22-07-2026, 07:04 PM
Era una tarde como cualquier otra. Un joven trabajador de una empresa sin renombre, contratado por un sueldo miserable, cumplía con una rutina que poco tenía de honorable. Su especialidad no era el esfuerzo físico ni el conocimiento, su verdadero talento era cantar. Un cantante de poca monta que, gracias a su pequeño compañero pulpo, robaba día tras día las letras de un escriba ingenuo para convertirlas en propias. Sin embargo, el canto no alcanzaba para llenar el estómago todos los días, así que debía buscar otra forma de mantenerse a flote.
Fue así como terminó trabajando en un almacén olvidado por todos, ubicado en uno de los puertos más baratos del sector. El lugar no tenía prestigio alguno, pero pagaba una cantidad aceptable por hora trabajada, lo suficiente para costear el pan, el alquiler y seguir respirando un día más. Lo mejor de todo era que el capataz no era precisamente un hombre atento. Y aquel joven, cuya identidad siempre resultaba algo dudosa, supo aprovechar esa debilidad desde el primer día. Sus jornadas consistían más en dormir o cantar que en mover mercancías, dejando el trabajo pesado en manos de sus compañeros mientras él perfeccionaba el noble arte de procrastinar.
Su rutina estaba, increíblemente, muy bien pensada. Llegaba temprano cada mañana con una energía casi sospechosa, manteniendo un perfil bajo hasta que el movimiento del almacén aumentaba. Entonces desaparecía entre las montañas de cajas para dormir una larga siesta. Al llegar la hora del almuerzo se aseguraba de que el jefe lo viera, saludándolo con naturalidad, aunque jamás prolongaba una conversación. Durante la tarde se escapaba al bar de la calle contigua y regresaba cuando buena parte del trabajo ya estaba hecha. Volvía justo a tiempo para mover un par de cajas, aparentar agotamiento y quejarse de que sus compañeros eran unos flojos de mierda. Finalmente, aceptaba siempre una hora extra, la única hora en la que realmente trabajaba, únicamente porque se la pagaban mejor. Pero cuando el reloj marcaba las siete y media de la tarde, abandonaba todo sin mirar atrás.
Aquella noche no fue diferente.
No le importó dejar una pila de doce cajas justo al borde del camino por donde descendían las pequeñas embarcaciones hacia el mar. Era el acceso utilizado por los pescadores para botar sus botes al agua al caer la tarde, el mismo sendero que permitía recuperar las embarcaciones al amanecer cargadas con redes repletas de pesca. También era el paso por donde deslizaban barcos recién construidos o reparados antes de entregarlos nuevamente al océano. Las cajas debían ser cargadas en una carreta y trasladadas hasta el almacén techado. Ese era el trabajo. Pero él simplemente las dejó allí, abandonadas en mitad del camino, lejos de su destino y lejos de cualquier sentido de responsabilidad.
No le importó que aquella noche hubiera luna llena. Tampoco que el pronóstico de los más sabios anunciara una fuerte subida de la marea capaz de inundar buena parte del muelle y de esa misma calle donde había abandonado la mercancía. Para él, el turno había terminado, y con él también cualquier preocupación.
Después de todo, la negligencia no siempre ocurre en el ámbito médico. Se encogio de hombros y simplemente dijo antes de abandonar la escena - alguien más se encargará. - mientras encendía un cigarrillo y se iba de vuelta al barrio de la calle numero 7.
Fue así como terminó trabajando en un almacén olvidado por todos, ubicado en uno de los puertos más baratos del sector. El lugar no tenía prestigio alguno, pero pagaba una cantidad aceptable por hora trabajada, lo suficiente para costear el pan, el alquiler y seguir respirando un día más. Lo mejor de todo era que el capataz no era precisamente un hombre atento. Y aquel joven, cuya identidad siempre resultaba algo dudosa, supo aprovechar esa debilidad desde el primer día. Sus jornadas consistían más en dormir o cantar que en mover mercancías, dejando el trabajo pesado en manos de sus compañeros mientras él perfeccionaba el noble arte de procrastinar.
Su rutina estaba, increíblemente, muy bien pensada. Llegaba temprano cada mañana con una energía casi sospechosa, manteniendo un perfil bajo hasta que el movimiento del almacén aumentaba. Entonces desaparecía entre las montañas de cajas para dormir una larga siesta. Al llegar la hora del almuerzo se aseguraba de que el jefe lo viera, saludándolo con naturalidad, aunque jamás prolongaba una conversación. Durante la tarde se escapaba al bar de la calle contigua y regresaba cuando buena parte del trabajo ya estaba hecha. Volvía justo a tiempo para mover un par de cajas, aparentar agotamiento y quejarse de que sus compañeros eran unos flojos de mierda. Finalmente, aceptaba siempre una hora extra, la única hora en la que realmente trabajaba, únicamente porque se la pagaban mejor. Pero cuando el reloj marcaba las siete y media de la tarde, abandonaba todo sin mirar atrás.
Aquella noche no fue diferente.
No le importó dejar una pila de doce cajas justo al borde del camino por donde descendían las pequeñas embarcaciones hacia el mar. Era el acceso utilizado por los pescadores para botar sus botes al agua al caer la tarde, el mismo sendero que permitía recuperar las embarcaciones al amanecer cargadas con redes repletas de pesca. También era el paso por donde deslizaban barcos recién construidos o reparados antes de entregarlos nuevamente al océano. Las cajas debían ser cargadas en una carreta y trasladadas hasta el almacén techado. Ese era el trabajo. Pero él simplemente las dejó allí, abandonadas en mitad del camino, lejos de su destino y lejos de cualquier sentido de responsabilidad.
Después se marchó.
No le importó que aquella noche hubiera luna llena. Tampoco que el pronóstico de los más sabios anunciara una fuerte subida de la marea capaz de inundar buena parte del muelle y de esa misma calle donde había abandonado la mercancía. Para él, el turno había terminado, y con él también cualquier preocupación.
Después de todo, la negligencia no siempre ocurre en el ámbito médico. Se encogio de hombros y simplemente dijo antes de abandonar la escena - alguien más se encargará. - mientras encendía un cigarrillo y se iba de vuelta al barrio de la calle numero 7.
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