cubierto; allí el olor y las marcas pudieron sobrevivir a la lluvia>

Rin señaló sobre el mapa los corredores protegidos por aleros, los almacenes abandonados y los puentes estrechos situados entre la plaza y la antigua zona de cerámica. Rei guardó el hilo amarillo junto con las demás pruebas y anotó la declaración de la comerciante. La siguiente parte de la búsqueda ya no consistía en recorrer todo el distrito, sino en reconstruir el desplazamiento de un carro específico.

El local había proporcionado la primera confirmación física de los movimientos de Hana después de separarse de sus amigos. Su olor, el cordón y la pintura conducían hasta la puerta posterior; más allá, el barro rojizo y las ruedas señalaban hacia el sur. Con aquella dirección establecida, el equipo podía continuar tras un rastro mucho más reducido y acercarse a los talleres donde posiblemente aguardaba la siguiente respuesta.
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06-09-2026, 06:21 PM
Kishue permaneció unos instantes frente a la estantería baja donde había encontrado el rastro de Hana. La presencia de su olor en el interior del establecimiento confirmaba que la niña había entrado allí, aunque no explicaba bajo qué circunstancias. Podía haberlo hecho atraída por los juguetes o siguiendo una invitación aparentemente inocente. La ausencia de señales de forcejeo tampoco demostraba que hubiese salido por voluntad propia; solamente indicaba que, en aquel lugar, nadie había necesitado emplear una violencia evidente contra ella.

La conversación con la comerciante aportaba una coincidencia demasiado importante para ignorarla. El vendedor de juguetes había abandonado apresuradamente el local durante la misma tarde en que Hana desapareció, utilizando la salida posterior y una calle secundaria en vez del camino más concurrido. Además, no había llegado con una tienda preparada para permanecer durante mucho tiempo, sino con un carromato cubierto en el que transportaba todas sus mercancías. Si realmente se había llevado a la niña, también disponía del espacio necesario para ocultarla sin atraer miradas.

Kishue se agachó junto a las marcas dejadas por las ruedas y observó la separación entre ambos surcos. No bastaba con seguir cualquier huella de carreta que encontraran. Tendrían que memorizar el ancho de aquel eje y compararlo con las marcas que aparecieran durante el trayecto. La lluvia habría borrado las impresiones expuestas, pero las zonas cubiertas, los bordes de las calles y el interior de los callejones podían conservarlas mejor. La arcilla rojiza adherida al barro serviría para distinguirlas de las producidas por otros vehículos.

También se concentró nuevamente en el olor extendido por el local. La pintura poseía un aroma dulce y aceitoso que ya había reconocido en los juguetes de Hana. Era intenso alrededor de los estantes y del lugar donde habían estado las mercancías, aunque se orientaba con mayor claridad hacia la puerta trasera. Fuera del edificio sería más difícil separarlo de los olores de la plaza, la humedad y los puestos cercanos, pero un carromato cargado con juguetes recién pintados debía dejar un rastro más persistente que el de una sola pieza de madera.

La arcilla, la pintura y las ruedas conducían hacia una misma posibilidad. El vehículo parecía relacionado con la zona de antiguos talleres de cerámica al sur, precisamente en la dirección de los canales secundarios mencionados durante la investigación. Que el vendedor hubiese escogido un recorrido capaz de evitar el puesto principal de vigilancia aumentaba las sospechas. Podía tratarse de una ruta habitual para transportar mercancía, pero Kishue no estaba dispuesto a confiar en una explicación inocente cuando una niña llevaba tres días desaparecida.

—Hana estuvo aquí y el vendedor se marchó demasiado rápido para que sea una coincidencia. —expuso mientras se incorporaba y dirigía la atención hacia Rin y Rei—. Pero no debemos seguir únicamente el olor. La lluvia puede hacerlo desaparecer y hay demasiadas carretas en la aldea. Tenemos tres rastros del mismo vehículo: la pintura, la arcilla rojiza y la distancia entre sus ruedas.

Antes de abandonar el establecimiento, Kishue revisó una vez más la mesa plegable, los estantes vacíos y el suelo alrededor de la salida posterior. No esperaba encontrar una pista que los demás hubieran pasado por alto, pero prefería asegurarse de que no dejaban nada importante atrás. Después se detuvo en el umbral, donde volvió a respirar profundamente para memorizar la mezcla particular de pintura, madera y humedad.

—Sigamos la ruta del carro por los pasajes cubiertos. —sugirió—. En cada cruce podemos revisar los bordes de las paredes, los charcos y cualquier lugar protegido de la lluvia. Si las ruedas rozaron una esquina, dejaron barro; si se detuvo, la arcilla debió acumularse bajo ellas. Podemos preguntar también por un carromato cubierto, pero sin separarnos. Si ese hombre tiene a Hana, quizá todavía haya alguien vigilando su camino.

Kishue salió finalmente por la puerta trasera y orientó sus sentidos hacia la ruta que conducía a los canales meridionales. Mantuvo la mirada sobre el suelo y el olfato atento a cualquier resto del aroma aceitoso. Todavía no sabía dónde terminaría aquel recorrido, pero ahora contaban con algo más sólido que una simple sospecha: poseían la huella particular del carromato y una dirección por la cual empezar a seguirla.
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06-09-2026, 09:10 PM
Las marcas del carromato sobrevivían donde Kishue había previsto. Desaparecían bajo los charcos de las calles principales, pero volvían a dibujarse junto a las paredes, bajo los aleros y en aquellos rincones donde la lluvia no conseguía lavar el barro. Rin vigilaba los cruces antes de permitir que el grupo continuara; Rei, en cambio, prestaba atención a las puertas entreabiertas y a los vecinos que todavía permanecían afuera. Ninguno pareció reconocer el vehículo, aunque varios recordaban haberlo visto avanzar hacia los antiguos talleres.

El rastro de pintura también continuaba, débil entre la humedad, pero reconocible para el olfato de Kishue. Los condujo lejos de las calles comerciales, hasta una zona donde las viviendas cedían espacio a almacenes y talleres abandonados. Allí la arcilla rojiza cubría buena parte del camino, pero las ruedas habían dejado surcos recientes y profundos. El carro transportaba más peso que cuando salió de la plaza.

