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Shinobi Gaiden - Foro Rol de Naruto   ›   Mundo   ›   Pais del Agua   ›   Kirigakure no Sato
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[Misión | E] El Gato Callejero
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14-09-2026, 04:25 PM
El sol estival apenas lograba abrirse paso a través del denso manto salobre que flotaba sobre los pasajes de la Zona Residencial de Kirigakure. El calor de mediados de verano no evaporaba la humedad constante de la aldea; al contrario, convertía el ambiente en una vaporosa sauna donde el olor a madera mojada, salitre y verdín se impregnaba en cada fachada de tablas oscurecidas. Sin embargo, esa mañana en particular, una pestilencia mucho más agria y punzante dominaba la brisa entre las estrechas avenidas del distrito.

En la intersección que separaba las hileras de viviendas compactas del canal secundario, la escena era un auténtico caos de desperdicios. Varios sacos de arpillera gruesa yacían desgarrados sobre los adoquines húmedos, dejando al descubierto vísceras de pescado en descomposición, cáscaras de verduras reblandecidas y restos de arroz echado a perder. Manchas de grasa oscura dibujaban senderos irregulares sobre la piedra pulida, mientras enjambres de moscas revoloteaban sobre el reguero de basura que se extendía a lo largo de más de diez metros, bloqueando las entradas de madera y salpicando los zócalos recién lavados de las casas vecinas.

—¡Maldito animal del demonio! ¡Si le pongo las manos encima juro por los mares que lo haré estofado! —El grito retumbó contra las paredes de yeso y bambú de la calleja.

Una mujer de edad avanzada, ataviada con un delantal de lino manchado y sosteniendo una escoba de paja rígida entre las manos, descargaba cada barredura con furia contra el suelo. Se trataba de Tomoe, una de las residentes encargadas del mantenimiento de la manzana. Sus brazos nudosos temblaban de indignación mientras intentaba vanamente juntar las entrañas de una caballa que habían sido destripadas y esparcidas contra el marco de su propia puerta. A su lado, un cubo de madera volcado derramaba un charco de agua jabonosa sobre la calzada.

Tomoe se detuvo un instante para secarse el sudor del rostro con el reverso del antebrazo, dejando ver la profunda frustración grabada en los surcos de sus facciones. Al percatarse de la presencia del shinobi enviado para atender el reporte, la mujer clavó el mango de la escoba en la juntura de los adoquines con un golpe seco.

—¿Ves este desastre? ¡Míralo bien! —señaló con un índice deformado por la artritis hacia una ristra de bolsas de tela mordisqueadas y rasgadas con precisión casi quirúrgica—. ¡Tres días seguidos! Todas las mañanas, justo antes de que pase el carro de recolección de los muelles, ese engendro pulgoso baja de los tejados, rompe las ataduras de atando y desperdicia la comida que ni siquiera se va a comer solo para desparramarla por toda la calle. ¡Los vecinos ya no pueden ni abrir las ventanas al amanecer por culpa del hedor!

Como si hubiese sido invocado por los insultos, un chasquido suave resonó sobre las tejas de arcilla del alero superior.

Un felino de tamaño considerable, con el pelaje atigrado en tonos grisáceos y manchado de hollín, permanecía echado sobre la cornisa de madera. Tenía la oreja izquierda partida por una vieja cicatriz y un ojo entrecerrado con aires de absoluta indiferencia. Entre sus fauces sostenía la cabeza entera de un salmón seco, goteando grasa directamente sobre el limpio umbral que la anciana acababa de intentar limpiar.

El animal realizó un leve movimiento de cola, un látigo lento y rítmico, mientras clavaba su pupila dorada sobre Kishue. No mostraba el menor indicio de temor ante la presencia shinobi. Con una parsimonia exasperante, el felino abrió la boca y dejó caer la cabeza de pescado desde la altura —la cual impactó contra la piedra con un golpe húmedo y sordo— antes de soltar un maullido áspero, profundo y prolongado que sonó extrañamente parecido a una burla.

—¡Ahí está! ¡Ese es el miserable! —chilló Tomoe, alzando la escoba hacia el cielo, aunque la altura del techo dejaba al felino completamente fuera de su alcance—. Ha aprendido a escabullirse entre los estrechos conductos de ventilación y las vigas de los tejados. Si intentas acorralarlo por la calle, se cuela por debajo de las cercas de bambú de los patios traseros. ¡Es inatrapable!

