La Estación de Policía de Konoha llevaba toda la mañana con más ruido del normal. No era una emergencia grande, ni siquiera una amenaza seria para la aldea, pero sí era una de esas situaciones pequeñas que se vuelven un dolor de cabeza. El detenido era un muchacho joven, flaco, sucio de la ropa, con un golpe leve en el pómulo y las muñecas amarradas al frente con una cuerda reforzada. Lo habían traído desde la zona comercial después de romper un puesto, empujar a un civil y armar un escándalo frente a varios negocios. Según los guardias, no había usado jutsu ni armas, pero sí tenía carácter, boca y ganas de correr. Durante el interrogatorio ya había intentado escapar una vez, aprovechando un descuido para lanzarse contra la puerta y meterse por el pasillo, así que nadie en la estación tenía ganas de repetir el mismo papelón.
El problema era el traslado. El Centro Correccional quedaba al suroeste, no demasiado lejos, pero tampoco al lado. Desde la Estación de Policía había que salir hacia las calles internas, cruzar por zonas con movimiento civil y bajar hacia el sector donde la aldea se iba poniendo más pesada, más vigilada y menos amable. No era una ruta de guerra, pero sí una ruta incómoda: comerciantes, vecinos curiosos, niños mirando desde las esquinas, gente preguntando qué hizo el muchacho y el propio detenido buscando cualquier hueco para volver a hacer el ridículo.. Y tenlo por seguro que lo intentará. Los guardias civiles podían llevarlo, claro, después de todo para eso les pagaban...pero no querían exponerse a una fuga. En Konoha esas cosas no pasaban desapercibidas, y menos con la vigilancia interna funcionando siempre de fondo.
El joven, por su parte, no ayudaba en nada. Iba sentado en una banca, con una pierna rebotando sin parar y la mirada clavada en todos menos en quien le hablaba. Cada vez que un guardia se acercaba, soltaba algún comentario bajo, alguna provocación barata o una risa seca que solo servía para poner más tensos a los demás. No parecía peligroso en el sentido grande de la palabra, pero sí era de esos que complican una tarea sencilla porque no saben quedarse quietos. Había mordido a un guardia cuando lo sujetaron en la zona comercial, había pateado una silla dentro de la estación y, según el informe, tenía dos o tres amigos que andaban cerca cuando lo arrestaron. Nadie sabía si esos amigos iban a intentar algo o si solo iban a mirar desde lejos, pero bastaba con que aparecieran gritando para convertir el traslado en un espectáculo.
Por eso se solicitó la presencia de un miembro de Konoha para acompañar el recorrido. La orden era simple: sacar al detenido de la Estación de Policía, mantenerlo bajo control durante todo el trayecto y entregarlo en el Centro Correccional sin daños, sin fuga y sin escándalo innecesario. No hacía falta intimidar a media aldea ni romperle la cara al muchacho por hablar de más, pero tampoco se esperaba que el shinobi fuera blando si el detenido intentaba soltarse. Los guardias ya tenían preparada la documentación, la cuerda de seguridad y una ruta directa hacia el suroeste. Afuera, la calle seguía viva, con pasos, voces y miradas cruzándose a cada lado. La misión parecía sencilla, pero todos en la estación sabían lo mismo: con un detenido así, el problema no era llegar al Centro Correccional. El problema era que llegara caminando.
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