Rin levantó una mano al escuchar voces detrás de una construcción semiderruida. No necesitó explicar la señal. Rei se acercó a la pared y observó por una abertura entre las tablas, mientras su hermana comprobaba que el callejón no tuviera una segunda entrada a sus espaldas.

El carromato se encontraba detenido en un patio estrecho, todavía cubierto por la misma lona descrita por la comerciante. Dos hombres aguardaban junto a él. Uno sostenía las riendas y miraba continuamente hacia el camino; el otro retiraba varias cajas de la parte posterior para despejar el espacio. Bajo la lona no aparecieron juguetes, sino tres niños sentados con las manos atadas. El mayor intentaba mantener a los otros dos en silencio, pero una niña pequeña no podía contener el llanto.

Hana no estaba entre ellos.

Rei perdió la sonrisa al reconocer lo que ocurría. La ausencia de la niña no reducía la importancia del hallazgo; la empeoraba. Aquellos hombres no habían capturado a una sola menor por accidente. Trasladaban niños y utilizaban el negocio de juguetes para acercarse a ellos sin despertar sospechas.

<No está Hana, pero no podemos dejarlos marchar>

Rin ya tenía una mano sobre el chakram. Sus ojos permanecieron en el conductor, el único con acceso inmediato a las riendas. Si conseguía poner el carro en movimiento, perseguirlo sin exponer a los cautivos sería más difícil. El segundo hombre parecía ocupado con las cajas, aunque llevaba un cuchillo corto sujeto al cinturón.

<Primero impedimos que muevan el carro. Después averiguaremos adónde llevaron a los demás>

Antes de que pudieran decidir cómo aproximarse, el niño mayor vio las siluetas al otro lado de las tablas. No gritó; solamente abrió mucho los ojos. Sin embargo, la niña siguió su mirada y dejó escapar un sollozo más alto. El hombre de las cajas se volvió hacia la abertura y desenvainó el cuchillo.

—¡Hay alguien detrás del taller!

El conductor soltó las riendas y buscó algo bajo su abrigo. Rin retiró el chakram de su cadera mientras Rei llevaba una mano al arco, separándose lo suficiente para no ofrecer un único objetivo. Ya no podían continuar observando. Habían encontrado a los responsables y a tres de sus víctimas, pero Hana seguía en algún otro lugar; necesitaban capturar al menos a uno con vida para descubrirlo.
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06-09-2026, 11:33 PM
Kishue avanzó siguiendo el camino con la nariz más que con los ojos. Las ruedas aparecían y desaparecían bajo la lluvia, pero el olor aceitoso de la pintura continuaba pegado a las paredes y al barro protegido por los aleros. A veces tenía que detenerse, inclinar la cabeza y respirar otra vez hasta separarlo de la madera mojada, de la arcilla y de las comidas preparadas en las viviendas cercanas. Después volvía a encontrarlo unos metros más adelante, siempre en dirección a los antiguos talleres.

Cuando Rin levantó la mano, Kishue se detuvo y se ocultó detrás de las tablas sin discutir la señal. Desde allí observó el carromato y a los dos hombres que trabajaban alrededor. Su atención pasó rápidamente hacia los tres niños bajo la lona; buscó entre sus rostros y ropas la bufanda roja, el cordón amarillo o cualquier rasgo que coincidiera con Hana, pero ella no estaba allí. La decepción le duró poco. Si aquellos sujetos transportaban niños, podían conducirlos hasta donde mantenían a los demás.

—Tenemos que detenerlos, pero todavía no. —susurró, manteniendo los ojos sobre el hombre de las riendas—. Si los seguimos, quizá nos lleven con Hana. No dejaré que lastimen a esos niños mientras tanto.

Rin parecía más dispuesta a impedir inmediatamente que el carromato volviera a moverse. Kishue comprendía la razón, aunque seguirlo podía ahorrarles horas de búsqueda y evitar que un interrogatorio fallido los dejara nuevamente sin ruta. Apenas tuvo tiempo para mirar a las hermanas y preparar otro argumento. El niño mayor los descubrió entre las tablas, la pequeña siguió su mirada y el llanto alertó a los secuestradores.

Kishue mostró los dientes con fastidio. Ya no quedaba nadie a quien seguir sin ser visto.

—Cambio de planes. Los atrapamos y hacemos que nos digan dónde está.

Salió primero del escondite, permitiendo que sus pasos golpearan con fuerza el suelo para atraer ambas miradas. Sus manos buscaron las dos nudilleras kunai: una salió de su equipo y Mekka ocupó la otra, ajustándose a su puño como tantas veces durante sus entrenamientos. Kishue flexionó los dedos alrededor de las empuñaduras y corrió directamente hacia el hombre armado con el cuchillo.

—Es hora de luchar, Mekka.

El secuestrador trató de recibirlo con un corte apresurado. Kishue cruzó una de las nudilleras contra su muñeca y apartó la hoja antes de que completara el recorrido. No intentó responder con el filo. Se metió dentro de su alcance, clavó un hombro en su abdomen y continuó avanzando hasta levantarlo parcialmente del suelo. El hombre perdió el aire y retrocedió trastabillando, pero Kishue no le concedió espacio para recuperar la postura.

Una patada barrió su pierna de apoyo. Cuando el sujeto cayó de rodillas, Kishue giró el cuerpo y descargó el puño cerrado contra un costado de su rostro, golpeándolo con la parte reforzada de la nudillera y manteniendo la cuchilla apartada. El secuestrador se desplomó sobre el barro, inmóvil y respirando, sin alcanzar a utilizar nuevamente el cuchillo.

Kishue se colocó entre el hombre derribado y el carromato. La sonrisa que mostró al segundo secuestrador ya no tenía nada de amistosa. Uno estaba fuera del combate, los niños seguían detrás de él y todavía quedaba alguien consciente capaz de decirles dónde habían llevado a Hana.
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07-09-2026, 01:04 AM
Kishue fue el primero en abandonar el escondite y, tal como parecía ocurrir cada vez que iniciaban un combate, consiguió que toda la atención se concentrara sobre él. El hombre del cuchillo apenas alcanzó a recibirlo antes de que el muchacho apartara su arma, invadiera su espacio y lo derribara mediante una combinación de fuerza y velocidad. Un último golpe con la parte reforzada de la nudillera lo dejó tendido sobre el barro, respirando, pero completamente apartado del enfrentamiento.

