33 de verano - Alrededores de Konoha
El calor de finales de verano se aferra con pesadez a los callejones traseros de la Zona Comercial, un laberinto secundario donde los muros de ladrillo desgastado y las bodegas de almacenamiento guardan el lado menos vistoso del distrito gremial. Aquí, el bullicio de los comerciantes principales se reduce a un eco lejano, sepultado bajo una atmósfera densa que huele intensamente a óxido fresco, grasa de maquinaria y al polvillo metálico inconfundible del hierro poroso.
Frente al Almacén 4B, el suelo de tierra compactada y gravilla exhibe surcos profundos y recientes: marcas de arrastre pesadas dejadas por tarimas sobrecargadas que ingresaron de forma irregular. Las puertas dobles de madera del almacén se encuentran semicerradas, unidas únicamente por un cerrojo oxidado que apenas sostiene el peso de las hojas desalineadas. A través de la rendija superior y el espacio inferior del portón, un hilo de luz parpadeante y temblorosa —provocada por una vela mal protegida en el interior— parpadea contra la penumbra del callejón, acompañado por el sordo y rítmico golpeteo de piezas metálicas apilándose sin cuidado.
A escasos dos metros de la entrada lateral del almacén, un operario de complexión delgada y hombros encorvados camina de un lado a otro con rigidez. Viste el uniforme gris descolorido del gremio de carga, pero sus manos delatan su estado: empuña un rollo de pergaminos de inventario con tanta fuerza que los nudillos se le han vuelto blancos, y sus dedos se contraen en un tic nervioso constante. Cada pocos segundos, detiene el paso, se pasa la manga sucia por la frente para secarse el sudor que baja en cascada por sus sienes, y gira la cabeza con desesperación hacia la salida del callejón, vigilando un perímetro vacío con la respiración entrecortada.
Dentro de la bodega, el eco metálico de una barra de hierro golpeando contra el suelo de cemento resuena con claridad, seguido por un murmullo bajo y hastiado de otra persona que manipula los costales en la oscuridad del fondo.
De pronto, el operario en el exterior detiene su marcha de golpe. Un crujido seco resuena a sus espaldas cuando la puerta cede unos centímetros más por la corriente de aire, y el hombre, con el rostro bañado en pánico, deja escapar un jadeo ahogado, soltando a medias el pergamino mientras fija la mirada en el rincón más oscuro y accesible del acceso, totalmente vendido ante cualquier presencia que decida cruzar el umbral.
El operario da un respingo tan violento al notar al Senju acercarse que el rollo de pergaminos se le resbala de las manos, golpeando el suelo polvoriento con un eco seco. Sus ojos desorbitados se clavan de inmediato en la figura de Itsuki Senju que se materializa frente a él. Con el rostro bañado en sudor frío y la voz temblando descontroladamente, el hombre retrocede un paso hasta chocar contra el muro de madera del almacén, extendiendo las manos en un torpe gesto de defensa:
—¡E-espera, un momento! ¡Tú... tú eres del cuerpo de seguridad! ¡Yo solo sigo órdenes del capataz, te juro que los lingotes de hierro poroso no los pedí yo! ¡No me lleves detenido, el responsable real está adentro y... y tiene los registros falsos firmados! ¡Haz algo, por favor!