22-07-2026, 07:06 PM
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El sol del día 35 de verano del año 150 apenas comienza a teñirse de un tono anaranjado pálido sobre los campos abiertos del Distrito Norte de Konoha, pero en la granja del viejo Goro la tranquilidad matutina se ha convertido en un completo dolor de cabeza.
Frente a la imponente estructura de un viejo granero de madera y gruesos tablones de paja prensada, el propietario del lugar —un hombre robusto, con el overol manchado de lodo y paja, y el rostro descompuesto por la desesperación— camina en círculos mientras se arranca los mechones de cabello. El interior del almacén es una auténtica boca de lobo; las contraventanas están cerradas hermosamente y ni un solo rayo de sol penetra la penumbra, albergando en su interior a media docena de hurones gigantes de carga que decidieron hacer una revuelta al alba.
Al percatarse de la llegada del joven Hyūga, el granjero corre hacia él con los brazos en alto, hablando a media voz pero con un tono frenético para evitar alterar a las bestias tras los portones:
—¡Menos mal que mandan a alguien competente! ¡No sé qué demonios les picó a los bichos esta madrugada, pero rompieron los pestillos y se metieron a la zona de almacenamiento de paja seca! —exclama el granjero, agitando las manos con temor mientras señala la enorme puerta de madera corredera, que permanece firmemente cerrada pero deja escapar un leve murmullo de rasguños y gruñidos graves desde el interior—. Están a oscuras y completamente alterados por el encierro. Si entras con una antorcha o haces demasiado escándalo, van a empezar a morder las vigas de carga o a destrozar el forraje, y este maldito granero se vendrá abajo con todo y cosecha. Necesito que entres con cuidado, los localices en medio de la oscuridad sin romper nada y los duermas o inmovilices antes de que esto se convierta en un desastre total.
El sol del día 35 de verano del año 150 apenas comienza a teñirse de un tono anaranjado pálido sobre los campos abiertos del Distrito Norte de Konoha, pero en la granja del viejo Goro la tranquilidad matutina se ha convertido en un completo dolor de cabeza.
Frente a la imponente estructura de un viejo granero de madera y gruesos tablones de paja prensada, el propietario del lugar —un hombre robusto, con el overol manchado de lodo y paja, y el rostro descompuesto por la desesperación— camina en círculos mientras se arranca los mechones de cabello. El interior del almacén es una auténtica boca de lobo; las contraventanas están cerradas hermosamente y ni un solo rayo de sol penetra la penumbra, albergando en su interior a media docena de hurones gigantes de carga que decidieron hacer una revuelta al alba.
Al percatarse de la llegada del joven Hyūga, el granjero corre hacia él con los brazos en alto, hablando a media voz pero con un tono frenético para evitar alterar a las bestias tras los portones:
—¡Menos mal que mandan a alguien competente! ¡No sé qué demonios les picó a los bichos esta madrugada, pero rompieron los pestillos y se metieron a la zona de almacenamiento de paja seca! —exclama el granjero, agitando las manos con temor mientras señala la enorme puerta de madera corredera, que permanece firmemente cerrada pero deja escapar un leve murmullo de rasguños y gruñidos graves desde el interior—. Están a oscuras y completamente alterados por el encierro. Si entras con una antorcha o haces demasiado escándalo, van a empezar a morder las vigas de carga o a destrozar el forraje, y este maldito granero se vendrá abajo con todo y cosecha. Necesito que entres con cuidado, los localices en medio de la oscuridad sin romper nada y los duermas o inmovilices antes de que esto se convierta en un desastre total.