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MISION D: El Santuario Profanado
Narrador Tenseigan-kun
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23-07-2026, 07:35 PM
Aprobada aqui

27 de Verano del año 150


El sonido rítmico de las olas rompiendo contra los acantilados de piedra marca el compás en el pequeño santuario costero dedicado a los antiguos marineros. El lugar, aunque venerado por los lugareños, atraviesa una racha de desconcierto y profunda indignación.
Junto al altar principal, cubierto de musgo y restos de velas consumidas, un anciano cuidador de rostro curtido por el sol y los vientos marinos camina de un lado a otro con los brazos en la espalda, mascullando maldiciones en voz baja mientras patea una cáscara de fruta vacía. Al notar la llegada de Yocko, el hombre se detiene de golpe, exhalando un suspiro cargado de frustración.

—¡Por fin llega alguien de la aldea! —exclama el cuidador con voz temblorosa por la rabia, gesticulando hacia las ofrendas desordenadas—. Ya no se puede tener paz ni para rezar. Llevamos semanas con el mismo problema: cada madrugada, el santuario amanece profanado. Las ofrendas de pescado fresco, los pasteles de arroz y las botellas de licor desaparecen sin dejar el más mínimo rastro, y lo que es peor... ¡las estatuas sagradas de los navegantes aparecen reacomodadas de formas sumamente irrespetuosas! Ayer encontré al venerable dios de las mareas sosteniendo una concha vacía con una mueca de burla.

El hombre cruza los brazos, mirando a la kunoichi con una mezcla de desesperación y súplica.

—Nadie ve nada, nadie escucha nada, y los guardias locales insisten en que son "travesuras del viento". ¡Pues vaya viento con apetito voraz y un sentido del humor tan cuestionable! Necesito que descubras quién o qué está detrás de esto, montes guardia durante la noche y pongas fin a esta falta de respeto antes de que los espíritus del mar decidan cobrarse la venganza con todo el pueblo. El altar está listo para la vigilia; la zona es toda tuya.

El sol comienza a despedirse, tiñendo el horizonte marino de tonos anaranjados y plomizos, mientras la marea sube y azota con fuerza la base de los acantilados de piedra. El pequeño santuario de los navegantes se alza allí, expuesto por completo a un viento salado que choca contra los faroles de piedra y los arcos de roca erosionados por los siglos.

Sobre el altar principal, la ofrenda de pescado fresco y los cuencos de arroz recién dispuestos brillan bajo la penumbra creciente... aunque la escena pierde toda solemnidad al notar que la estatua de piedra del venerable dios de las mareas tiene una concha marina ajustada a la fuerza sobre la cabeza como si fuera un sombrero ridículo, acompañada de una hilera de migajas que desciende por la piedra hacia un sendero estrecho que se pierde en la oscuridad del acantilado.
El entorno ofrece varias alternativas tácticas para quien decida montar la vigilia: los huecos profundos entre las rocas desgastadas por el agua ofrecen un escondite discreto pero expuesto a la humedad; la sombra proyectada por el arco principal permite vigilar el altar de frente; o la opción de inspeccionar los matorrales cercanos en busca de huellas frescas. El aire huele a sal, a marea baja y a un misterio que está a punto de manifestarse en cualquier momento.
Yocko
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23-07-2026, 08:16 PM
Yocko había llegado preparada para encontrar señales de vandalismo, profanaciones o cualquier otra cosa que justificara la expresión apocalíptica del cuidador. Sin embargo, tras escuchar toda la explicación, su atención terminó posándose sobre la estatua principal. Permaneció observándola durante varios segundos, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado. La concha encajada sobre la cabeza de la deidad no parecía especialmente cómoda, pero tampoco lograba decidir si resultaba ofensiva o simplemente ridícula. « Quizá si fuera una concha más pequeña... » pensó. Inmediatamente sacudió la cabeza. No le correspondía mejorar el trabajo de los criminales. 

Se aproximó a la estatua con toda la solemnidad que la situación parecía requerir. Rodeó lentamente el pedestal y examinó la disposición de las migajas como si estuviera frente a una compleja escena criminal. Incluso se inclinó un poco hacia delante para contemplar la expresión esculpida en la piedra. « Sí. » pensó tras unos segundos. « Definitivamente parece incómodo. » Aquello no resolvía el misterio, pero le permitía comprender mejor la indignación del cuidador. Si alguien hubiese puesto un sombrero ridículo sobre la cabeza de uno de sus antepasados, probablemente su madre también habría salido a perseguir culpables armada con una escoba y una cantidad preocupante de determinación.