El conductor reaccionó con menos valentía. En lugar de ayudar a su compañero, giró hacia el carromato y extendió una mano hacia las riendas. Rei ya había colocado una flecha sobre la cuerda. El proyectil atravesó el aire antes de que sus dedos alcanzaran el cuero y se clavó en la madera, atrapando la manga de su abrigo contra el asiento. No lo hirió, pero el tirón repentino le impidió subir y lo obligó a forcejear con la tela.

Rin pasó junto a Kishue sin retirar el chakram de su cadera. El hombre consiguió rasgarse la manga y apenas tuvo tiempo para volverse antes de que ella se agachara frente a él. Una pierna golpeó detrás de sus tobillos mientras el hombro de Rin empujaba su cintura en la dirección contraria. El conductor perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Cuando intentó levantarse, encontró una rodilla hundida entre sus omóplatos y un kunai apoyado contra el costado de su cuello.

<No te muevas>

Rei se acercó después de comprobar que los niños continuaran dentro del carromato y que ninguno hubiese resultado herido. Su expresión fue más amable que la de su hermana, aunque el hombre no pareció encontrar consuelo en ella. La arquera se agachó frente a él y apoyó los brazos sobre las rodillas, como si fueran a mantener una conversación tranquila en circunstancias mucho menos desagradables.

<Buscamos a una niña de ocho años, lleva una bufanda roja y se llama Hana. Puedes decirnos dónde está o dejar que Rin averigüe cuánto tiempo soportas debajo de su rodilla>

—¡Yo solamente conduzco! ¡No sé los nombres de los niños!

Rin aumentó ligeramente la presión. No necesitó amenazarlo ni cambiar de expresión; el aire que escapó de los pulmones del hombre hizo el trabajo por ella. Rei permaneció en silencio, concediéndole unos segundos para comprender que aquella era la parte amable del interrogatorio.

—¡En el secadero viejo! Al otro lado del canal del sur. Es un edificio de ladrillos con el techo verde y una chimenea partida. Allí reúnen a los niños antes de sacarlos de la aldea. Hay cinco hombres vigilando y el juguetero es quien da las órdenes

La explicación salió atropelladamente. El acceso principal se encontraba después del puente de los alfareros, pero también existía un embarcadero detrás del edificio, utilizado para cargar mercancías durante la noche. Según el conductor, los niños permanecían encerrados en el sótano, debajo de los antiguos hornos. Hana había sido trasladada allí tres días atrás; seguía viva la última vez que él la vio.

Rei perdió cualquier resto de cordialidad al escuchar la confirmación. Se incorporó y miró hacia Kishue, mientras Rin mantenía inmovilizado al prisionero. Ahora conocían el destino, la cantidad aproximada de enemigos y dos caminos para alcanzarlo: cruzar el puente y acercarse por tierra, o seguir el canal hasta el embarcadero posterior. La decisión de cómo llegar sin poner en peligro a Hana y a los demás niños todavía debía tomarse.
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07-09-2026, 02:48 AM
El segundo secuestrador cayó antes de que Kishue necesitara volver a intervenir. La flecha de Rei le impidió alcanzar las riendas y Rin aprovechó el instante para barrerle las piernas, derribarlo y mantenerlo pegado al barro. Con ambos hombres neutralizados, Kishue apartó de una patada el cuchillo del primero y comprobó que continuara respirando. No le preocupaba demasiado su comodidad, pero sí necesitaban que alguno despertara con suficientes ganas de hablar.

Su atención pasó inmediatamente al carromato. Los tres niños continuaban bajo la lona, atados y demasiado asustados para moverse incluso después de ver caer a sus captores. Kishue guardó una nudillera y permitió que Mekka abandonara la otra antes de subir. Se agachó frente a ellos para cortar las cuerdas, empezando por el mayor, quien había intentado mantener tranquilos a los otros dos durante todo aquel tiempo. Después liberó a la niña y revisó sus muñecas con cuidado, procurando no tocar las marcas rojizas dejadas por las ataduras.

—Ya pueden moverse. Esos dos no van a levantarse para perseguirlos. —aseguró, sonriéndoles como si tener a dos hombres inconscientes a pocos metros fuera una situación completamente normal—. Quédense juntos y no se alejen de nosotros. Primero encontraremos un lugar seguro; después iremos por los demás.

Los niños no presentaban heridas graves, pero estaban mojados, hambrientos y agotados. Kishue les dio el agua que llevaba y los ayudó a descender del carro uno por uno. Mientras lo hacía, escuchó el interrogatorio a pocos pasos. Al principio el conductor intentó excusarse asegurando que solo cumplía órdenes, pero la presión de Rin y la voz engañosamente tranquila de Rei acabaron por romperle la voluntad.

El nombre de Hana hizo que Kishue levantara la cabeza. El secuestrador no solamente conocía el lugar donde retenían a los demás; también había visto a la niña con vida. Se encontraba en un antiguo secadero de cerámica al otro lado del canal meridional, debajo de los hornos y vigilada junto con otros menores. Tres días habían pasado desde su desaparición y cada minuto que desperdiciaran podía ser el que los criminales necesitaran para trasladarla fuera de Kirigakure.

Kishue regresó junto a las hermanas cuando el hombre terminó de hablar. La idea de seguirlos hasta el escondite ya no importaba. Habían obtenido el destino directamente de su boca y conservaban dos prisioneros capaces de reconocer a sus compañeros. Utilizaron las cuerdas encontradas dentro del carromato para atarles las muñecas y los tobillos. Kishue apretó los nudos lo suficiente para impedir que escaparan, aunque evitó cortarles la circulación. Todavía debían caminar y responder ante las autoridades.

—Nos los llevamos. —decidió mientras obligaba al conductor a incorporarse—. Cuando atrapemos a los otros, podrán entrar todos juntos en la misma celda. Así ninguno tendrá que sentirse solo.

Antes de dirigirse al secadero necesitaban resolver qué hacer con los niños rescatados. Llevarlos hasta otro enfrentamiento era impensable y escoltarlos personalmente hasta las autoridades consumiría demasiado tiempo. Kishue recorrió con la mirada las viviendas cercanas y se acercó a una casa cuyo frente permanecía iluminado. Golpeó la puerta con fuerza, pero cuidando de no sonar como si pretendiera derribarla. La escena que presentó resultaba difícil de ignorar: tres niños empapados, dos delincuentes atados y tres shinobi cubiertos de barro.

