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[Misión | E] El panadero con el pan
Naoto
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04-08-2026, 06:48 PM
Última modificación: 04-08-2026, 06:50 PM por Naoto.
3 de Verano del Año 150
Kirigakure no Sato
Misión narrada por Naoto Heizu
El panadero con el pan

El maestro panadero Genzō Komugi, posaba sus ojos sobre su querido emprendimiento. Toda una vida dedicada en el arte de la panadería. El escaparate de la tienda relucía el famoso nombre “La espiga de la niebla”, conocida por todos dentro de Kirigakure. Su dedicación en la manipulación de la harina hasta convertirlos en exquisitos panes había llegado a oídos del político encargado de realizar festivales y eventos para la aldea. Esta vez fue el turno de una reducida festividad veraniega motivada por el final de las clases en las escuelas, y para ello, Genzō obtuvo el encargo de cumplir con un gran pedido: noventa panes para el mediodía.
 
El día anterior el panadero no tuvo más remedio que dejar una petición en las oficinas de misiones de la aldea, pues su ayudante de confianza sucumbió a una intensa gripe que lo dejó tumbado en la cama. Necesitaba un ayudante nuevo, alguien en quien le pudiese confiar tareas sencillas. Este joven debería presentarse en la mañana siguiente.
 
Y hoy fue ese día. El sol apenas salía tímidamente en el horizonte en esa mañana de verano. Un hombre dedicado a estos negocios y especialmente el que está metido en la cocina debía preparar todo de madrugada, con el objetivo de dejar listas las masas para la venta durante el día. Hachibi tuvo suerte, pues bastaba con presentarse a las siete de la mañana. Gracias al conocimiento del hombre, su cálculo fue de cinco horas aproximadamente para completar el trabajo.
 
Genzō estaba en el mostrador, esperando la llegaba del muchacho. La información que recibió desde la oficina de misiones indicaba que el joven encargado de ayudarlo mantenía un voto de silencio que impedía hablar. Por lo que él, comprensivo con la situación y meticuloso como siempre, pensó en utilizar la pizarra que estaba en la cocina donde anotaba las cantidades y existencias para que pudiese comunicarse con él si necesitaba expresar algo complejo. No necesitaba que el chico hablase, solo que utilizara sus manos adecuadamente.
 
—Bienvenido, tú debes ser Hachibi —dijo.
 
Sus palabras estaban acompañadas de energía. Tantos años viviendo de madrugada acostumbraron a Genzō a ser su momento de mayor actividad física y mental en el día. Hachibi, en cambio, podría ver a un hombre cercano a los cincuenta años, canoso, arrugado, panzón, con un equipamiento adecuado para la cocina, vestido de blanco. Su semblante era serio, ni siquiera amagaba a esbozar una sonrisa.
 
El mostrador contenía algunas canastas con panes ya terminados, estantes con bollos, hogazas y galletas. Una campanilla colocada sobre la puerta alertaba la llegada de visitas.
 
—Ven, acompáñame. El tiempo apremia.
 
Detrás de la tienda estaba la cocina. A simple vista se podía apreciar el enorme horno que estaba en el fondo de la habitación, en el centro una mesa grande y robusta de madera delataba los años de servicio al tener diferentes marcas de cuchillos y amasado. Los sacos de harina estaban sobre los estantes para evitar la humedad del suelo. A los costados, todos los ingredientes necesarios: jarras de agua, sal, levadura y una balanza. Sobre la mesa varios paños húmedos cubrían masas en fermentación. El horno de ladrillo y piedra estaba junto a la leña apilada contra la pared y del otro lado palas de mango largo y bandejas de hierro.
 
El ambiente era caluroso, que se combinaba con la humedad de verano. Partículas de harina suspendidas en el aire manchaban la ropa y el olor era de levadura, madera quemada y corteza tostada.
 
El hombre levantó su dedo índice y señaló la pizarra.
 
—Si tienes que expresarte, puedes hacerlo allí. ¿Entendido? —volvió a señalar hacia otra dirección—. Allí tienes un delantal. Te va a servir para no manchar la ropa. Te ensuciaras bastante.
 
El panadero giró los hombros y estiró los brazos, luego, crujió los dedos de sus manos e hizo tronar el cuello. Parecía prepararse para un triatlón en lugar de cocinar. Su mirada se clavó sobre Hachibi. Por primera vez una leve mueca se dibujaría en la comisura de su labio. Una leve sonrisa.
 
