20-06-2026, 12:59 AM
El agua golpeaba el casco de abajo. Hiroshi conocía ese ritmo mejor que el latido de su propio pecho, o eso decía cada mañana después de otra noche entrecortada. Cuando abrió los ojos, la cabaña ya olía a humedad. Le costó enderezarse, y la espalda baja le tiró tan pronto tocó el suelo frío con los pies, por lo que tuvo que quedarse apoyado en el marco de la cama un momento de más. Setenta y ocho años y su maldito cuerpo no dejaba de recordárselo. Maldijo la cama, el suelo, a sus padres, a sus nietos, a toda la putísima aldea, pero bien calladito... sin fuerzas para levantar la voz.
La ventana de su pequeña habitación daba al canal. En Kirigakure la niebla no se iba nunca, lo cual le hartaba, sino que se movía de un lado a otro sin despejar nunca el agua. Desde su casa se veían los muelles y las tablas podridas de vecinos que no arreglaban nada hasta hundirse. Hiroshi había pescado ahí media vida. Sabía dónde se formaba hielo fino en invierno y qué tablón del muelle crujía si lo pisabas mal. ¿Cuánto aguantaría el soporte del almacén con la llovizna de hoy? No era un cálculo agradable, porque nada en esa condenada aldea era agradable.
Se vistió despacio. La camisa apestaba a mierda y a sal aunque la hubiera lavado hace dos días. En la mesa de la cocina había un cuenco con restos de arroz frío y un papel doblado: la solicitud que había llevado ayer al puesto de misiones. Un genin. O lo que mandaran, para él todos esos payasos eran lo mismo. Solo necesitaba de alguien con piernas jóvenes para mover cajas y manos que no temblaran al remendar las redes rotas en la tormenta de la semana pasada. Le daba igual si podía hacer o no trucos de magia.
No había pedido ayuda desde que murió su hijo en una expedición con gente de bandana en la frente, gente que miraba por encima del hombro de quien no servía en combate. Desde entonces Hiroshi había arreglado lo suyo solo. Lo que hiciera falta, sin excusas. Los ninja solo servían para matar y era mejor tenerles lejos de casa. Pero la red principal se había partido en tres tramos y las cajas de salazón habían quedado en el almacén con la esquina hundida después de que el soporte se pudriera. Él no podía levantarlas. Lo intentó dos días atrás y la putísima espalda le respondió con un pinchazo que lo dejó sin aliento en mitad del pasillo. Todavía le dolía hasta cuando iba a mear.
Se sentó en la silla de madera junto a la puerta, la del asiento gastado de tantos inviernos, y miró el camino que subía hacia el centro del distrito. Las redes seguían rotas en el poste. Las cajas podían quedarse en el almacén. Él no tenía otra cosa que hacer que esperar a que apareciera algún payaso con bandana en la frente.
Petición: enlace
La ventana de su pequeña habitación daba al canal. En Kirigakure la niebla no se iba nunca, lo cual le hartaba, sino que se movía de un lado a otro sin despejar nunca el agua. Desde su casa se veían los muelles y las tablas podridas de vecinos que no arreglaban nada hasta hundirse. Hiroshi había pescado ahí media vida. Sabía dónde se formaba hielo fino en invierno y qué tablón del muelle crujía si lo pisabas mal. ¿Cuánto aguantaría el soporte del almacén con la llovizna de hoy? No era un cálculo agradable, porque nada en esa condenada aldea era agradable.
Se vistió despacio. La camisa apestaba a mierda y a sal aunque la hubiera lavado hace dos días. En la mesa de la cocina había un cuenco con restos de arroz frío y un papel doblado: la solicitud que había llevado ayer al puesto de misiones. Un genin. O lo que mandaran, para él todos esos payasos eran lo mismo. Solo necesitaba de alguien con piernas jóvenes para mover cajas y manos que no temblaran al remendar las redes rotas en la tormenta de la semana pasada. Le daba igual si podía hacer o no trucos de magia.
No había pedido ayuda desde que murió su hijo en una expedición con gente de bandana en la frente, gente que miraba por encima del hombro de quien no servía en combate. Desde entonces Hiroshi había arreglado lo suyo solo. Lo que hiciera falta, sin excusas. Los ninja solo servían para matar y era mejor tenerles lejos de casa. Pero la red principal se había partido en tres tramos y las cajas de salazón habían quedado en el almacén con la esquina hundida después de que el soporte se pudriera. Él no podía levantarlas. Lo intentó dos días atrás y la putísima espalda le respondió con un pinchazo que lo dejó sin aliento en mitad del pasillo. Todavía le dolía hasta cuando iba a mear.
Se sentó en la silla de madera junto a la puerta, la del asiento gastado de tantos inviernos, y miró el camino que subía hacia el centro del distrito. Las redes seguían rotas en el poste. Las cajas podían quedarse en el almacén. Él no tenía otra cosa que hacer que esperar a que apareciera algún payaso con bandana en la frente.
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