Kishue explicó rápidamente que habían encontrado a los menores dentro del carromato y que existían más cautivos en peligro. Solicitó que los mantuvieran dentro, lejos de puertas y ventanas, hasta que una patrulla pudiera recogerlos. No ocultó la gravedad del asunto, aunque tampoco mencionó detalles capaces de asustarlos más. Los habitantes aceptaron resguardarlos y prepararon mantas mientras uno de ellos se disponía a avisar a las autoridades.

—Ahora están a salvo. La próxima vez que nos vean, traeremos también a sus amigos.

No era una promesa muy diferente de la que había hecho a la familia de Hana. Kishue no se detuvo a considerar qué ocurriría si no podía cumplirla. Pensar en fracasar no acercaría el secadero ni abriría sus puertas; correr sí. En cuanto los niños quedaron dentro de la vivienda, sujetó a uno de los prisioneros por las cuerdas y emprendió el camino indicado. Los criminales tuvieron que apresurarse para no ser arrastrados por el suelo.

El grupo avanzó hacia el sur siguiendo las calles próximas al canal. Kishue no abandonó su olfato durante el trayecto. La pintura aceitosa continuaba adherida a las ropas de los hombres y al carromato, pero ahora también podía reconocer sobre ellos la humedad del secadero y el polvo mineral de la arcilla. Cada vez que alguno parecía reducir el paso, un tirón de la cuerda le recordaba que no estaban dando un paseo.

El edificio apareció al otro lado del canal con el aspecto descrito durante el interrogatorio: paredes de ladrillo oscurecidas por los años, techo verde y una chimenea partida elevándose sobre los antiguos talleres. Kishue redujo la marcha antes de acercarse demasiado. Observó la entrada principal, las ventanas y el espacio que conducía hacia el embarcadero posterior. Desde fuera no podía saber cuántos hombres se encontraban realmente dentro ni dónde empezaba el descenso hacia el sótano.

Dejaron a los prisioneros asegurados lejos de la entrada, sujetos a una estructura firme y sin posibilidad de alcanzar sus armas. Kishue volvió a revisar los nudos antes de dirigir la mirada al secadero. Podían intentar entrar con cuidado, buscar una ventana o acercarse desde el canal, pero cuanto más tiempo dedicaran a escoger, más oportunidades darían a los secuestradores para mover a los niños. Además, el sigilo nunca había sido su parte favorita.

—Haremos lo de siempre. Yo entro primero y consigo que todos vengan hacia mí. Ustedes cubran mi espalda y busquen a los niños mientras estén distraídos. —propuso a Rin y Rei—. Si alguien intenta huir, no permitan que llegue al canal.

Kishue llevó las manos hacia sus nudilleras kunai y permitió que Mekka se fusionara con una de ellas. Después liberó la transformación que había contenido durante la búsqueda. El tono azulado se extendió por su piel mientras las escamas endurecidas cubrían sus brazos, hombros y rostro. Las branquias se abrieron a los lados de su cuello, una aleta dorsal surgió en su espalda y sus dientes crecieron hasta formar la sonrisa afilada de un tiburón.

La preocupación por Hana seguía allí, pero ya no se mostraba como inquietud. Se había convertido en hambre de combate. Kishue ajustó las nudilleras contra sus puños, inclinó el cuerpo hacia delante y fijó la mirada sobre la entrada del secadero. Si había cinco hombres esperándolo, procuraría que los cinco lo miraran solamente a él.

Con Rin y Rei preparadas para cubrirlo, Kishue quedó frente al recinto, dispuesto a irrumpir por la fuerza y abrir el camino hasta los niños.
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07-09-2026, 03:26 AM
La intervención de Kishue terminó con uno de los secuestradores inconsciente sobre el barro, mientras el segundo permanecía inmovilizado bajo la rodilla de Rin. Rei había mantenido su arco preparado hasta comprobar que ninguno de los hombres pudiera alcanzar las riendas ni aproximarse otra vez al carromato. Solo entonces bajó el arma y se acercó a los niños que Kishue comenzaba a liberar. El mayor intentaba mostrarse tranquilo por los otros dos, aunque sus manos temblaron cuando finalmente dejaron de estar atadas.

Rei se agachó junto a la niña más pequeña y cubrió con una parte de la lona sus hombros mojados. No preguntó inmediatamente qué había sucedido ni cuánto tiempo llevaban dentro del vehículo. Ya tendrían ocasión de declarar cuando estuvieran protegidos y acompañados por alguien de confianza. En aquel momento necesitaban comprender una cosa mucho más sencilla: los dos hombres que los habían retenido no volverían a llevárselos.

<No tienen que seguir siendo valientes por nosotros. Ya hiciste suficiente cuidándolos> le aseguró al mayor antes de ayudarlo a bajar.

Rin se ocupó de los secuestradores con una consideración bastante menor. Utilizó las cuerdas encontradas dentro del carromato para asegurar primero las muñecas del conductor y después sus tobillos, separando los nudos para que no pudiera alcanzar unos con otros. Cuando el hombre derribado por Kishue recuperó el conocimiento, encontró sus propias manos atadas detrás de la espalda y a Rin observándolo con la paciencia de alguien que esperaba el primer intento de resistencia.

No lo hubo. El secuestrador miró a su compañero, después a Kishue y terminó bajando la cabeza. La amenaza no necesitó pronunciarse.

La información obtenida durante el interrogatorio modificaba el sentido de la búsqueda. Hana no había desaparecido por seguir accidentalmente un carromato ni se encontraba perdida cerca del canal. La tienda de juguetes había servido para escoger a los niños, ganarse su atención y trasladarlos sin levantar sospechas. El vendedor era solamente la cara visible de un grupo mayor, y el antiguo secadero funcionaba como punto de reunión antes de sacarlos de Kirigakure. Que la niña continuara viva constituía la primera noticia favorable recibida por su familia en tres días; también convertía cualquier demora en un riesgo difícil de aceptar.

Rin aprobó la decisión de mantener a los dos criminales bajo custodia. Dejarlos en el patio habría permitido que algún cómplice los liberara, mientras llevarlos hasta el secadero los conservaría disponibles para identificar al resto cuando llegaran las autoridades. Sin embargo, no permitió que caminaran juntos. Cada uno quedó sujeto mediante una cuerda diferente y obligado a avanzar separado del otro, sin oportunidad para preparar una fuga o intercambiar instrucciones en voz baja.

