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[Misión Rango D: Autonarrada] Un pergamino que no puede esperar
Raizen Sarutobi
Rango Genin
Clan Sarutobi
Nivel 9
Estadísticas
Generales
Fuerza44(2)
Destreza50(3)
Ctrl. de Chakra35(2)
Inteligencia6(1)
Especiales
Salud11
Velocidad12
Tenketsu9
Sigilo13
420
435
Enlace al Post
25-07-2026, 11:08 PM
El verano se sentía pesado desde temprano en Konoha, con un cielo despejado de un celeste casi blanco por el brillo del sol. Las calles de tierra estaban secas, y cada tanto una brisa tibia levantaba un poco de polvo que se mezclaba con el aroma a madera caliente de los techos. Las cigarras cantaban sin pausa desde los árboles cercanos al mercado, y algunos vecinos habían sacado toldos improvisados frente a sus casas para ganarle algo de sombra a la tarde. Era ese tipo de día en que el calor invitaba más a caminar despacio que a apurar el paso, y Raizen lo sentía en la nuca apenas puso un pie fuera de su casa. Raizen caminaba hacia el mostrador del comerciante cuando este levantó la vista, secándose las manos en el delantal.

—Justo a quien esperaba —dijo el hombre, sacando un pergamino sellado de debajo del mostrador—. Necesito que esto llegue al herrero del sector comercial antes de que caiga la noche.

—¿Nada más que eso? —preguntó Raizen, apoyando un codo en el mostrador con una sonrisa relajada—. Pensé que iba a ser algo más complicado.

—No hace falta que sea complicado para ser importante. Adentro va el pedido de una herramienta que necesita terminar antes de fin de mes, y si no le llega a tiempo, se atrasa todo.

—Tranquilo, no se va a atrasar nada. Para eso estoy yo.

El comerciante sonrió, algo más aliviado, y le extendió el pergamino.

—Confío en vos, Raizen. Y en tu compañero también —agregó, mirando de reojo a Amaru, que ya se había trepado al hombro del chico sin que nadie se lo pidiera.

El mono apenas entreabrió un ojo ante el comentario, sin mostrar el más mínimo interés, y volvió a acomodarse contra el cuello de Raizen como si fuera una almohada tibia.

—Cualquier cosa, el local está cerca del puesto de dango, sobre la calle que baja hacia el sector de los herreros —indicó el comerciante—. No tiene pérdida.

—Listo. Ya volvemos.

—Suerte —se despidió el hombre, ya volviendo a acomodar mercadería detrás del mostrador.

Raizen salió a la calle con el pergamino bien guardado, y el sol de verano lo recibió de lleno, pegándole directo en la nuca.

—Menos mal que no hay que ir muy lejos —comentó, estirando los brazos por encima de la cabeza—. Con este calor no tengo ganas de correr a ningún lado.

Amaru no dijo nada. Se limitó a hundir un poco más la cabeza entre el cuello y el hombro de Raizen, como buscando la poca sombra que ofrecía el chaleco de cuero.

—Ni yo tengo ganas de nada, ¿no? Así estamos los dos.

El mono soltó un resoplido apenas audible, más parecido a un ronquido que a una respuesta, y Raizen sonrió solo, negando con la cabeza mientras arrancaba a caminar por la calle principal. El pueblo estaba animado a esa hora: los puestos de comida tenían las carpas extendidas para dar sombra, algunos chicos corrían entre los toldos con paletas de hielo derritiéndose en la mano, y el aroma a dango recién hecho se mezclaba con el polvo caliente del camino de tierra.
Al pasar cerca de un puesto de takoyaki, Amaru levantó la cabeza de golpe, las orejas atentas y el hocico moviéndose en dirección al aroma. No hizo falta que dijera una palabra: Raizen aminoró el paso solo, dejando que el mono estirara el cuello para mirar mejor por encima de su hombro.

—Ya sé, ya sé —murmuró, sin necesidad de que Amaru insistiera—. Después volvemos, ahora hay que entregar esto primero.

El mono se dejó caer de nuevo contra su cuello, resignado, con la mirada todavía puesta en el puesto que iban dejando atrás.
El camino los llevó hacia el sector más comercial de la aldea, donde las casas se apretaban unas contra otras y las cuerdas de ropa tendida cruzaban de balcón a balcón por encima de las calles angostas. El calor no daba tregua, pero las sombras entre los edificios ofrecían algo de alivio cada tanto, y Raizen aprovechaba cada una para caminar un poco más despacio.
Un par de cuadras después, el cartel de un herrero apareció colgando sobre una puerta, justo como había indicado el comerciante. Raizen sonrió, satisfecho, y empujó la entrada, haciendo sonar una campanita en lo alto del marco. Adentro, el aire olía a metal caliente y carbón, y un hombre mayor con delantal de cuero levantó la vista desde el mostrador.

—Buenas —saludó Raizen—. Traigo un pergamino de parte del comerciante del centro.

El herrero se limpió las manos en el delantal y estiró el brazo para recibirlo.

—Justo a tiempo. Empezaba a preocuparme de que se hubiera perdido en el camino.
—Nada se pierde estando yo a cargo —respondió Raizen con una sonrisa ladeada, entregando el pergamino con cuidado.

El hombre lo revisó por encima, asintió conforme, y le hizo un gesto de agradecimiento antes de volver a lo suyo. Raizen salió del local con las manos libres y una sensación liviana en el pecho, la clase de satisfacción pequeña que dejaba un trabajo simple bien hecho.

—Listo —anunció, estirándose bajo el sol de la tarde—. Ahora sí, takoyaki.

Amaru se enderezó de golpe sobre su hombro, mucho más despierto que en toda la caminata, y clavó la vista en dirección al puesto que habían dejado atrás.
Emprendieron el regreso por el mismo camino, esta vez sin apuro alguno, con el calor del verano todavía pesando sobre Konoha pero sin importarles demasiado. La misión había terminado sin sobresaltos, y a Raizen, por una vez, no le hacía falta más que eso.
[Imagen: rzcjrdo.png]
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