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[Misión | E] La miel perfecta
Naoto
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01-08-2026, 10:39 PM
Última modificación: 01-08-2026, 10:43 PM por Naoto.
15 de Primavera del año 150 -
Konohagakure


La miel perfecta


Hachirō, un joven novato apicultor encargado de los campos de miel de la aldea se hallaba intranquilo, parado en el medio del prado. Desde temprano había estado observando el comportamiento errático de sus abejas tratando de descifrar el significado. Masashi, el veterano encargado, estaba de viaje por negocios y planeaba volver en una semana. Esta era la primera vez que el muchacho se veía envuelto en el cuidado de los pequeños insectos. Temeroso de una catástrofe, en la mañana envió la solicitud de un ninja para secundarlo en su trabajo. Y no de cualquiera. Quería un Aburame, especialistas en el estudio en cuidado y comportamiento de estos seres.
 
El hombre se intentó rascar la barbilla, pero el equipo de apicultor que llevaba le imposibilitaba el refregarse mucho. Lanzó un suspiro, extenuado por la prolongada carga horaria de trabajo que ejercía debido a la ausencia de su compañero. El traje blanco tan característico de los apicultores evitaba que su apariencia física sea muy reveladora, a excepción del rostro que se difuminaba entre las rejillas del velo protector; sus ojos eran verdes, de cabello negro y nariz ligeramente torcida.  
 
—Esto es demasiado extraño… —concluyó luego de teorizar por media hora.
 
Los caminos menos transitados de Konohagakure se desviaba hacia el prado repleto de distintivas flores, un paisaje primaveral bellísimo rodeado por el frondoso bosque, en el centro un pequeño canal atravesaba todo el terreno; las abejas lo utilizaban para hidratarse. Una pequeña cabaña se encontraba en la entrada y tras ella un camino que se bifurcaba en varias direcciones hasta alcanzar las cajas de madera que albergaban las colmenas; las cajas, en total unas seis, eran tan pintorescas como las flores, pues llevaban un distintivo color cada una para hacer el trabajo más fácil. Se podía observar mesas con herramientas, los ahumaderos, las abejas revoloteando, con su distintivo zumbido, trabajando incesantes.
 
El hombre esperó en la entrada a la muchacha, sin el velo protector puesto. Cuando notó que ella se acercaba, levantó la mano, y saludó.
 
—Bienvenida, soy Hachirō —el hombre lanzó una sonrisa amigable, dejando mostrar cierto alivio—, acompáñame, por favor, te mostraré el problema.
 
El hombre abrió la puerta de la cabaña. En su interior la primera habitación contenía el equipamiento necesario para el trabajo, además de la oficina de su jefe. Le indicó el traje de apicultor y él se sentó en una de las sillas.
 
—Ese traje puede colocarse por encima de la ropa —exclamó, confuso, pues no sabía si el clan Aburame necesitaba de dichas protecciones cerca de los insectos.
 
Se rascó el mentón y abrió la puerta trasera que daba a toda la extensión del campo, el cual estaba rodeado por vallas de madera. Esperó a que la muchacha decidiera colocarse el traje o no, y le indicó nuevamente que le siguiera. Fue directo al grano.
 
—Hace dos días que Masashi, el dueño, viajó. Por lo que estoy a cargo del campo, y hace dos días que he notado un comportamiento extraño en las abejas —dijo, dejando escapar cierta preocupación— que se acentuó con el pasar de los días.
 
Se dirigió hacia una de las cajas que contenían las colmenas. Tomó el ahumador y aplicó el humo frío por debajo, en el soporte y por encima tras extraer la tapa, con el objetivo de evitar la alteración de los insectos. De dentro, sacó un panal y le mostró a la muchacha. Los hexágonos contenían el polen, algunas abejas trabajando y un aroma dulzón.
 
—Debido a que aún tenemos los cerezos y acacias, estamos trabajando con esas flores para crear una miel especial de esas dos —el apicultor colocó el panal sobre un soporte que había al costado de la plataforma. Se inclinó para observar tras su malla oscura el color del polen extraído—. ¿Ves? El polen color crema pertenece a la hilera de cerezos que tenemos allí al fondo, el amarillento es procedente de las acacias. Sin embargo… este, el de aquí, es violáceo. Este no pertenece a ninguna de nuestras flores, y sospecho que están vinculadas al comportamiento errático que tienen las colmenas. Algunas están más vagas de lo normal, como si estuviesen alteradas por este polen —el apicultor volvió a guardar el panel dentro de la caja y cerró la tapa.
 
Después, se giró para mirar a la ninja y continuar su explicación.
 
—Me gustaría que vigiles las entradas de las colmenas. El tipo de color del polen que transportan en sus patas. Después, deseo que inspecciones cada colmena. Ten cuidado con abrir la tapa, debes usar el ahumador que está allí. Quiero que compruebes si este polen se esparció por todos lados. Temo que se trate de alguna contaminación.
 
El hombre apoyó ambas manos sobre la cintura, y se mantuvo en silencio un momento, tratando de recordar las otras tareas que tenía pensado para ella.
 
—Ah, sí. Probablemente revisar las flores también sea conveniente. Quizás las acacias y los cerezos puedan tener alguna plaga. Tenemos tréboles blancos, flores de cerezo, acacias o colzas. Si te encuentras con dientes de león, ajos silvestres o flores medicinales, revísalas para ver si las abejas están sacando el polen violeta de allí, aunque… lo dudo.
 
Se encogió de hombros, anonadado por el acertijo en el que se encontraba. Esperaba que la expertíz de la Aburame pudiese ayudarlo a entender mejor el comportamiento de los insectos, porque él estaba condenado.