—¿Estás listo?
Cita:● Nombre de la Misión: El panadero con el pan
● Información de la Misión: Un panadero tiene un pedido grande y ocupa quien le ayude a hacer mucha masa para pan, así como quien le ayude a meter al horno, sacarlo del horno, echarle leña, etc. 
● Rango y Tipo de la Misión: Narrada E
● Fecha y Lugar: 3 de Verano del Año 150
● Cantidad de Usuarios: 2, Hachibi (misionando) y Naoto (Narrador)
● Cantidad máxima de horas por ronda: 48 horas. 
Hachibi
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05-08-2026, 12:22 AM
Tres veces cepilló su cabello suelto. Hilos de noche quedaron en aquel utensilio personal, apenas un par. Tres veces repasó el lado izquierdo, el lado derecho, y el centro. Tres veces más barrió desde la base de su nuca hasta las puntas y ni un solo pelo más salió. Sin camisa, vestido con apenas un calzoncillo, exploró su ropero con la mirada. El pergamino extendido en su mesa de noche relata sus actividades de esa misión y su mente lo resumió en dos cosas: Cliente, Genzō Komugi; tarea, hacer pan. Para él, eran los aspectos más destacables en aquel papiro. Evidentemente había más información, mas aquello bastaba para identificar cómo proceder y entonces escogió un atuendo claro, que se camufle mejor cuando la harina le caiga encima.
 
Dejó sus guantes de cuero colgados en el perchero, sin arma que usar ni promesa de lodo o suciedad, no eran requeridos. Su elección de atuendo fue una filipina, lo más parecido que tenía a la harina, en un color crema como la leche de cabra, pero resaltaban sus costuras y botones negros en su doble cobertura frontal. La tela, mezclilla gruesa, prometía no solo protección y algo de transpiración con un coste: sufrir algo más de calor. Para el pantalón, escogió uno de lino, el tono era un poco más cálido en color, pero este le ayudaría con el tema de la regulación de temperatura. Y finalmente, para su calzado, unos botines beige de trabajo, con suela gruesa y agujetas que se alzan hasta el inicio de su espinilla. Como detalle final, recogió su cabellera en un molote en lo alto de su cabeza, el cual mantuvo en su lugar con una red negra y dos palillos a juego, nadie quisiera cabello ajeno, ni propio, en su comida.
 
El camino por la aldea fue corto, o tal vez simplemente inmemorable. Su llegada al lugar iba de la mano con el fin de la noche; justo en el umbral un rayo de sol acarició su cara y su mirada viajó al horizonte. De las buenas cosas que trae el verano es que el sol aparece de vez en cuando, y hay pocas joyas que se pueden apreciar y no robar, como es ver el amanecer.
 
Sus diamantinos iris se perdieron en aquel majestuoso despliegue de colores áureos, nubes teñidas de fuego y lava cual pinceladas finas y una luz que apenas ilumina a través de la natural neblina de esta tierra. Escuchó su nombre y demoró al menos un segundo en mostrar haberlo hecho, cuando su mirada se posó sobre el hombre de mediana edad, luego su cuerpo y rostro. Sutil, apenas agachó su cabeza a modo de saludo y luego entró en el lugar, invitado de forma directa.
 
Cual diestro felino, caminó elegante, recorriendo aquel lugar con la mirada y sin que ni uno de sus pasos se escuchara. Apreció el espacio, reconoció la historia de los utensilios, los muebles y las canas de Genzō.
 
Divisó la pizarra, su contenido era un manual claro de lo que debía hacer; retiró una gota de sudor a punto de caer en uno de sus ojos y los movió de las instrucciones a los implementos, aprovechando el momento de silencio; en un principio solo veía sacos y jarrones, pero pronto pudo entender que los contenidos variaban dependiendo de la apariencia del saco, apreció cómo había unos que semejaban una malla transpirable, y dentro un contenido blanquecino con brillos cristalinos cual polvo de gemas, los sacos más altos tenían pequeñas filtraciones de polvo similar al talco y su revestimiento era distinto, menos poroso, el polvo sin brillo; finalmente, unos contenedores cerámicos con otro ingrediente más que intuye, por lo escrito, es levadura.
 
El hombre volvió a clamar su atención, asintió una sola vez a su pregunta y viró un par de segundos después a la dirección señalada para ponerse un delantal, lo estiró frente a él, ajustó los tirantes a su espalda y dando tres tirones, dio su final confirmación antes de empezar a trabajar.
Siguiendo las instrucciones, colocó algo de harina en sus manos, fue hacia una de las masas en una bandeja y procedió a estirar una, despacio, tranquilo, como pidiendo permiso para moverse, pero también atento a lo que hacía el experto, pues más que sus palabras en tiza, era su ejemplo lo que le llevaría a hacer su trabajo bien.
Naoto
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05-08-2026, 02:58 AM
El panadero sintió satisfacción al notar la predisposición de quien tenía en frente. Su mirada se posó sobre el reloj que estaba en la pared; el tiempo favorecía a los panaderos. Sus ojos cayeron sobre las manos del muchacho y se preguntó si realmente podría comprender el arte de la panadería en una sola mañana. Por suerte para él, solo era pan. Pero había una enorme diferencia entre un pan común y los que fabricaba Genzō.
 
