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[Misión C Autonarrada] Los cascos en la niebla
Orión Hoshigaki
Rango Chuunin
Clan Hoshigaki
Nivel 13
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Generales
Fuerza100(5)
Destreza25(2)
Ctrl. de Chakra60(3)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud11
Velocidad14
Tenketsu11
Sigilo15
560
535
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27-07-2026, 09:46 PM
21 de verano del Año 150
Kirigakure no sato

La humedad de los canales exteriores se aferraba a la ropa como una segunda piel. La mañana todavía no había terminado de despertar cuando Orión abandonó Kirigakure siguiendo el mismo recorrido que, días atrás, había utilizado la banda dedicada al contrabando de caballos. La organización había sido detenida, los animales recuperados y varias barcazas confiscadas, pero la misión nunca había terminado de cerrarse realmente. Había demasiadas preguntas sin respuesta. Ninguno de los traficantes sabía explicar quién compraba los caballos, por qué se exigía que fueran entregados con vida o por qué algunos de los animales rescatados presentaban pequeñas heridas circulares en el cuello y las patas.

Orión caminaba solo por una senda embarrada que atravesaba los humedales del norte. Llevaba las nudilleras ajustadas, una transformada en Funato asegurado junto al cuerpo y el viejo cuaderno protegido dentro de la ropa. Entre los dientes mordía una astilla de madera seca, aunque aquella mañana apenas la trituraba. Pensaba demasiado. Los traficantes habían actuado como simples transportistas, personas pagadas para llevar una mercancía que ni siquiera comprendían. El verdadero destino de los caballos se encontraba más allá de las rutas habituales, cerca de una zona de acantilados donde no existían establos, mercados ni caminos comerciales.

El informe recuperado durante la captura apenas contenía una frase escrita con tinta corrida, “Entrega completa en el almacén blanco. Conservar el pulso”. Aquellas últimas palabras habían transformado una investigación de contrabando en algo mucho más inquietante. Los caballos no debían llegar sanos por su valor como animales. Alguien necesitaba que su sangre continuara circulando.

Orión avanzó sin apresurarse. Contaba cada paso para mantener la mente ocupada. "Quinientos nueve. Quinientos diez. Quinientos once." La senda comenzó a estrecharse conforme se aproximaba a la costa. A un lado se levantaban paredes de piedra oscura cubiertas de musgo; al otro, el terreno descendía hacia una franja de agua gris donde varias embarcaciones abandonadas se mecían con suavidad. No había pescadores trabajando, tampoco comerciantes ni aldeanos. El lugar parecía demasiado silencioso incluso para los límites de Kirigakure.

Orión se detuvo frente a una marca reciente en el barro. La huella pertenecía a una herradura grande. No era antigua. La lluvia de la noche anterior habría borrado cualquier rastro de días pasados, por lo que aquel caballo había cruzado la zona después de la tormenta. Se agachó y apoyó dos dedos junto al borde de la marca. El barro todavía conservaba humedad en el interior. Cerca había otra huella, luego otra, pero todas desaparecían de repente frente a una sección rocosa del camino. Orión levantó la vista y observó el acantilado. No había ningún establo. No había corrales. Solo un almacén viejo pintado de blanco, construido demasiado cerca del borde. "El pez que no ve el anzuelo termina cenando dentro del pescador."

La frase no tenía demasiado sentido, pero pronunciarla le ayudó a liberar parte de la tensión. Continuó avanzando hasta quedar a cierta distancia del edificio. El almacén tenía las ventanas cerradas con tablones y una enorme puerta doble reforzada con hierro. Desde el exterior parecía abandonado, aunque el terreno contaba otra historia. Las ruedas de varios carros habían dejado surcos recientes y, cerca de una pared, alguien había limpiado apresuradamente manchas oscuras que descendían hasta una canaleta. Orión no necesitó acercarse para reconocer el olor. Hierro. Sangre. Permaneció inmóvil durante unos segundos. Su olfato era demasiado sensible como para confundirlo con óxido o agua estancada. Aquello era sangre fresca, aunque el aroma no pertenecía únicamente a animales. Había algo diferente mezclado en el ambiente, algo más cercano, más humano.