Cita:● Nombre de la Misión: La miel perfecta
● Información de la Misión: La primavera ha dado inicio a la temporada de floración en los campos de Konohagakure, una época crucial para la producción anual de miel. Un apicultor local teme que sus abejas estén recolectando néctar de especies de flores inadecuadas, lo que alteraría el sabor y la calidad de toda la cosecha. Tu labor será ayudar a identificar las flores correctas, guiar el trabajo en el campo y asegurar que las colmenas aprovechen la floración adecuada antes de que termine la temporada. Una tarea sencilla, pero donde la observación será más importante que la fuerza.
● Rango y Tipo de la Misión:Rango E simple
● Fecha y Lugar: 15 de Primavera del año 150 - Konohagakure
● Cantidad de Usuarios: Carina + narrador
● Cantidad máxima de horas por ronda:48hs
Carina Aburame
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01-08-2026, 11:24 PM
Última modificación: 01-08-2026, 11:25 PM por Carina Aburame.
Mientras Hachirō hablaba, yo ya había dejado de escuchar únicamente sus palabras. Había empezado a escuchar el problema. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas. Las palabras terminan; los problemas, en cambio, florecen. Y aquel era precioso. Mis ojos recorrían el campo con un entusiasmo imposible de disimular. Saltaban de las colmenas al canal, del canal a los cerezos, de los cerezos a las acacias, de las flores silvestres a las pequeñas obreras que entraban y salían cargando diminutas bolitas de polen en sus patas. No estaba viendo un simple prado. Estaba contemplando un ecosistema entero conversando consigo mismo. Las flores ofrecían néctar. Las abejas respondían con miel. Los árboles marcaban el ritmo de la primavera. Todo funcionaba como una maquinaria perfecta y, de alguna manera, una sola pieza había decidido comportarse de forma distinta. Sentí cómo una sonrisa empezaba a dibujarse sola en mi rostro. Era la misma sonrisa que aparecía cada vez que el mundo decidía regalarme una pregunta nueva.

Mis ojos se desviaron inmediatamente hacia el traje blanco que descansaba sobre la mesa. Lo observé unos segundos. Después otros segundos más. Y otros. No porque estuviera dudando en ponérmelo. Estaba intentando imaginar la cantidad de personas que, a lo largo de la historia, habían visto un traje como ese y habían pensado. "Sí. Definitivamente parezco un profesional." Era imposible. Parecía un fantasma dedicado a la agricultura. Me reí sola.

-Es espantoso.

Lo dije con una sinceridad absoluta.

-Me encanta.

Tomé el traje entre las manos y noté su peso, la tela gruesa, el velo protector y cada una de las costuras reforzadas. Mientras comenzaba a colocarlo por encima de mi ropa, no pude evitar pensar que había algo curiosamente elegante en aquella prenda. No intentaba hacer bonito al apicultor. Intentaba volverlo irrelevante. Borrar su silueta. Ocultar la piel. Disimular el calor. Convertirlo en una pieza más del paisaje para que miles de pequeñas obreras decidieran ignorarlo.
Era brillante.

-Qué curioso

Ajusté el velo frente a mi rostro y levanté ambas manos para observarlas cubiertas por los guantes.

-Toda la indumentaria está diseñada para proteger al humano sin alterar el comportamiento de las abejas. Es casi como pedir permiso para entrar en su mundo.

Sonreí.

-Eso me cae bien.

Con el traje ya colocado, me giré hacia Hachirō y extendí los brazos con una teatralidad completamente innecesaria.

-¿Qué tal?

Di una pequeña vuelta sobre mí misma.

-¿Parezco una apicultora competente o una nube con piernas?

Sin esperar respuesta, acomodé distraídamente el velo y salí al campo detrás de él. Fue entonces cuando dejó de existir el traje. Y empezó a existir el misterio.

Me acerqué despacio al panal que Hachirō acababa de mostrarme. Muchísimo más despacio de lo que uno se acercaría a un arma. Las armas podían esperar; aquello no. Incliné apenas el cuerpo hasta quedar frente a las celdillas hexagonales y respiré profundamente. Miel. Cera. Polen. Madera. Vida. Mis ojos viajaron primero por el polen color crema, luego por el amarillento y finalmente se detuvieron sobre aquel tono violáceo que rompía por completo la armonía del conjunto. No pude evitar dejar escapar una pequeña risa, casi un susurro.

-Qué descarado

No le estaba hablando al apicultor. Le hablaba a ese diminuto grano de polen. Había conseguido infiltrarse en toda una colmena sin que nadie supiera de dónde venía.
Levanté lentamente la vista hacia Hachirō. El pobre parecía cada vez más preocupado, mientras yo sentía exactamente lo contrario. Mi curiosidad acababa de despertar por completo.

-¿Se da cuenta de lo extraordinario que es esto?

No esperé a que contestara. Nunca lo hacía cuando una idea encontraba otra con la que enamorarse.

-Las abejas no improvisan. No desperdician energía. No vuelan cientos de metros porque sí. Si abandonaron parcialmente una fuente de alimento para buscar otra es porque encontraron algo que, desde su punto de vista, merece más la pena.

Comencé a caminar despacio alrededor de la colmena con las manos entrelazadas detrás de la espalda, incapaz de quedarme quieta. Mi cabeza iba mucho más deprisa que mis piernas. Todo el mundo cree que los apicultores crían abejas. Qué idea tan adorable. Las abejas llevan millones de años resolviendo problemas ecológicos mucho antes de que nosotros aprendiéramos a construir cajas de madera para darles un techo. Nosotros solo intentamos seguirles el ritmo. Me giré hacia Hachirō y le dediqué una sonrisa amable, casi sensual. 

