14-09-2026, 04:25 PM
El sol estival apenas lograba abrirse paso a través del denso manto salobre que flotaba sobre los pasajes de la Zona Residencial de Kirigakure. El calor de mediados de verano no evaporaba la humedad constante de la aldea; al contrario, convertía el ambiente en una vaporosa sauna donde el olor a madera mojada, salitre y verdín se impregnaba en cada fachada de tablas oscurecidas. Sin embargo, esa mañana en particular, una pestilencia mucho más agria y punzante dominaba la brisa entre las estrechas avenidas del distrito.
En la intersección que separaba las hileras de viviendas compactas del canal secundario, la escena era un auténtico caos de desperdicios. Varios sacos de arpillera gruesa yacían desgarrados sobre los adoquines húmedos, dejando al descubierto vísceras de pescado en descomposición, cáscaras de verduras reblandecidas y restos de arroz echado a perder. Manchas de grasa oscura dibujaban senderos irregulares sobre la piedra pulida, mientras enjambres de moscas revoloteaban sobre el reguero de basura que se extendía a lo largo de más de diez metros, bloqueando las entradas de madera y salpicando los zócalos recién lavados de las casas vecinas.
—¡Maldito animal del demonio! ¡Si le pongo las manos encima juro por los mares que lo haré estofado! —El grito retumbó contra las paredes de yeso y bambú de la calleja.
Una mujer de edad avanzada, ataviada con un delantal de lino manchado y sosteniendo una escoba de paja rígida entre las manos, descargaba cada barredura con furia contra el suelo. Se trataba de Tomoe, una de las residentes encargadas del mantenimiento de la manzana. Sus brazos nudosos temblaban de indignación mientras intentaba vanamente juntar las entrañas de una caballa que habían sido destripadas y esparcidas contra el marco de su propia puerta. A su lado, un cubo de madera volcado derramaba un charco de agua jabonosa sobre la calzada.
Tomoe se detuvo un instante para secarse el sudor del rostro con el reverso del antebrazo, dejando ver la profunda frustración grabada en los surcos de sus facciones. Al percatarse de la presencia del shinobi enviado para atender el reporte, la mujer clavó el mango de la escoba en la juntura de los adoquines con un golpe seco.
—¿Ves este desastre? ¡Míralo bien! —señaló con un índice deformado por la artritis hacia una ristra de bolsas de tela mordisqueadas y rasgadas con precisión casi quirúrgica—. ¡Tres días seguidos! Todas las mañanas, justo antes de que pase el carro de recolección de los muelles, ese engendro pulgoso baja de los tejados, rompe las ataduras de atando y desperdicia la comida que ni siquiera se va a comer solo para desparramarla por toda la calle. ¡Los vecinos ya no pueden ni abrir las ventanas al amanecer por culpa del hedor!
Como si hubiese sido invocado por los insultos, un chasquido suave resonó sobre las tejas de arcilla del alero superior.
Un felino de tamaño considerable, con el pelaje atigrado en tonos grisáceos y manchado de hollín, permanecía echado sobre la cornisa de madera. Tenía la oreja izquierda partida por una vieja cicatriz y un ojo entrecerrado con aires de absoluta indiferencia. Entre sus fauces sostenía la cabeza entera de un salmón seco, goteando grasa directamente sobre el limpio umbral que la anciana acababa de intentar limpiar.
El animal realizó un leve movimiento de cola, un látigo lento y rítmico, mientras clavaba su pupila dorada sobre Kishue. No mostraba el menor indicio de temor ante la presencia shinobi. Con una parsimonia exasperante, el felino abrió la boca y dejó caer la cabeza de pescado desde la altura —la cual impactó contra la piedra con un golpe húmedo y sordo— antes de soltar un maullido áspero, profundo y prolongado que sonó extrañamente parecido a una burla.
—¡Ahí está! ¡Ese es el miserable! —chilló Tomoe, alzando la escoba hacia el cielo, aunque la altura del techo dejaba al felino completamente fuera de su alcance—. Ha aprendido a escabullirse entre los estrechos conductos de ventilación y las vigas de los tejados. Si intentas acorralarlo por la calle, se cuela por debajo de las cercas de bambú de los patios traseros. ¡Es inatrapable!
El gato dio un perezoso estiramiento de lomo, arqueando la espina dorsal mientras sus garras se afilaban contra las tejas, dejando surcos visibles en la arcilla cocida. De un salto ágil y silencioso, la criatura descendió hacia un alféizar inferior y, con la destreza propia de un cazador acostumbrado a las sombras de Kiri, se desvaneció tras una cortina de ropa tendida que flameaba con la brisa salada. El balanceo de las sábanas de lino blanco y el vuelco de un cubo de madera vacío al final del corredor eran las únicas pistas del rumbo que acababa de tomar.