Cuando terminó su inspección, se volvió hacia el anciano. Adoptó una expresión grave, cruzó los brazos y asintió lentamente varias veces, como hacen las personas que acaban de comprender algo importante. En realidad no estaba segura de haber comprendido nada, pero le pareció que el hombre necesitaba ver al menos a una persona comportándose con confianza. Después levantó un pulgar y le dedicó una sonrisa tranquila. Esperaba que aquello pudiera traducirse como: « Estoy investigando el asunto. » También existía la posibilidad de que significara: « Bonito santuario. » La comunicación era un arte complicado.

Luego volvió la vista hacia los alrededores. La opción más sensata parecía ser esperar durante la noche y sorprender al responsable cuando regresara. Sin embargo, en cuanto imaginó varias horas vigilando en silencio entre aquellas rocas, surgió un problema mucho más importante. Si ella estaba observando el altar, alguien podía acercarse por detrás. Quizá un ladrón. Quizá un ninja especialmente sigiloso. O quizá uno de aquellos fantasmas marinos de los que hablaban los ancianos cuando querían convencer a los niños de no alejarse demasiado de la costa. Entrecerró los ojos y observó la oscuridad que comenzaba a acumularse entre los acantilados. « Vigilar es fácil. » se dijo. « Lo complicado es vigilar también todo lo que queda a tu espalda. » Yocko consideró durante unos instantes si sería físicamente posible mirar en dos direcciones al mismo tiempo. La respuesta parecía decepcionantemente negativa.

Tras considerar las distintas opciones, Yocko terminó fijándose en la sombra proyectada por el arco principal. No era el escondite perfecto. De hecho, cuanto más lo observaba, más evidente le parecía. Cualquiera que se acercara desde el sendero principal probablemente la descubriría con relativa facilidad. Sin embargo, también le permitía vigilar el altar sin exponerse demasiado y, lo que era más importante, mantener a la vista una buena parte de los alrededores. Después de todo, le preocupaba mucho más ser sorprendida por la espalda que fracasar en su intento de ocultarse. Si aparecía un ladrón, lo vería. Si aparecía un fantasma marino, también esperaba verlo. Y si aparecía un fantasma marino sigiloso por detrás... bueno, prefería no pensar demasiado en esa posibilidad.
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23-07-2026, 10:59 PM
Última modificación: 23-07-2026, 11:00 PM por Narrador Tenseigan-kun.
El anciano cuidador observa a la kunoichi con la boca medio abierta, parpadeando despacio mientras procesa el pulgar hacia arriba y la mirada de intensa deliberación que acaba de dedicarle a la estatua.

Durante unos segundos, el veterano de mar frunce el ceño, ladea la cabeza y busca alguna señal de coherencia adulta en el rostro de la chica. Al no encontrarla, su expresión pasa de la confusión al pánico absoluto. Convencido de que la aldea ninja le ha enviado a una joven con un severo déficit cognitivo o un trauma craneal severo, el anciano comienza a gesticular de forma hiperactiva: agita las manos con desesperación, señala el altar con movimientos exagerados de caricatura y asiente con una sonrisa forzada y condescendiente, como intentando calmar a un niño a punto de hacer una rabieta.

—Sí, sí... claro, preciosa, lo que tú digas... ve a hacer lo tuyo con la piedra... —masculla el cuidador en voz baja, creyendo que habla solo mientras se masajea las sienes con frustración—. Ay, por los dioses del mar... Me mandaron a una criatura que no distingue el norte de una concha marina... Pero bueno... tarada o no, al final es una maldita ninja, peor es nada...

Mientras el anciano se aleja murmurando oraciones de desesperación hacia el fondo del santuario, Yocko se acomoda en la sombra elegida junto al arco principal, concentrada en vigilar los flancos y sopesar los peligros invisibles de la noche.

Sin embargo, la quietud táctica dura exactamente lo que tardan en romperse los matorrales del sendero lateral con un estruendo escandaloso.

De entre la maleza irrumpe una presencia colosal. Es un hombre de proporciones titánicas, con el torso descubierto y esculpido a base de pura fuerza bruta, una cabellera oscura y revuelta que se alborota con el viento, y la piel completamente cubierta por intrincados tatuajes tribales que narran leyendas oceánicas Empuñaba una pesada lanza de pesca con punta de pedernal, sujeta con la familiaridad de quien desayuna tiburones a puñetazos.

