07-07-2026, 01:35 PM
Última modificación: 07-07-2026, 01:36 PM por Kyōraku Senju.
Rojo como la sangre
Blanco como los huesos
Rojo como la soledad
Blanco como el silencio
Rojo como el instinto de las bestias
Blanco como el corazón de Dios
Rojo como el odio derretido
Blanco como un llanto de dolor congelado
Rojo como las hambrientas sombras de la Noche
El blanco brilla y el rojo se dispersa
Como suspiros a la luna.
Blanco como los huesos
Rojo como la soledad
Blanco como el silencio
Rojo como el instinto de las bestias
Blanco como el corazón de Dios
Rojo como el odio derretido
Blanco como un llanto de dolor congelado
Rojo como las hambrientas sombras de la Noche
El blanco brilla y el rojo se dispersa
Como suspiros a la luna.
Kyōraku levantó el pincel del lienzo y contempló los trazos negros, delgados, aún húmedos del haiku, que acababa de escribir.
La tinta, ya fuera del tejido blanco, goteó un par de veces desde la punta del pincel. Cayeron al suelo en pequeñas marcas oscuras, como lágrimas diminutas que se abrían un poco más al tocar la madera.
Rojo como el dolor contenido.
Blanco como la obligación de reprimir los sentimientos en nombre del orden y la disciplina.
Eso se decía a sí mismo. Tal vez solo buscaba una forma más digna de nombras el miedo. Tal vez la disciplina no era únicamente una virtud, sino una muralla. Una estructura fría levantada con paciencia para que nadie viera cuanto podía temblar aquello que protegía.
Sin moverse de su posición, dirigió la mirada hacia la ventana de su habitación. El marco delimitaba la escena como una pintura silenciosa. Afuera, La luna se alzaba en la bóveda celeste. Redonda. Brillante. Mas cercana de lo normal. Mas acá, las ramas del cerezo rasgaban la noche con delicadeza. Las hojas se mecían al viento en un vaivén lento, casi maternal, de esos que podrían arrullar a un niño en brazos ajenos.
Kyōraku volvió la mirada al lienzo. Una tristeza contenida le oprimió el pecho. No supo de donde salió. Simplemente ocupó la habitación con él, como un desconocido sentado en una esquina. Un visitante silencioso. Familiar. Paciente.
Uno que no parecía dispuesto a marcharse pronto.