Mientras recorría la plaza, trató de escupir los pequeños fragmentos que le impedían seguir degustando el exquisito sabor del círculo de madera. Sus ojos continuaban buscando un punto elevado desde donde poder observar toda la situación y salvar a esa, a la aldea. Ese era su objetivo principal, la moral que su hermano le había heredado, “lo suyo”.
Crack. Esta vez el sonido atravesó el murmullo de la multitud estática y arrebatada de razón. La fiesta, tras los gritos del Kaguya, se había detenido. El tiburón aminoró la marcha.
Tras el crujido llegó un nuevo crack, más profundo, más pesado, más cercano. La vibración recorrió la piedra bajo sus pies y fue en ese momento cuando decidió sacar al molusco convertido en kunai.
Sus ojos, en cacería de lo absurdo, lograron distinguir grietas. Surcos pétreos que avanzaban a toda prisa desde la fuente, despojando de equilibrio a los presentes. Intentó alertar a los ciudadanos con un grito que de poco sirvió. Jamás logró terminar la frase.
-Cui…
El mundo se partió. La plaza se desplomó frente a los presentes. La fuente desapareció por completo ante sus ojos. El caos se apoderó de cada uno de los asistentes. Los puestos, uno a uno, perdieron el hermoso folclore que los había enaltecido. El agua, las flores, la comida, los instrumentos y las personas fueron tragados tras el rugido y la nube de polvo que se adueñó de todo.
El joven reaccionó por puro reflejo. La kunai salió despedida sin soltar la mano del Hoshigaki y se incrustó en el borde de un enorme escombro. El metal chilló. Los dedos permanecieron firmes alrededor de la empuñadura. La caída se detuvo violentamente. Bajo sus pies solo existía el vacío.
Cuando el temblor marcó su final con el silencio de la tierra, el gigante decidió salir. Lento. Pesado. Seguro.
El pulpo, pese a ser únicamente un filo en aquel momento, parecía conservar las cualidades de sus ventosas. Con un poderoso jalón, el gigante de dos metros logró salir del cráter y apoyarse de rodillas sobre la orilla del fin de la tranquilidad.
Escuchó los gritos. No pudo registrar olores. La nube de polvo anulaba sus narinas. El fondo del cráter era incierto. Solo distinguía escombros, niveles rotos de piedra y agua finalmente libre. "Las fuentes son inútiles." Cuando el polvo comenzó a disiparse, la vio. La mujer que vendía caldo.
No recordaba su rostro. Tampoco el del pescador que estaba relativamente cerca. Había además otros dos civiles intentando aferrarse a lo poco que permanecía estable.
Su instinto lo abrazó. Lo condenó a convertirse en rescatista. Sabía perfectamente que los aplausos le quedaban gigantes, pero también entendió que la única forma era ayudarlos a ascender.
Recordó a Inti. Una tarde cualquiera en los muelles. Una red rota. Una tormenta. Y aquella voz que siempre parecía regresar cuando más la necesitaba. "Si puedes volver con todos, vuelve con todos."
El tiburón resopló por la nariz.
-No los dejaré…
Murmuró para sí mismo, con la convicción intacta pese a la hecatombe.Guardó al kraken en su letargo nuevamente y, sin levantarse del borde, inspiró la bocanada más grande que había tomado jamás. Se aseguró de reunir el flujo de chakra necesario.”Suiton: Bakusui Shōha.”
La versión más potente que había vomitado en toda su vida. El gasto de chakra aumentó. También el caudal. Una ola espesa brotó de sus fauces y descendió por el interior de la pared, utilizándola como un gigantesco tobogán para proyectarse en línea recta. El torrente golpeó el fondo y se convirtió en una corriente ascendente que recorrió buena parte del derrumbe.
-¡Déjense vencer por el agua! ¡El mar devuelve lo que quita!
La corriente fue tan poderosa que arrancó del fondo a tres de los cuatro civiles que intentó salvar.
La primera fue arrastrada hasta una cornisa donde pudo sujetarse y terminar de salir. El pescador comprendió de inmediato.Viejo lobo de mar. Se dejó llevar por la corriente hasta alcanzar un nivel donde un pequeño salto bastó para acercarlo a la superficie. La tercera fue absorbida desde la base misma del derrumbe y empujada hacia arriba con auténtica demencia. Había quedado en la zona central del torrente. Sus manos encontraron tierra firme sin siquiera comprender cuándo había llegado hasta allí. Pero la cuarta nunca apareció. La mujer del caldo permanecía atrapada bajo una pesada estructura de madera. El agua no fue suficiente para liberarla. Y mientras la corriente seguía recorriendo las entrañas del socavón, y el polvo continuaba cayendo desde las paredes rotas de la plaza, Orión permaneció atento. Vigilando cualquier nuevo derrumbe. Buscando la manera de arrancarla de los escombros antes de que el agujero reclamara algo más que una celebración. El jutsu dejó en el fondo un escaso colchón de agua. Quizás insuficiente para salvarla. Pero suficiente para que Orión no pensara en marcharse.
Todo miembro del clan Funato hereda, desde su niñez, la tradición de forjar y mantener a su propio “pez acompañante”, ya sea vivo o un cadáver preservado. Este se convierte en la base de su arma y en el símbolo de su vínculo con el mar; de hecho, se rumorea que el creador de la Samehada fue un antiguo Funato. Al inicio de un tema, el usuario puede ofrecer un arma empuñada de su inventario para que el pez se fusione completamente con ella, formando una sola arma mejorada que será su herramienta de combate durante todo el encuentro. Si no se ha elegido un arma antes de usarla, el pez toma la forma de una kunai por el resto del tema.
La transformación no es solo física, el pez se integra por completo con el arma, adaptando su forma, peso y filo al estilo del Funato. En todos los casos, el arma Funato es siempre considerada un arma empuñada y nunca arrojadiza, siendo la única excepción a esta regla su versión en forma de kunai mejorada. Esta fusión solo puede realizarse una vez por tema.
El usuario escupe una poderosa ola de agua que avanza violentamente hacia el frente, barriendo con todo en una trayectoria recta. La embestida genera un fuerte impacto capaz de desplazar a los enemigos con violencia, desestabilizando formaciones enteras. El desplazamiento de los enemigos se mide desde el punto donde se encuentra el usuario hasta el final del alcance del jutsu, lo que significa que todos aquellos atrapados serán arrastrados hasta el borde final de la técnica, siempre que no logren resistirla.
Además de su uso ofensivo, esta técnica deja múltiples fuentes de agua sobre el terreno, dependiendo del nivel de control de chakra del usuario. Un shinobi con gran dominio puede llegar a inundar parcialmente el área con una sola ejecución, lo que facilita la preparación del entorno para futuras técnicas Suiton. Si en el campo se acumulan 10 fuentes de agua generadas por este u otros jutsus, se considera que el terreno está completamente inundado, otorgando todas las ventajas del combate acuático. Gracias a esta dualidad entre fuerza bruta y manipulación del entorno, esta técnica es una de las herramientas más versátiles y estratégicas del repertorio Hoshigaki.
Aumenta la trayectoria de la ola según el dominio del control de chakra del usuario, permitiendo que su furia golpee a objetivos más distantes con mayor potencia.
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