-Sin ofender.

Volví inmediatamente a observar la entrada de la colmena. Cada abeja era distinta. Unas cargaban más polen. Otras regresaban con menos néctar. Algunas parecían acelerar el vuelo antes de aterrizar. ¿Siempre lo hacían? ¿Solo hoy? ¿Solo en esa caja? Mi mente comenzó a multiplicar hipótesis con una facilidad casi ridícula.
¿Una flor desconocida? ¿Una mutación? ¿Una especie invasora? ¿Un cambio en la composición del suelo? ¿Algún hongo? ¿Un árbol floreciendo fuera de temporada? ¿Una planta medicinal silvestre que nadie había catalogado? Cada posibilidad abría tres preguntas nuevas y cada pregunta me hacía sentir más viva que la anterior.

Noté el conocido cosquilleo detrás de los ojos. Demasiadas ideas intentando salir al mismo tiempo. Sonreí para mis adentros. Sin apartar la vista de las abejas, llevé distraídamente mi mano hasta la manga y hundí apenas los dientes sobre el antebrazo protegido por la tela del traje. Solo un instante. La presión justa. Respiré una vez. El ruido dentro de mi cabeza dejó de empujarse y, como siempre, las ideas volvieron a ordenarse formando una fila casi perfecta. Muchísimo mejor.

Cuando levanté la vista descubrí que Hachirō seguía observándome con una mezcla extraña de esperanza y desconcierto. Era una expresión preciosa. Me acerqué a él con absoluta naturalidad hasta invadir casi por completo su espacio personal. Mientras seguía pensando, alisé distraídamente una pequeña arruga del cuello de su traje protector, como si aquello fuera la cosa más normal del mundo.

-No tiene miedo por la miel.

Aparté la mano con suavidad.

-Tiene miedo porque ya no entiende a sus propias abejas. Y eso debe sentirse horrible.

Mi voz sonó mucho más cálida de lo que esperaba. Después volví a mirar el campo entero. La brisa movía las flores, las colmenas zumbaban sin descanso y cientos de pequeñas obreras seguían ignorando por completo nuestra existencia. Solté una carcajada breve.

-Qué arrogantes somos los humanos. Creemos que venimos a enseñarles cómo vivir cuando llevan millones de años haciendo exactamente esto mucho mejor que nosotros.

Respiré profundamente una última vez, sintiendo el aire primaveral llenar mis pulmones. La emoción me recorría el cuerpo entero.

-No voy a empezar buscando flores raras.

Negué lentamente con la cabeza.

-Tampoco voy a empezar abriendo las colmenas.

Mis ojos siguieron el vuelo de una abeja hasta perderla entre los árboles.

-Voy a empezar siguiendo a las culpables.

Sonreí con una ilusión casi infantil. Porque aquello ya no era una misión de rango E. Era un acertijo que la propia naturaleza acababa de poner delante de mí. Y jamás, en toda mi vida, había sabido resistirme a una buena pregunta.
Naoto
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02-08-2026, 06:17 AM
El comportamiento extravagante de la Aburame había provocado en Hachirō una mezcla entre timidez, atracción y curiosidad. Durante su vida escuchó descripciones chocantes sobre los miembros del clan, sobre su forma extraña de actuar, y de vivir. Viéndola bien, a Hachirō le parecía linda.
 
—Trabajo con ellas, señorita. Sé de lo que son capaz.
 
Las palabras que la muchacha había mencionado previamente no le perjudicaban, ni invitaban a pensar mucho al apicultor. Lo cierto es que él se consideraba un simple trabajador, y la única preocupación que tenía en su mente era la de cumplir su trabajo y que no le echen. Puede ser arrogante, pero ambos poseían realidades distintas.
 
—¿No…? ¿No? ¿Cómo qué no?  —esas palabras se escaparon de su boca, casi involuntariamente.
 
El apicultor arqueó la ceja cuando la joven declinó su petición. Su mirada siguió a la de ella y se apoyó sobre algunas abejas que se perdía a través de los árboles, luego, volvió a observar a la joven. Tragó saliva al sentir un leve nerviosismo recorrer su espalda.
 
—¿Los culpables? —el apicultor tapó los rayos del sol que caían sobre sus ojos, afinó la mirada y notó a los pequeños insectos salían disparados hacía allí—. Mmm… es algo… que sospechaba —giró su cabeza y miró a la joven—. Pero… ni loco me adentro en ese bosque. Kohaku, del criadero de vacas del campo de al lado fue atacado por un oso hace dos meses.
 
Sintió vergüenza admitirlo. Era un cobarde, incluso hasta temía que una simple abeja le picara. Dio un paso hacia atrás y negó repetidas veces. Luego, agachó la mirada y se quitó el velo que protegía su cabeza, para secarse la sudada frente.
 
—Yo me quedo. No me pagan lo suficiente como para arriesgarme —con descaro se cruzó de brazos e hizo una señal con la cabeza hacia el bosque— ve tú, por algo te pagan.
 
Protestó dejando liberar la molestia de dentro. Tenía algunas razones para estarlo. Sin embargo, por dentro no podía evitar sentirse mal por dejarla sola en un lugar así.
 
—Ahh… mierda —se volvió a colocar el protector en la cabeza y lo acomodó—. Hagamos algo… si el camino es seguro, avísame. Eso lleva al noroeste, podrás encontrar el viejo canal de riego, está abandonado. Nadie se atreve a salir mucho, es territorio salvaje.
 
