Tres carretas aguardaban junto al puesto de control. Sus ejes habían sido revisados y las ruedas reforzadas con nuevas abrazaderas de metal. Sobre ellas descansaban barriles sellados con el emblema de la aldea, cajas de madera marcadas con advertencias de manipulación y varios sacos de raciones de campaña cuidadosamente apilados y cubiertos por lonas impermeables. El olor del aceite especial para maquinaria se mezclaba con el de la madera recién trabajada y el de las bestias de carga que resoplaban con paciencia.
Los hombres y mujeres encargados del transporte no vestían protectores de frente ni portaban armas propias de los shinobi. Eran carreteros, obreros de mantenimiento y ayudantes del cuerpo logístico, personas acostumbradas a servir a la aldea de una forma mucho más silenciosa que los ninja. Aun así, la presencia de un genin asignado a la escolta parecía haber aliviado parte de la tensión que se reflejaba en algunos rostros. Uno de los carreteros, un hombre de manos ásperas y espalda encorvada por años de trabajo, levantó la vista al notar la llegada del joven ninja. Su expresión se iluminó de inmediato.
— ¡Ah, ahí está nuestro escolta! Pensábamos que los de las Misiones se habían olvidado de nosotros.
Una mujer que terminaba de asegurar unas cuerdas sobre una de las cajas dejó escapar una pequeña risa antes de inclinar la cabeza en señal de saludo.
— Buenos días.
Los demás presentes también dirigieron su atención hacia él. Algunos asintieron con cortesía; otros parecían simplemente aliviados de no tener que completar la labor completamente solos. El carretero volvió a hablar mientras observaba el camino que conducía de vuelta al interior de la aldea, como si esperara ver aparecer a alguien más.
— Díganos una cosa... ¿vendrá algún otro shinobi con usted?
La pregunta era sencilla e inocente, aunque cargada de una preocupación perfectamente comprensible. El convoy no transportaba armas ni tesoros, pero sí materiales esenciales para el funcionamiento de ciertas instalaciones de la aldea. Una carga importante, y un trayecto lo bastante largo como para que cualquier imprevisto resultara incómodo. Las bestias de tiro agitaron las orejas y el viento hizo crujir las lonas que cubrían las provisiones. Todo estaba listo; únicamente faltaba la respuesta del joven genin y la orden que pondría las ruedas en movimiento hacia el Sector Cuatro.
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