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  ›   [Común] autonarrada: El encargo del mercader de seda Rango: D
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autonarrada: El encargo del mercader de seda Rango: D
Akira Hyuuga
Rango Chuunin
Clan Hyuga
Nivel 20
Estadísticas
Generales
Fuerza100(5)
Destreza100(5)
Ctrl. de Chakra100(5)
Inteligencia20(1)
Especiales
Salud15
Velocidad25
Tenketsu20
Sigilo8
755
885
Enlace al Post
13-07-2026, 11:07 PM
Última modificación: 14-07-2026, 01:23 PM por Moderador 6.
Konoha, 13 ,verano año 150

La humedad de la mañana en Konoha se pegaba a la ropa, un aire denso que Akira Hyuuga solía aceptar sin quejas. Estaba parado cerca de las puertas principales de la aldea, con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones holgados. Sus muñecas estaban libres; ya no usaba los guanteletes de hierro rojo que antes solía portar. Se sentía más ligero sin ellos, aunque a veces sus manos buscaban el peso del metal por pura costumbre. Llevaba su banda de Konoha amarrada al cuello, como siempre, y observaba a Goro, el mercader, que terminaba de asegurar su carreta con torpeza.

Akira no tenía prisa. El mercader estaba visiblemente nervioso, balbuceando sobre los rumores de bandidos en la ruta este. Hace un tiempo, Akira habría soltado un comentario mordaz o habría mostrado su impaciencia, pero ahora solo escuchaba. Había aprendido que la rabia constante no le servía de nada, especialmente después de los problemas que le había traído en el clan. La sombra de aquel incidente, donde casi pierde el control contra un compañero, todavía estaba ahí.

—El camino es lo que hacemos de él, Goro-san —dijo Akira, con voz plana. No había juicio en sus palabras, solo una observación—. Mantengamos el ritmo y no se detenga.

Empezaron a caminar. Akira prefería ir descalzo; el contacto con la tierra le ayudaba a concentrarse mejor que las sandalias. A su lado, su gato blanco, con sus ojos de distinto color, caminaba con una indiferencia elegante. El bosque, al adentrarse en él, se sentía vivo. Akira se detuvo un momento, observando el patrón de comportamiento de las aves que sobrevolaban las copas de los árboles. Había una irregularidad en sus vuelos, una inquietud que no encajaba con la calma de la mañana.

Sin esperar a que ocurriera nada, activó el Byakugan.

—Byakugan —musitó el joven.

La visión del mundo se transformó en tonos grises y azulados, revelando el flujo de chakra en el entorno. A unos metros, ocultos tras la maleza, divisó tres puntos de energía débiles e inestables. Eran oportunistas, gente buscando una presa fácil... No sentía la adrenalina de antes; solo una calma técnica y algo de cansancio.

—Quédate detrás —ordenó a Goro, con tono bajo.

Los tres hombres saltaron al camino. Eran desaliñados, con armas oxidadas y una actitud que gritaba desesperación. El que parecía el líder dio un paso al frente, con un espada ancha, la verdad era mas un cuchillo demasiado grande mas que una espada.

—¡La carreta, mocoso! —rugió, sin darle más vueltas.

Akira no se tensó. No buscaba pelear, pero tampoco iba a dejar que se salieran con la suya además su misión era esta, proteger. Dio un paso al frente, situándose entre el mercader y los atacantes. Cuando el líder se abalanzó, Akira no bloqueó con un golpe seco para romper nada, como solía hacer antes. Se deslizó a un lado, aprovechando el impulso del atacante, y con una presión precisa en el antebrazo del hombre, hizo que soltara el Arma.

Fue un movimiento limpio. El segundo atacante intentó flanquearlo, pero Akira, usando su visión periférica, simplemente inclinó el torso y guió al hombre hacia un tronco cercano, dejándolo inmovilizado con una presión rápida en el hombro. El tercero, al ver a sus compañeros en el suelo en cuestión de segundos, dudó. Akira se le acercó, sin levantar los puños.

—La violencia es una herramienta de los ignorantes —dijo, mirando al hombre a los ojos. No había gritos, solo una firmeza que hizo que el bandido retrocediera un paso— Si vuelven a intentar esto, no garantizo que mi paciencia sea la misma. Váyanse.

Los hombres no necesitaron que se lo repitieran dos veces; huyeron hacia el bosque dejando sus armas atrás. Akira se quedó ahí, regulando su respiración. Goro salió de su escondite, temblando.

—No los mataste... —susurró el mercader, aún sin salir de su asombro—. Pudiste haberlo hecho, pero no lo hiciste.

—Matar es fácil, Goro-san —respondió Akira, volteándose hacia la carreta—. Lo difícil es no hacerlo cuando tienes el poder para destruir. Prefiero ser un hombre antes que un instrumento.

El resto del camino fue silencioso. Al llegar a la aldea destino y completar la entrega, Akira se alejó del bullicio. Se sentó en un claro cerca de la entrada, bajo un viejo cerezo. Se quitó la banda de la frente, sintiendo el aire tocar su piel, y sacó su equipo de té. La ceremonia del té era el único momento donde realmente sentía que tenía el control de su propia vida, lejos de los dojos familiares, lejos de las expectativas de su madre y de las miradas de los ancianos que lo observaban con sospecha.
Servir el Matcha era un ritual que lo centraba. El sabor amargo le recordaba que las cosas no siempre tienen que ser dulces para ser valiosas. Su gato se acercó y se tumbó en su regazo, ronroneando. Akira cerró los ojos, dejando que su chakra se calmara.

Había sido una misión sencilla, pero para él, era un triunfo personal. No había terminado en una pelea brutal ni había generado más problemas con su clan. Se sentía dueño de sí mismo. Sabía que el camino por delante sería difícil, que el ostracismo de su familia y el peso de su pasado no desaparecerían pronto, pero mientras pudiera sentarse en paz, beber su té y saber que hoy no había roto a nadie, el día contaba como una victoria. Akira cerró los ojos y simplemente dejó pasar la tarde. Finalmente, había tenido un día de paz.
[Imagen: JK2RddW.png]
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