24-08-2023, 10:47 PM
Un día cualquiera en la “aldea oculta entre las hojas”, Konohagakure no Sato, la cual ciertamente el tiempo la había tratado muy distinto a lo que su nombre solía ser, pasando de verse como un humilde poblado a una gran ciudad con edificios tan altos como algunos riscos cercanos. Luces, asfalto, tantas cosas que fueron apartando a la antigua aldea a lo que propiamente debía llamarse metrópolis.
En una de las tantas plazas, especialmente una relativamente alejada del centro de la ciudad, múltiples personas parecían compartir con total normalidad, disfrutando en la medida que podían de sus tardes, de sus compañías y por supuesto, de la comida local que era ofrecida por varios comerciantes estratégicamente situados a lo largo de la plaza.
El ambiente era tal que cualquiera podría olvidar que la ciudad estaba siendo controlada por un bando que no tenía el interés de ninguno de sus habitantes en mente, una que incluso experimentaba con ellos o los hacía “desaparecer”, término bastante común en la boca de todos cuando de la noche a la mañana sus amigos o familiares no eran vueltos a ver. Tal era el control de esas figuras de gran poder que incluso bajo todos esos rumores y miedos, las personas seguían haciéndose los ignorantes y seguían intentando vivir sus vidas en lo mejor que podían.
La hora del día era cercana a las cuatro de la tarde, con las luces de la urbe poco a poco relevando la del sol, que empezaba a ocultarse entre los árboles y montañas de muy lejos. La cantidad de personas era la suficiente como para que casi cualquier conversación pasase desapercibida; en uno de los tantos bancos de asientos, no muy lejos de varios locales de entretenimiento de todo tipo, un moreno vestido con ropa “casual” se encontraba disfrutando de un platillo exquisito de distintos sushis con toppings variados.
Su mente para ese día era de relajo, había decidido salir a pasear por la ciudad sin pensarlo mucho, saliendo con lo básico, pero nunca olvidando su equipamiento, por muy extraño que se viera a ojos ajenos. ¿Quién diría que ese día crearía un nuevo lazo? Habían pasado muchas cosas en los últimos meses, cosas inesperadas cabía destacar, así que en este momento nada le sorprendía.
En una de las tantas plazas, especialmente una relativamente alejada del centro de la ciudad, múltiples personas parecían compartir con total normalidad, disfrutando en la medida que podían de sus tardes, de sus compañías y por supuesto, de la comida local que era ofrecida por varios comerciantes estratégicamente situados a lo largo de la plaza.
El ambiente era tal que cualquiera podría olvidar que la ciudad estaba siendo controlada por un bando que no tenía el interés de ninguno de sus habitantes en mente, una que incluso experimentaba con ellos o los hacía “desaparecer”, término bastante común en la boca de todos cuando de la noche a la mañana sus amigos o familiares no eran vueltos a ver. Tal era el control de esas figuras de gran poder que incluso bajo todos esos rumores y miedos, las personas seguían haciéndose los ignorantes y seguían intentando vivir sus vidas en lo mejor que podían.
La hora del día era cercana a las cuatro de la tarde, con las luces de la urbe poco a poco relevando la del sol, que empezaba a ocultarse entre los árboles y montañas de muy lejos. La cantidad de personas era la suficiente como para que casi cualquier conversación pasase desapercibida; en uno de los tantos bancos de asientos, no muy lejos de varios locales de entretenimiento de todo tipo, un moreno vestido con ropa “casual” se encontraba disfrutando de un platillo exquisito de distintos sushis con toppings variados.
Su mente para ese día era de relajo, había decidido salir a pasear por la ciudad sin pensarlo mucho, saliendo con lo básico, pero nunca olvidando su equipamiento, por muy extraño que se viera a ojos ajenos. ¿Quién diría que ese día crearía un nuevo lazo? Habían pasado muchas cosas en los últimos meses, cosas inesperadas cabía destacar, así que en este momento nada le sorprendía.