—Muy bien, manos a la obra. Te explicaré todo.
 
Primero bebió agua y aclaró la garganta, como si se preparara para dar un discurso.
 
—Primero, los ingredientes —dijo, inflando el pecho, orgulloso de su enseñanza—. La harina de trigo, agua, levadura, sal y una pequeña cantidad de aceite. Este último para que los panecillos sean más tiernos. Con eso basta. Nada de cosas raras.
 
El cincuentón se dirigió hacia la mesa y apoyó ambas palmas, dejando caer levemente el pecho. A medida que el hombre se expresó, su mirada y las señales con su índice de la mano derecha recaigan sobre cada ingrediente que existía en la cocina. Por suerte para Hachibi, el experimentado panadero tenía una lengua fina y una mente ágil, permitiendo formular explicaciones que entraban al oído del más despistado.
 
—El proceso tardará de cuatro a cinco horas, estimo. Son noventa panes, una tirada grande. El horno ya se encuentra encendido, por lo que nos agilizará algo de tiempo —mencionó a la par que se movía hacia el centro de la mesa y apoyaba la mano sobre la balanza—. Primero, debemos pesar los ingredientes, pues en una producción grande un pequeño error se multiplica. No podemos medir a ojo. Me ayudarás a ordenar los utensilios e ingredientes, calcularás las cantidades y a partir de ese punto comenzarás con la segunda parte, la mezcla.
 
Genzō clavó la mirada sobre el ninja intentando descifrar si esas primeras explicaciones calaban en el cerebro del muchacho o si ya daba señales de estar perdido. Al cabo de unos segundos, continuó la explicación.
 
—Dividiremos los noventa panecillos en tres tandas. La primera me encargaré yo para que puedas apreciar el trabajo y comprenderlo. La otra, la haremos en conjunto, así puedo guiarte mejor. Y la tercera la harás tú solo. ¿Por qué? Pues porque debo atender el local también. Y a la mañana es cuando más clientela tengo —el hombre se pausaba cada tanto, esperando que el shinobi emita alguna señal. Era como estar hablándose así mismo al espejo, en una conversación unidireccional, casi un monólogo. No estaba acostumbrado. Sus empleados respondían por las buenas o por las malas a sus tercas solicitudes—. La producción se dividirá en tres etapas. Primera: preparación, mezcla y amasado. Segunda: primera fermentación, división y formado. Por último, la segunda fermentación, el corte y horneado y el enfriado. Así es como trabaja un panadero.
 
Volvió a beber agua. Abrir tanto la boca condenaba al panadero al calor sofocante de la habitación y le secaba la garganta.
 
—Comenzaré con la primera etapa. ¿Recuerdas cuál era? ¿No? Bueno, da igual, ahora la explico más detalladamente.
 
A medida que Genzo realizaba las tareas, este relataba cada uno de sus movimientos al gennin. El hombre tomó la balanza y comenzó a distribuir la harina, el agua, la levadura y la sal. El hombre se dirigió hacia el saco de harina y extrajo de allí una cantidad. Equilibró la balanza para tener mayor precisión e inició el proceso. Calculaba que para treinta panecillos de aproximadamente ochenta gramos de masa cada uno, necesitaría casi dos kilos y medio de masa en total. Por lo que sacó aproximadamente un kilo y medio de harina de trigo de los sacos y le indicó a Hachibi cada uno de los pesos de cada ingrediente. Requería de agua tibia, al menos novecientos mililitros. Treinta gramos de sal y veinte gramos de levadura fresca. Separó la levadura de manera uniforme. Debía tener cuidado con la sal para no echarla sobre la levadura concentrada, porque podría estropearla. Así, una vez todo dispuesto, comenzó con el mezclado de los ingredientes.
 
Integró el agua y la levadura primero y luego gradualmente la fue uniendo a la harina. Después añadió unas pizcas de sal e inició la mezcla con el fin de que la harina se hidratase. La masa tenía un aspecto desordenado, algunas partes húmedas y pegajosas, otras conservaban harina seca. Cuando Genzō no estaba hablando, se ponía a tararear una canción, o a lanzar un silbido por lo bajo. El panadero le recordó que en este segundo paso no debía amasar intensamente todavía, sino conseguir que no hayan acumulaciones secas y que el agua logre hidratar toda la preparación. Genzō en este caso utilizaba las manos.
 
—Recuerda que en Kirigakure tenemos mucha humedad, la masa podría sentirse aún más pegajosa de lo normal. Generalmente algunos solucionan esto agregando más harina. Pero personalmente prefiero dejar reposar la mezcla unos minutos.
 