El gato dio un perezoso estiramiento de lomo, arqueando la espina dorsal mientras sus garras se afilaban contra las tejas, dejando surcos visibles en la arcilla cocida. De un salto ágil y silencioso, la criatura descendió hacia un alféizar inferior y, con la destreza propia de un cazador acostumbrado a las sombras de Kiri, se desvaneció tras una cortina de ropa tendida que flameaba con la brisa salada. El balanceo de las sábanas de lino blanco y el vuelco de un cubo de madera vacío al final del corredor eran las únicas pistas del rumbo que acababa de tomar.

El pasadizo al que acababa de escapar el felino era sumamente estrecho, con apenas medio metro de ancho entre dos viviendas de dos plantas, abarrotado de barriles de agua de lluvia, cuerdas para secar pescado y redes apiladas. El hedor a desperdicio se volvía más denso hacia el fondo de ese intrincado pasaje urbano.
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14-09-2026, 04:38 PM
La reacción de la mujer confirmó que aquel gato no era un visitante ocasional. Apenas reconoció al animal, sus hombros se tensaron y extendió ambas manos con la esperanza de atraerlo antes de que escapara nuevamente. El gato respondió aplastando las orejas, retrocediendo sobre sus patas y observando a Kishue como si hubiese comprendido perfectamente que su presencia significaba el final de sus recorridos por la basura del vecindario.

La mujer intentó acercarse despacio, hablándole con una suavidad que no obtuvo ninguna cooperación. El animal esperó hasta que sus dedos estuvieron cerca y entonces saltó hacia un costado, atravesó el espacio entre ambos y corrió en dirección al callejón. Kishue alcanzó a inclinarse para interceptarlo, pero el gato cambió de dirección antes de entrar en su alcance y desapareció detrás de unos recipientes apilados.

—Es muy rápido y no deja que nadie lo toque —advirtió la mujer, preocupada—. Si lo persigues, seguramente volverá a esconderse.

Kishue siguió con la mirada el trayecto del fugitivo. Un recipiente todavía se balanceaba por el roce y, más adelante, una bolsa abandonada se movió cuando el gato pasó detrás de ella. Aquel animal conocía cada abertura del vecindario, pero también dejaba suficientes señales para alguien dispuesto a prestar atención. Kishue acomodó la esfera de Mekka entre sus ropas y se aseguró de que permaneciera protegida antes de avanzar.

—Entonces no voy a perseguirlo como lo haría un vecino enfadado. Voy a perseguirlo como alguien que ya sabe que hará trampa. —respondió con una sonrisa segura—. Lo traeré sin lastimarlo. Eso sí, no puedo prometer que mi dignidad regrese sin arañazos.

La seguridad del muchacho logró reducir parte de la inquietud de la mujer. Kishue le pidió que permaneciera allí y que no intentara cerrarle el paso al gato si volvía; demasiadas personas rodeándolo solamente conseguirían asustarlo y volverlo más impredecible. Después se inclinó cerca de la bolsa desplazada, observó las marcas recientes sobre la tierra húmeda y escuchó atentamente. Un maullido breve llegó desde el otro extremo del callejón.

—Ahí está. Y todavía cree que no lo escuchamos. —murmuró, tocando la esfera—. No digas nada, Mekka. Tú también te escondes cuando llega la hora de limpiar tu agua.

Kishue salió corriendo. El gato apareció sobre una cerca, lo miró durante un instante y saltó al tejado bajo de una vivienda. Él utilizó una caja como apoyo y se impulsó detrás, aunque aterrizó con bastante más ruido que su objetivo. El animal corrió entre las tejas, descendió por un toldo y cruzó hacia otro callejón; Kishue lo siguió sin perderlo de vista, apartando una cuerda con ropa y esquivando por poco un cubo.

La persecución continuó durante varios minutos. Cada vez que Kishue reducía la distancia, el gato encontraba una abertura, una pared o un montón de cajas desde donde cambiar nuevamente de dirección. Sin embargo, el muchacho comenzaba a reconocer el patrón. El animal no escapaba al azar: utilizaba las mismas rutas para regresar hacia una parte concreta del vecindario.

Kishue sonrió al comprenderlo y aceleró detrás de él.