Pero la intuición de la kunoichi estaba en lo cierto. Las abejas se dirigían atraídas hacia el arbolado, como si fuesen invitadas fruto de un irresistible sabor que se imponía a otros; otras volvían con su botín y se dispersaban hacia las diferentes colmenas. La unión de todas formaba el camino perfecto para investigar qué estaba ocurriendo. Al cruzar la valla de madera, se podía observar como confluía una hilera de cerezos floreciente de pétalos rosados y vibrantes mezclados con árboles comunes. A medida que uno se acercara al interior, la luz directa que caía comenzaba a apagarse; la hierba gana altura, las raíces sobresalen y el zumbido de las abejas se disipaba ahogado por los ruidos emitidos por las aves y la naturaleza misma. Los soplidos que golpeaban las copas de los árboles sacudían las hojas que caían de vez en cuando.
 
Algunos pequeños insectos se posaban sobre violetas silvestres, caracterizadas por estar al ras del suelo. Su color era similar al del polen violáceo visto. Otros, sobre lavanda, la cual desprendía un aroma fuerte y visualmente tenían la misma tonalidad. El bosque albergaba tanta variedad de flores gracias a la poca presencia humana, provocando que la naturaleza se expanda en infinidad de colores y posibilidades. Las semillas procedentes de los campos cercanos de herboristerías, apiarios y otros trabajos humanos habían influido en el pasado en esta zona, se notaba a simple vista que no era un bosque cualquiera.
 
Al fondo, tras un tramposo terreno hostil, se hallaría el famoso canal de riego abandonado.
Carina Aburame
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02-08-2026, 03:17 PM
La respuesta de Hachirō consiguió algo verdaderamente extraordinario, me dejó callada durante casi tres segundos completos. Lo observé con los labios entreabiertos y una ceja ligeramente levantada. Primero había dicho que conocía perfectamente a las abejas. Después se había negado a seguirlas porque un hombre del campo vecino había sido atacado por un oso dos meses atrás. Técnicamente, ambas afirmaciones podían coexistir. Una persona podía ser experta en insectos y absolutamente inútil frente a varios cientos de kilogramos de mamífero malhumorado. Aun así, aquella combinación me resultaba maravillosamente humana.

-Entonces su límite profesional termina exactamente donde empieza el bosque.

Incliné un poco la cabeza, estudiándolo a través de la rejilla oscura del velo. No estaba molesta. Todo lo contrario. La vergüenza en su postura, el sudor que acababa de secarse y aquel último intento de ofrecerme información útil revelaban que no era indiferencia. Tenía miedo. Un miedo bastante razonable, aunque expresado con una elegancia cercana a empujarme hacia los árboles con un palo largo.

-Qué alivio. Por un momento pensé que estaba intentando librarse de mí.

Dejé escapar una risa suave y caminé hasta quedar frente a la valla. Más allá se extendía aquella frontera imperfecta entre el campo ordenado por manos humanas y el bosque que no necesitaba pedir permiso para crecer. Los cerezos formaban una despedida rosada antes de que la luz comenzara a fragmentarse bajo las copas. Las abejas atravesaban ese límite sin vacilar. Ellas no entendían de territorios salvajes, contratos laborales ni historias de osos. Solo seguían aquello que prometía alimento.

-Si encuentro el camino seguro, lo llamaré.

Apoyé una mano sobre la valla y miré por encima del hombro.

-Si encuentro al oso, probablemente grite algo menos científico. Preste atención a la diferencia.

Crucé al otro lado con una ligereza casi juguetona. El traje blanco rozó la madera y durante un instante me sentí exactamente como había imaginado dentro de la cabaña, una nube con piernas escapándose hacia el bosque. Una nube muy bonita, además. No veía ninguna razón para fingir modestia cuando no había nadie cerca que pudiera discutir el resultado. El cambio fue inmediato. El zumbido organizado de las colmenas perdió fuerza detrás de mí y comenzó a mezclarse con hojas, alas, ramas y aves. Para cualquier otra persona habría sido ruido. Para mí era una habitación llena de conversaciones superpuestas. El viento deslizándose por las copas. Un pequeño animal removiendo hojarasca a cierta distancia. El roce de patas minúsculas sobre los pétalos. El batir irregular de las abejas que volvían cargadas y el ritmo más ligero de aquellas que aún buscaban alimento.

Disminuí el paso. No necesitaba perseguirlas. Solo escuchar dónde dejaban de comportarse igual. Las primeras violetas aparecieron casi escondidas entre la hierba, bajas y discretas, como si hubieran aprendido que la mejor forma de llamar la atención era fingir que no querían hacerlo. Me agaché junto a ellas y observé a una de las abejas hundirse entre sus pétalos.

-Hola, sospechosa número uno.

No extendí la mano. Todavía no. Mirar primero, tocar después. Una regla extraordinariamente sencilla que, por alguna razón, los seres humanos olvidaban en cuanto encontraban algo interesante. Seguí con la vista el cuerpo de la abeja. Revisé sus patas posteriores, el abdomen y la zona donde empezaba a compactarse el polen. El color de una flor jamás determinaba necesariamente el color de su polen. Pensar lo contrario era exactamente el tipo de conclusión hermosa, sencilla... y completamente equivocada que arruinaba una investigación.

-Eres violeta y nuestro polen también.

Sonreí detrás del velo.

-Demasiado conveniente.