Antes de emprender el trayecto, encontraron refugio para los niños en una de las viviendas cercanas. Allí vivía un matrimonio de edad avanzada que había observado parte del enfrentamiento desde una ventana. Rei explicó la situación sin mencionar delante de los menores la posibilidad de que existieran más víctimas. Solicitó mantas, agua y una habitación interior donde pudieran esperar, además de que alguien notificara a la guardia sin acercarse al secadero. La pareja aceptó con rapidez y cerró la puerta una vez los tres estuvieron dentro.

Rin esperó hasta escuchar el cerrojo. No confiaba en que una puerta doméstica detuviera a los secuestradores si alguno llegaba hasta allí, pero la casa se encontraba lejos de la ruta que seguirían y los dos únicos hombres que conocían su ubicación marchaban atados con ellos. Por el momento era más seguro que conducir a tres niños asustados hacia el escondite de sus captores.

El desplazamiento hacia el canal meridional fue mucho menos discreto de lo que las hermanas habrían preferido. Los prisioneros tropezaban, reducían el paso y obligaban a corregir constantemente la marcha. Rin permaneció detrás de ellos, desde donde podía vigilar sus manos y cualquier intento de desviarse. Rei avanzó cerca del frente, observando las esquinas y las ventanas de los talleres. Kishue no ocultaba la prisa por alcanzar a Hana; incluso sin la transformación, su forma de tirar de la cuerda bastaba para impedir que los hombres olvidaran hacia dónde los llevaban.

El secadero apareció al otro lado del canal como una mancha oscura entre edificios abandonados. No era la construcción más grande del antiguo distrito de alfareros, pero sí una de las pocas que todavía conservaban el techo completo. Los ladrillos habían adquirido un tono casi negro por la humedad y el musgo crecía alrededor de las ventanas inferiores. Sobre el tejado verde se alzaba una chimenea quebrada, abierta por la mitad como una rama seca. Ningún letrero identificaba el lugar y el sendero principal terminaba varios metros antes de su fachada.

El edificio ocupaba un espacio rectangular de unos veintidós metros de largo por catorce de ancho. Su frente daba hacia el camino, mientras la parte posterior descansaba junto al canal. Dos puertas de madera componían la entrada principal; una permanecía cerrada y la otra mal encajada, dejando una abertura estrecha entre ambas. Las ventanas laterales eran altas y delgadas, construidas para ventilar el calor de los hornos, no para permitir el paso de una persona. Detrás existía un embarcadero unido a unas compuertas de carga, junto al cual permanecía amarrada una embarcación pequeña.

Las hermanas ayudaron a asegurar a los prisioneros lejos de cualquiera de las entradas. Las cuerdas rodearon la base de una antigua estructura de piedra, suficientemente gruesa para que no pudieran romperla ni arrastrarla. Rin retiró de sus ropas un pequeño cuchillo oculto y una pieza metálica que uno de ellos probablemente pensaba utilizar contra los nudos. Rei se limitó a mostrarle ambos objetos antes de guardarlos, acompañando el gesto con una sonrisa que hizo que el hombre dejara de buscar otras oportunidades.

Mientras Kishue estudiaba el frente, Rin y Rei bordearon una parte del edificio para conocer aquello que las paredes permitieran observar. No se separaron lo suficiente para perderse de vista. Rin tomó el lateral occidental, donde se levantaban los antiguos hornos; Rei revisó el oriental y la zona más cercana al canal. Las ventanas estaban cubiertas por polvo, pero algunas conservaban grietas entre los tablones utilizados para sellarlas. A través de ellas reconstruyeron poco a poco la distribución interior.

La puerta principal conducía a una sala de producción amplia, dividida por un pasillo central que llegaba hasta las compuertas del embarcadero. A la izquierda se encontraban dos hornos circulares de ladrillo, ambos apagados, separados de la pared por espacios estrechos donde una persona podía ocultarse. Detrás del segundo horno descendía una escalera hacia el sótano. Una puerta reforzada cerraba el acceso al nivel inferior y, colgado del cinturón del hombre que la vigilaba, podía distinguirse un juego de llaves.

El costado derecho de la sala estaba ocupado por estanterías altas y armazones utilizados antiguamente para secar piezas de cerámica. Algunos habían sido desplazados para formar pasillos estrechos y servir como cobertura. Sobre ellos cruzaba una plataforma de mantenimiento situada a unos tres metros del suelo, accesible mediante una escalera pegada a la pared. Un hombre permanecía allí arriba con una ballesta apoyada sobre la baranda. Desde esa posición podía apuntar hacia la entrada, el centro del edificio o las compuertas posteriores.

Otros dos secuestradores ocupaban la planta principal. El primero se encontraba aproximadamente a cuatro metros de la puerta, sentado detrás de una mesa volcada y con una hoja corta al alcance de la mano. El segundo caminaba entre los estantes de la derecha, a unos siete metros del acceso, llevando una barra de hierro. Ninguno parecía especialmente atento, aunque la tardanza del carromato había comenzado a incomodarlos.

<Deberían haber regresado hace rato> comentó el hombre de la barra.

Cerca de las compuertas traseras esperaba un cuarto sujeto, armado con un gancho de carga. Su posición le permitía alcanzar en pocos pasos la embarcación amarrada al muelle. Si el enfrentamiento se inclinaba en su contra, era quien disponía de la salida más rápida. El quinto era el vendedor de juguetes. El sombrero ancho descansaba sobre una mesa cercana, junto con varias figuras de madera todavía sin pintar. Él permanecía en la parte posterior izquierda, entre el segundo horno y la escalera del sótano, con una espada corta en la cintura.

Rei llegó hasta una abertura de ventilación próxima al suelo. Desde allí escuchó varias respiraciones, el roce de cadenas ligeras y un murmullo infantil interrumpido por alguien que pedía silencio. La inclinación del conducto apenas le permitió ver una parte del sótano, pero fue suficiente. Detrás de una reja de madera reforzada se encontraban cinco niños. Una bufanda roja destacaba entre sus ropas, y debajo de ella aparecía una túnica azul claro marcada por pequeñas flores blancas.

Hana estaba allí.

