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Noche de insomnio [Priv]
Kon Kaguya
Rango Genin
Clan Kaguya
Nivel 7
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Generales
Fuerza50(3)
Destreza35(2)
Ctrl. de Chakra15(1)
Inteligencia5(1)
Especiales
Salud11
Velocidad12
Tenketsu10
Sigilo10
380
365
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06-07-2026, 02:06 AM
Kon está tirado en el techo de su casa, con las manos cruzadas detrás de la nuca y los ojos clavados en un cielo que hace rato dejó de tener nada interesante para ofrecerle. La luna está casi llena. La miro tanto tiempo que ya la vio parpadear un par de veces, aunque sabe perfectamente que fue su propio cansancio jugándole una mala pasada. No tiene sueño. O más bien tiene sueño, pero el cuerpo se niega a colaborar. Es una sensación que conoce bien, esa inquietud que le sube por las piernas y le hace mover el pie involuntariamente, un metrónomo nervioso marcando el ritmo de su ansiedad. Podría bajar, meterse en la cama, cerrar los ojos con fuerza como si eso sirviera de algo. Ya lo intentó dos veces esta noche. Las dos veces terminó mirando el techo de su cuarto contando las vetas de la madera hasta perder la cuenta y las ganas.

Se sienta. El movimiento hace crujir algo en su espalda, un chasquido seco que no es del todo normal en un cuerpo de veintisiete años, pero que a esta altura ya ni lo registra como raro. Se pasa una mano por el cabello, lo despeina todavía más de lo que ya estaba, y suelta un bostezo que no llega a convencer a nadie, ni siquiera a él mismo. — Qué manera de perder el tiempo — Exclama para nadie, con esa media sonrisa torcida que usa incluso cuando está solo, como si el sarcasmo fuera un reflejo más que una elección.

Se pone de pie en el borde del techo, los brazos abiertos, y por un segundo juega con la idea estúpida de tirarse. No para lastimarse sino solo para sentir algo, la caída corta, el golpe seco contra el pasto, cualquier cosa que no sea este vacío aburrido que lo tiene atrapado desde que se metió a la cama por primera vez, hace ya tres horas. 

No lo hace. Se ríe solo, un resoplido corto, y baja por la escalera de mano que dejó apoyada contra la pared con la misma pereza con la que hace la mayoría de las cosas que no le interesan. Camina por las calles de Kirigakure. A esta hora no hay casi nadie: algún que otro shinobi de guardia que lo saluda con un gesto seco al reconocerlo, un puesto de comida ya cerrado con el toldo recogido, un perro callejero que lo mira con más desconfianza que curiosidad y decide seguir de largo. El aire tiene ese olor a humedad salada que nunca termina de irse del todo, viviendo tan cerca del mar como vive la aldea.

Kon no tiene un destino claro. Camina por caminar, para matar el tiempo. Lo considera mejor que quedarse quieto. Pasa cerca del sector donde vivía Reiji. No entra. Ni siquiera se acerca del todo, se queda a media cuadra, mirando la fachada oscura de la casa que ahora ocupa otra familia del clan. No hay nada dramático en el gesto, ningún suspiro cargado de significado. Solo se queda ahí parado un rato, con las manos en los bolsillos del pantalón, y después sigue caminando, como si esa pausa hubiera sido apenas un tropiezo sin importancia. Termina en el borde de un entrenamiento improvisado, uno de esos terrenos baldíos que el clan usa para prácticas nocturnas cuando nadie los está mirando. No hay nadie ahora tampoco. Se para en el centro, hace crujir el cuello de un lado a otro, y sin pensarlo demasiado empieza a mover los brazos, lento al principio, después más rápido, sintiendo cómo sus huesos responden bajo la piel con esa flexibilidad rara que solo los de su sangre tienen. No es un entrenamiento serio. Por ahora esta jugando. Saca un fragmento de hueso del antebrazo, apenas la punta, lo suficiente para sentir ese ardor familiar, y lo mira un segundo bajo la luz de la luna antes de volver a meterlo adentro con un gesto que a cualquiera le revolvería el estómago y a él apenas le arranca una mueca de satisfacción.

— Todavía respondes bien — le dice a su propio brazo, como si fuera otra persona la que estuviera ahí escuchando.

