La vida, no obstante, ya había comenzado.
Los comerciantes levantaban lentamente las persianas de sus pequeños negocios mientras los primeros pescadores regresaban al puerto con redes todavía empapadas por el agua salada. —Hey Karuru, amarra bien eso, si no quieres quedar atrapado como aquella vez, jajaj—. Se escuchaban gritos y voces alegres en la costa. Carretas cargadas de mercancías cruzaban los puentes de madera acompañadas por el chirrido constante de sus ruedas. En las calles principales podían verse patrullas de shinobi recorriendo sus rutas habituales con una disciplina casi mecánica, intercambiando breves saludos con los ciudadanos antes de desaparecer nuevamente entre la niebla.
Era una imagen cotidiana.
Porque en Kirigakure, —esta ciudad que nos abriga a todos— las apariencias rara vez contaban toda la historia.
La aldea había aprendido, generación tras generación, que los verdaderos peligros pocas veces anunciaban su llegada. No siempre vestían una banda ninja extranjera ni portaban espadas legendarias. En ocasiones eran simples rumores. Una conversación interrumpida. Un comerciante demasiado nervioso. Una caja cuyo contenido nadie preguntaba. Y últimamente... había demasiados pequeños detalles que dejaban de encajar.
La Torre del Mizukage emergía sobre el resto de edificios como una inmensa silueta oscura, construida con gruesos pilares de piedra y madera reforzada. Sus balcones dominaban gran parte de la aldea, permitiendo observar los innumerables canales que dividían Kirigakure como si fueran venas recorriendo el corazón de la ciudad. En su interior reinaba un ambiente muy distinto al bullicio exterior. Los pasillos eran amplios, iluminados por lámparas de aceite cuya luz oscilaba lentamente con cada corriente de aire. Shinobi de distintos rangos caminaban de un lado a otro cargando informes, pergaminos sellados o simples tablillas de madera repletas de encargos pendientes. Las conversaciones eran escasas y discretas; aquí nadie levantaba la voz sin necesidad.
Issei ya conocía aquel lugar, no era la primera vez que cruzaba aquellos corredores en busqueda de que la fortuna le mirase bonito este dia. Algunos empleados apenas levantaban la vista al verlo pasar. Otros sí lo hacían... aunque procuraban no sostenerle la mirada demasiado tiempo. Su reputación dentro de la Academia había sobrevivido mejor que muchos de sus antiguos compañeros. Había nombres que despertaban simpatía. El suyo despertaba prudencia.
Tras recorrer el último pasillo llegó frente a una puerta de madera oscura donde una sencilla placa indicaba: "Oficina de Administración de Misiones." Tres golpes secos bastaron. —Si, adelante.— La estancia a simple vista era modesta. Estanterías repletas de pergaminos ocupaban prácticamente todas las paredes. Mapas de Kirigakure, rutas marítimas y registros administrativos descansaban cuidadosamente organizados sobre enormes paneles de madera. El olor a tinta fresca y papel antiguo impregnaba el ambiente. Detrás de un amplio escritorio se encontraba un hombre cercano a los cincuenta años. Cabello negro ya salpicado por mechones grises, barba corta perfectamente cuidada y una expresión tan neutra que parecía entrenada durante décadas. Vestía el uniforme habitual de los administradores shinobi, sin armaduras ni distintivos llamativos. Su trabajo consistía en gestionar problemas, no en resolverlos personalmente.
Finalmente levantó la vista del pergamino y habló con la misma serenidad con la que había permanecido leyéndolo. —Durante las últimas semanas han desaparecido armas del almacén logístico de Kirigakure. Nada especialmente valioso: kunais, shuriken, espadas de dotación estándar, y demas tontetias.— Deslizó el documento unos centímetros sobre la mesa para que Issei pudiera leer el encabezado.
Cita:Clasificación: Rango C.
Objetivo: Investigar el origen de la desaparición de armamento militar y confirmar la posible existencia de una red de tráfico ilegal dentro de Kirigakure.
—No voy a decirte cómo debes investigar. Empieza donde consideres más oportuno. Pero ten presente una cosa, Issei... si alguien ha conseguido mover armamento militar durante semanas sin levantar sospechas, significa que no se oculta en las sombras.— Hizo una breve pausa antes de concluir. —Se oculta entre la gente.—
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