Rei regresó junto al frente con una expresión distinta. La facilidad social con la que había tratado a los niños rescatados desapareció por completo cuando informó a Rin mediante una señal convenida. Cinco rehenes abajo; Hana entre ellos. Rin respondió indicando las posiciones observadas: dos enemigos cerca de la entrada, uno elevado, otro junto a la salida del canal y el líder protegiendo las escaleras. No hacía falta discutir qué objetivo tenía prioridad. Cualquier ataque que permitiera al juguetero descender pondría a los niños directamente a su alcance.

La transformación de Kishue comenzó poco después. Las hermanas habían visto suficientes veces cómo la piel adquiría aquel tono azulado y las escamas cubrían su cuerpo para no distraerse con el cambio. Rei sí observó el edificio. Una criatura con aleta dorsal y dientes de tiburón entrando por la puerta principal conseguiría exactamente lo que Kishue pretendía: cada hombre que pudiera verlo dirigiría su atención hacia él.

<Cinco enemigos. Uno está arriba con una ballesta y otro puede escapar por el canal. Hana está en el sótano, detrás del segundo horno> informó Rei en voz baja.

Rin retiró el chakram de su cadera y sostuvo la zona segura de su empuñadura. Se situó un paso detrás de Kishue y hacia la izquierda, conservando una trayectoria despejada hacia los hornos y la escalera inferior. Rei ocupó el flanco derecho, varios metros más atrás, con el arco preparado y la primera flecha colocada sobre la cuerda. Desde allí podía vigilar la plataforma elevada sin cruzar su disparo con el avance de los demás.

<Ve de frente. Nosotras impediremos que te rodeen. El de las llaves no puede bajar y el del muelle no puede alcanzar la barca>

Dentro del secadero, el hombre situado junto a la entrada se levantó finalmente y tomó su hoja corta. La conversación había cesado. Quizá hubiese escuchado algo afuera o simplemente se hubiera cansado de esperar el carromato. Dio varios pasos hacia la abertura entre las puertas, reduciendo la distancia que lo separaba del exterior, mientras el ballestero alzaba la cabeza desde la plataforma.

Kishue permanecía frente a la entrada con ambas nudilleras preparadas. A su espalda, Rin cubría el camino hacia los hornos y Rei mantenía la flecha orientada hacia la altura. Más allá de las puertas aguardaban cinco hombres distribuidos entre la sala, la plataforma, el embarcadero y el acceso al sótano. Debajo de ellos, Hana y los otros cuatro niños continuaban encerrados.

Todo estaba dispuesto para la irrupción.
[Imagen: ffIFI3H.jpeg]
Kishue
Rango Chuunin
Clan Funato
Nivel 12
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza25(2)
Ctrl. de Chakra30(2)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud17
Velocidad11
Tenketsu11
Sigilo10
550
435
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07-09-2026, 03:27 AM
Kishue no esperó a que el hombre del otro lado terminara de acercarse. Bajó el cuerpo, afirmó los pies sobre el barro y se lanzó contra la puerta con el hombro por delante. La madera cedió con un crujido violento; una de las hojas se abrió hacia el interior y golpeó al secuestrador que aguardaba detrás. El hombre retrocedió desorientado, mientras el estruendo recorría el secadero y obligaba a todos los presentes a mirar hacia la entrada.

La primera figura que encontraron fue la de Kishue transformado, con la piel azulada cubierta por escamas, las branquias abiertas y ambas nudilleras ajustadas alrededor de sus manos. Su sonrisa mostraba demasiados dientes para pertenecer a un muchacho. No necesitó anunciar quién era ni por qué había llegado. El silencio repentino dentro del edificio, seguido por el ruido de varias armas al ser recogidas, le indicó que había conseguido la atención que buscaba.

—Mekka, empezamos.

El hombre situado junto a la puerta recuperó el equilibrio y atacó antes de que Kishue pudiera dar otro paso. Su hoja corta viajó hacia el costado del muchacho, buscando aprovechar la cercanía, pero el filo chocó contra las escamas y se deslizó sobre ellas sin conseguir abrir la piel. Kishue sintió el golpe debajo de la protección, una molestia seca que seguramente dejaría un hematoma, aunque no suficiente para detenerlo. El atacante sí quedó sorprendido al descubrir que su arma no había producido el corte esperado.

Kishue atrapó su muñeca con una mano y tiró de ella hacia sí. El criminal intentó resistirse, pero la diferencia física se hizo evidente cuando el muchacho lo arrancó de su postura y lo obligó a avanzar. Un golpe de rodilla alcanzó el abdomen del hombre, doblándolo, y la parte reforzada de una nudillera impactó después bajo su mandíbula. Kishue mantuvo los filos apartados; necesitaba incapacitarlos, no convertir el secadero en una carnicería frente a los niños. El primer enemigo cayó de espaldas y quedó inmóvil junto a la puerta rota.

Un chasquido llegó desde arriba. Kishue levantó la vista a tiempo para distinguir al ballestero sobre la plataforma, pero no para apartarse completamente. El proyectil alcanzó su hombro y rebotó contra las escamas, dejando una punta deformada girando en el suelo. La fuerza del impacto hizo que su brazo descendiera y provocó un dolor que se extendió hasta el cuello. Aun así, no había penetrado. Kishue movió el hombro una vez, comprobó que todavía respondiera y mostró los dientes hacia el hombre elevado.

—Eso fue molesto.

El secuestrador de la barra aprovechó la distracción y salió del pasillo formado por los estantes. Blandió el hierro con ambas manos y golpeó las costillas de Kishue. Esta vez las escamas no podían eliminar la fuerza. El aire escapó de sus pulmones y uno de sus pies se desplazó sobre el polvo, pero el muchacho no cayó ni se apartó. Se volvió hacia el atacante con una frialdad que hizo vacilar al hombre. Había soportado el golpe para mantenerlo cerca, precisamente donde ya no podía volver a levantar la barra.

La nudillera izquierda atrapó el hierro antes de que retrocediera. Kishue tiró de él y el criminal, aferrado con ambas manos, fue arrastrado hacia delante. Intentó soltarlo demasiado tarde. El muchacho chocó contra él con todo el cuerpo, cubierto por escamas rígidas y afiladas que rasgaron su camisa y le abrieron pequeños cortes en los brazos. El contacto que debía ayudarlo a recuperar el equilibrio se convirtió en otra fuente de dolor.