—Puedes seguir corriendo. Ahora ya sé adónde quieres llevarme.
—Life Ends Whenever You Decide—
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V048: Adicción (Hablar con su pez)
V054: Último Acto
V057: Fobia III (Arañas)
V065: Lealtad
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V077: Prosopagnosia
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14-09-2026, 04:44 PM
El cambio en el ritmo de la persecución no pasa desapercibido. Al alcanzar la esquina donde el callejón desemboca en un pequeño patio interior, el felino reduce apenas un instante su zancada, girando la cabeza hacia atrás. Sus pupilas se dilatan al notar cómo la distancia se acorta más rápido de lo esperado; las orejas del animal se pliegan hacia atrás en un gesto tenso y su cola azota el aire con sacudidas bruscas.

El gato renuncia a la valla de madera que solía ser su escape habitual. En su lugar, realiza un salto desesperado hacia una armazón de bambú cargada con calamares puestos a secar al sol.

—¡Oye! ¡Cuidado con la mercancía! —maldice un viejo pescador sentando sobre un cajón, que da un brinco torpe cuando el impacto del animal hace tambalear toda la estructura.

El contenedor de salmuera a los pies del anciano se vuelca con un golpe seco, derramando un charco espeso y resbaladizo sobre los adoquines húmedos, justo en la línea directa del paso. Arriba, las cuerdas ceden bajo las garras del felino, haciendo caer una lluvia de estacas de madera y tentáculos salados antes de que la criatura logre impulsarse hacia el balcón del primer piso.

El escape continúa por las alturas, pero la agilidad del gato se vuelve más atropellada. Salta hacia una cuerda tensa donde cuelgan sábanas y prendas pesadas recién lavadas. El cordel cede con un chasquido sordo; una sábana gruesa de lino húmedo se descolga bruscamente, cayendo como un muro blanco que bloquea la visión del callejón durante unos segundos y amortigua el sonido de las pisadas.

Al traspasar la barrera de tela que flamea con la brisa marina, el rastro desemboca en un rincón sombrío y sin salida, ubicado en el espacio ciego entre la parte trasera de una vivienda y el muro de contención del canal.

Allí, el gato ya no corre.

Yace agazapado sobre una pira de esteras de paja secas acumuladas bajo el voladizo del tejado. Su lomo se curva en un arco pronunciado, el pelaje atigrado se eriza hasta duplicar su volumen visual y sus garras permanecen clavadas con firmeza en la fibra vegetal. Suelta un bufido sordo y cavernoso, enseñando un par de colmillos afilados mientras no pierde de vista la entrada del callejón.

Detrás de la criatura, sumergido en la profunda penumbra que se forma bajo los pilotes de madera de la casa, algo se mueve.

Desde una cesta de mimbre rota, acolchada torpemente con jirones de arpillera y restos de red, brota una serie de chillidos agudos, débiles y descompasados. Tres diminutas cabezas de pelaje desigual y ojos aún entrecerrados se asoman sobre el borde de la cesta, hurgando a ciegas entre las sombras en busca de calor. A su lado yasen las espinas limpias y los restos de comida que el felino había estado recolectando durante las últimas mañanas.

El gato adulto avanza un paso hacia el frente, interponiéndose por completo entre la entrada del pasaje y el nido. Mantiene el cuerpo tenso como un resorte cargado, lanzando zarpazos al aire cada vez que una sombra se proyecta sobre el umbral de su escondite.
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14-09-2026, 05:04 PM
Kishue comprendió demasiado tarde que conocer la dirección general del gato no significaba ser capaz de seguirlo sin consecuencias. El animal atravesó el puesto de un pescador por debajo de una mesa; él trató de rodearla, golpeó una cesta con la pierna y consiguió sujetarla antes de que todo su contenido terminara en el suelo. Otra caja no tuvo la misma suerte. Kishue apenas alcanzó a verla caer mientras continuaba corriendo, dejando varios pescados sobre las tablas húmedas.

—¡Perdone! Volveré a recogerlo todo, pero si me detengo ahora, el culpable se lleva su pescado y yo me quedo con la deuda.

La respuesta del pescador se perdió detrás de él, mezclada con algunas palabras que Kishue decidió interpretar como una muestra de apoyo. No podía continuar atravesando puestos de aquella manera. La velocidad y la agilidad nunca habían sido sus mejores cualidades; perseguir directamente a un animal capaz de girar entre sus propios pasos solamente conseguiría aumentar la lista de cosas por reparar. Su fortaleza estaba en otra parte: podía continuar mucho después de cansarse y no necesitaba alcanzar al gato si lograba adelantarse a su destino.

