Tema Solicitado: Aquí
Fecha: 150, Verano 15
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Quince días después de la caída de Tatsuo, el Mercado Sur de Konoha seguía funcionando, pero ya no respiraba igual. Los puestos abrían temprano, las lonas de colores colgaban sobre las calles estrechas y los comerciantes gritaban precios con gran energía. El viejo vendedor de té había vuelto a su local, y ahora tenía tablas nuevas en la entrada, refuerzos en las ventanas y un ayudante que se sobresaltaba cada vez que un barril rodaba demasiado fuerte. La noticia del "muchacho del atuendo oscuro" se había regado rápido entre vendedores, cargadores y clientes. Para algunos era un salvador. Para otros, una mala señal de que el problema solo había cambiado de tamaño.
La mañana avanzaba pesada, con olor a carbón, sopa caliente y humedad pegada al suelo. Cerca de las calles principales del Mercado Sur, un muchacho repartidor apareció corriendo entre la gente con la cara blanca del susto. Tropezó contra un puesto de frutas, tiró una canasta entera de mandarinas y apenas logró señalar hacia una calle lateral antes de quedarse sin aire. Desde ahí empezó el ruido: golpes contra madera, vidrio rompiéndose, una mujer gritando que cerraran las persianas. Tres locales más adelante, varios hombres armados con garrotes cortos y cuchillos de trabajo estaban destrozando un puesto de telas. Uno arrancó el toldo de un tirón y otro pintó en la pared, con brocha negra, una frase torcida: "La deuda ze pagua en zonbra"- No tenían la mejor ortografía.
El caos se abrió en dos frentes casi al mismo tiempo. En la calle principal, dos matones empujaban a los civiles para formar una barrera humana entre ellos y cualquier shinobi que intentara entrar directo. En el callejón de la derecha, un carrito de aceite fue volcado a propósito, dejando el suelo resbaloso y bloqueando el paso entre cajas, cuerdas y sacos de arroz. Más al fondo, sobre los techos bajos de los puestos, una figura con capucha observaba sin moverse. No parecía uno de los brutos enviados a romper madera. Ese estaba midiendo la reacción del mercado, contando tiempos, viendo quién corría y quién se quedaba.
Los guardias de ronda todavía no habían llegado a ese sector, y los civiles estaban demasiado asustados para organizarse. Algunos vendedores trataban de salvar mercancía, otros empujaban a sus hijos hacia los interiores, y el viejo comerciante de té permanecía en la entrada de su local con las manos temblando, mirando la misma violencia que creyó haber dejado atrás. Entre el ruido de la multitud, uno de los matones alzó la voz con una sonrisa fea, gritando para que todo el mercado lo escuchara: —¡Díganle al niño de negro que el sindicato quiere hablar!
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