La naturaleza no resolvía sus acertijos regalando respuestas tan obvias. Si realmente aquellas flores fueran las responsables, necesitaba algo más que una coincidencia cromática para demostrarlo. Mis dedos apenas se movieron dentro del guante. Bajo la tela sentí el cosquilleo familiar recorrer la muñeca. Un único Kikaichū abandonó silenciosamente mi cuerpo deslizándose por el interior de la manga hasta asomarse sobre el dorso de mi mano. Permaneció inmóvil un instante, aguardando una orden que no necesitaba pronunciar. 

El Explorador. Lo observé apenas un segundo antes de devolver la vista a la abeja. No la siguiera demasiado cerca. No debía convertirse en otra variable dentro del comportamiento natural de la colonia. Solo observar. Aprender. Memorizar. Con una simple orden mental el diminuto insecto levantó vuelo y comenzó a seguir discretamente a la obrera desde varios metros de distancia, copiando cada uno de sus cambios de dirección. No necesitaba intervenir. Solo descubrir dónde nacía aquel extraño polen para, cuando regresara, entregarme cada detalle del recorrido que sus diminutos ojos fueran capaces de registrar.
✔Aprendida · 28-07-2026
◈Yang
✦Nivel: 1
#ID: ABUR003R
◔Coste
30 de Chakra
▣Descripción

El usuario ha desarrollado la capacidad de manipular dos tipos especiales de insectos individuales dentro de sus enjambres, manteniendo los mismos requisitos que los Kikaichū normales. La primera variante es el Insecto Explorador, un único insecto capaz de desplazarse a una zona específica para observarla y luego regresar al usuario para transmitir información visual detallada. Este viaje debe realizarse en dos turnos distintos, uno de ida y otro de vuelta, y el insecto tarda aproximadamente 2 segundos en entregar la información tras su retorno. Gracias a esto, el usuario puede reconocer el terreno o detectar enemigos sin exponerse directamente.

La segunda variante es el Insecto Reina, una unidad completamente inmóvil que actúa como punto de referencia para el resto de los insectos, guiándolos mediante la emisión constante de feromonas. Esta Reina no puede moverse por sí sola, por lo que debe ser colocada manualmente sobre una superficie, objeto, persona o estructura por el propio usuario. Tanto los enjambres como los Exploradores pueden localizar y regresar a su posición, y sus movimientos o ataques pueden ser dirigidos para que siempre se orienten hacia donde ella se encuentre. Además, gracias al rastro de feromonas, el Insecto Explorador puede informar al usuario de la dirección exacta en la que se encuentra la Reina sin necesidad de acercarse a ella. La Reina tiene un tiempo limitado fuera del cuerpo del usuario, y tras cualquier interacción con los insectos, al menos un enjambre prioriza su retorno seguro al cuerpo del Aburame. Si la Reina muere, no podrá ser reemplazada durante el resto del tema.

✧Efecto
2 (MCCK) de Turnos para la Reina Fuera del Cuerpo - 30 (MDES) de Rango Máximo

Mientras tanto, yo todavía tenía un bosque entero por leer. Me incorporé y avancé hacia la lavanda. Su aroma se imponía incluso antes de llegar hasta ella, intenso y reconocible, bastante más escandaloso que el de las pequeñas violetas. Varias abejas se movían entre sus espigas y durante unos segundos me limité a observar sus entradas y salidas. Cuánto tiempo permanecían. Cuántas flores visitaban. Si regresaban directamente hacia las colmenas o continuaban internándose en el bosque.

Mi cabeza empezó a enumerar posibilidades. Las violetas podían ser la fuente. La lavanda también. Ambas podían ser inocentes. El polen podía proceder de una especie mucho menos evidente que simplemente compartía aquella tonalidad. O quizá las abejas no estaban alteradas por el polen, sino por algo que encontraban junto a él. Agua. Minerales. Hongos. Residuos de alguna planta medicinal. Una sustancia acumulada cerca del viejo canal de riego. Mi sonrisa se ensanchó.

-Ah ahí estás.

No había encontrado la respuesta. Había encontrado una pregunta mejor. En lugar de regresar, busqué con la mirada a las obreras que abandonaban las flores. Algunas volvían hacia el apiario. Otras continuaban internándose entre raíces y sombras como pequeñas flechas doradas. Esas eran las verdaderamente interesantes. Me llevé distraídamente un dedo enguantado hasta los labios, pero la gruesa tela del traje volvió el gesto completamente insatisfactorio. Fruncí apenas el ceño. Después hundí suavemente los dientes sobre la parte interior de mi propia manga, justo donde descansaba el antebrazo. Cerré los ojos. Uno. Dos. Las hipótesis dejaron de atropellarse unas a otras y comenzaron a acomodarse en un orden mucho más amable.

Sonreí. No necesitaba correr detrás de las abejas. Una ya estaba siendo seguida por mis propios ojos prestados. El resto del tiempo podía dedicarlo a comprender el escenario. Si el Explorador encontraba el origen del vuelo, regresaría hasta mí para mostrarme exactamente lo que hubiera visto. Si no, todavía tendría suficientes datos para continuar descartando hipótesis.

Reanudé la marcha hacia el terreno irregular que conducía al antiguo canal. No arrancaría ninguna flor ni acusaría a una especie únicamente por compartir el color correcto. Primero debía confirmar qué polen transportaban realmente las obreras, después descubrir el lugar exacto donde lo recolectaban y, finalmente, comprender por qué lo preferían sobre todas las demás flores del apiario. Y, por supuesto. Intentar no convertirme en el almuerzo de un oso durante el proceso. Mis pasos avanzaban despacio, pero mis oídos hacían exactamente lo contrario. Dejé que el bosque hablara. Cada rama quebrándose bajo un peso excesivo, cada roce profundo entre los arbustos, cada respiración demasiado pesada para pertenecer a un ave o a un insecto era registrada mientras mis ojos seguían el vuelo de las pequeñas obreras.