Redujo ligeramente el ritmo y comenzó a observar en lugar de limitarse a correr. El gato evitaba los espacios abiertos, utilizaba objetos altos para cambiar de dirección y siempre buscaba una salida antes de abandonar la anterior. Sus orejas indicaban hacia dónde prestaba atención incluso antes de que moviera el cuerpo. Cuando miraba una caja no pretendía esconderse detrás de ella, sino utilizarla para llegar a una cerca o una ventana cercana.

—Ya entendí tu truco. No corres mucho más que yo; simplemente sabes mejor hacia dónde vas. —dijo Kishue, mientras modificaba su recorrido para cortar una posible salida—. Eso es bastante menos impresionante.

En lugar de seguir la misma ruta, Kishue rodeó un montón de recipientes y se adelantó hacia el extremo contrario. El gato tuvo que corregir su trayectoria al verlo aparecer, aunque todavía encontró un paso estrecho entre dos estructuras. Kishue no intentó atravesarlo detrás de él. Escuchó el roce de las patas contra la madera, distinguió el golpe ligero de un salto y siguió su desplazamiento desde el otro lado.

La esfera de Mekka se movió contra sus ropas mientras cambiaba nuevamente de dirección.

—No me mires así, Mekka. Estoy usando una estrategia. Lo de las cajas fue la parte práctica del aprendizaje.

Cuando volvió a encontrar al gato, Kishue disminuyó la velocidad hasta caminar. Lo contempló con curiosidad, procurando no realizar movimientos bruscos. Sus oídos atendieron cualquier roce procedente de los costados mientras su olfato buscaba distinguir al animal entre los olores del pescado, la humedad y la basura. No avanzó directamente hacia él; se desplazó hacia la salida que parecía más cómoda, intentando reducir poco a poco el espacio disponible.

Mantuvo las manos abiertas y el cuerpo preparado para interponerse si el gato intentaba cruzar a su lado. No temía a sus zarpazos. Cuatro garras podían doler, pero difícilmente causarían más daño que un kunai, y Kishue había soportado cosas bastante peores.

—Puedes arañarme si eso te hace sentir mejor, pero esta vez tendrás que acercarte para hacerlo.

Entonces avanzó un paso más, atento a la primera señal que revelara la siguiente ruta de escape del animal.
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14-09-2026, 05:18 PM
El felino retrocede apenas un par de centímetros, hundiendo las garras con desesperación en la paja podrida mientras su lomo choca contra el borde del canasto. Su pecho sube y baja a un ritmo frenético; las orejas continúan completamente aplastadas contra el cráneo y un zarpazo veloz corta el aire a escasos milímetros del suelo, dejando marcas profundas en la madera húmeda. Sin embargo, la madre no abandona su posición. Su cuerpo actúa como un escudo rígido, aunque el leve temblor de sus patas traseras delata el agotamiento acumulado tras la larga carrera por los tejados y canales.
Desde la entrada del pasadizo, el crujido de tablas rotas interrumpe la tensión. Tomoe se asoma por la esquina del corredor estrecho, sosteniendo aún la escoba de paja en alto y respirando con dificultad tras haber seguido el rastro de cuerdas caídas y calamares desparramados.

—¡Ahí estás, sabandija miserable! —exclama la anciana, levantando la voz con la misma severidad que al inicio.

Un chillido agudo y diminuto brota desde el interior de la cesta de mimbre, cortando la reprimenda a la mitad. El sonido, débil y hambriento, resuena en la penumbra del rincón.

La anciana se detiene en seco. Sus ojos, arrugados por la irritación, bajan desde la figura amenazante de la gata atigrada hacia las tres pequeñas cabezas de pelaje desigual que se agitan a ciegas sobre la arpillera. La escoba en sus manos desciende despacio hasta apoyar la base contra los adoquines. La rigidez en los hombros de Tomoe cede gradualmente, y la expresión adusta de su rostro se suaviza al notar las espinas de pescado acomodadas al lado del nido.

—Conque era por esto... —murmura la mujer en un tono mucho más bajo, soltando un largo suspiro que evapora lo que quedaba de su enfado—. Por eso no se alejaba de la manzana.

Sin hacer ruidos bruscos, Tomoe se agacha junto a la pared y se desata el delantal de lino grueso. Lo dobla torpemente y lo desliza a través del suelo de piedra hacia la posición de Kishue, asegurándose de no interponerse en el camino antes de dar dos pasos hacia atrás para dejar el pasaje despejado.

