31-07-2026, 03:20 AM
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El aroma dulzón y persistente del caramelo recién hecho impregnaba la brisa de la primavera, chocando de forma extraña con el olor a humedad y metal oxidado que desprendía el carro de Katsuo. Bajo la gruesa capa de ropa oscura típica de su clan, Carina Aburame mantuvo la compostura, inmune en apariencia a las burlas del viejo mercader sobre los kikaichu y el cambio radical de sus tareas habituales.
Bajo la superficie de su piel, el leve y familiar zumbido de sus insectos servía como recordatorio constante de su verdadera naturaleza ninja, muy alejada de la imagen de una inocente vendedora de golosinas. No obstante, las misiones de rango E exigían paciencia, diplomacia y, sobre todo, no llamar la atención innecesariamente en medio de la concurrida zona comercial de Konoha.
Miró de reojo la bandeja llena de coloridas muestras del nuevo sabor antes de posar sus oscuros ojos sobre el rostro curtido del buhonero. Sabía perfectamente que tratar con personajes como Katsuo era caminar por la cuerda floja entre la información útil y los enredos innecesarios que solo traen dolores de cabeza al departamento de misiones. Sin embargo, la curiosidad inherente a cualquier shinobi operativo hizo que sopesara la propuesta por un instante.
—Los insectos no necesitan azúcar para trabajar, Katsuo, pero a veces un poco de dulce ayuda a mantener la paz en las calles de la aldea —respondió Carina con voz serena, inexpresiva y cortante—. Si tienes mercancía del este, guárdatela para los clientes que buscan problemas. Mi única misión hoy es repartir estas muestras antes de que los niños de la zona me dejen sin inventario. Así que, si no vas a aceptar un caramelo de manera pacífica, te sugiero que muevas ese carro antes de que mis pequeños amigos decidan hacer un nido en tus baratijas oxidadas.
Katsuo parpadeó, visiblemente intimidado por la sutil amenaza. Carina dio un paso firme, ignorándolo.
El aroma dulzón y persistente del caramelo recién hecho impregnaba la brisa de la primavera, chocando de forma extraña con el olor a humedad y metal oxidado que desprendía el carro de Katsuo. Bajo la gruesa capa de ropa oscura típica de su clan, Carina Aburame mantuvo la compostura, inmune en apariencia a las burlas del viejo mercader sobre los kikaichu y el cambio radical de sus tareas habituales.
Bajo la superficie de su piel, el leve y familiar zumbido de sus insectos servía como recordatorio constante de su verdadera naturaleza ninja, muy alejada de la imagen de una inocente vendedora de golosinas. No obstante, las misiones de rango E exigían paciencia, diplomacia y, sobre todo, no llamar la atención innecesariamente en medio de la concurrida zona comercial de Konoha.
Miró de reojo la bandeja llena de coloridas muestras del nuevo sabor antes de posar sus oscuros ojos sobre el rostro curtido del buhonero. Sabía perfectamente que tratar con personajes como Katsuo era caminar por la cuerda floja entre la información útil y los enredos innecesarios que solo traen dolores de cabeza al departamento de misiones. Sin embargo, la curiosidad inherente a cualquier shinobi operativo hizo que sopesara la propuesta por un instante.
—Los insectos no necesitan azúcar para trabajar, Katsuo, pero a veces un poco de dulce ayuda a mantener la paz en las calles de la aldea —respondió Carina con voz serena, inexpresiva y cortante—. Si tienes mercancía del este, guárdatela para los clientes que buscan problemas. Mi única misión hoy es repartir estas muestras antes de que los niños de la zona me dejen sin inventario. Así que, si no vas a aceptar un caramelo de manera pacífica, te sugiero que muevas ese carro antes de que mis pequeños amigos decidan hacer un nido en tus baratijas oxidadas.
Katsuo parpadeó, visiblemente intimidado por la sutil amenaza. Carina dio un paso firme, ignorándolo.