Solicitud de misión: Aquí
Día 09 del Verano del Año 150 - Konohagakure
El punto de partida no estaba dentro de la aldea, sino junto a uno de los pequeños almacenes de tránsito situados cerca de la salida oriental de Konoha. A simple vista no había nada extraño en aquel lugar: dos caballos enganchados a una carreta de madera, varias cajas apiladas bajo una lona gruesa y un hombre de mediana edad revisando por tercera vez las correas que sujetaban la carga. Vestía como cualquier comerciante acostumbrado a pasar demasiado tiempo en los caminos, aunque la banda de Konoha oculta bajo una de sus mangas revelaba otra cosa. Cuando distinguió al shinobi asignado a la misión, dejó la cuerda entre sus manos y levantó ligeramente el mentón a modo de saludo. —Kuroto Uchiha, ¿verdad? Soy Genma. Para cualquiera que pregunte durante el trayecto, yo vendo herramientas y tú eres el hombre que contraté porque últimamente las rutas están demasiado peligrosas para viajar solo.
Genma apartó una esquina de la lona apenas lo suficiente para mostrar el interior de una de las cajas. Debajo de una primera capa de piezas metálicas baratas no había más mercancía, sino bloques de madera utilizados únicamente para darle peso al cargamento. —Todo esto es un señuelo. Hace unas semanas comenzaron a desaparecer transportes en esta ruta. No atacan a cualquiera; esperan cargamentos que parezcan suficientemente valiosos y siempre consiguen retirarse antes de que llegue una patrulla. Cambiamos horarios, escoltas y hasta recorridos, pero dejaron de aparecer en cuanto olieron que estábamos buscándolos. Volvió a cubrir la caja y ajustó la lona con cuidado. —Así que esta vez vamos a darles exactamente lo que quieren ver: un comerciante poco importante, una carreta suficientemente cargada y un solo escolta que no parezca shinobi.
El hombre señaló entonces el camino que abandonaba Konoha y se internaba entre las zonas boscosas cercanas a las rutas comerciales. —No sabemos cuántos son ni desde dónde vigilan. Lo único constante es que nunca atacan cerca de la aldea y que eligen lugares donde el terreno les permite desaparecer rápido. Si aparecen, lo importante no es proteger estas cajas. No valen nada. Queremos saber quiénes son, cuántos participan y, si la oportunidad se presenta, detenerlos antes de que puedan regresar a su escondite. Genma dejó aquella última parte flotando sin añadir ninguna orden innecesaria. A partir de allí, la actuación debía resultar convincente: un viaje comercial cualquiera y dos hombres que, al menos en apariencia, todavía no sabían que alguien podía estar observándolos.
La carreta estaba preparada, la ruta había sido escogida precisamente porque la banda ya había golpeado allí anteriormente y ningún equipo de apoyo permanecería lo bastante cerca como para arruinar el engaño. Durante los primeros kilómetros probablemente no habría nada más que árboles, ruedas sobre tierra y el ruido constante de los animales avanzando por el camino. Precisamente esa era la dificultad: no saber en qué momento un viaje completamente ordinario dejaría de serlo, ni si la primera señal del enemigo llegaría desde el bosque, desde el camino... o desde alguien que hubiera estado siguiéndolos desde mucho antes.