La madre atigrada sigue el movimiento del trapo con la mirada. Su bufido pierde potencia hasta transformarse en un ronroneo defensivo y grave. Atrapada entre la pared de la vivienda y la presencia del shinobi, sin más fuerza ni tejados a los cuales saltar, la criatura mantiene las garras apoyadas sobre la paja, vigilando cada respiración a su alrededor.

El rincón queda sumido en una tensa calma: la gata arrinconada y cansada, los tres cachorros expuestos en su cesto, la prenda de lino lista en el suelo y el camino despejado para resolver definitivamente el problema de la Zona Residencial.
Kishue
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14-09-2026, 05:26 PM
El gato no intentaba alejarse de Kishue tanto como mantenerlo fuera de un punto concreto. Cada vez que el muchacho se aproximaba desde un costado, el animal se interponía, mostraba los dientes y volvía a retroceder sin abandonar aquella parte del callejón. La conducta resultaba demasiado distinta de la huida anterior. Kishue dejó de avanzar y prestó atención a los sonidos que llegaban desde detrás de unas cajas, donde varios maullidos débiles explicaron inmediatamente la obstinación del animal.

No estaba ante un gato problemático defendiendo su escondite, sino ante una madre protegiendo a sus crías. Kishue examinó los espacios disponibles antes de moverse. Si intentaba alcanzar primero a los pequeños, la madre se abalanzaría sobre sus manos; si la perseguía otra vez, podía alejarla de ellos o provocar que intentara trasladarlos a un lugar todavía menos seguro. La solución era atraparla sin hacerle daño y mantenerla suficientemente cerca para que comprendiera que no pretendía abandonar a los gatitos.

—Así que ese era tu gran secreto. —murmuró Kishue, bajando ligeramente el cuerpo—. Podrías haber empezado por enseñármelos. Nos habríamos ahorrado la persecución, los pescados y una disculpa bastante cara.

El gato respondió con un bufido. Kishue comenzó a desplazarse hacia la salida más amplia, obligándolo a escoger entre retroceder hacia las cajas o intentar atravesar el espacio a su lado. Mantuvo las manos abiertas y evitó mirarlo fijamente durante demasiado tiempo. No poseía la agilidad necesaria para sujetarlo en pleno salto, pero podía reducir sus opciones hasta que la fuerza y la perseverancia resultaran más útiles que la velocidad.

Cuando el animal se preparó para correr, Kishue reconoció el movimiento de sus patas y se interpuso antes de que pudiera ganar impulso. El gato cambió inmediatamente de dirección, aunque encontró una caja bloqueando aquella salida. Kishue adelantó un brazo para impedir un tercer intento y recibió varios zarpazos sobre la mano. El dolor lo hizo apretar los dientes, pero no retiró el brazo ni respondió con brusquedad. Esperó el instante en que el animal perdió apoyo y lo sujetó alrededor del cuerpo, manteniendo sus patas alejadas de su rostro.

—Sí, ya sé que no estás de acuerdo. —dijo mientras las garras arañaban su manga—. Puedes presentar una queja cuando tus hijos estén lejos de la basura, la lluvia y los pescadores enfadados.

Sostuvo al gato con firmeza suficiente para impedirle escapar, pero sin comprimirlo. Poco a poco, el animal dejó de retorcerse con tanta violencia. Kishue se arrodilló cerca de las cajas y apartó cuidadosamente una de ellas con el pie. En el espacio protegido entre la madera y la pared encontró a los gatitos amontonados sobre unos pedazos de tela sucia. Eran demasiado pequeños para haber causado los problemas denunciados por los vecinos y dependían por completo de la madre que había estado buscando comida para ellos.

Aquello cambió el sentido de la misión. Llevarse únicamente al gato adulto dejaría a las crías sin protección; abandonar a toda la familia allí significaría que la madre continuaría abriendo bolsas cada vez que necesitara alimentarlas. Kishue regresó con la mujer después de conseguir una caja limpia y una tela suficientemente gruesa para transportarlos. Colocó primero a los gatitos y luego acercó a la madre, que entró por voluntad propia apenas escuchó sus maullidos.

La mujer observó el contenido de la caja con una mezcla de sorpresa y preocupación. No había sabido que el gato cuidaba una camada, aunque aquello explicaba por qué robaba comida con tanta insistencia y regresaba siempre al mismo sector. Kishue dejó la caja sobre el suelo por unos momentos, comprobando que la madre permaneciera junto a sus crías y que ninguna abertura fuese lo bastante amplia para que escapara durante el recorrido.