Después, inició el tercer paso. El amasado. Genzō miró al shinobi y le indicó cómo debía amalgamar toda la mezcla. Primero, debía estar colocada sobre la mesa y se debía repetir la misma secuencia una y otra vez. Empujarla con la base de las palmas, doblarla sobre sí misma y por último girarla y repetir el movimiento. Listo. Esa era la ciencia detrás de esto.
 
—El amasado desarrolla el gluten, la estructura elástica posteriormente permitirá retener el gas que se produce con la levadura —agregó, luego de beber agua—. No se trata de golpear, se trata de tener una presión firme y uniforme.
 
Hachibi podría notar cómo la masa se adhirió a la mesa, la superficie se tornó más lisa, ganó elasticidad y mejoró la forma.
 
—Esta es la primera etapa —concluyó, a la par que se quitaba de las manos algunos trozos de masa. El hombre—. Ahora viene la segunda etapa. Fermentación, división, y formado. No lo olvides —acentuó cada una de las palabras a la par que se golpeaba con el dedo índice la frente, estaba ligeramente inclinado hacia Hachibi casi invadiendo su espacio persona, con su mirada penetrante puesta sobre los ojos de este.
 
Genzō indicó que haría el cuarto paso y colocó la masa dentro de un recipiente aceitado y la cubrió con un paño húmedo. El panadero le indicó al muchacho que a medida que esta reposaba para que produzca el gas, comenzarían de nuevo la primera etapa con los otros treinta panecillos, esta vez juntos.
 
—Muy bien. Ahora es tu turno. Quiero que hagas lo mismo que yo.
 
El hombre repitió todos los pasos anteriores, siguiendo atentamente las acciones de Hachibi. Cuando estos culminaron la primera etapa juntos. El hombre siguió con la segunda etapa por su cuenta. La masa para los primeros treinta panecillos en producción comenzaron a duplicar su volumen, produciendo burbujas en el interior, la superficie era más redondeada y tensa. Y también el fermento desprendía olor.
 
Quinto paso. División en porciones iguales. Volcó la masa sobre la mesa y presionó con moderación para expulsar las burbujas más grandes. Y así, comenzó a dividir en partes iguales la masa hasta generar treinta porciones. Obviamente las pesó para estar seguro. Le indicó al muchacho que tuviese cuidado con retirarle pequeños pedazos a las que se excedían de peso, porque podría deformarlas. Dividió la mesa en zonas. A la izquierda, la masa sin dividir, la balanza y el raspador en el centro y las porciones a la derecha. Al otro lado de la mesa esperaba una bandeja de hierro para ir colocándolas.
 
Sexto paso. Cada porción se convirtió en una pieza compacta y uniforme. Para asegurarse de ello, dobló los bordes de cada una hacia el centro y las junto en la parte inferior. Colocó por último cada porción sobre su palma y las rodó suavemente generando una tensión que dejaría la porción lisa y firme.
 
Séptimo paso y tercera etapa. Genzō distribuyó los panes sobre la bandeja y cubrió con otro paño para dejarlos descansar. El panadero le enseñó al joven un truco llamado “la prueba del dedo”. Consistía en introducir uno y esperar a ver qué ocurría. Si la marca regresaba lentamente a su posición original, estaban listos para hornearse. El tiempo de esta fementación era más breve que la primera. Unos treinta minutos. En ese tiempo, decidió recrear toda la segunda etapa anterior con Hachibi. Indicándole personalmente qué hacer para que pudiese repetir lo enseñado por él.
 
Octavo paso, el horneado. Genzō cortó con una cuchilla los panes para crear un punto de controlado por el cual el pan se expandiría, evitando que se abra por los costados. Después, tomó la pala de mango largo e introdujo la bandeja en el horno. Era la peor parte. Pues parecía estar dentro del infierno. En este paso Hachibi debía estar atento a que los panes se doraran a medida que aumentan el volumen. Los cortes se abren, la corteza se endurece y el olor a masa cruda se reemplazaba por pan tostado.
 
—Es necesario girar las bandejas para equilibrar la cocción —explicó mientras lo hacía.
 
Noveno y último paso: el enfriado. Genzō retiró los panes recién horneados. Los colocó separados sobre rejillas para que el aire circule y el vapor pueda escapar. Era necesario eso y no apilarlos todos juntos, pues el vapor quedaría atrapado.
 
—Muy bien. Los primeros treinta están terminados —dijo, orgulloso de su creación. Observó los segundos treinta, a los cuales les faltaba la tercera etapa.
 
Bajo su cuidado y ayuda, esas segundas treinta porciones eran pan comido.
 
Ahora empezaba el verdadero reto para Hachibi.
 
—Oh, justo para las nueve. Es momento de abrir el local —el hombre miró por la puerta de reojo y notó que ya habían unos cuantos clientes esperando afuera. Lanzó un suspiro. El trabajo nunca terminaba.
 