Kishue giró la cadera y lo arrojó contra uno de los armazones de secado. La madera se estremeció, varias bandejas vacías cayeron al suelo y el hombre quedó sentado entre ellas. Antes de que pudiera incorporarse, recibió un golpe corto contra la sien. Su cabeza se inclinó y la barra escapó de sus manos. Dos enemigos habían quedado fuera del combate, pero el ruido procedente del fondo le recordó que los demás no pensaban esperar su turno.

El juguetero se había movido hacia la escalera del sótano. Llevaba las llaves en el cinturón y una mano sobre la espada, pero su intención no parecía ser enfrentarlo en el centro de la sala. Kishue vio la puerta inferior detrás de él y recordó la bufanda roja descrita por la familia de Hana. La distancia que los separaba dejó de importarle. Corrió por el pasillo central, ignorando la nueva cuerda que el ballestero tensaba sobre su cabeza.

El hombre del gancho abandonó las compuertas posteriores para interceptarlo. La herramienta de carga describió un arco amplio y atrapó el brazo derecho de Kishue, deteniendo su carrera antes de que alcanzara las escaleras. El secuestrador utilizó ambas manos para tirar y trató de desviarlo hacia el embarcadero. Su primera intención había sido inmovilizarlo; al cerrar la mano libre sobre el antebrazo escamado descubrió el error. Los bordes de las escamas cortaron su palma y lo obligaron a soltarlo con un grito.

Kishue no hizo lo mismo. Cerró el brazo alrededor del mango del gancho, avanzó en vez de luchar contra el tirón y golpeó al hombre con la frente. El primer impacto le rompió el equilibrio; el segundo lo hizo retroceder hasta las compuertas. Un puñetazo dirigido al centro del pecho terminó de lanzarlo contra la madera. El secuestrador perdió el conocimiento y se desplomó junto al embarcadero, dejando una mancha de sangre de su propia mano sobre las escamas de Kishue.

El ballestero volvió a disparar. Esta vez Kishue escuchó la cuerda y se inclinó antes de que el proyectil llegara. La saeta pasó sobre su aleta dorsal y se clavó en el suelo, cerca del camino que acababa de recorrer. Continuar ignorándolo permitiría que encontrara un punto menos protegido, pero subir por la escalera de la plataforma significaba alejarse del juguetero. Kishue miró los estantes, después la baranda, y escogió una ruta mucho más corta.

Apoyó un pie sobre uno de los armazones y utilizó su fuerza para impulsarse hacia arriba. La madera crujió debajo de él. Una segunda pisada lo llevó hasta el borde superior y desde allí saltó hacia la plataforma. El ballestero retrocedió intentando recargar, aunque el arma resultaba torpe a aquella distancia. Kishue alcanzó la baranda, se sostuvo con una mano y lanzó el cuerpo por encima de ella antes de que el criminal pudiera apuntarle.

La ballesta golpeó su pecho como un garrote. El impacto volvió a doler, pero sus escamas soportaron la madera y los mecanismos metálicos. Kishue empujó el arma a un lado y agarró al secuestrador por la ropa. Durante un instante lo sostuvo frente a su rostro, permitiéndole contemplar de cerca las branquias y la sonrisa de tiburón. Después lo arrojó contra el suelo de la plataforma. El golpe le quitó cualquier deseo de continuar y una patada apartó la ballesta fuera de su alcance.

—Cuatro.

Kishue saltó desde la plataforma. Cayó sobre una de las mesas, que se quebró bajo su peso, y continuó hacia los hornos sin detenerse a comprobar el destrozo. El juguetero ya no intentaba alcanzar el sótano. Había desenvainado la espada corta y aguardaba frente a la escalera, consciente de que los otros cuatro hombres no habían conseguido contener al intruso. Detrás de él, desde el nivel inferior, podía escucharse el llanto contenido de los niños.

El primer corte estuvo dirigido al cuello. Kishue levantó una nudillera y desvió el filo, aunque la espada cambió de trayectoria y rozó su mejilla. Una línea fina apareció entre las escamas menos gruesas del rostro. El dolor encendió algo distinto en su mirada. Hasta entonces había golpeado para abrirse paso; ahora tenía delante al hombre responsable de acercarse a Hana con juguetes, encerrarla durante tres días y prepararse para sacarla de la aldea.

El juguetero atacó nuevamente, alternando estocadas rápidas con cortes destinados a mantenerlo lejos. Kishue no retrocedió. Recibió uno sobre el antebrazo, dejó que el filo resbalara y entró dentro de su alcance. La empuñadura de la espada lo golpeó en la boca, pero sus dientes soportaron el impacto. Kishue respondió con un cabezazo contra el puente de la nariz y agarró el brazo armado antes de que pudiera separarse.

Las escamas se hundieron alrededor de la muñeca del hombre. Cuanto más forcejeaba, más se lastimaba contra ellas. Kishue torció el brazo hasta que la espada cayó y la apartó con el pie. Después golpeó una vez el abdomen del juguetero, otra vez el costado y finalmente el rostro. El criminal terminó de rodillas, sostenido únicamente porque Kishue todavía no había soltado su muñeca.

—Abrirás la puerta.

El tono bajo y la expresión del muchacho eliminaron cualquier posibilidad de discusión. Kishue arrancó las llaves del cinturón antes de dejarlo caer. Un último golpe con la nudillera lo derribó junto al segundo horno. El vendedor de juguetes quedó inconsciente cerca de las figuras de madera que había utilizado para atraer a sus víctimas. Ninguno de los cinco hombres permanecía en condiciones de impedir el rescate.

Kishue respiró profundamente. El golpe de la barra seguía ardiendo bajo sus costillas, el hombro alcanzado por la saeta comenzaba a entumecerse y una pequeña cantidad de sangre descendía por su mejilla. Nada de eso le impedía caminar. Miró la nudillera vinculada con Mekka y retiró de ella un fragmento de madera que había quedado atrapado durante la pelea.

—Cinco. Puedes dejar de contar. —murmuró—. Y no, el de la plataforma no cayó encima de nosotros. Lo tenía calculado.

No esperó una respuesta imaginada. Descendió por la escalera y probó las llaves hasta encontrar la correspondiente. El cerrojo se abrió con un golpe metálico, pero ninguno de los niños se acercó. Permanecían agrupados al fondo del sótano, observándolo con miedo. Kishue comprendió la razón cuando una niña pequeña escondió el rostro: para ellos no era el shinobi que había derrotado a sus captores, sino otra criatura de dientes afilados que acababa de derribar una puerta.