-Vamos, pequeñas criminales. Enséñenme dónde esconden lo bueno.
Naoto
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02-08-2026, 08:50 PM
La inteligente maniobra de la Aburame enviando uno de sus propios insectos le ofrecería información exacta. Mientras ella investigaba a las sospechosas más cercanas al apiario, otras abejas se veían atraídas hacia una dirección alejada y parecían ignorar por completo las flores más cercanas. Los minutos pasaban, diez, quince quizás.
 
Sin embargo, el tiempo se detuvo para la joven, posiblemente, al darse cuenta de que su querida exploradora no regresó. La abeja tampoco. De hecho, parecía como si se hubiese esfumado. Esa era la sensación. Como si a un Inuzuka se le hubiese extraviado su compañero canino.
 
La muralla natural de árboles separaba el apiario del viejo canal de riego. El paisaje demostraba una vez más como la naturaleza reclamaba su territorio a pesar de las adversidades creadas por los humanos.
 
En la orilla del canal un par de cabañas derruidas acompañaban el paisaje; la madera estaba podrida, los objetos y muebles que habían sido abandonados allí producían una sensación de escalofríos, demasiada tranquilidad en ese paisaje deshabitado. La canaleta contenía a sus laterales una inclinación recubierta con piedra bien conservada, pero repleta de musgo, con algunas grietas que filtraban el agua hacia los costados provocando que diferentes plantas crecieran a los bordes aprovechando el agua como ningún otro. Este se dividía en dos, hacia la derecha seguía sin final aparente, y a la izquierda parecía finalizar entre los matorrales, poco visible, pero bastaba con concluir que esa zona del canal no concluyó su construcción durante el periodo activo del canal. En el centro, a la altura de las cabañas, una compuerta permitía el paso del agua a través de esas bifurcaciones. En la izquierda, otra cabaña de mayor tamaño estaba junto a la orilla; su techo en gran parte estaba destruido. El paisaje no enviaba ningún mensaje concreto a aquellos que lo mirasen. La clave estaba en los insectos.
 
A medida que uno se acercaba al lugar abandonado, el instinto de supervivencia podría indicarle que ese lugar no era normal. Algo pasaba. Una cantidad abrumadora de insectos se movían alrededor de la Aburame, deslizándose cerca de su cabeza. Parecían inofensivos, adormecidos, atraídos hacia el canal.
 
Eso ya era un buen indicio.
 
La compuerta que abría paso al agua hacia la última cabaña tenía varias descripciones marcadas en un tablero de madera; entre el musgo y la podredumbre era difícil leer todo.
 
“Ce cuando fin t no. No jar erto el llo”
 
Debajo de las instrucciones, un antiguo sello shinobi estaba pegado sobre la manija giratoria. Si se alzaba la mirada y se apoyaba sobre el canal, se podría ver pequeños palos de madera incrustados en el centro del agua con sellos del mismo tipo. Todos estaban conservados. Una persona normal no se daría cuenta, pero alguien con un mínimo de control de chakra (10) podría percatarse al instante que esos sellos estaban impregnados en chakra, que fluía a través del agua en dirección hacia la izquierda para acompañar la irrigación del lugar, con algún objetivo civil específico. ¿Cómo puede ser que aún estén tan bien conservados?
 
Las dos primeras cabañas ofrecían poca información. Una parecía funcionar como una oficina pequeña y la otra parecía indicar por sus camas que era un lugar de descanso para los peones.
 
Si se seguía el camino de sellos hacia la bifurcación de la izquierda, el revoloteo de los insectos se pronunciaba mayor, devolviendo el zumbido a los oídos de Carina. El paisaje cambiaba por completo. Los bordes dejaban de estar ocupados por la hierba alta, pues parecían perder fuerza contra algo que asombraría a la ninja. Los laterales que acompañaban el estructurado fluido que culminaba al lado de la cabaña estaban repletos de flores violáceas, su color era tan profundo que la mirada se podía perder en ellas; todas estaban inclinadas hacia la choza derruida.  Algunas raíces expuestas sobresalían del mugriento barro oscuro y resbaladizo alrededor del agua, todo confluía en la última cabaña. Un par de árboles alrededor, similares a los cientos que la Aburame habrá visto, también parecían torcidos hacia la cabaña, invadidos por pétalos violáceos y amarrados con raíces invasoras.
 
Los insectos se posaban sobre las flores que emitían un aroma tan suave y dulce que parecía el mejor postre que podrías haber probado. Cada paso que la muchacha daba hacia esa dirección, la intensidad del olor penetraba cada rincón de sus fosas nasales. Mariposas, polillas, hormigas, escarabajos, abejas, arañas, todas parecían estar aliadas en una misma causa: servirse del néctar que estas flores ofrecían. Los insectos revoloteaban anormales, confusos, rendidos. Eran cientos, o miles de flores, eran interminables, una al lado de la otra, todas pegadas, como una plaga. La flor se caracterizaba por ser grande, algunas estaban cerradas, otras, en ese proceso. ¿Cerradas? De pronto, al indagar más, se podría ver el rastro de extremidades de insectos por todos lados, en cada superficie de la planta. Patas, alas, aguijones, cabezas, algunos insectos aplastados por una fuerza desconocida que producía la planta. Por suerte para la ninja, entre todos los insectos que se paseaban por las flores abiertas, Kikaichū estaba dándose un manjar junto a la abeja que estaba persiguiendo. Ambos disfrutando de esa droga.  
 