El pasadizo al que acababa de escapar el felino era sumamente estrecho, con apenas medio metro de ancho entre dos viviendas de dos plantas, abarrotado de barriles de agua de lluvia, cuerdas para secar pescado y redes apiladas. El hedor a desperdicio se volvía más denso hacia el fondo de ese intrincado pasaje urbano.
En la intersección que separaba las hileras de viviendas compactas del canal secundario, la escena era un auténtico caos de desperdicios. Varios sacos de arpillera gruesa yacían desgarrados sobre los adoquines húmedos, dejando al descubierto vísceras de pescado en descomposición, cáscaras de verduras reblandecidas y restos de arroz echado a perder. Manchas de grasa oscura dibujaban senderos irregulares sobre la piedra pulida, mientras enjambres de moscas revoloteaban sobre el reguero de basura que se extendía a lo largo de más de diez metros, bloqueando las entradas de madera y salpicando los zócalos recién lavados de las casas vecinas.
—¡Maldito animal del demonio! ¡Si le pongo las manos encima juro por los mares que lo haré estofado! —El grito retumbó contra las paredes de yeso y bambú de la calleja.
Una mujer de edad avanzada, ataviada con un delantal de lino manchado y sosteniendo una escoba de paja rígida entre las manos, descargaba cada barredura con furia contra el suelo. Se trataba de Tomoe, una de las residentes encargadas del mantenimiento de la manzana. Sus brazos nudosos temblaban de indignación mientras intentaba vanamente juntar las entrañas de una caballa que habían sido destripadas y esparcidas contra el marco de su propia puerta. A su lado, un cubo de madera volcado derramaba un charco de agua jabonosa sobre la calzada.
Tomoe se detuvo un instante para secarse el sudor del rostro con el reverso del antebrazo, dejando ver la profunda frustración grabada en los surcos de sus facciones. Al percatarse de la presencia del shinobi enviado para atender el reporte, la mujer clavó el mango de la escoba en la juntura de los adoquines con un golpe seco.
—¿Ves este desastre? ¡Míralo bien! —señaló con un índice deformado por la artritis hacia una ristra de bolsas de tela mordisqueadas y rasgadas con precisión casi quirúrgica—. ¡Tres días seguidos! Todas las mañanas, justo antes de que pase el carro de recolección de los muelles, ese engendro pulgoso baja de los tejados, rompe las ataduras de atando y desperdicia la comida que ni siquiera se va a comer solo para desparramarla por toda la calle. ¡Los vecinos ya no pueden ni abrir las ventanas al amanecer por culpa del hedor!
Como si hubiese sido invocado por los insultos, un chasquido suave resonó sobre las tejas de arcilla del alero superior.
Un felino de tamaño considerable, con el pelaje atigrado en tonos grisáceos y manchado de hollín, permanecía echado sobre la cornisa de madera. Tenía la oreja izquierda partida por una vieja cicatriz y un ojo entrecerrado con aires de absoluta indiferencia. Entre sus fauces sostenía la cabeza entera de un salmón seco, goteando grasa directamente sobre el limpio umbral que la anciana acababa de intentar limpiar.
El animal realizó un leve movimiento de cola, un látigo lento y rítmico, mientras clavaba su pupila dorada sobre Kishue. No mostraba el menor indicio de temor ante la presencia shinobi. Con una parsimonia exasperante, el felino abrió la boca y dejó caer la cabeza de pescado desde la altura —la cual impactó contra la piedra con un golpe húmedo y sordo— antes de soltar un maullido áspero, profundo y prolongado que sonó extrañamente parecido a una burla.
—¡Ahí está! ¡Ese es el miserable! —chilló Tomoe, alzando la escoba hacia el cielo, aunque la altura del techo dejaba al felino completamente fuera de su alcance—. Ha aprendido a escabullirse entre los estrechos conductos de ventilación y las vigas de los tejados. Si intentas acorralarlo por la calle, se cuela por debajo de las cercas de bambú de los patios traseros. ¡Es inatrapable!
El gato dio un perezoso estiramiento de lomo, arqueando la espina dorsal mientras sus garras se afilaban contra las tejas, dejando surcos visibles en la arcilla cocida. De un salto ágil y silencioso, la criatura descendió hacia un alféizar inferior y, con la destreza propia de un cazador acostumbrado a las sombras de Kiri, se desvaneció tras una cortina de ropa tendida que flameaba con la brisa salada. El balanceo de las sábanas de lino blanco y el vuelco de un cubo de madera vacío al final del corredor eran las únicas pistas del rumbo que acababa de tomar.
El pasadizo al que acababa de escapar el felino era sumamente estrecho, con apenas medio metro de ancho entre dos viviendas de dos plantas, abarrotado de barriles de agua de lluvia, cuerdas para secar pescado y redes apiladas. El hedor a desperdicio se volvía más denso hacia el fondo de ese intrincado pasaje urbano.
![[Imagen: chBNIhB.jpeg]](https://i.imgur.com/chBNIhB.jpeg)
![[Imagen: g8IfIJt.jpeg]](https://i.imgur.com/g8IfIJt.jpeg)