07-09-2026, 12:49 AM
Dia 40 de Verano - Puerto Funato
Petición de misión
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En un pequeño templo de reuniones situado en algún lugar del puerto Funato, tres ninjas de alto rango pertenecientes al clan se encontraban reunidos aquella noche. Con los líderes centrados en los preparativos para el viaje al País de las Olas, eran ellos quienes se encargaban de atender buena parte de los asuntos internos que todavía requerían atención.
El lugar no era particularmente grande. La entrada conducía directamente hasta una sala principal dominada por una enorme mesa circular de madera. En su centro había sido tallado un kraken cuyos ocho tentáculos se extendían hasta cada una de las posiciones destinadas a los presentes, terminando en pequeños espacios donde podían apoyarse vasos, botellas o cualquier otro tipo de recipiente. Los respaldos de las ocho sillas tampoco eran iguales; cada uno había sido tallado con la figura de una criatura marina diferente. Solo tres de aquellos asientos estaban ocupados y sus ocupantes se habían distribuido alrededor de la mesa formando una suerte de triángulo.
En la posición central se encontraba Aoki, un hombre de cabeza parcialmente rapada cuyo cabello terminaba recogido en un pequeño moño. Un antiguo tajo atravesaba su ojo derecho, recuerdo de alguna de las incontables batallas que había librado. Su nombre llevaba años circulando entre los Funato y había quienes aseguraban que algún día podría llegar incluso a liderar el clan. De momento, era uno de los encargados de mantener sus asuntos en orden mientras sus líderes se ocupaban de cuestiones más importantes. Volátil, rígido y profundamente orgulloso de llevar el apellido Funato, pocas cosas parecían estar para él por encima del clan.
A su derecha se encontraba Kumokiri. De cabello corto y negro, mantenía una expresión seria que contrastaba con la pequeña sonrisa burlona que aparecía ocasionalmente en sus labios. Entre los Funato corrían numerosas historias acerca de él. Algunas aseguraban que jamás había fracasado en una misión; otras, que sus servicios siempre terminaban en manos del mejor postor. Verdaderas o no, había algo en lo que prácticamente todas coincidían: su lealtad hacia el clan era tan grande como su desprecio hacia aquellos que consideraba inferiores.
A la izquierda de Aoki estaba Kanao. Su larga cabellera clara caía libremente sobre sus hombros y sus ojos azulados recorrían tranquilamente a los otros dos hombres. A diferencia de ellos, frente a ella no había ninguna clase de arma. Únicamente descansaban una libreta y un lápiz. Kanao prefería escuchar. De hecho, existía cierto rumor entre quienes habían tenido que sentarse alguna vez frente a ella: cuanto más hablaba una persona, menos preguntas necesitaba hacer Kanao para descubrir cuándo estaba mintiendo. Aquella noche, precisamente, tenía bastante que escuchar.
—¡Esto no puede ser casualidad! — Aoki descargó el puño contra uno de los tentáculos del kraken —. ¡¿Por qué ahora?! ¡Justo cuando nuestros líderes tienen la cabeza puesta en otros asuntos!
El golpe hizo vibrar algunos de los recipientes que descansaban sobre la mesa, aunque Kumokiri ni siquiera se inmutó. Recostado sobre su asiento, hacía girar despreocupadamente entre sus dedos una peculiar shuriken cuya forma recordaba a una estrella de mar. —Calma, Aoki... — respondió sin dejar de observar el arma. — Quizás solo haya sido un hecho aislado. Nadie sería tan estúpido como para atacar deliberadamente un lugar sagrado de los Funato.
—¿Un hecho aislado? Dos intrusos, Kumokiri. — La mirada de Aoki se clavó inmediatamente sobre él.
La pequeña sonrisa del aludido se ensanchó apenas. —Dos idiotas también siguen siendo dos intrusos.
El lápiz de Kanao dejó de moverse. La mujer levantó lentamente la mirada hacia ambos. —Estamos discutiendo sobre algo que ninguno de nosotros presenció.
Aquello bastó para conseguir unos segundos de silencio.
—Antes de acusar a nadie o tomar una decisión que después tengamos que lamentar, escuchemos a quien estuvo allí — continuó mientras cerraba su libreta. — El muchacho fue quien se encontró con ellos y quien consiguió detenerlos. Si alguien puede explicarnos qué ocurrió en ese templo, es él.
Aoki permaneció unos segundos en silencio antes de regresar pesadamente hasta su asiento.
—Kinzo...
Pronunció el nombre mientras observaba la puerta. Kumokiri detuvo la shuriken entre sus dedos y Kanao volvió a abrir su libreta. Los tres esperaban al mismo hombre.
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