Shinobi Gaiden Foro Rol
  • Guías
  • Técnicas
  • Información ▾
    • Mapa del Mundo
    • Virtudes y Defectos
    • Registro de Personajes
    • Objetos
    • Calc. de Estadísticas
    • Censo y Estadísticas
  • Iniciar Sesión
  • Regístrate
  • Primeros pasos
Kishue vs Akira y Kei
忍 SG
知
¿Sabías que… durante el tsunami algunos Hozuki se mezclaron con las corrientes debido a sus cuerpos líquidos y fueron arrastrados?
Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?
Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Agua
« Anterior 1 2 3 4 Siguiente »
  ›   [Misión Simple] Autonarrada [Rango E]: Redes enredadas
Responder
Autonarrada [Rango E]: Redes enredadas
Orión Hoshigaki
Rango Chuunin
Clan Hoshigaki
Nivel 13
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza25(2)
Ctrl. de Chakra60(3)
Inteligencia10(1)
Especiales
Salud11
Velocidad14
Tenketsu11
Sigilo15
560
535
Enlace al Post
18-06-2026, 05:13 PM
1 de Verano 4:30am

El movimiento en el puerto comenzaba antes de que el sol se posara sobre la escasa costa que devoraba la aldea. A Orión no le molestaba. El puerto había sido su escuela; no tenía la manía de dormir hasta tarde y jamás le atormentaron los cascos de madera golpeando el mar, las cuerdas tensas crujiendo con la brisa eterna o alguna ave robando la pesca afortunada de las primeras horas del día. Los viejos pescadores no las perseguían. Era casi un ritual dejarlas marchar con el pez; pensaban que aquel pequeño sacrificio traería más comida a sus redes.

El verano apenas llevaba un día respirando y llenando de sol el lugar, aunque el aire seguía siendo cruel. El viento abrazaba los huesos y traía el inconfundible perfume de los peces coleando en los recipientes de los pescadores. También olía a alquitrán, algas y madera mojada, que en una simbiosis casi folclórica convivían con la cultura del puerto y del hogar. Un olor viejo y eterno, un olor que había nacido el día en que los hombres surcaron por primera vez las crestas del mar.
Orión caminaba entre los tablones, inmerso en el número que un paso dejaba tras otro, buscando con cada zancada llegar al lugar que le había sido asignado como misión. La madera no se quejaba; era como si recordara el peso de quien la había recorrido durante toda su juventud.

“Ciento treinta y nueve... ciento cuarenta.”

No era absurdo aquel grupo de números que desfilaba por su cabeza. No recordaba cuánto tiempo llevaba haciéndolo, pero lo ayudaba a romper el molde que su abuelo le había forjado. Era su manera de demostrar, aunque solo fuera para sí mismo, que la paciencia también podía medirse.
No buscaba rostros; sabía perfectamente lo que debía hacer. Nunca lo hacía. Las caras terminaban desdibujándose unas sobre otras con la misma facilidad con la que el agua borraba las huellas de la arena. En cambio, las fragancias eran más fieles, más leales. No mentían.

El cansancio podía olerse en el sudor, en las hormonas trabajadoras, jadeantes, exhaustas. El miedo también, aunque en ocasiones se confundía con el placer o el amor. Incluso la alegría y el júbilo terminaban prendidos de la ropa de los hombres como abrojos.

Olfateó. Nostalgia de la buena. La comisura de sus labios se atrevió a torcerse apenas. La brisa le trajo el olor de cuando su padre le enseñó que las corrientes podían arrastrar hermosos recuerdos, que sus manos eran capaces de acunar tesoros y guardarlos con la delicadeza que merecían. Aunque su abuelo insistía en que no juntara basura, que aquellas manos habían nacido para luchar.
Como si el muelle lo hubiera comprendido, una de las cuerdas que los pescadores buscaban sonó contra los pilares. Inmaculada, rubia, hermosa, se deslizó hasta arrimarse al borde para que el joven ninja pudiera salvarla. Orión la recogió, la acomodó sobre su hombro y siguió caminando.

Llevó una mano al bolsillo. Sus dedos encontraron vida. Pensar demasiado en el pasado solía despertarle la ansiedad de alimentar su viejo vicio. El pequeño trozo de madera seca recorrió cada uno de sus dedos antes de apoyarse entre sus labios. Lo hizo girar dentro de sus fauces y lo mordió con fuerza, recordando... hasta que el sonido de las astillas crujiendo lo devolvió al aquí y al ahora. Fue suficiente para ordenarse y seguir.

No tardó en dar con el hombre que pagaría por aquel servicio. Estaba sereno, sentado sobre un barril de ron, con las manos precisas cosiendo una de las redes que él mismo había logrado rescatar. Levantó la vista y escupió una sustancia negra, tabaco y ron, cuando la sombra que proyectaba el joven al sol le cubrió la vista. No preguntó su nombre. Ese cuerpo, ese pelo, esas manos, esa piel, esas fauces. Un Hoshigaki.

-Llegaste acompañado.

Sonrió el anciano mientras saboreaba con la vista la red intacta sobre el hombro de Orión. El joven solo asintió con la cabeza y le acercó la red que había conseguido momentos antes. El viejo soltó la aguja sobre el tejido. Sabía muy bien dónde volver a encontrarla. Luego señaló con el mentón hacia la punta del muelle.