—¿Los llevarás a un refugio? —preguntó la mujer.

Kishue contempló a los pequeños y después a la madre, que mantenía el cuerpo alrededor de ellos pese al cansancio. Un refugio podía ofrecerles comida y atención, pero también existía la posibilidad de que terminaran separados cuando alguien decidiera adoptar solamente a uno. No le agradó aquella idea. Además, ya había tomado una decisión durante los pocos segundos que tardó en imaginarlos viviendo bajo techo.

—Los llevaré a mi casa. —respondió con una seguridad que no contemplaba todavía la opinión de su madre—. La misión era evitar que continuaran viviendo de la basura. Si los adopto juntos, el vecindario queda limpio y ellos conservan a su familia. Es una solución completa... salvo por la parte en que aún debo explicársela a mi madre.

La mujer pareció encontrar una objeción, pero Kishue le aseguró que dispondrían de alimento, un lugar seco y alguien responsable de cuidarlos. Después de escuchar aquello, aceptó su decisión y lo ayudó a asegurar la tela alrededor de la caja. Kishue cumplió también con su promesa al pescador: regresó para levantar lo derribado, recogió los pescados y ofreció compensar cualquier mercancía dañada antes de continuar hacia su hogar.

El recorrido resultó considerablemente más lento que la persecución. Kishue mantuvo la caja contra su pecho para evitar que los movimientos bruscos inquietaran a los animales. La madre seguía observándolo con desconfianza a través de la abertura, aunque ya no trataba de atacarlo. De vez en cuando uno de los gatitos maullaba y Kishue inclinaba la cabeza para comprobar que todos permanecieran juntos.

Al llegar a casa, abrió la puerta con dificultad y entró procurando que la caja no chocara contra el marco. Su madre apareció antes de que pudiera alcanzar la habitación. Primero miró los arañazos sobre sus manos y su rostro; después observó la caja, justo cuando varios maullidos surgieron desde su interior.

—Kishue, dime que esa caja no está llena de gatos.

—No está llena. —respondió él después de mirar dentro—. Todavía queda un poco de espacio entre ellos.

La expresión de su madre bastó para indicarle que aquella precisión no ayudaría. Kishue explicó la misión, la persecución y el descubrimiento de las crías. No ocultó los desperfectos ocasionados ni afirmó que hubiera recibido permiso para llevarse a los animales. Admitió que decidió adoptarlos antes de pensar en dónde dormirían, cuánto comerían o cómo impediría que consideraran a Mekka parte de su alimentación.

Su madre escuchó toda la historia con los brazos cruzados. Finalmente aceptó que permanecieran allí, bajo la condición de que Kishue se encargara de alimentarlos, limpiar lo que ensuciaran y reparar cualquier daño que causaran. Él aceptó antes de que ella terminara de enumerar sus responsabilidades y trasladó la caja hasta su habitación, donde preparó un rincón con mantas limpias, agua y algo de comida para la madre.

Por último colocó la esfera de Mekka sobre una superficie elevada, fuera del alcance de cualquier pata curiosa. Los gatos levantaron la cabeza al descubrir el movimiento del pez detrás del cristal. Kishue se sentó entre ambos lados, como si presidiera una presentación especialmente delicada.

—Mekka, ellos son los nuevos miembros de la casa. —anunció, señalando la caja—. Ellos comen pescado, tú eres un pescado y yo soy responsable de que eso no se convierta en un problema. Creo que será mejor que todos respetemos nuestros espacios.

Mekka continuó nadando mientras la madre vigilaba la esfera desde las mantas. Kishue apoyó la espalda contra la pared, contempló a la familia finalmente reunida en un lugar seguro y sonrió pese a los arañazos. Había completado la misión, protegido el vecindario y regresado a casa con muchos más compañeros de los que tenía al salir.
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Masashi Kishimoto
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14-09-2026, 06:39 PM
¡Recompensas de Misión Entregadas!

Tema: [Misión | E] El Gato Callejero (TID 14895)
Tipo: Misión Normal · Rango: E
  • Kishue — Participante (100%): 250 Ryos, 2 Tobis, 50 Exp
  • Akira Hyuuga — Narrador Oficial (100%): 500 Ryos, 0 Tobis, 35 Exp, Pergamino PERG001

¡Felicidades a todos los shinobi involucrados en esta misión! Que sigan forjando su leyenda.
Moderador Himawari
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14-09-2026, 06:42 PM
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🔒 Tema cerrado
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