La última cabaña invitaba a pasar a cualquier invitado, su puerta estaba en el suelo. El rastro de los sellos terminaba en ese mismo lugar. Apenas uno pusiese el pie sobre la cabaña, podría ver gracias a los rayos del sol que atravesaban las aberturas del techo que una norme planta carnívora de aspecto violáceo se encontraba al fondo de la habitación, rodeada de lo que parecería cultivos herbolarios, restos de utensilios medicinales. Los cultivos estaban envueltos en agua y barro, en plataformas cuadradas de tierra que conectaban con el piso de la cabaña, y por debajo recibían el agua del canal. Todas parecían normales a excepción de la que estaba al fondo. Una estudiosa del campo medicinal, de herboristería o alguien con inteligencia suficiente podría percatarse de que aquellas plantas eran campanillas del reposo, o “gotas violetas”, una planta muy difícil de conseguir y con fines medicinales, receptora de chakra. Sin embargo, la del fondo había mutado a un nivel irresponsable. La planta poseía tallos oscuros y delgados, hojas anchas húmedas y muy brillantes, flores violetas intenso y vetas azuladas que emitían luz propia, débilmente. Su polen, definitivamente era violeta. Su presencia embriagaba a cualquiera, produciendo una sensación de querer devorar cada flor como si fuesen dulces, como si fuese un budín. Pero la triste realidad estaba a la vista. Era una trampa mortal para especies no humanas.
 
De pronto, el quejido de un animal se oye a la derecha de Carina. En el rincón, tirado de espalda contra la pared, con su panza inflada y su mirada puesta sobre la Aburame se encontraba un oso. Los labios peludos del animal estaban manchados, violetas. Observaba a la muchacha, amenazante, pero en sus ojos había una obligatoria calma. Estaba desorientado. Adormecido.
 
Una cosa era evidente. Esa planta era un peligro para todo el ecosistema.
Carina Aburame
Rango Genin
Clan Aburame
Nivel 7
Estadísticas
Generales
Fuerza10(1)
Destreza50(3)
Ctrl. de Chakra45(2)
Inteligencia0(1)
Especiales
Salud9
Velocidad9
Tenketsu11
Sigilo14
320
425
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03-08-2026, 12:02 AM
Última modificación: 03-08-2026, 12:02 AM por Carina Aburame.
Los minutos comenzaron a deslizarse con una lentitud desesperante. Al principio no les presté demasiada atención. Continué observando las flores, el comportamiento de las obreras y el viejo canal con la paciencia que cualquier investigación exigía. La ciencia no premiaba a quienes corrían; premiaba a quienes sabían esperar. Mi Explorador conocía perfectamente su tarea. Observar. Memorizar. Regresar. Siempre regresaba. No tenía curiosidad propia, ni miedo, ni dudas. Su voluntad era la mía. Si le había ordenado volver, volvería.

Cinco minutos. Quizá siete. Después diez. Mi sonrisa empezó a desdibujarse. No porque hubiera encontrado una respuesta. Porque había dejado de recibirlas. Me descubrí mirando distraídamente el dorso de mi propio guante, el mismo lugar donde el pequeño Kikaichū solía aterrizar para devolverme todo cuanto había visto. Vacío. Completamente vacío. Aquella ausencia resultaba extrañamente incómoda. Miles de Kikaichū vivían bajo mi piel desde hacía años. Sabía perfectamente que un individuo no representaba a toda la colonia. Lo entendía. Lo aceptaba. Pero una cosa era comprenderlo con la razón y otra muy distinta convencer al corazón. Bajé lentamente la vista. ¿Dónde estás?

Mi voz apenas fue un susurro. Intenté construir explicaciones razonables. Quizá la ruta era más extensa de lo previsto. Quizá había encontrado una nueva fuente de alimento. Quizá estaba esperando el momento adecuado para regresar. Una hipótesis. Después otra. Después una tercera. Ninguna conseguía tranquilizarme. Fue entonces cuando comprendí algo que hasta ese instante había pasado completamente desapercibido. La abeja tampoco había vuelto. Ni ella. Ni mi Explorador. Como si el bosque hubiese decidido tragárselos a ambos sin dejar siquiera un rastro.

Sentí un pequeño vacío en el pecho. Hachirō jamás había perdido el control de sus abejas. Simplemente había dejado de comprenderlas. Y yo acababa de sentir exactamente lo mismo. Respiré hondo. La investigación acababa de cambiar. Ya no estaba buscando una flor. Estaba buscando el motivo por el que dos insectos, guiados por naturalezas completamente distintas, habían elegido desaparecer en la misma dirección.

Seguí avanzando hasta que el viejo canal comenzó a abrirse paso entre los árboles. Las cabañas derruidas, los tablones consumidos por la humedad y el musgo cubriendo la piedra componían un paisaje donde el tiempo parecía haberse detenido décadas atrás. Sin embargo, había algo que seguía vivo. Los sellos. Permanecían adheridos a la madera, atravesados por un flujo constante de chakra que aún recorría el agua como si alguien hubiese olvidado cerrar un experimento mucho tiempo atrás. Me agaché junto al borde del canal y observé el flujo durante unos segundos.

-Sigues funcionando.