El Hoshigaki rodeó el almacén evitando pisar las zonas blandas del suelo. En la parte trasera encontró una puerta pequeña con el cerrojo roto desde dentro. No parecía una entrada habitual. Más bien una salida utilizada con prisa. Cerca del marco descansaba un trozo de tela gris atrapado en un clavo y, sobre la piedra, una línea de gotas oscuras conducía hacia los matorrales. Orión siguió el rastro durante algunos metros hasta encontrar a un hombre tendido junto a unas rocas. Vestía una bata sucia debajo de un abrigo demasiado grande. Respiraba con dificultad y tenía una venda improvisada alrededor del brazo. No parecía un mercenario. Sus manos eran delgadas y estaban cubiertas de pequeñas manchas de tinta y productos químicos. El hombre abrió los ojos cuando sintió la presencia del shinobi.

-No se acerque.

Orión se detuvo.

-Necesita ayuda.

-No necesito volver ahí.

El desconocido intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a permanecer apoyado contra la roca. Miró hacia el almacén con verdadero terror.

-Ya comenzaron a limpiar todo. Van a quemar los documentos, las muestras también a los sujetos.

Orión apretó lentamente la mandíbula sobre la astilla de madera.

-¿Qué sujetos?

El hombre respiró varias veces antes de contestar.

-Personas.

El silencio se volvió pesado.

- Los caballos solo eran materia prima.

El hombre soltó una risa débil y amarga.

-Durante unos minutos.

Una ráfaga de viento húmedo cruzó el acantilado. Desde el interior del almacén llegó un golpe metálico, seguido por algo parecido al arrastre de una cadena. El supuesto edificio abandonado estaba ocupado. El científico comenzó a temblar.

-Yo solo registraba los resultados. No sabía lo que hacían cuando acepté el trabajo.

Orión guardó silencio. Las excusas no cambiaban los hechos, pero aquel hombre todavía podía servir para rescatar a quienes permanecieran dentro.

-¿Cuántos?

-Seis guardias. Dos investigadores. Tal vez más abajo.

Orión observó el almacén.

- ¿Más abajo?

El hombre señaló con dificultad hacia la construcción.

-El almacén es solo la entrada. 

Un nuevo ruido surgió desde el edificio. Esta vez fueron voces. Alguien había descubierto la puerta abierta o notado la ausencia del científico. Orión se quitó el trozo de madera de la boca y lo guardó en el bolsillo. Luego ayudó al hombre a ocultarse entre dos formaciones rocosas, lejos del camino principal. No podía cargarlo hasta Kirigakure sin alertar a quienes se encontraban dentro. Tampoco podía ignorar lo que acababa de escuchar.

-Quédese aquí.

El científico lo sujetó por la muñeca.

-No entre solo.

Orión bajó la mirada hacia aquella mano temblorosa.

-No estoy solo.

El hombre miró alrededor, confundido. Orión apoyó una mano sobre el cuaderno oculto bajo la ropa y después dirigió los ojos hacia el mar. 

-Los muertos pesan más cuando uno intenta dejarlos atrás.

Se incorporó y regresó hacia el almacén. El objetivo inicial había sido confirmar el destino de los caballos y recuperar pruebas de la operación. Ahora sabía que había personas encerradas bajo el acantilado y que los responsables estaban preparándose para borrar cualquier evidencia. La misión de contrabando había terminado. La verdadera acababa de comenzar.

Orión permaneció varios segundos frente a la puerta trasera del almacén, escuchando las voces que llegaban desde el interior. No distinguía todas las palabras, pero sí el tono apresurado de quienes sabían que algo había salido mal. El golpe metálico volvió a repetirse, seguido por el resoplido nervioso de un caballo y el sonido de unas cadenas tensándose contra una superficie dura. El científico había hablado de sujetos, investigadores y niveles ocultos bajo el acantilado, pero su relato parecía confuso, probablemente alterado por el miedo y la pérdida de sangre. Antes de sacar conclusiones, Orión necesitaba ver el lugar con sus propios ojos.

La puerta estaba entreabierta. El cerrojo roto permitía que una línea de luz escapara hacia el exterior. Orión apoyó una mano sobre la madera y empujó lentamente, procurando que las bisagras no revelaran su entrada. El interior del almacén era mucho más amplio de lo que aparentaba desde fuera. Varias filas de cajas cubiertas con telas ocupaban la zona central, mientras grandes jaulas de transporte descansaban junto a las paredes. El olor a sangre era más intenso allí dentro, mezclado con sudor animal, paja húmeda y sustancias que no lograba reconocer. No encontró personas encerradas. Encontró caballos.