El imponente gigante ni siquiera se digna a mirar al cuidador ni a la kunoichi apostada en el arco. Con un grito de guerra gutural y entusiasta que sacude los faroles de piedra, emprende una carrera furiosa hacia el acantilado, salta con la gracia de una mole de trescientas libras y se avienta de cabeza al mar embravecido, desapareciendo en la oscuridad de las olas con un estruendoso ¡splash! que salpica espuma salada hasta los escalones del altar profanado.
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24-07-2026, 07:53 AM
Yocko apenas tuvo tiempo de acomodarse contra la piedra cuando el estruendo de los matorrales hizo saltar por los aires toda la tranquilidad de la vigilia. Su cuerpo se tensó de inmediato y giró la cabeza hacia el origen del ruido. Durante un instante creyó que acababa de encontrar al responsable de las profanaciones. La figura que emergió de la vegetación parecía capaz de cargar una embarcación sobre los hombros y utilizarla como paraguas. Los tatuajes, la lanza y aquel grito de guerra resultaban lo bastante impresionantes como para justificar varias leyendas locales por sí solos.

Permaneció inmóvil observándolo atravesar el santuario sin prestar atención a nada ni a nadie. Ni siquiera parecía interesado en las ofrendas. Cuando el desconocido corrió hacia el borde del acantilado y se lanzó de cabeza al mar, Yocko dio un pequeño paso hacia delante por pura incredulidad. El enorme chapoteo iluminado por la espuma tardó varios segundos en desaparecer. « Ah. » pensó. « Entonces esa era una posibilidad. » Nunca se le había ocurrido que alguien pudiera utilizar un acantilado de aquella altura como punto de entrada al agua. Decidió añadir aquella información a la lista de cosas que probablemente no intentaría reproducir jamás.

Aun así, no abandonó su escondite. La aparición había sido espectacular, pero también sospechosamente pública. Si alguien llevaba semanas robando ofrendas y reorganizando estatuas durante la madrugada, resultaba difícil creer que fuese una persona que anunciaba su presencia gritando antes de arrojarse al océano. Podría tratarse de una estrategia de distracción, un ninjutsu o algún tipo de truco para que una señorita como ella se pusiera a babear por aquella escultural figura; sus cabellos desordenados y brillantes incluso bajo la luz del ocaso, ese rostro varonil deliciosamente tallado, la estatura que había soñado para sus hijos... « ¡No! ¡Calla! » se dijo, sacudiendo la cabeza con energía. « Concéntrate. »

Si había aprendido algo en sus últimas misiones era que los verdaderos problemas no saltaban a la vista para anunciarse. Se escondían en arbustos, en canales abandonados del muelle o detrás de explicaciones extremadamente ridículas. Por desgracia, los fantasmas marinos seguían entrando en la categoría de excepciones posibles.

Decidió volver a centrar su atención en el altar. Las ofrendas seguían donde debían estar y las migajas continuaban formando aquel extraño rastro que descendía desde la estatua. Durante unos segundos consideró seguirlo de inmediato, pero abandonó la idea. Si el responsable regresaba cada noche, lo más inteligente era permitir que creyera que nadie lo estaba esperando. Además, tenía la sospecha de que perseguir migajas en plena oscuridad era exactamente el tipo de decisión que terminaba con alguien cayendo por un acantilado o siendo perseguido por algo con demasiadas patas.

El tiempo comenzó a avanzar con una lentitud desesperante. El sonido constante de las olas golpeando las rocas terminó por mezclarse con el silbido del viento entre los arcos de piedra. Yocko permaneció inmóvil junto a su escondite, observando cada sombra que se movía y cada arbusto que crujía. En más de una ocasión estuvo convencida de haber descubierto al culpable, solo para comprobar que se trataba de una rama balanceándose o de una gaviota particularmente insolente. Aun así, se obligó a mantener la vigilancia. Después de todo, si alguien era capaz de colocar sombreros ridículos a las divinidades locales, probablemente también era capaz de actuar con una paciencia considerable. Yocko estaba decidida a demostrar que ella podía ser todavía más paciente.
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24-07-2026, 12:41 PM
El silencio de la madrugada solo es interrumpido por el compás monótono de las olas y el siseo del viento salado. Yocko se mantiene firme en su puesto, con los ojos fijos en la penumbra del altar, cuando un sonido seco y pesado rompe la quietud desde el borde del abismo: el roce rítmico de piel contra roca y el crujido de la piedra caliza sometida a una fuerza titánica.