Sigue un rato así, probando cosas, practicando sus habilidades. En algún momento se ríe solo, una risa baja, casi para adentro, cuando un tirón más fuerte de lo esperado le saca una puntada de dolor real. Aun así no se detiene. Al contrario, ese dolor parece despertarlo un poco más, sacarlo de la pachorra aburrida que lo tenía dando vueltas por la aldea sin sentido. Se detiene recién cuando el brazo empieza a protestar en serio, un hormigueo raro que reconoce como la primera señal de que se está por pasar de rosca. Respira hondo, deja caer los brazos a los costados, y se queda parado en medio del terreno vacío, transpirado, con la respiración un poco más agitada de lo que debería para el esfuerzo que en realidad hizo.

— Bueno. Es suficiente. — dice en voz alta, aunque nadie lo escucha. Se tira de espaldas sobre el pasto húmedo, sin importarle mancharse la ropa, y se queda mirando otra vez ese mismo cielo que lo tuvo dando vueltas toda la noche. Ahora al menos el cuerpo le pesa un poco más, cansado de verdad, no ese cansancio fantasma de antes. El pecho todavía le sube y baja rápido. Cierra los ojos un segundo, después los abre, después vuelve a cerrarlos. No sabe bien qué hora es cuando finalmente el sueño empieza a ganarle la pulseada. Lo último que piensa, medio entre despierto y dormido, tirado en medio de un descampado como si fuera lo más normal del mundo, es que mañana alguien seguramente le va a preguntar por qué tiene pasto pegado en la ropa. Se esta por quedar dormido ahí mismo, bajo la luna que finalmente dejó de parpadearle, con esa media sonrisa todavía dibujada en la cara.
Kon Kaguya
Rango Genin
Clan Kaguya
Nivel 7
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06-07-2026, 03:57 AM
Última modificación: 06-07-2026, 04:33 AM por Kon Kaguya.
Kon abre los ojos de golpe, sin transición, como si alguien le hubiera tirado un balde de agua encima. Por un segundo no reconoce el cielo que tiene arriba y tarda un instante en ubicarse. Sigue en el mismo descampado, tirado sobre el pasto, con la humedad de la noche ya calada hasta la ropa. Se incorpora de a poco, apoyando primero un codo, después el otro, y siente el cuerpo entero protestar con esa rigidez particular de quien durmió en el peor lugar posible. Se pasa una mano por la cara, después por el cabello y mira alrededor buscando alguna referencia de la hora. No hay ninguna, claro. Solo silencio y una quietud espesa.

— Genial — Se dice a si mismo, con la voz todavía rasposa de dormido — Ahora tengo el cuello hecho mierda. Se pone de pie estirando la espalda hacia atrás, un crujido seco que le arranca una mueca, y se palpa el antebrazo donde antes sacó el fragmento de hueso. Todavía le arde un poco, una molestia sorda más que un dolor real, y la toca con dos dedos. Satisfecho, o al menos resignado, empieza a caminar sin rumbo particular, sacudiéndose el pasto pegado a la ropa con manotazos distraídos que no logran sacarlo del todo.

No tiene sueño otra vez. Es raro, durmió, aunque haya sido apenas un rato tirado al aire libre como un vagabundo, pero la pachorra pesada de antes no volvió. Lo que sí volvió es esa inquietud de fondo, más disimulada ahora, escondida detrás del cansancio físico, pero presente igual, insistente, como un picor que no se deja rascar del todo. Camina sin mirar mucho hacia dónde. Las calles de Kirigakure a esta hora tienen otra textura: ya no es la madrugada temprana de antes, con algún guardia todavía alerta y el eco de sus propios pasos como única compañía. Ahora hay un silencio distinto, más denso, el de la hora en que hasta los insomnes serios ya se rindieron y se metieron en sus casas. Las pocas luces que quedan encendidas son faroles de la calle, parpadeando con esa electricidad vieja que nunca terminó de estabilizarse del todo en los barrios más alejados del centro.

Kon mete las manos en los bolsillos y deja que los pies decidan por él. No es la primera vez que le pasa esto, caminar sin destino hasta que el destino aparece solo, como si la ciudad supiera mejor que él adónde tiene que ir. Pasa por delante de un puesto de comida callejera cerrado, con el toldo bajo y un gato flaco durmiendo arriba del mostrador de madera. Pasa por una plaza pequeña, casi un terreno baldío con pretensiones de plaza, donde de día juegan los chicos del barrio y de noche no hay nadie más que él y el ruido lejano del mar.