No era normal. Nada de aquello era normal. El agua seguía alimentando aquel rincón olvidado y la vegetación respondía con un vigor que ninguna primavera, por generosa que fuera, podía explicar por sí sola. Continué avanzando. Las flores comenzaron a multiplicarse. Primero unas pocas. Después decenas. Luego cientos.
Hasta que el violeta terminó devorándolo absolutamente todo. No tardé en comprender por qué. El aroma era casi imposible de describir. No era intenso. No era invasivo. Era perfecto. La clase de perfume que uno no quería abandonar jamás. Las mariposas revoloteaban con movimientos lentos. Los escarabajos permanecían inmóviles sobre los pétalos. Las hormigas caminaban sin rumbo aparente. Las abejas ignoraban cualquier otra flor del bosque. Incluso el enorme oso recostado junto a la pared conservaba los labios teñidos de aquel mismo color violáceo y una mirada perdida que hablaba de agotamiento antes que de agresividad. 

Entonces vi los restos. Alas. Patas. Antenas. Aguijones. Pequeños cuerpos aplastados entre pétalos que alguna vez debieron cerrarse sobre ellos. La belleza tenía hambre. Y comprendí inmediatamente que aquella planta jamás había sido el problema original. Había sido la solución de alguien. Una campanilla del reposo cultivada con fines medicinales. Alimentada durante años mediante un sistema de irrigación cargado de chakra. Cuidada. Potenciada. Mejorada. Hasta que dejó de ser una medicina. Y empezó a comportarse como un depredador. 

Fue en ese preciso instante cuando sentí el cosquilleo. Leve. Familiar.Tan familiar que mi preocupación desapareció antes incluso de girarme. Una pequeña silueta abandonó lentamente el océano de flores y comenzó a volar hacia mí. El Explorador regresaba. Su vuelo era mucho más pesado que de costumbre, como si abandonar aquel perfume le hubiera costado un esfuerzo inmenso. Aun así, no dudó. No vaciló. No se dejó tentar una segunda vez. Había recibido una orden. Y estaba volviendo a casa. Sonreí con un alivio que jamás habría admitido delante de nadie.

-Buen trabajo.

El pequeño Kikaichū aterrizó sobre el dorso de mi guante y permaneció completamente inmóvil. Uno. Dos. Las imágenes comenzaron a desplegarse dentro de mi mente. Vi exactamente lo que él había visto. La abeja abandonando la colmena. Ignorando los cerezos. Las acacias. Las violetas. La lavanda. Volando cada vez más lejos hasta alcanzar aquel rincón olvidado. Después descendía una vez. Dos. Tres. Cada regreso a la misma flor era más lento que el anterior. Dejaba de buscar alimento. Empezaba a permanecer. Volvía a beber. Se cubría del polen violáceo. Perdía el interés por regresar. No era una elección. Era una dependencia. 

Abrí lentamente los ojos. Todo encajaba con una precisión casi dolorosa. Acaricié suavemente el pequeño exoesqueleto del Explorador antes de permitirle regresar junto al resto de la colonia bajo el traje. No había nada más que descubrir aquel día. La respuesta ya estaba delante de mí. Abandoné la vieja cabaña sin apartar la vista de aquella inmensa flor violácea. Sabía que no podía destruirla, ni manipularla, ni siquiera arrancar una muestra sin el equipo adecuado, además había un puto oso. Soy entusiasta no suicida. Aquello excedía por completo las capacidades de una simple misión de rango E y requería la intervención de especialistas en botánica, medicina y sellos de chakra y animales salvajes. Yo era todo eso, pero en desarollo. 

Cuando regresé al apiario, Hachirō salió a mi encuentro antes incluso de que cruzara la cerca. Su expresión buscaba respuestas mucho antes de atreverse a formular preguntas. Lo observé unos segundos antes de quitarme lentamente el velo del traje. 

-Tus abejas no están enfermas.

Guardé un breve silencio.

-Están siendo atraídas por una mutación de una antigua planta medicinal que creció junto al viejo canal de riego, o eso es lo que deduje. El sistema de irrigación todavía transporta chakra y, esa planta se alimenta hasta convertirse en una trampa para cualquier insecto que se acerque. El polen violeta proviene de ella. La miel cambiará mientras las flores sigan allí y no son solo las abejas. Todo el ecosistema está siendo afectado.

Miré una vez más el vuelo tranquilo de las obreras alrededor de las colmenas. Después sonreí.

-Hoy no resolvimos únicamente el misterio de una miel distinta. Descubrimos que la naturaleza, cuando se la alimenta durante demasiado tiempo sin comprenderla, siempre termina escribiendo sus propias reglas. Yo me encargo del informe, debemos venir con un equipo especializado. 

Y, por primera vez en toda la misión, me marché con una sensación que no aparecía muy a menudo. No todas las preguntas debían responderse con las manos. Algunas merecían ser entregadas a quienes pudieran proteger aquello que aún no entendíamos.
Masashi Kishimoto
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03-08-2026, 12:26 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Misión | E] La miel perfecta (TID 14419)
Tipo: Misión Normal · Rango: E
  • Carina Aburame — Participante (100%): 250 Ryos, 2 Tobis, 50 Exp
  • Naoto — Narrador No Oficial (100%): 250 Ryos, 0 Tobis, 35 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Masashi Kishimoto
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03-08-2026, 12:27 AM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Misión | E] La miel perfecta (TID 14419)
Tipo: Misión Normal · Rango: E
  • Carina Aburame — Participante (0%): 0 Ryos, 0 Tobis, 0 Exp
  • Naoto — Narrador No Oficial (0%): 0 Ryos, 0 Tobis, 0 Exp, Pergamino PERG001

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Himawari
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03-08-2026, 12:28 AM
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