—Es tu turno. Para eso estás aquí. Quiero que hagas la tercera tanda tú solo, con lo que aprendiste. ¿Entendido?
 
La puerta se escuchó abrirse, y la campanilla que le acompañaba también.
 
—Oh, debo irme… hazlo, tú puedes.
 
Le dio unas palmadas en la espalda, manchándole su atuendo con harina. Y después se retiró al mostrador.


Cita:Reglas del juego

—Hachibi tendrá que cubrir a Genzō en la última tanda él solo, por lo que deberá utilizar sus habilidades para no causar un desastre. 
—Hachibi debe efectuar una tirada de 1d20 al finalizar cada etapa. El resultado representará la composición final. 

Primera etapa: preparación de la masa
  1. Medición de los ingredientes: pesar y separar la harina, el agua, la levadura y la sal necesarias para preparar una tanda de treinta panecillos.
  2. Mezclado: integrar los ingredientes hasta hidratar toda la harina y obtener una masa uniforme, sin grumos ni sectores secos.
  3. Amasado: trabajar la masa mediante movimientos de empuje, pliegue y giro hasta que presente una superficie lisa, flexible y elástica.
Segunda etapa: fermentación, división y formado
  1. Primera fermentación: colocar la masa en un recipiente ligeramente aceitado, cubrirla con un paño húmedo y dejarla reposar hasta que aumente aproximadamente al doble de su tamaño.
  2. División: desgasificarla ligeramente y cortarla en treinta porciones de aproximadamente ochenta gramos, procurando que todas tengan un peso semejante.
  3. Formado: redondear cada porción, cerrar sus pliegues por debajo y generar tensión en la superficie antes de acomodarla sobre la bandeja.
Tercera etapa: terminación y horneado
  1. Segunda fermentación: cubrir los panecillos ya formados y dejarlos reposar hasta que aumenten de volumen y estén preparados para entrar al horno.
  2. Greñado y horneado: realizar un corte superficial sobre cada pieza, introducir la bandeja en el horno y girarla cuando sea necesario para conseguir una cocción uniforme.
  3. Enfriado y control final: colocar los panes sobre rejillas, dejar escapar el vapor y comprobar el color, la cocción, la forma y la cantidad antes de embalarlos.

—Para la primera tirada, la preparación de la masa. 1d20. Influye fuerza e inteligencia. Fuerza +1 e inteligencia +2. 
—Para la segunda tirada, fermentación, división y formado. 1d20. Influye destreza e inteligencia. Destreza +1 e inteligencia +2.
—La tercera tirada, terminación y horneado. 1d20. Influye velocidad e inteligencia. Inteligencia +2 y velocidad +1. 
—Gracias a tu virtud Bien Organizado y la regla de tres, obtendrás +2 al resultado en todas las etapas. Narrativamente se justifica al ser meticuloso y obsesivo con el orden.
— Gracias a tu virtud Capacidad sensorial II logras observar mucho mejor la explicación y darte cuenta de pequeños detalles. Obtendrás +2 al resultado. 
Hachibi
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05-08-2026, 08:23 AM
Pensó que el agua era para los panes, pero al parecer es también para uno mismo. Imitó el hecho de beber agua, aunque tragó un poco más de lo usual, tal vez por el calor o tal vez porque sentía refrescantemente recorrerle hasta el estómago, en cualquier caso, su mentón alzado no impedía que le prestara, aparentemente, su completa atención. No desvió la mirada hasta que la mayor fuente de calor fue anunciada, aquel horno tornaba la cocina en una caldera, comenzaba a sentirse uno como en lenta cocción.
 
Lo siguiente que vino, fue una clase maestra para preparar un pan. El hombre se movía como quien ha realizado esas tareas durante toda su vida, como ver a un pez nadar, o a un ave tomar vuelo y planear sin chocar, era sorprendente que el hombre no se mordiera la lengua mientras vocalizaba cada una de las acciones que, de otra manera, podrían ser completamente ignoradas. Los movimientos de las balanzas, los números en las mediciones, las peculiares maneras en las que el hombre manejaba los utensilios, ningún movimiento venía sobrado, todo era parte de un mismo baile, una coreografía escénica en la que la obra final aún está por ser descubierto.
 
Se unió a la escena en la tercera vuelta. Repitió cada paso lo mejor que pudo, primero los ingredientes, luego la mezcla, el amasado y, sin olvidarse de tomar algo de agua, el reposo. Las primeras veces iba claramente detrás del sujeto; pensar era un proceso más en la cadena, para Hachibi, su vista estaba en el pan, pero sus oídos percibían a su cliente en su explicación. Poco a poco fue tomando el ritmo y para las partes finales de aquellas primeras treinta piezas, por fin le había podido seguir el paso.
 
