Año: 150. Verano. Día 24
Lugar: Konoha
La tarde iba cayendo sobre Konoha y la aldea ya no sonaba igual. La avenida principal, esa que cruzaba desde la zona del Edificio Kage hacia el este, estaba tomada por puestos a medio montar, faroles de papel, telas rojas y verdes colgadas entre balcones, familias cargando cajas, niños corriendo con máscaras baratas y vendedores probando fogones antes de que empezara la noche previa al festival. Cerca del área de Asignación de Misiones, los genin iban y venían con encargos menores, porque en vísperas del Día de Konoha nadie descansaba del todo. La aldea podía estar de fiesta, sí, pero seguía siendo Konoha. Esa costumbre de proteger lo propio venía desde la misma historia de la aldea, levantada como refugio, organizada por clanes y acostumbrada a cuidar sus entradas, sus recursos y su paz interna.
Kyōraku Senju fue uno de esos llamados antes de que el sol terminara de esconderse. La misión no parecía complicada en papel, pero tenía ese tipo de detalles que podían torcer una noche entera si se descuidaba. Un comerciante y terrateniente del País del Fuego, un hombre de esos de ropas caras y manos llenas de anillos, estaba en Konoha cerrando acuerdos antes del festival. Había pasado el día entrando y saliendo de reuniones, hablando con representantes y revisando permisos, mercancías y tratos. A su lado estaba su hija, Kaori, una joven bien vestida, curiosa y claramente cansada de esperar sentada mientras su padre hablaba de tierras, contratos y cargas de arroz. El hombre pidió que un genin la acompañara por la aldea durante la noche, que la dejara ver el ambiente previo al festival, comer algo, pasar por los juegos, mirar el teatro callejero y llegar a tiempo para los fuegos artificiales sin perderse. Osea, que conociera Konoha...la verdadera Konoha.
El encargado de misiones le explicó a Kyōraku la ruta recomendada con un dedo sobre el mapa: salir desde la zona administrativa, bajar hacia los puestos de comida cercanos al Puesto de Ramen, cruzar por donde estaban montando los juegos y las decoraciones, pasar por la Tienda de Dango si la muchacha insistía en probar dulces, y luego moverse hacia una zona abierta cuando la noche estuviera más avanzada. Una ruta sencilla, algo fácil. QUe pudiera ver lo bonito de la aldea sin exponerse al peligro de la noche. El teatro se estaba armando cerca de una plaza despejada, con bancas temporales y un pequeño escenario de madera, mientras los fuegos artificiales serían lanzados lejos de los techos y los comercios para evitar accidentes.
Kaori lo esperaba a las puertas del Edificio Kage, justo al lado de un policía de turno que mantenía una mano apoyada en el cinturón y la otra sobre una tablilla con los datos de la misión. Era una niña de 12 años, de rostro fino y expresión despierta, con el cabello oscuro recogido con una cinta sencilla y un vestido claro que se notaba caro, pero incómodo para alguien que quería caminar, correr y meterse entre puestos de comida. Llevaba una pequeña bolsa colgando del brazo, zapatos limpios y una mirada inquieta que saltaba de un lado a otro cada vez que escuchaba música, risas o el grito de algún vendedor en la avenida. Se notaba que venía de una familia importante, por la ropa, por la forma en que el policía la vigilaba y por la confianza con la que se mantenía de pie, pero también se notaba que seguía siendo una niña: impaciente, curiosa, emocionada por la fiesta y aburrida de esperar adultos que solo hablaban de negocios. El policía recibió a Kyōraku cuando se acercó, le confirmó el nombre de la muchacha y le dejó claro que, desde ese momento, su seguridad quedaba bajo responsabilidad del genin.
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