No es un fantasma. Es el coloso de los tatuajes escalando el acantilado de regreso, impulsándose por la pared vertical con una facilidad pasmosa, como si la gravedad fuera una mera sugerencia opcional para alguien con esa complexión.

Al alcanzar la cima, la imponente silueta emerge de la oscuridad con los músculos brillando por el agua de mar. Sin mediar palabra, y con una naturalidad absoluta, Mawi toma la pesada lanza de pesca de su costado. Varios peces recién capturados —de escamas plateadas y tamaño considerable— están ensartados a lo largo del asta como un grotesco brocheta marina. Con un giro de cadera y un esfuerzo descomunal, el gigante calcula el ángulo, toma impulso y lanza el arpón hacia arriba.

El proyectil cruza el aire con un silbido agudo... para estrellarse de lleno contra el altar sagrado.

¡CRASH!

La madera cruje, los cuencos de arroz se pulverizan en mil pedazos, las velas salen despidiendo chispas y las ofrendas quedan sepultadas bajo una lluvia de astillas y escamas. El santuario, que había resistido décadas de tormentas costeras, sucumbe instantáneamente ante el violento impacto de la pesca aérea.

Pero lo más desconcertante ocurre justo después.

Ignorando por completo la destrucción que acaba de provocar, Mawi se acerca a los restos del altar con la gravedad de un sumo sacerdote oficiando una ceremonia milenaria. Saca un cuchillo de pedernal y, con una solemnidad absoluta y abrumadora, comienza a desviscerar los peces uno a uno. Sus manos enormes, lejos de ser torpes, se mueven con una delicadeza casi quirúrgica.

Con unción y una ternura desconcertante, unta las entrañas calientes, la sangre y las vicisitudes marinas sobre la estatua del venerable dios de las mareas. Masajea con mimo las escamas contra el rostro de piedra, acomoda un hígado resbaladizo sobre la concha marina que le sirve de sombrero y respira hondo, satisfecho con su obra de arte, convencido de que acaba de cumplir con el deber más sagrado de toda la costa.
Yocko
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24-07-2026, 02:28 PM
Última modificación: 24-07-2026, 02:28 PM por Yocko.
Yocko observó toda la secuencia sin moverse. Al principio porque no quería delatar su posición. Después porque su cerebro estaba demasiado ocupado intentando procesar los acontecimientos en el orden correcto. Primero el enorme hombretón se había lanzado con elegancia y habilidad. Luego había regresado y utilizando una lanza de pesca como si fuera un proyectil de asedio, había destruido el altar de una forma tan contundente que, durante un instante, la joven se preparó para dar la pelea, sería su primera pelea real. Sin embargo, cuando empezaba a correr hacia él, el responsable había comenzado a decorar la estatua con órganos de pescado mientras exhibía la serenidad espiritual de un monje en plena meditación.

Se detuvo lentamente, perdiendo poco a poco el impulso. Por un momento consideró la posibilidad de que aquella fuera una costumbre local. Kirigakure tenía muchas tradiciones relacionadas con el mar y ella no conocía ni una pequeña parte de ellas. Quizá existía algún ritual ancestral que consistía en arrojar peces contra edificios religiosos hasta alcanzar la iluminación. Sin embargo, cuando observó los restos del altar esparcidos por todas partes, la teoría comenzó a perder fuerza. « No. » pensó. « El tipo de antes estaba histérico por estas cosas. » Sin embargo, no se atrevió a lanzarle una técnica que pudiera dejarlo fuera de combate, no es que tuviese alguna, pero la habría inventado de haberlo considerado preciso.

Ella observó cómo ahora también había sangre, escamas y una cantidad de vísceras que probablemente superaba las recomendaciones habituales para cualquier figura religiosa. Pero lo más extraño era que el hombre no parecía actuar con malicia. No había risas, ni intentos de ocultarse, ni la satisfacción propia de quien acaba de cometer una travesura. Por el contrario, parecía sinceramente orgulloso de su trabajo. Aquello era preocupante por un motivo completamente distinto: si estaba actuando como un loco y aquello no era "apropiado", entonces debía tratarlo con la severidad requerida.