La masa se comportaba como un adhesivo, una sustancia amorfa que se pegaba a sus dedos, dejando deformaciones que luego solas parecían desaparecer. Los ojos de Hachibi se cerraron levemente, sus hombros se bajaron, sus manos se movían con más naturalidad, sin tanta anticipación.
 
El calor era palpable, un tirón del cuello de su filipina y terminó sintiendo que despedía vapores desde sus clavículas. Aun así, el aroma del pan, aunque fuera sencillo, era exquisito; algo de saliva se producía en su boca, pero como cosida no la abría por nada.
 
La sonrisa de medialuna en su rostro sugiere que disfruta de la actividad y, de repente, fue como un baldazo de agua fría. Dos horas habían pasado en lo que percibió como minutos. Lo único que lo sacó del trance momentáneo que le había paralizado, fue la palmada en la espalda. En ese gesto percibió como el hombre tenía una gran fuerza, pero no de esas que mueven montañas o arrancan los árboles de raíz, sino más bien como alguien que es capaz de resistir sin problema un río de frente.
 
Le miró marcharse, respiró hondo, y comenzó con su tarea.
 
Tal vez fue la repentina sensación de haber sido aventado del nido antes de sentir que sabía volar. Su mano tembló un poco al momento de la medición, como si de repente los pesos de los sacos y las jarras no fueran los mismos, o tal vez simplemente no podía volver a imitarlos tiempos y gestos de Genzō. Repasó la pizarra, luego su memoria, cortometrajes aún vivos entre sus sienes, y tomando una profunda respiración se armó de valor. Separó primero la harina, algo de esta cayó en la mesa y la recogió; tal vez hubiera sido bueno preguntar por el proceder, pero simplemente limpió con un trapo y continuó con lo siguiente. Sin supervisión, sin ejemplo, sus movimientos eran más lentos, más calculados. Pesó una porción de sal, la aguja marcaba la medida, pero el aspecto no concordaba con su imagen mental, agregó apenas una pisca más retiró unos granos de más, giró a su alrededor y luego volvió a retirar y servir una y otra vez más, hasta que se parecía a lo que recordaba. La levadura igual, con una espátula cortó, la dejó como una pirámide de cuatro caras. Finalmente hizo una montaña con la harina, la perforó con dedo desde la parte más alta y la transformó en un cráter, echó una parte de la sal, una parte de la levadura y una parte del agua y comenzó a revolver con la espátula. Una, y otra y otra vez, tomando más masa en cada vuelta, agregando de a poco cada ingrediente, integrándolos despacio, paulatinamente.
  
De nuevo el tiempo pasaba rápido, el reloj giraba, pero también el cansancio era más palpable. La masa se integró bien, a simple vista no se diferenciaba de la del cliente, pero los ojos de Hachibi miraban más. Estiró la masa, la replegó y repitió. Sus brazos pasaban de estar cerca a alejarse tanto como pudieran, la base de sus palmas empujaba y sus dedos se aferraban sin soltarla. En el comienzo se despedazaba en los movimientos, pero poco a poco fue como masticarla con las manos, la masa fue adquiriendo elasticidad, se deformaba, pero no se partía y para cuando esta dejó de pegarse en sus manos, una esfera grande quedó frente a él y ahora ambos debían reposar, pero antes tomó una bandeja, con una brocha la aceitó, apenas una película que evite que al poner la masa se pegue, luego le puso un trapo húmedo y tal cual, él también agua tomó.

 
Se sentó. La butaca carecía de respaldo. La campanilla anunciaba la entrada de un cliente, o tal vez la salida. Su espalda se mantenía recta, su pecho un poco fuera y descansó una pierna sobre otra formando un cuatro con estas. Revisó los alrededores, las voces en la otra habitación permeaban difusas; de nuevo volvió la vista a esos sacos que tenían algunas filtraciones y de un salto salió de su descanso.
  
La butaca ahora sirvió para alzarse, movió los sacos de harina para limpiar con un trapo donde había residuos, dobló aquella parte por donde salía la harina para sellarlo y lo colocó para arriba, a fin de que no siga derramando. Barrió cerca de los sacos de sal, selló de nuevo los contenedores de la levadura y limpió las tapas y los contornos. Luego fue con los utensilios que ya no usaría, pasó un trapo por la barra y para cuando se percató, la masa ya había doblado su tamaño.
Retiró el trapo y lo dejó sobre la butaca, luego vertió la masa sobre la mesa, con cuidado, se veía abultada, la presionó un poco, haciendo que soltara un poco de gases, el aroma era peculiar, muy distinto a los panes puestos en el horno, pero no desagradable, solo no tan apetecible. Tomó de nuevo la espátula, esta ya la había acomodado en su cajón, luego tomó un poco de masa en su mano, la apretó para que una porción pequeña saliera por entre su pulgar e índice, y una esfera salió, la cual segó del resto de la masa con un corte de su herramienta. La pesó, eran ochenta gramos y para su sorpresa le pareció una fotocopia de la que vio hacer al panadero. La segunda no salió sino hasta el segundo intento, después de reintegrar y volver a cortar. Para la quinta, salían a la primera y pronto la esfera se había dividido en treinta pequeñas versiones de sí misma, refinando su forma antes de dejarlas descansar en la bandeja. Retiró el bol, lo limpió, y luego volvió para estirar los pliegues hacia debajo de las esferas, antes de dejarlas reposar nuevamente bajo una mantilla.
 