-Anoche el viento fue severo con nosotros. Nos despojó de varias de nuestras redes y las dispersó por el agua. Muchas quedaron enredadas entre embarcaciones y postes. Las más afortunadas flotan o descansan sumergidas, como esta que me has traído. No tires de ellas. La brutalidad no hará que salgan; solo conseguirás romperlas si eres torpe.

El pez no respondió. Continuó caminando en la dirección que el mentón del anciano había dibujado sobre el puerto. Las redes apenas asomaban entre las corrientes. Algunas parecían descansar sobre la superficie; otras se hundían con una tensión casi imperceptible, como si algo las sujetara desde el fondo. No hizo nada de inmediato.

Se columpió en la punta del muelle y permaneció inmóvil durante unos segundos. El viento le acarició las branquias mientras observaba el agua atravesar los pilotes. El pescador aguardó detrás de él hasta que el silencio terminó por incomodarlo.


-¿Las ves?

Orión negó apenas con el semblante.

-No.

El anciano frunció el ceño. Un hilo de saliva oscura escapó entre sus labios.

-Entonces…

-Las estoy escuchando.

No hubo nada más que decir. El viejo volvió a sentarse sobre el barril, convencido de que aquel muchacho enorme entendía el puerto bastante mejor que muchos hombres que llevaban toda una vida viviendo de él.

Siguió estático, pensativo. Recorrió varios caminos en su mente antes de perderse en el gran azul. Observó con detenimiento las ondulaciones que se formaban cuando el mar atropellaba los pilotes. Él las contemplaba como caminos. Un juego de su imaginación convertía aquel espectáculo de la física en una burda ficción. El viejo había culpado al viento, pero Orión sabía muy bien que el verdadero problema era el agua. Era allí donde el destino tejía sus redes.

Descendió al primer nivel del muelle, conocedor de cada ruta marítima de la zona. Las tablas se quejaron un poco más cuando dejó de pisarlas, mientras su enorme mano sujetaba una soga que acompañó su descenso.

Se mezcló con las algas y la profundidad. No tardó en encontrar la primera red sumergida. Asomaba atrapada entre dos barcos pesqueros. Estaba tan tensa que, por un instante, pensó en tirar de ella. Bastaba un poco de fuerza para arrancarla... y también para romperla. Le pareció un descuido demasiado grande.

Se acercó un poco más y dejó que su brazo desapareciera bajo el agua. El frío apenas le arrancó una profunda exhalación. Sus dedos no buscaban la red. Buscaban aquello que la retenía. Encontró el punto exacto donde la cuerda se había enroscado sobre sí misma. No empujó. No forzó. Solo hizo girar los cabos hasta deshacer el nudo. La tensión desapareció. La red ascendió sola hacia la superficie y la corriente terminó el trabajo por él.

Ya tenía la segunda red extraviada. El anciano se levantó de golpe del barril. Curioso, dejó la aguja clavada entre los hilos y observó en silencio.

La siguiente fue más terca. Había quedado aprisionada bajo la quilla de una pequeña embarcación mercante. Orión estudió el vaivén del bote durante apenas veinte segundos. Cada respiración del agua parecía liberar un poco más los hilos trenzados. Esperó el instante exacto. Cuando el casco se elevó sobre una ola, se sumergió por completo y nadó unos pocos metros hasta acompañar el movimiento de la embarcación. Con ambas manos desató la cuerda sin sacrificar un solo hilo de la red.

-Mi padre siempre decía que los Hoshigaki arreglaban todo a los golpes.

Orión continuó recuperando una red tras otra sin levantar siquiera un centímetro la vista. Solo respondió con una voz grave, curtida por la sal.

-Mi padre pescaba.

La respuesta fue suficiente. No hacía falta añadir una sola palabra. Las redes fueron acumulándose una tras otra sobre su espalda. Cuando recuperó la última, el sol ya había ganado altura y caía casi a noventa grados sobre el puerto.

Orión regresó al muelle y acomodó cada una de las redes con cuidado antes de volver a tierra. Recordaba que, para aquel viejo, aquello era un tesoro. Algunas cargaban roturas inevitables, producto de haber pasado toda la noche golpeándose contra pilotes y embarcaciones.
El anciano deslizó un dedo por el tejido con la precisión de un artesano. Asintió, satisfecho.

- Buen trabajo. El dinero siempre termina gastándose. Las redes, si se cuidan bien, pueden durar años.

Antes de marcharse, Orión devolvió unos segundos de su atención al mar. El agua no conservaba un solo rastro del trabajo que acababa de realizar. Las corrientes seguían meciendo los botes con la misma indiferencia de siempre, como si jamás hubieran retenido las herramientas del pescador.
Carcajeó para sorpresa de quienes lo observaban. El mar no era cruel. Tampoco era bondadoso.
Moderador 6
Rango Genin
Clan Yamanaka
Nivel 2
Estadísticas
Generales
Fuerza0(1)
Destreza0(1)
Ctrl. de Chakra0(1)
Inteligencia0(1)
Especiales
Salud9
Velocidad9
Tenketsu9
Sigilo9
180
180
Enlace al Post
18-06-2026, 09:21 PM
閉
🔒 Tema cerrado
Este tema ha sido cerrado.

RECOMPENSAS ENTREGADAS


[Imagen: fukasaku-approved.png]
Responder
Salto de foro:

Usuarios navegando en este tema: 1 invitado(s)