A La oficina de incidentes de Kirigakure comenzaron a llegar los primeros reportes poco después de aquella hora gris de la mañana.
Al principio no hablaron de ataques. Los primeros mensajes solo describían un sonido. Una vibración baja entre los canales, confundida al comienzo con el rumor del agua, el crujir de los puentes húmedos y el respirar metálico de las compuertas. Un zumbido lejano. Persistente. Tan uniforme que parecía venir de la propia niebla.
Después llegaron los gritos, desde el norte, sobre las cercanías del canal Mizuchi y los jardines del templo una masa oscura descendió entre los faroles apagados y las balaustradas húmedas. Los monjes interrumpieron rezos y plegarias cuando la nube cayó sobre ellos con una violencia impropia de criaturas tan pequeñas. Rostros, manos y cuellos recibieron las primeras picaduras. Las túnicas blancas se agitaron entre espasmos torpes. Los más jóvenes intentaron cubrir a los ancianos, pero el enjambre no obedecía al miedo ni a la compasión. Solo al movimiento. Solo al olor. Solo a una orden que nadie alcanzaba a escuchar. Las puertas del templo se cerraron desde dentro. El zumbido quedo afuera golpeando las puertas de madera y la piedra de la estructura.
Desde el oeste llegaron reportes de las residencias. Familias enteras abandonaron patios, corredores y lavaderos para refugiarse en sus casas. Ventanas cerradas a medias, respiraderos cubiertos con telas húmedas, niños arrastrados por sus madres hacia el interior. La nube chocaba contra los cristales con un sonido seco, repetido, casi paciente, como una tormenta viva. Como si cada abeja supiera que detrás de aquella barrera temblaba algo blando, caliente y vulnerable.
Desde el este, un halcón mensajero llego con las patas manchadas de cera y polvo. El distrito comercial había sido tomado por otra masa. Los toldos se hundieron bajo el peso del enjambre. Los vendedores abandonaron puestos, mercancías y cajas abiertas. Frutas dulces rodaron por el suelo. Frascos de aceite se quebraron sobre la piedra. Clientes y comerciantes quedaron encerrados en casetas estrechas, escuchando cómo miles de cuerpos diminutos raspaban las lonas desde fuera.
El peor reporte llego desde el sur, allí en una de las plazas de la aldea, no había edificios o estructuras que proporcionaran protección. La nube cayó sobre el espacio abierto como un manto dorado y negro, capaz de borrar una calle entera sin apagar la luz del día. Algunos aldeanos corrieron hacia los puentes. Otros tropezaron antes de alcanzarlos. Los niños lloraron en el suelo, cubriéndose la cabeza con ambos brazos mientras madres y transeúntes intentaban apartar la horda con manos desnudas. Fue inútil. El enjambre se abría y cerraba como humo, esquivando golpes, envolviendo rostros, buscando piel expuesta. Cada picadura traía otra nueva. Cada aguijón dejaba en el aire una señal química que enfurecía más a la nube de insectos.
Los menos afortunados ya no corrían. Permanecían tendidos sobre la piedra, con la piel hinchada y roja, los ojos llorosos, la respiración áspera y la boca húmeda de saliva espesa. El personal civil que intentó acercarse retrocedió al comprender que salvarlos implicaba entrar también en la nube.
En cuatro puntos distintos, el zumbido crecía. Las masas se extendían lentamente hacia el centro, agrandándose con cada minuto, cerrando calles, puentes y canales alrededor del Hospital Central. Si una sola de aquellas nubes alcanzaba sus inmediaciones, la catástrofe sería inmediata. Pacientes inmóviles. Heridos en recuperación. Ancianos. Niños. Salas llenas de cuerpos incapaces de correr. Y detrás de ellos, una aldea entera necesitando auxilio.
Los Jardines Botánicos confirmaron el robo antes del mediodía, varias colmenas experimentales, usadas para polinizar plantas medicinales, habían desaparecido durante la noche. Las cajas no habían sido rotas. Los sellos no habían sido forzados. Solo quedaban restos de humo gris, cera removida y un olor dulce, extraño, adherido a la madera como una firma.
El nombre surgió poco después, El Domador de Abejas, antiguo apicultor de los Jardines Botánicos. Expulsado años atrás por prácticas excéntricas, experimentos poco convencionales y una insistencia peligrosa en el uso de insectos con fines bélicos. Un hombre de humo, feromonas y rencores viejos. Cobarde en la presencia. Audaz en la distancia. Lo bastante inteligente para no necesitar estar donde el daño ocurría.
Sus motivos permanecían ocultos, aun así, Kirigakure no podía permitir que se amenazará contra la paz e integridad de la propia aldea. Por tal razón un shinobi fue requerido con urgencia. Su tarea, contener los focos, reducir el número de víctimas, impedir a toda costa que las nubes alcanzaran el Hospital Central y encontrar al Domador de Abejas antes de que el caos escalase a una escala mayor.
¿Qué haría Orion Hoshigaki como primera acción? ¿Dejaría a los aldeanos a su suerte? ¿Priorizaría encontrar al culpable para cortar el problema de raíz?
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