Permaneció observándolo durante algunos segundos más. Quería asegurarse de que no se trataba de una parte especialmente importante del ritual. Quizá todavía faltaba que reconstruyera el altar, limpiara la estatua o pronunciara algún tipo de oración solemne que justificara la destrucción previa. Sin embargo, nada de eso ocurrió. El hombre continuó acomodando los restos de pescado con una dedicación casi artística, corrigiendo posiciones, observando el resultado y realizando pequeños ajustes como si estuviera terminando una obra maestra.

Aquello terminó de convencerla. Si esperaba demasiado tiempo, probablemente acabaría encontrando más peces para mejorar la decoración. Yocko respiró hondo y comenzó a caminar hacia el altar con paso tranquilo. No intentó ocultar su presencia. Tampoco adoptó una postura agresiva. Después de todo, seguía existiendo la posibilidad de que aquel individuo estuviera convencido de estar ayudando. Y golpear a alguien por exceso de entusiasmo religioso le parecía una forma muy extraña de resolver una misión.

Cuando estuvo lo bastante cerca para que la viera sin dificultad, levantó una mano para llamar su atención. Luego señaló primero los restos del altar, después la estatua cubierta de escamas y finalmente al propio pescador. Permaneció unos instantes en silencio, observando su reacción. Como de costumbre, la ausencia de palabras la obligó a improvisar. Terminó señalando nuevamente el altar destruido y abrió ambas manos en un gesto que pretendía significar algo parecido a: « ¿Podría explicarme qué está ocurriendo aquí? » Aunque, con un poco de mala suerte, también podía interpretarse como: « Felicitaciones por el trabajo realizado. »

Aun así, decidió correr el riesgo. Había aprendido que formular preguntas antes de actuar evitaba muchos problemas. Bueno, casi siempre. La misión del cazador desaparecido le había enseñado que existían excepciones bastante notables. Pero, por el momento, seguía pareciéndole más prudente escuchar al hombre que iniciar una pelea contra alguien capaz de escalar acantilados y utilizar peces como munición de guerra.
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24-07-2026, 02:44 PM
Última modificación: 24-07-2026, 02:46 PM por Narrador Tenseigan-kun.
El coloso de los tatuajes se detiene en medio de su solemne obra artística. Al ver a la kunoichi aproximarse con las manos abiertas y una expresión de total perplejidad, Mawi no se inmuta ni adopta una postura defensiva. En su lugar, gira lentamente el rostro hacia ella y, con una lentitud casi teatral, lleva un dedo enorme y manchado de escamas a sus labios.

—Shhh —sisea con un volumen bajo, exigiendo absoluto respeto para el santuario que él mismo acaba de demoler.

Sin darle tiempo a protestar, el gigante da media vuelta y se adentra entre las grietas oscuras de las rocas del acantilado. Tras rebuscar un momento entre las sombras, regresa cargando un viejo atadillo de cuero impermeable. De su interior extrae barritas de incienso aromático, que clava con delicadeza en la arena junto a los escombros. Después, con una rapidez pasmosa, reúne ramas secas y madera de deriva arrastrada por la marea, encendiendo una pequeña fogata que ilumina con destellos cálidos los restos del altar destrozado.

Con la misma precisión quirúrgica con la que antes desvisceraba los pescados, limpia un par de porciones selectas, las ensarta en estacas junto con una porción de arroz y las coloca sobre las brasas hasta que desprenden un aroma humeante y apetitoso.

Del mismo atadillo saca un par de rústicas escudillas de madera. Llena una con arroz y pescado caliente, se la extiende a Yocko con una ligera inclinación de cabeza, y toma la otra para él. Acto seguido, se sienta con las piernas cruzadas frente al fuego y comienza a comer en un silencio sepulcral, esperando que la kunoichi imite su acción.

El contraste entre el desastre humeante del santuario, el olor a mar y la extraña tranquilidad de una cena improvisada junto al abismo resulta tan desconcertante que a Yocko no le queda más remedio que aceptar la escudilla.

Comen en completo silencio, arrullados únicamente por el crepitar de la madera y el rugir constante de las olas rompiendo abajo. Cuando Mawi termina el último bocado, deja la escudilla a un lado, se limpia la comisura de los labios con el dorso de la mano y exhala un suspiro profundo.