Un trago de agua, tomó una escoba, y mientras aquellas masas reposaban, Hachibi salió a la parte del mostrador para limpiar un poco, trapear con una mopa a punto de estar seca y volver cuando los panecitos se hubieran hinchado de nuevo.
 
Los colocó en la bandeja, recordó en su mente la distancia a las que el señor Komugi los mantuvo distantes, pues pese a que parecían tener espacio de más, cuando salieron casi que se habían vuelto uno con el otro al momento de hornearse. Con la pala toma la bandeja y a punto de meterlos recuerda la imagen de los panes y algo no concordaba. Sus ojos viajan al techo, pero no miran nada en particular, de repente recuerda que debe hacerles un corte transversal.
 
Toma la espátula por una última vez y a cada una les crea una cortada no muy profunda, los panes se desbordan un poco, luego mete la bandeja y espera. El tictac del reloj llega a su oído como un cronómetro, los panes van adquiriendo poco color al frente, pero los de atrás se van oscureciendo más rápido. A un tercio del tiempo de estar adentro, Hachibi introduce la pala nuevamente, gira la bandeja y vuelve a sacarla para revisarlos, hasta que el tiempo termina.
En su mente, la imagen de la pizarra con el tiempo había pasado, pero no lo sacó en el segundo exacto, esperó un poco más, hasta que aquellos panes tomaran el mismo color que vio en los otros y entonces los sacó. Los colocó en la mesa, separados de las dos tandas anteriores, sobre las rejillas de ventilado. Se acercó a los panes, los examinó desde varios ángulos y no pudo evitar salivar. Los panes habían adquirido un tono más oscuro que los del panadero, la textura al tacto era idéntica, un golpe leve con una palilla de madera en ambos le hacía percibir el mismo sonido bofo; tan solo el sabor sería la incógnita con la que Hachibi se quedaría. Las treinta piezas cumplían con los requisitos, aunque él sabía que un conocedor podría distinguirlos.
 
Respiró, tomó agua y de nuevo miró el Reloj. Dejó reposar los panes el tiempo suficiente para que la humedad ya no tenga problema con el empaque y entonces comenzó a meterlos en sus bolsas de papel, frágiles, tal vez, pero una forma de tenerlos frescos y esponjosos por más tiempo.
Naoto
Rango Genin
Clan Heizu
Nivel 8
Estadísticas
Generales
Fuerza0(1)
Destreza0(1)
Ctrl. de Chakra25(2)
Inteligencia95(4)
Especiales
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Velocidad10
Tenketsu10
Sigilo15
430
370
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05-08-2026, 07:13 PM
Los ligeros pasos de Genzō se escuchaban al otro lado. De un lugar a otro, atendiendo clientes que desesperadamente se devoraban todas las existencias del local aprovechando todos los comestibles recién horneados, reposando en los mostradores. Las charlas del viejo con los clientes habituales eran variadas, el hombre siempre mostraba un respeto en su respuesta conociendo que al cliente siempre se le debía tratar bien, incluso cuando no tuviese la razón. Eso le había protegido de problemas que en su juventud e inexperiencia en el pasado habría agradecido evitarlos. Se acomodó su ropa, intentó limpiarse las manos, manipulaba el dinero, metía los panes, las facturas y otras creaciones en las bolsas, cada tanto se escuchaba un profundo bostezo siendo liberado. Con la edad ya no era lo mismo. Las piernas y la espalda resistían, por ahora.
 
Cada tanto, en aquellos segundos de libertad el hombre intentaba acercarse fugazmente hacia la cocina y asomarse por la puerta, como un gato sigiloso. Inspeccionaba el accionar el shinobi en silencio, confiando ciegamente en él. Estaba tranquilo, a pesar de que por dentro había sentido algo de irritación al no poder comunicarse genuinamente con el muchacho. Se mordió la lengua unas cuantas veces, en la primera etapa, al ver que Hachibi cometía algunos simples errores. Pero nada grave. Su corazón estaba feliz. Podía atender a la clientela tranquilo.
 
Y así el mediodía llegó para todos. Las mercaderías casi se vaciaron y los consumidores disminuyeron, permitiéndole al vendedor liberarse. Sintió el aroma proveniente de la cocina. Reconocía ese olor. Era el de un trabajo exitoso. Aún en el mostrador el hombre se quedó en silencio, sonriente. Asintió con la cabeza, en una señal de felicitación hacia el ninja, pero este nunca lo vería. Luego, retomó su postura seria y se encaminó hacia la cocina.
 