Guardó las nudilleras y permitió que la transformación retrocediera. La aleta desapareció, las branquias se cerraron y el tono azulado abandonó su piel. Cuando las últimas escamas se ocultaron, Kishue volvió a parecer un muchacho apenas mayor que algunos de los cautivos. Se agachó para no imponerse sobre ellos y dejó las manos visibles.

—Me llamo Kishue. Sus familias enviaron ninjas a buscarlos. —explicó con una sonrisa mucho más humana—. Los hombres de arriba están dormidos y no van a llevarlos a ninguna parte. Ya pueden salir.

Hana fue la primera en reaccionar al escuchar su nombre. La bufanda roja estaba arrugada y su túnica cubierta de polvo, pero no presentaba heridas graves. Kishue se acercó despacio y reconoció en sus manos el cordón amarillo que había perdido en la tienda. Cuando le dijo que sus padres llevaban tres días esperándola, la niña comenzó a llorar. Él no intentó detenerla; simplemente permaneció allí hasta que pudo levantarse.

—Les prometí que te llevaría a casa. Así que tendremos que irnos, porque no me gusta romper promesas.

Los cinco niños abandonaron el sótano acompañados por el equipo. Antes de salir, Kishue encontró entre las mercancías una bolsa con pertenencias retiradas a las víctimas. Dentro estaba el conejo de madera de Hana. Se lo devolvió sin convertir el momento en otra pregunta y la niña lo abrazó contra el pecho. Después reunieron a los cinco secuestradores, recogieron sus armas y los aseguraron junto con los dos capturados anteriormente.

La guardia llegó gracias al aviso enviado desde la vivienda vecina. Los siete criminales fueron entregados con vida, junto con el carromato, la embarcación y los juguetes utilizados para atraer a los menores. Kishue explicó brevemente dónde habían encontrado a cada grupo y señaló el sótano para que los guardias revisaran el edificio. No tenía interés en quedarse a escuchar las excusas de los prisioneros. Los niños llevaban demasiado tiempo esperando regresar a casa.

Primero volvieron a la vivienda donde se encontraban los tres rescatados del carromato. Los ocho menores quedaron reunidos y recibieron agua, comida y mantas mientras las autoridades localizaban a sus familias. Kishue permaneció cerca, conversando con ellos sin preguntar por el cautiverio. Les habló de Mekka, exageró la manera en que el pez había derrotado personalmente a cinco criminales y consiguió que alguno discutiera si un pez podía utilizar una nudillera.

Las entregas se realizaron una por una. En cada hogar se repitieron carreras hacia la puerta, abrazos, lágrimas y agradecimientos que Kishue recibía con creciente incomodidad. No sabía qué hacer cuando los adultos intentaban inclinarse ante él, por lo que respondía señalando a los niños y recordándoles que habían sido ellos quienes soportaron todo hasta la llegada del equipo. Algunos padres querían hacer preguntas; otros solamente necesitaban cerrar la puerta y comprobar que sus hijos seguían allí.

Hana fue la última.

Cuando alcanzaron la residencia de los Fumioka, Kishue dejó que la niña avanzara delante. La puerta se abrió y sus padres aparecieron antes de que alguien pudiera llamar por segunda vez. Hana corrió hacia ellos con el conejo de madera apretado contra el pecho. Los tres se abrazaron en la entrada, hablando al mismo tiempo y sin conseguir terminar ninguna frase. Kishue se mantuvo a cierta distancia junto con Mekka, permitiéndoles recuperar los tres días que les habían arrebatado.

Finalmente, el señor Fumioka levantó la mirada hacia él. Kishue recordó la casa silenciosa, las pertenencias de Hana que había olfateado y la promesa que hizo antes de iniciar la búsqueda. Se acercó todavía cubierto de polvo, con la ropa dañada por la transformación y una marca oscura extendiéndose bajo el hombro.

—Le dije que la traeríamos. —recordó con una sonrisa—. Está cansada y debe comer, pero está bien. Los hombres que se la llevaron también fueron encontrados. Ya no podrán acercarse a ella ni a ningún otro niño.

Después miró a Hana. La niña no tenía la culpa de haberse interesado por los juguetes ni de haber confiado en un adulto que fingió ser amable. Kishue no quería que el miedo de aquellos días se convirtiera en una vergüenza que cargara sola.

—No hiciste nada malo por querer ver los juguetes. Los malos fueron ellos. —le aseguró—. Pero la próxima vez avisa antes de irte y no sigas carromatos desconocidos. Tu padre casi se queda sin voz contándonos cuánto te buscó.

Hana asintió entre los brazos de su familia. Kishue levantó una mano para despedirse y se volvió hacia el camino. Solo entonces permitió que el cansancio de la pelea alcanzara sus piernas. El hombro le dolía, tenía hambre y Mekka probablemente no dejaría de recordarle los golpes que, según él, no habían sido parte del plan.

No le importaba demasiado. Los ocho niños habían regresado, siete secuestradores marchaban hacia una celda y la casa de los Fumioka ya no estaba esperando una puerta que nunca se abría. Kishue había cumplido su promesa.
—Life Ends Whenever You Decide—
[Imagen: chBNIhB.jpeg]
Virtudes y Defectos
VIRTUDES
V006: Presencia Carismática
V017: Líder Nato
V032: Rostro Común
V033: Investigador
V035: Capacidad Sensorial Aumentada II (Olfato y Oído)
V090: Disciplina Ascética

DEFECTOS
V048: Adicción (Hablar con su pez)
V054: Último Acto
V057: Fobia III (Arañas)
V065: Lealtad
V069: Sinceridad
V077: Prosopagnosia
V083: Traicionable
V085: Venganza (Hoshigaki)
V088: Psicopatía
Masashi Kishimoto
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07-09-2026, 03:35 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Misión C] Princesa Kimiko (TID 14712)
Tipo: Misión Normal · Rango: C
  • Kishue — Participante (100%): 1000 Ryos, 10 Tobis, 90 Exp
  • Rin to Rei — Narrador No Oficial (100%): 1000 Ryos, 0 Tobis, 65 Exp, Pergamino PERG002

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Himawari
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07-09-2026, 03:36 AM
[Imagen: g8IfIJt.jpeg]

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