21-08-2026, 09:23 PM
El verano había conseguido convertir Momi en un lugar todavía más incómodo de lo habitual. El calor se pegaba a la piel y hacía que incluso las calles más estrechas parecieran guardar el aire caliente entre sus paredes. A esas horas, el movimiento no había desaparecido, pero sí había cambiado. Los comerciantes aprovechaban las últimas horas de luz, algunos clientes entraban y salían de las tabernas y, entre unos y otros, siempre había alguien con demasiada prisa por llegar a ninguna parte.
Tenma había recibido unas indicaciones sencillas. Un nombre. Una dirección. Un pequeño prestamista que, según la información de Renji, tenía la costumbre de prestar dinero a gente que no solía pedirlo precisamente a los bancos. El hombre no parecía importante a primera vista. No tenía una escolta llamativa ni una casa especialmente grande. Su negocio ocupaba la planta baja de un edificio viejo, con un pequeño despacho al fondo y una ventana estrecha que permanecía abierta incluso durante las horas de más calor. Sin embargo, era precisamente aquella normalidad la que lo hacía interesante.
Desde la otra acera podía observarse el local sin necesidad de acercarse demasiado. Una campanilla sonaba cada vez que alguien entraba. Durante los últimos minutos habían pasado por allí tres personas: un hombre mayor que salió con el gesto serio, una mujer que permaneció apenas unos minutos dentro y un muchacho cargando una caja que parecía conocer perfectamente el lugar. Ninguno había prestado demasiada atención al exterior.
Pero había algo más.
La puerta trasera del edificio se encontraba en un callejón estrecho que conectaba con una calle secundaria. No estaba custodiada y, a diferencia de la entrada principal, parecía utilizarse con frecuencia. Una de las ventanas superiores estaba entreabierta. Quizá correspondiera al despacho. Quizá a una habitación cualquiera.
Entonces ocurrió algo que llamó especialmente la atención de Tenma.
El prestamista salió del establecimiento.
Cerró la puerta principal con llave, comprobó dos veces el cierre y comenzó a caminar calle abajo. No llevaba nada consigo salvo una pequeña bolsa de tela atada a la cintura. Al llegar a la esquina se detuvo, miró hacia ambos lados y continuó su camino.
El local acababa de quedarse vacío. Durante unos segundos, la calle pareció ofrecer una oportunidad perfecta. Sin embargo, justo cuando el momento parecía demasiado conveniente, desde el interior del edificio llegó un sonido apenas perceptible.
Un golpe seco.
Después otro.
Y finalmente, el ruido metálico de algo cayendo al suelo.
La puerta principal seguía cerrada.
Tenma no tenía forma de saber si alguien había permanecido dentro, si aquel sonido pertenecía a algún vecino o si, sencillamente, el propietario había dejado algo mal colocado antes de marcharse.
Lo único evidente era que la información que Renji buscaba estaba ahí dentro.
Y que, por alguna razón, aquella oficina acababa de dejar de parecer tan vacía como unos segundos antes.
Tenma había recibido unas indicaciones sencillas. Un nombre. Una dirección. Un pequeño prestamista que, según la información de Renji, tenía la costumbre de prestar dinero a gente que no solía pedirlo precisamente a los bancos. El hombre no parecía importante a primera vista. No tenía una escolta llamativa ni una casa especialmente grande. Su negocio ocupaba la planta baja de un edificio viejo, con un pequeño despacho al fondo y una ventana estrecha que permanecía abierta incluso durante las horas de más calor. Sin embargo, era precisamente aquella normalidad la que lo hacía interesante.
Desde la otra acera podía observarse el local sin necesidad de acercarse demasiado. Una campanilla sonaba cada vez que alguien entraba. Durante los últimos minutos habían pasado por allí tres personas: un hombre mayor que salió con el gesto serio, una mujer que permaneció apenas unos minutos dentro y un muchacho cargando una caja que parecía conocer perfectamente el lugar. Ninguno había prestado demasiada atención al exterior.
Pero había algo más.
La puerta trasera del edificio se encontraba en un callejón estrecho que conectaba con una calle secundaria. No estaba custodiada y, a diferencia de la entrada principal, parecía utilizarse con frecuencia. Una de las ventanas superiores estaba entreabierta. Quizá correspondiera al despacho. Quizá a una habitación cualquiera.
Entonces ocurrió algo que llamó especialmente la atención de Tenma.
El prestamista salió del establecimiento.
Cerró la puerta principal con llave, comprobó dos veces el cierre y comenzó a caminar calle abajo. No llevaba nada consigo salvo una pequeña bolsa de tela atada a la cintura. Al llegar a la esquina se detuvo, miró hacia ambos lados y continuó su camino.
El local acababa de quedarse vacío. Durante unos segundos, la calle pareció ofrecer una oportunidad perfecta. Sin embargo, justo cuando el momento parecía demasiado conveniente, desde el interior del edificio llegó un sonido apenas perceptible.
Un golpe seco.
Después otro.
Y finalmente, el ruido metálico de algo cayendo al suelo.
La puerta principal seguía cerrada.
Tenma no tenía forma de saber si alguien había permanecido dentro, si aquel sonido pertenecía a algún vecino o si, sencillamente, el propietario había dejado algo mal colocado antes de marcharse.
Lo único evidente era que la información que Renji buscaba estaba ahí dentro.
Y que, por alguna razón, aquella oficina acababa de dejar de parecer tan vacía como unos segundos antes.
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