En algún momento el paisaje cambia. Las casas se vuelven más apretadas entre sí, las calles más angostas, y empieza a colarse un ruido que no encaja con el silencio general de la aldea: música baja, apenas un murmullo de bajo que se siente más en el pecho que en los oídos, risas ahogadas, el zumbido eléctrico de algún cartel mal instalado. Kon reconoce el sector enseguida. No es la primera vez que termina caminando hacia ahí sin proponérselo del todo. Es una zona que la aldea tolera más que aprovecha: un puñado de locales que abren cuando el resto de Kiri ya cerró, pensados para los que vuelven de misión con las manos manchadas y necesitan algo más fuerte que un té para bajar la adrenalina, o para los que como él, simplemente, no soportan la quietud de sus propias casas. Hay un par de bares con las puertas entornadas, luz roja saliendo por las rendijas, y al fondo de la cuadra, un local más grande que el resto, con un cartel de neón medio fundido que apenas alcanza a formar un nombre legible.

Kon se para en la puerta un segundo, mirando hacia adentro sin terminar de decidirse, aunque en el fondo ya sabe que va a entrar. Siempre sabe que va a entrar. Es solo cuestión de estirar el momento antes, como si fingir la duda le hiciera sentir mejor consigo mismo. Adentro el ambiente es exactamente lo que esperaba: poca luz, mucho humo, una mezcla de gente que no combinaría en ningún otro lugar de la aldea a esta hora. Hay un par de shinobi de rango bajo bebiendo en silencio en una esquina, todavía con el chaleco puesto, como si hubieran venido directo de alguna misión sin pasar por sus casas. Hay civiles también, algunos con la mirada perdida. Y hay mujeres, siempre hay mujeres en estos lugares a esta hora, que Kon registra con una mirada rápida, casi automática, más costumbre que intención real.

Se acerca a la barra y se deja caer en un taburete con la misma pereza con la que hace casi todo lo que no requiere pelear o matar el aburrimiento con algo más físico. El cantinero, un tipo mayor con más cicatrices que pelo, lo mira de reojo sin demasiado interés. — Lo de siempre — dice Kon, aunque nunca queda del todo claro si es una orden real o solo una forma de sonar más asiduo de lo que en realidad es. El cantinero de todos modos le sirve algo oscuro en un vaso pequeño, sin preguntar, y Kon lo agradece con un gesto mínimo de cabeza.

Bebe un trago corto y hace una mueca. No le encanta el sabor, pero tampoco es por eso por lo que vino. Apoya el codo en la barra, girando el cuerpo lo justo para tener una vista completa del salón. Es un ejercicio que hace casi por instinto: catalogar quién está, quién parece peligroso, quién parece aburrido, quién parece la clase de persona con la que valdría la pena cruzar un par de palabras antes de que amanezca, etcétera. Su atención se detiene un momento en una mujer sentada sola dos taburetes más allá, con el pelo oscuro recogido a medias y una copa que hace rato dejó de tocar. No la conoce. 

— ¿Mala noche, o simplemente no te gusta la compañía de aquí? — dice, sin moverse todavía del todo de su lugar, con un tono casual.

Ella lo mira de reojo, evalúa un segundo, y responde con algo cortante que no lo desalienta en lo más mínimo, al contrario, la media sonrisa de Kon se estira un poco más ante el desafío. — Todavía no lo decido. — Intercambian un par de frases más, ella con esa distancia de quien ya escuchó demasiadas líneas parecidas en lugares como este, él insistiendo con ese encanto un poco gastado pero efectivo que sabe usar cuando quiere. No hay urgencia real en el intento. Es más un juego para pasar el rato que una necesidad genuina, algo para llenar el vacío incómodo de estar despierto a esta hora sin nada mejor que hacer.

La conversación no llega a ningún lado concreto, ella termina su copa, se despide con una media sonrisa que no promete nada, y se va hacia la puerta sin mirar atrás. Kon la sigue con la vista un segundo, se encoge de hombros para sí mismo, y vuelve a girarse hacia la barra sin que el rechazo le haga ni cosquillas. Ya está acostumbrado a que la mayoría de estas cosas no terminen en nada, y en el fondo tampoco esperaba que esta vez fuera distinto. Termina el trago que le queda de un saque y pide otro, más por hacer algo con las manos que por ganas reales de seguir bebiendo. El local sigue su ritmo propio alrededor de él: alguien se ríe fuerte en una mesa del fondo, alguien más discute en voz baja con el tono tenso de quien está por terminar mal la noche, la música de fondo sigue con ese bajo insistente que no cambia nunca demasiado.

Kon apoya la espalda contra la barra, mirando el techo bajo y ahumado del local, y por primera vez en toda la noche siente que algo empieza a aflojarse. No es sueño todavía, pero es parecido. El bullicio ajeno, paradójicamente, lo relaja más que el silencio. Se queda ahí un buen rato, sin apuro, dejando pasar los minutos entre tragos cortos y comentarios sueltos que le tira al cantinero más para sacarle una respuesta que por interés real en la charla.
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