23-07-2026, 07:35 PM
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27 de Verano del año 150
El sonido rítmico de las olas rompiendo contra los acantilados de piedra marca el compás en el pequeño santuario costero dedicado a los antiguos marineros. El lugar, aunque venerado por los lugareños, atraviesa una racha de desconcierto y profunda indignación.
Junto al altar principal, cubierto de musgo y restos de velas consumidas, un anciano cuidador de rostro curtido por el sol y los vientos marinos camina de un lado a otro con los brazos en la espalda, mascullando maldiciones en voz baja mientras patea una cáscara de fruta vacía. Al notar la llegada de Yocko, el hombre se detiene de golpe, exhalando un suspiro cargado de frustración.
—¡Por fin llega alguien de la aldea! —exclama el cuidador con voz temblorosa por la rabia, gesticulando hacia las ofrendas desordenadas—. Ya no se puede tener paz ni para rezar. Llevamos semanas con el mismo problema: cada madrugada, el santuario amanece profanado. Las ofrendas de pescado fresco, los pasteles de arroz y las botellas de licor desaparecen sin dejar el más mínimo rastro, y lo que es peor... ¡las estatuas sagradas de los navegantes aparecen reacomodadas de formas sumamente irrespetuosas! Ayer encontré al venerable dios de las mareas sosteniendo una concha vacía con una mueca de burla.
El hombre cruza los brazos, mirando a la kunoichi con una mezcla de desesperación y súplica.
—Nadie ve nada, nadie escucha nada, y los guardias locales insisten en que son "travesuras del viento". ¡Pues vaya viento con apetito voraz y un sentido del humor tan cuestionable! Necesito que descubras quién o qué está detrás de esto, montes guardia durante la noche y pongas fin a esta falta de respeto antes de que los espíritus del mar decidan cobrarse la venganza con todo el pueblo. El altar está listo para la vigilia; la zona es toda tuya.
El sol comienza a despedirse, tiñendo el horizonte marino de tonos anaranjados y plomizos, mientras la marea sube y azota con fuerza la base de los acantilados de piedra. El pequeño santuario de los navegantes se alza allí, expuesto por completo a un viento salado que choca contra los faroles de piedra y los arcos de roca erosionados por los siglos.
Sobre el altar principal, la ofrenda de pescado fresco y los cuencos de arroz recién dispuestos brillan bajo la penumbra creciente... aunque la escena pierde toda solemnidad al notar que la estatua de piedra del venerable dios de las mareas tiene una concha marina ajustada a la fuerza sobre la cabeza como si fuera un sombrero ridículo, acompañada de una hilera de migajas que desciende por la piedra hacia un sendero estrecho que se pierde en la oscuridad del acantilado.
El entorno ofrece varias alternativas tácticas para quien decida montar la vigilia: los huecos profundos entre las rocas desgastadas por el agua ofrecen un escondite discreto pero expuesto a la humedad; la sombra proyectada por el arco principal permite vigilar el altar de frente; o la opción de inspeccionar los matorrales cercanos en busca de huellas frescas. El aire huele a sal, a marea baja y a un misterio que está a punto de manifestarse en cualquier momento.
27 de Verano del año 150
El sonido rítmico de las olas rompiendo contra los acantilados de piedra marca el compás en el pequeño santuario costero dedicado a los antiguos marineros. El lugar, aunque venerado por los lugareños, atraviesa una racha de desconcierto y profunda indignación.
Junto al altar principal, cubierto de musgo y restos de velas consumidas, un anciano cuidador de rostro curtido por el sol y los vientos marinos camina de un lado a otro con los brazos en la espalda, mascullando maldiciones en voz baja mientras patea una cáscara de fruta vacía. Al notar la llegada de Yocko, el hombre se detiene de golpe, exhalando un suspiro cargado de frustración.
—¡Por fin llega alguien de la aldea! —exclama el cuidador con voz temblorosa por la rabia, gesticulando hacia las ofrendas desordenadas—. Ya no se puede tener paz ni para rezar. Llevamos semanas con el mismo problema: cada madrugada, el santuario amanece profanado. Las ofrendas de pescado fresco, los pasteles de arroz y las botellas de licor desaparecen sin dejar el más mínimo rastro, y lo que es peor... ¡las estatuas sagradas de los navegantes aparecen reacomodadas de formas sumamente irrespetuosas! Ayer encontré al venerable dios de las mareas sosteniendo una concha vacía con una mueca de burla.
El hombre cruza los brazos, mirando a la kunoichi con una mezcla de desesperación y súplica.
—Nadie ve nada, nadie escucha nada, y los guardias locales insisten en que son "travesuras del viento". ¡Pues vaya viento con apetito voraz y un sentido del humor tan cuestionable! Necesito que descubras quién o qué está detrás de esto, montes guardia durante la noche y pongas fin a esta falta de respeto antes de que los espíritus del mar decidan cobrarse la venganza con todo el pueblo. El altar está listo para la vigilia; la zona es toda tuya.
El sol comienza a despedirse, tiñendo el horizonte marino de tonos anaranjados y plomizos, mientras la marea sube y azota con fuerza la base de los acantilados de piedra. El pequeño santuario de los navegantes se alza allí, expuesto por completo a un viento salado que choca contra los faroles de piedra y los arcos de roca erosionados por los siglos.
Sobre el altar principal, la ofrenda de pescado fresco y los cuencos de arroz recién dispuestos brillan bajo la penumbra creciente... aunque la escena pierde toda solemnidad al notar que la estatua de piedra del venerable dios de las mareas tiene una concha marina ajustada a la fuerza sobre la cabeza como si fuera un sombrero ridículo, acompañada de una hilera de migajas que desciende por la piedra hacia un sendero estrecho que se pierde en la oscuridad del acantilado.
El entorno ofrece varias alternativas tácticas para quien decida montar la vigilia: los huecos profundos entre las rocas desgastadas por el agua ofrecen un escondite discreto pero expuesto a la humedad; la sombra proyectada por el arco principal permite vigilar el altar de frente; o la opción de inspeccionar los matorrales cercanos en busca de huellas frescas. El aire huele a sal, a marea baja y a un misterio que está a punto de manifestarse en cualquier momento.
![[Imagen: q0yojli.png]](https://i.imgur.com/q0yojli.png)