Cita:En aquella costa era común que los habitantes despertaran con el sonido de las olas golpeando los muelles, el olor salado del océano impregnando las calles cercanas y la humedad pegándose a la ropa incluso antes de que el sol terminara de aparecer entre las nubes. Para muchos, aquel paisaje era simplemente parte de la vida diaria; un entorno duro, cambiante y en ocasiones impredecible, pero también familiar. Sin embargo, durante los últimos días, algo extraño había comenzado a romper esa rutina.
Los rumores habían viajado rápido entre los pescadores. Al principio fueron simples comentarios entre trabajadores del puerto, historias contadas mientras reparaban redes o descargaban mercancías al amanecer. Algunos aseguraban haber visto cómo la lluvia dejaba de caer y comenzaba a elevarse lentamente, como si algo estuviera intentando devolver las gotas al cielo. Otros hablaban de una señal de mal augurio, un fenómeno provocado por el propio mar como advertencia para quienes se atrevieran a navegar.
Con cada nuevo amanecer, la historia parecía hacerse más grande. Y con ella, el miedo.
Los pescadores comenzaron a evitar ciertas zonas del estrecho, dejando embarcaciones sin utilizar y reduciendo sus salidas al mar. Aquello habría quedado como una simple superstición de no ser porque, al mismo tiempo, empezaron a aparecer pequeñas pérdidas: redes desaparecidas, trampas de pesca arrancadas de sus lugares, herramientas tomadas de los barcos e incluso piezas de embarcaciones que alguien había desmontado durante la noche. Alguien estaba aprovechando el temor de los habitantes. Por esa razón, la misión fue asignada a un grupo de genin.
La mañana de la misión llegó cubierta por un cielo grisáceo, aunque no parecía que fuera a caer una tormenta. Una capa de nubes bajas se extendía sobre el horizonte, mezclándose con la niebla hasta convertir el paisaje en una combinación de tonos apagados donde el mar y el cielo parecían confundirse.
El camino hacia la costa estaba húmedo por la reciente lluvia nocturna. Los charcos reflejaban la luz débil del día mientras el sonido de las olas aumentaba conforme el terreno descendía hacia los acantilados y los pequeños asentamientos pesqueros que rodeaban el estrecho.
A lo lejos podían verse varias embarcaciones detenidas cerca del puerto. Algunas estaban amarradas de manera descuidada, como si sus dueños hubieran decidido no volver a utilizarlas hasta estar seguros de que el supuesto fenómeno había desaparecido.
Al llegar a la zona indicada, los genin encontrarían un pequeño grupo de pescadores reunido cerca de uno de los almacenes costeros. Sus expresiones eran serias, algunos observando el mar con desconfianza mientras otros discutían en voz baja sobre lo ocurrido durante la última noche.
Un hombre mayor, con la piel marcada por años trabajando bajo el sol y las manos llenas de pequeñas heridas por las redes, sería el primero en notar la presencia del equipo.
— ¿Sois los ninjas que han enviado desde la aldea? —preguntaría mientras se acercaba lentamente, aunque su tono no tendría demasiada confianza—. Espero que podáis descubrir qué está pasando aquí... porque cada día que pasa más barcos se quedan en tierra.
El anciano miraría durante unos segundos hacia el estrecho antes de continuar.
— Ayer volvió a ocurrir. La lluvia empezó a subir otra vez. Igual que las otras veces. Algunos dicen que es un espíritu del mar... otros creen que alguien está jugando con nosotros —haría una pausa, bajando ligeramente la voz—. Pero yo he vivido demasiado tiempo en esta costa como para creer en cuentos. Algo o alguien está provocando esto.
Detrás de él, entre las estructuras de madera del puerto, podrían observarse varias señales de lo ocurrido: una red rota abandonada junto a un almacén, marcas extrañas sobre algunos postes cercanos al agua y una pequeña embarcación con parte de sus herramientas desaparecidas. El estrecho se extendía frente a ellos. Tranquilo, demasiado tranquilo. Y aunque en aquel momento no había nada fuera de lo normal, quienes prestaran suficiente atención podrían notar pequeños detalles: una corriente de aire que parecía cambiar de dirección sin motivo aparente, unas gotas de agua elevándose apenas unos centímetros desde una zona concreta de las rocas... o quizá simplemente la sensación incómoda de que alguien estaba observando desde algún lugar oculto entre la niebla.
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