Había ocho animales distribuidos en pequeños compartimentos improvisados. Algunos permanecían de pie, inquietos, golpeando el suelo con los cascos. Otros apenas podían sostenerse. Tenían las cabezas bajas, los cuerpos cubiertos de sudor y pequeñas heridas circulares marcadas a lo largo del cuello y las patas delanteras. Tubos transparentes conectaban algunos de aquellos cortes con recipientes de vidrio parcialmente llenos de sangre. Orión apretó los dientes.

Aquello explicaba por qué los contrabandistas recibían órdenes de conservar el pulso. Los caballos no estaban siendo trasladados para venderlos, criarlos o utilizarlos como animales de carga. Eran llevados allí para extraerles la sangre lentamente, manteniéndolos vivos el mayor tiempo posible. Dos hombres trabajaban junto a una mesa metálica. Uno revisaba los recipientes mientras el otro anotaba cantidades sobre una planilla. Ninguno había notado todavía la presencia del Hoshigaki.

-El tercero está produciendo menos que ayer.
-Entonces aumentá la dosis.
-Si aumentamos la dosis, puede caer.
-Mientras siga respirando, todavía sirve.

Orión avanzó un paso. Una tabla crujió bajo su peso. Los dos hombres giraron al mismo tiempo. El primero buscó inmediatamente un cuchillo entre sus ropas, mientras el segundo retrocedió hasta chocar contra la mesa.

-¿Quién demonios sos?

Orión no respondió. Sus enormes ojos recorrieron los tubos, los recipientes y los animales debilitados. El hombre armado levantó el cuchillo.

-Este lugar está cerrado. Andate y olvidá lo que viste.

Orión dejó escapar lentamente el aire por la nariz. No tenía intención de olvidar nada.

—Los caballos se vienen conmigo.

El segundo hombre soltó una risa nerviosa.

-No tenés idea de para quién trabajamos.

-Tampoco recuerdo caras.

La respuesta desconcertó a ambos. Orión continuó avanzando.

-Recuerdo olores.

El hombre del cuchillo se lanzó hacia él intentando aprovechar la aparente lentitud del Hoshigaki. Orión esperó hasta que la hoja estuvo lo bastante cerca. Entonces giró el torso, dejó pasar el ataque junto a su costado y descargó un golpe seco con la nudillera contra el antebrazo del agresor. El cuchillo cayó al suelo. Antes de que el sujeto pudiera recuperarse, una segunda embestida lo alcanzó en el pecho y lo lanzó contra una de las cajas. El otro intentó huir hacia una puerta lateral.
Orión extendió el brazo y sujetó la parte trasera de su abrigo antes de que alcanzara la salida. El hombre quedó suspendido durante un instante, agitando las piernas sin conseguir soltarse.

-¡Esperá! ¡Yo solo llevo las cuentas!

-Las cuentas también sangran.

Lo dejó caer contra el suelo y utilizó una cuerda abandonada para inmovilizarlo junto a su compañero. Ninguno parecía ser shinobi ni estaba preparado para enfrentarse a alguien enviado por Kirigakure. Eran trabajadores contratados para cumplir órdenes, pero eso no los volvía inocentes. Orión se dirigió inmediatamente hacia los caballos. Retiró con cuidado los tubos que todavía permanecían conectados a sus cuerpos y utilizó trozos de tela limpia para presionar las heridas. No poseía conocimientos médicos avanzados, aunque comprendía lo suficiente como para saber que debía evitar que siguieran perdiendo sangre. Los animales estaban débiles, pero ninguno parecía encontrarse en peligro inmediato de morir si recibía atención pronto.

Uno de los caballos más grandes retrocedió al sentirlo cerca. Orión dejó la mano extendida sin tocarlo, permitiéndole reconocer su presencia. El animal olfateó sus dedos y terminó bajando lentamente la cabeza.

-Tranquilo.

El caballo resopló.

-Hoy nadie bebe de ustedes.

Orión recorrió el resto del almacén en busca de documentos. Sobre la mesa encontró registros detallados con fechas, cantidades extraídas y números asignados a cada animal. No aparecían nombres de compradores ni direcciones completas. Los responsables se comunicaban mediante códigos, evitando incluir información que pudiera comprometerlos si el almacén era descubierto. Sin embargo, una de las hojas tenía una anotación reciente escrita en el margen. “Trasladar las reservas al depósito F-13. Puerto Funato. Entrada durante el cambio de guardia.”

