El calor de la mañana se intensifica entre los pasillos del mercado, donde el vapor espeso que emana de los calderos de cobre se mezcla con el polvo seco de las cortezas trituradas, volviendo el aire denso y pesado en la garganta. El tintineo constante de los morteros de cerámica y el murmullo de los clientes que regatean el precio de las hierbas medicinales crean una cortina de ruido constante que disimula cualquier sonido fuera de lo común.
Frente a un puesto de raíces de ginseng, Maestro Donju se detiene de golpe. Sus nudillos, aferrados con una fuerza desesperada a la manija de su maletín de madera, lucen completamente blancos y tensos. Los ojos del anciano, inyectados en sangre por la falta de descanso, recorren con pánico los rostros de los aldeanos que pasan a su lado.
—Por los sabios... si me obligan a tocar otra gota de esa porquería dorada en el laboratorio, prefiero que me trague la tierra antes de terminar en el fondo del río —murmura el boticario con un hilo de voz tembloroso, dejando caer involuntariamente un frasco pequeño que tintinea con estridencia al chocar contra la madera del mostrador.
A escasos metros de distancia, junto a un toldo de lona desteñida que exhibe polvos curativos, un individuo con una bufanda oscura alta que oculta la mitad de su rostro interrumpe de golpe su fingida revisión de las balanzas. Los dedos del mercenario se cierran con violencia sobre el borde de la mesa, y sus ojos se posan con una fría fijeza calculadora directamente sobre la espalda encorvada del boticario, evaluando el espacio entre la multitud distraída para dar el paso decisivo.