Cuando habla, su voz no es el grito salvaje de antes, sino un tono de barítono profundo, solemne y retumbante que parece vibrar en el pecho:

—Esa estatua de ahí... —comienza diciendo, señalando con la barbilla la efigie cubierta de vísceras e hígado de pescado—. Los pueblerinos ignorantes creen que es un apacible dios de las mareas. Pero se equivocan. Es la encarnación del Dios de las Tormentas.

Mawi cruza los brazos sobre su pecho musculoso, mirando el altar profanado con una mezcla de respeto desafiante y devoción feroz.

—Para ganarse su respeto, no puedes simplemente rezarle con miedo. Tienes que luchar contra él. Al profanar su santuario, al retarlo con ofrendas salvajes y sangre durante toda una fase lunar, le demuestras que no le temes a su furia. Es un rito ancestral: una vez que te enfrentas al dios de esta manera, sin una pizca de cobardía, él cede, te otorga su favor y jamás vuelves a temer a las tormentas en alta mar... porque a partir de ese momento, el mismísimo dios navega contigo.
Yocko
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24-07-2026, 03:15 PM
Nunca tuvo otra opción que quedarse en silencio... Ciertamente, esperó a que el gigante preparara sus cosas. Luego Yocko sostuvo la escudilla entre las manos mientras escuchaba toda la explicación. Al principio se concentró en las palabras. Después comenzó a alternar la mirada entre él, la estatua y los restos irreconocibles del altar. El problema era que cada nueva frase parecía resolver una pregunta y crear dos más. Comprendía perfectamente la idea general. Había oído historias parecidas desde pequeña. Relatos sobre espíritus, criaturas del mar y costumbres antiguas que sobrevivían al paso de los años. Lo que le costaba comprender era la relación existente entre el respeto, la devoción religiosa y arrojar una lanza gigantesca contra una construcción histórica.

Durante unos instantes permaneció en silencio observando las llamas. La comida estaba deliciosa, de hecho, se parecía mucho a la comida por la celebración de noche azul, que celebraban en los cumpleaños de su padre, cuando había cambio de luna. Eso la hizo sentir culpable, porque resultaba mucho más sencillo enfrentarse a un criminal cuando no acababa de compartir su cena contigo. Finalmente volvió la vista hacia el pescador. No parecía un mentiroso y tampoco le daba la impresión de ser un bromista. Hablaba con la absoluta convicción de quien estaba describiendo algo tan evidente como la salida del sol o el movimiento de las mareas. Yocko sospechó que, aunque pasaran toda la noche discutiendo, ninguno de los dos lograría convencer al otro de nada. Habiéndose rendido antes de disputar por la lógica expuesta, intentó imaginar la reacción del anciano cuidador cuando descubriera quién era el responsable de las profanaciones. Tan solo pensar en eso le produjo cansancio.

Con un pequeño suspiro sacó la libreta de notas. Permaneció unos segundos pensando antes de escribir unas pocas palabras. Luego arrancó la hoja y se la mostró al pescador. « Creo que el dios y el cuidador tienen opiniones distintas sobre esta tradición. » Tras una breve pausa añadió una segunda línea. « Y uno de ellos va a enfadarse mucho cuando vuelva. » Consideró innecesario especificar cuál de los dos.

Después guardó la libreta y se puso de pie. La misión, al menos, estaba resuelta. Ya sabía quién había estado moviendo las estatuas, robando las ofrendas y dejando el santuario en un estado capaz de provocar ataques de nervios. También conocía el motivo. Lo único que quedaba era regresar e informar de todo lo ocurrido. Sospechaba que esa parte iba a ser considerablemente más difícil que la investigación.

Antes de marcharse lanzó una última mirada al altar destruido, a la estatua cubierta de escamas y al gigantesco pescador sentado junto al fuego. Luego observó el mar oscuro que se extendía más allá de los acantilados. « Bueno », pensó mientras emprendía el camino de regreso, « al menos no eran fantasmas marinos. » Tras reflexionar unos segundos, corrigió mentalmente la frase. « Probablemente. » Porque, después de aquella conversación, ya no estaba completamente segura de nada.
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Masashi Kishimoto
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24-07-2026, 04:02 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: MISION D: El Santuario Profanado (TID 14202)
Tipo: Misión Normal · Rango: D
  • Yocko — Participante (100%): 500 Ryos, 5 Tobis, 70 Exp
  • Akira Hyuuga — Narrador Oficial (100%): 750 Ryos, 0 Tobis, 50 Exp, Pergamino PERG002

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
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