—¿Está todo hecho? —preguntó, inquisitivo. Su mirada afilada se apoyaba sobre el shinobi. Después, sobre su creación.
 
El panadero se acercó y se inclinó sobre los panecillos. Tomó uno delicadamente y lo apoyó sobre la mesa, a su vez tomó uno propio y lo dejó a su lado. Inspeccionó ambos. Ambos uniformes, con una corteza dorada, un interior esponjoso y una cocción pareja. Genzō reconoció por sus adentros que el muchacho había trabajado bien, incluso en tiempo y forma.
 
—Está perfecto —reconoció, sorprendiéndose hasta a sí mismo. Hizo un gesto de asombro y admiración, a la par que miraba las manos del muchacho— se te da bien esto. Quizás si el negocio ninja no te termina de agradar, podrías ser un buen panadero —concluyó, con una leve sonrisa.
 
Guardó los panecillos y ambos esperaron a que el encargado del festival venga a retirarlos. Para su sorpresa, el político solo necesitaba ochenta panes, no noventa. Un error en el mensaje que había llegado. Ante la confusión, el sujeto pagó la diferencia para que el maestro panadero no tuviese pérdidas. El panadero guardó los diez panes restantes recién horneados en una bolsa y se la ofreció a Hachibi.
 
—Toma, llévate los sobrantes. Espero que los disfrutes, después de todo son tu creación.
 
Se refregó los ojos y lanzó un profundo bostezo. Estaba destrozado. Colocó el cartel de “cerrado” en la tienda y abrió la puerta de salida después de abandonar su equipamiento de cocinero.
 
—Muy bien, muchacho. Gracias por todo. Ya sé a quien llamar si necesito otra ayuda.
 
Genzō le ofreció un apretón de manos a Hachibi y se retiró a su casa, donde le esperaba la cama lista para acobijarlo.
Hachibi
Rango Chuunin
Clan Heizu
Nivel 13
Estadísticas
Generales
Fuerza50(3)
Destreza40(2)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia25(2)
Especiales
Salud10
Velocidad21
Tenketsu10
Sigilo15
570
635
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05-08-2026, 09:42 PM
Con la panadería vacía, Genzō volvió a lo último de sus actividades: revisar el trabajo de su misionando. Sentado en su butaca con las manos sobre las rodillas y la espalda completamente recta, le mira entrar, examinar y evaluar los ejemplares. Hachibi no parpadeó en todo ese tiempo, no lo mostraba, pero parecía expectante de la respuesta. Hinchó el pecho al tomar aire y bebió agua una última vez, con el calor, el clima y el atuendo, parecía que recién se había bañado nuevamente.
 
Deshizo su peinado, alejado una distancia prudente de dos metros de los panes, dejó respirar su cabello, el cual brillaba más de lo usual, empapado en su propio sudor. Lo recogió en una coleta alta para seguir dando aire a su cuello y escuchó la sugerencia de cambio de profesión con una mirada tranquila, pero no negó ni asintió, tan solo permaneció mirándolo un momento como si evaluara la misma idea.
 
Luego de eso, hubo una nueva espera. A decir verdad, esta se fue un poco más lenta, con las agujas del reloj más presentes en el fondo. Dejó el delantal en el mismo lugar que lo tomó, colgándolo de tal forma que se enrollara en sí mismo, para que no ocupara espacio. Salió un momento afuera para sacudirse la harina y otros polvos usados y finalmente, recibió una bolsa con panes.
 
Demoró apenas un momento, pero asintió, despacio, cerrando los ojos de forma agradecida. No tardó en sacar uno y pegarle una mordida. Sabía bien. Era esponjoso, ligero y aún tibio. Pegó otra mordida.
 
Esperó a los preparativos finales del cierre y una última llamada retrasó su partida, un gesto que valía más que las palabras antes dadas. Miró su mano, y sin dudarlo más lo estrechó mirándolo a los ojos; las asperezas en las manos de ambos se enfrentaron amistosamente y si el bruno tuviera que decidir, diría que el panadero llevaba las de ganar, pero también era por su edad. Partió con algo más que dinero y algo de pan, una pequeña victoria personal.
Masashi Kishimoto
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05-08-2026, 11:30 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Misión | E] El panadero con el pan (TID 14456)
Tipo: Misión Normal · Rango: E
  • Naoto — Narrador No Oficial (100%): 250 Ryos, 0 Tobis, 35 Exp, Pergamino PERG001
  • Yato Hachibi — Participante (100%): 250 Ryos, 2 Tobis, 50 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Himawari
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05-08-2026, 11:30 PM
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