Tema Solicitado: Aquí
Fecha: 150, Verano 5
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La misión quedó registrada en Konoha como un encargo de protección urgente: cuidar un cuadro diminuto que cabía en la palma de una mano. Su dueño era Yami Yugi, un coleccionista privado que pidió ayuda después de recibir una amenaza directa. La obra se llamaba "Dragón Celestial, Slifer", una pintura pequeña de un dragón rojo, guardada dentro de una vitrina de cristal con sellos en las esquinas. De lejos parecía poca cosa para tanto despliegue. De cerca, no. Cada escama, cada colmillo y cada línea del cuerpo estaban marcados con una precisión enfermiza. No era una pieza común. No se reemplazaba con dinero.
El problema tenía nombre: "Strings". Un ladrón que trabajaba solo, avisaba antes de robar y no había fallado nunca después de mandar una carta. Decían que era secuaz de Lupin III, aunque en Konoha nadie sabía cuánto había de verdad en eso y cuánto era puro teatro. La advertencia apareció esa mañana dentro de la residencia, clavada en la parte interna de una ventana que seguía cerrada. No había marcas de fuerza ni huellas claras. Solo un hilo negro enrollado alrededor del papel y una frase escrita con tinta roja: "El Dragón Celestial cambia de dueño". Los guardias revisaron puertas, ventanas, techos, pasillos y drenajes. No encontraron nada.
La casa ya estaba cerrada antes del anochecer. Dos guardias cubrían la entrada principal, frente al vestíbulo. Desde ahí se abría el salón principal, amplio, con escaleras hacia el segundo piso y paso directo hacia el resto de la residencia. A la izquierda quedaba la sala de exhibición. En el centro estaba la vitrina con Slifer, iluminada por una lámpara pequeña. Cerca, sobre una bandeja, seguían los únicos objetos encontrados: el hilo negro casi invisible, una cuenta de madera con una ranura fina y un fragmento de papel con olor reciente a tinta. Entre la sala de exhibición y el resto de la casa corría un pasillo lateral estrecho, vigilado por un guardia en patrulla. Al fondo estaba el patio trasero, lleno de árboles y vegetación densa, con más guardias cubriendo esa zona. Del lado derecho quedaban la cocina, el comedor, el estudio y un acceso lateral que salía hacia un callejón angosto.
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Arriba, el segundo piso rodeaba el vacío del salón principal con un balcón interior. La biblioteca ocupaba la parte central, conectada con el dormitorio principal a la izquierda, el cuarto de huéspedes y una sala privada al lado derecho. Varias ventanas daban hacia los techos vecinos. Estaban cerca. Demasiado cerca para ignorarlos. Desde ahí, alguien con buena movilidad podía alcanzar la residencia sin tocar la entrada principal. Afuera, el jardín cortaba la visibilidad. Atrás, el muro daba a una calle estrecha y poco transitada. Abajo, la vitrina seguía intacta. La noche todavía no caía, pero la casa ya estaba esperando el robo.
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