Orión leyó la frase dos veces. Debajo había un símbolo formado por tres líneas curvas alrededor de un círculo oscuro. El mismo dibujo aparecía marcado en varios recipientes de sangre preparados para el transporte. Aquello confirmaba que el almacén del acantilado no era el destino final. Solo funcionaba como punto de extracción. La sangre era enviada posteriormente hacia otro lugar, uno mucho mejor protegido y escondido dentro del propio Puerto Funato.

El Hoshigaki guardó los registros bajo la ropa y revisó las cajas cerradas. Dentro encontró frascos vacíos, agujas, vendas, sedantes para animales y recipientes sellados con el mismo símbolo. No había pruebas de experimentos humanos en aquel sitio. Tampoco existían niveles subterráneos. El supuesto científico había exagerado o confundido información que había escuchado mientras trabajaba para la organización. El almacén ocultaba una operación cruel, pero sencilla, recibir los caballos robados, mantenerlos con vida, extraer su sangre y enviar el producto hacia Kirigakure. Uno de los hombres atados comenzó a moverse.

-No vas a encontrar el depósito.

Orión giró la cabeza.

-Ya lo encontré.

El sujeto sonrió pese al dolor.

-F-13 no aparece en ningún mapa. Ni siquiera la mayoría de los trabajadores del puerto sabe que existe.

Orión se acercó y se agachó frente a él.

-Entonces me dirás dónde está.

-¿Y si no quiero?

El Hoshigaki tomó del suelo la astilla de madera que había guardado antes y volvió a colocarla entre sus dientes. Crujió lentamente. El hombre observó la fuerza de aquella mandíbula y perdió parte de su seguridad.

-Debajo de los antiguos depósitos Funato.

Orión esperó.

-Hay una compuerta oculta detrás de las cámaras de refrigeración. Solo se abre durante el cambio de guardia de la noche. Los carros entran por el callejón oriental.

-¿Qué hacen con la sangre?

El hombre apartó la mirada.

-No lo sé. Nosotros solo llenamos los recipientes.

Orión reconoció el olor del miedo. El sujeto estaba diciendo la verdad, o al menos la parte de la verdad que conocía. Después de asegurar todas las pruebas, abrió las puertas principales del almacén para permitir la entrada de aire y preparó a los caballos para abandonar el lugar. Los animales avanzaban con dificultad, por lo que el regreso sería lento. Antes de partir, encontró una campana de emergencia junto a la entrada y la hizo sonar varias veces. El ruido viajaría por los humedales y alertaría a las patrullas cercanas de Kirigakure.

El científico seguía escondido entre las rocas cuando Orión salió acompañado por los primeros caballos. Al ver que no había personas cautivas ni laboratorios bajo tierra, bajó la mirada con evidente vergüenza. Había mezclado rumores con hechos, quizá intentando convencer al shinobi de entrar y detener una operación de la que él mismo había formado parte. Orión no lo reprendió. Eso correspondería a quienes realizaran el interrogatorio. Antes de iniciar el regreso, sacó el viejo cuaderno y anotó cuidadosamente el código del depósito, el símbolo encontrado en los frascos y las indicaciones entregadas por el prisionero. Depósito F-13. Antiguas cámaras de refrigeración. Callejón oriental. Cambio de guardia nocturno.

Cerró el cuaderno y dirigió la mirada hacia el camino que conducía nuevamente a Kirigakure. Había detenido la extracción y rescatado a los caballos, pero la sangre acumulada durante semanas ya había sido enviada a su verdadero destino. El almacén ultrasecreto no se encontraba perdido entre los acantilados. Estaba oculto en el corazón del Puerto Funato.

-El pez buscaba la cueva y la cueva estaba debajo de su propia pecera.

La frase fue absurda incluso para él. Orión dejó escapar una pequeña carcajada antes de comenzar el regreso junto a los animales rescatados. La siguiente vez no podría entrar solo. El depósito F-13 pertenecía a una estructura mayor, protegida por personas que habían conseguido operar dentro de Kirigakure sin llamar la atención. Para abrir aquella compuerta necesitaría un equipo.

[Imagen: l93r50D.png]

Hablo - Pienso
Masashi Kishimoto
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27-07-2026, 11:17 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Misión C Autonarrada] Los cascos en la niebla (TID 14318)
Tipo: Misión Autonarrada · Rango: C
  • Orión — Autor (100%): 1000 Ryos, 10 Tobis, 90 Exp

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador 4
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27-07-2026, 11:17 PM
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